Bendición "Urbi et orbi" del Santo Padre Francisco: Momento extraordinario de oración en tiempos de pandemia
Atrio de la Baslica dé San Peetro
Viernes, 27 de marzo de 2020
«Al atardecer» (Mc 4,35). Así comienza el Evangelio que hemos escuchado. Desde hace algunas semanas parece que todo se ha oscurecido. Densas tinieblas han cubierto nuestras plazas, calles y ciudades; se fueron adueñando de nuestras vidas llenando todo de un silencio que ensordece y un vacío desolador que paraliza todo a su paso: se palpita en el aire, se siente en los gestos, lo dicen las miradas. Nos encontramos asustados y perdidos. Al igual que a los discípulos del Evangelio, nos sorprendió una tormenta inesperada y furiosa. Nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados; pero, al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos, todos necesitados de confortarnos mutuamente. En esta barca, estamos todos. Como esos discípulos, que hablan con una única voz y con angustia dicen: “perecemos” (cf. v. 38), también nosotros descubrimos que no podemos seguir cada uno por nuestra cuenta, sino sólo juntos.
Es fácil identificarnos con esta historia, lo difícil es entender la actitud de Jesús. Mientras los discípulos, lógicamente, estaban alarmados y desesperados, Él permanecía en popa, en la parte de la barca que primero se hunde. Y, ¿qué hace? A pesar del ajetreo y el bullicio, dormía tranquilo, confiado en el Padre —es la única vez en el Evangelio que Jesús aparece durmiendo—. Después de que lo despertaran y que calmara el viento y las aguas, se dirigió a los discípulos con un tono de reproche: «¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?» (v. 40).
Tratemos de entenderlo. ¿En qué consiste la falta de fe de los discípulos que se contrapone a la confianza de Jesús? Ellos no habían dejado de creer en Él; de hecho, lo invocaron. Pero veamos cómo lo invocan: «Maestro, ¿no te importa que perezcamos?» (v. 38). No te importa: pensaron que Jesús se desinteresaba de ellos, que no les prestaba atención. Entre nosotros, en nuestras familias, lo que más duele es cuando escuchamos decir: “¿Es que no te importo?”. Es una frase que lastima y desata tormentas en el corazón. También habrá sacudido a Jesús, porque a Él le importamos más que a nadie. De hecho, una vez invocado, salva a sus discípulos desconfiados.
La tempestad desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas, nuestros proyectos, rutinas y prioridades. Nos muestra cómo habíamos dejado dormido y abandonado lo que alimenta, sostiene y da fuerza a nuestra vida y a nuestra comunidad. La tempestad pone al descubierto todos los intentos de encajonar y olvidar lo que nutrió el alma de nuestros pueblos; todas esas tentativas de anestesiar con aparentes rutinas “salvadoras”, incapaces de apelar a nuestras raíces y evocar la memoria de nuestros ancianos, privándonos así de la inmunidad necesaria para hacerle frente a la adversidad.
Con la tempestad, se cayó el maquillaje de esos estereotipos con los que disfrazábamos nuestros egos siempre pretenciosos de querer aparentar; y dejó al descubierto, una vez más, esa (bendita) pertenencia común de la que no podemos ni queremos evadirnos; esa pertenencia de hermanos.
«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Señor, esta tarde tu Palabra nos interpela se dirige a todos. En nuestro mundo, que Tú amas más que nosotros, hemos avanzado rápidamente, sintiéndonos fuertes y capaces de todo. Codiciosos de ganancias, nos hemos dejado absorber por lo material y trastornar por la prisa. No nos hemos detenido ante tus llamadas, no nos hemos despertado ante guerras e injusticias del mundo, no hemos escuchado el grito de los pobres y de nuestro planeta gravemente enfermo. Hemos continuado imperturbables, pensando en mantenernos siempre sanos en un mundo enfermo. Ahora, mientras estamos en mares agitados, te suplicamos: “Despierta, Señor”.
«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Señor, nos diriges una llamada, una llamada a la fe. Que no es tanto creer que Tú existes, sino ir hacia ti y confiar en ti. En esta Cuaresma resuena tu llamada urgente: “Convertíos”, «volved a mí de todo corazón» (Jl 2,12). Nos llamas a tomar este tiempo de prueba como un momento de elección. No es el momento de tu juicio, sino de nuestro juicio: el tiempo para elegir entre lo que cuenta verdaderamente y lo que pasa, para separar lo que es necesario de lo que no lo es. Es el tiempo de restablecer el rumbo de la vida hacia ti, Señor, y hacia los demás. Y podemos mirar a tantos compañeros de viaje que son ejemplares, pues, ante el miedo, han reaccionado dando la propia vida. Es la fuerza operante del Espíritu derramada y plasmada en valientes y generosas entregas. Es la vida del Espíritu capaz de rescatar, valorar y mostrar cómo nuestras vidas están tejidas y sostenidas por personas comunes —corrientemente olvidadas— que no aparecen en portadas de diarios y de revistas, ni en las grandes pasarelas del último show pero, sin lugar a dudas, están escribiendo hoy los acontecimientos decisivos de nuestra historia: médicos, enfermeros y enfermeras, encargados de reponer los productos en los supermercados, limpiadoras, cuidadoras, transportistas, fuerzas de seguridad, voluntarios, sacerdotes, religiosas y tantos pero tantos otros que comprendieron que nadie se salva solo. Frente al sufrimiento, donde se mide el verdadero desarrollo de nuestros pueblos, descubrimos y experimentamos la oración sacerdotal de Jesús: «Que todos sean uno» (Jn 17,21). Cuánta gente cada día demuestra paciencia e infunde esperanza, cuidándose de no sembrar pánico sino corresponsabilidad. Cuántos padres, madres, abuelos y abuelas, docentes muestran a nuestros niños, con gestos pequeños y cotidianos, cómo enfrentar y transitar una crisis readaptando rutinas, levantando miradas e impulsando la oración. Cuántas personas rezan, ofrecen e interceden por el bien de todos. La oración y el servicio silencioso son nuestras armas vencedoras.
«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». El comienzo de la fe es saber que necesitamos la salvación. No somos autosuficientes; solos nos hundimos. Necesitamos al Señor como los antiguos marineros las estrellas. Invitemos a Jesús a la barca de nuestra vida. Entreguémosle nuestros temores, para que los venza. Al igual que los discípulos, experimentaremos que, con Él a bordo, no se naufraga. Porque esta es la fuerza de Dios: convertir en algo bueno todo lo que nos sucede, incluso lo malo. Él trae serenidad en nuestras tormentas, porque con Dios la vida nunca muere.
El Señor nos interpela y, en medio de nuestra tormenta, nos invita a despertar y a activar esa solidaridad y esperanza capaz de dar solidez, contención y sentido a estas horas donde todo parece naufragar. El Señor se despierta para despertar y avivar nuestra fe pascual. Tenemos un ancla: en su Cruz hemos sido salvados. Tenemos un timón: en su Cruz hemos sido rescatados. Tenemos una esperanza: en su Cruz hemos sido sanados y abrazados para que nadie ni nada nos separe de su amor redentor. En medio del aislamiento donde estamos sufriendo la falta de los afectos y de los encuentros, experimentando la carencia de tantas cosas, escuchemos una vez más el anuncio que nos salva: ha resucitado y vive a nuestro lado. El Señor nos interpela desde su Cruz a reencontrar la vida que nos espera, a mirar a aquellos que nos reclaman, a potenciar, reconocer e incentivar la gracia que nos habita. No apaguemos la llama humeante (cf. Is 42,3), que nunca enferma, y dejemos que reavive la esperanza.
Abrazar su Cruz es animarse a abrazar todas las contrariedades del tiempo presente, abandonando por un instante nuestro afán de omnipotencia y posesión para darle espacio a la creatividad que sólo el Espíritu es capaz de suscitar. Es animarse a motivar espacios donde todos puedan sentirse convocados y permitir nuevas formas de hospitalidad, de fraternidad y de solidaridad. En su Cruz hemos sido salvados para hospedar la esperanza y dejar que sea ella quien fortalezca y sostenga todas las medidas y caminos posibles que nos ayuden a cuidarnos y a cuidar. Abrazar al Señor para abrazar la esperanza. Esta es la fuerza de la fe, que libera del miedo y da esperanza.
«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Queridos hermanos y hermanas: Desde este lugar, que narra la fe pétrea de Pedro, esta tarde me gustaría confiarlos a todos al Señor, a través de la intercesión de la Virgen, salud de su pueblo, estrella del mar tempestuoso. Desde esta columnata que abraza a Roma y al mundo, descienda sobre vosotros, como un abrazo consolador, la bendición de Dios. Señor, bendice al mundo, da salud a los cuerpos y consuela los corazones. Nos pides que no sintamos temor. Pero nuestra fe es débil y tenemos miedo. Mas tú, Señor, no nos abandones a merced de la tormenta. Repites de nuevo: «No tengáis miedo» (Mt 28,5). Y nosotros, junto con Pedro, “descargamos en ti todo nuestro agobio, porque Tú nos cuidas” (cf. 1 P 5,7).
Fuente:
http://www.vatican.va/content/francesco/es/messages/urbi/documents/papa-francesco_20200327_urbi-et-orbi-epidemia.html
Cfr.
http://www.vatican.va/content/francesco/es/messages/urbi.html
Fotografías:
https://albertonews.com/internacionales/las-fotos-mas-impactantes-de-la-historica-ceremonia-del-papa-francisco-ante-una-plaza-san-pedro-desierta/
https://www.romereports.com/2020/03/27/homilia-completa-durante-papa-de-la-bendicion-urbi-et-orbi-extraordinaria/
Mostrando entradas con la etiqueta San Marcos 4: 35-41. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta San Marcos 4: 35-41. Mostrar todas las entradas
martes, 31 de marzo de 2020
¿AÚN NO TENEMOS FE?
Urbi et Orbi
Corina Yoris-Villasana
La Plaza de San Pedro, vacía; atardecer lluvioso, una escalinata blanca por donde asciende la figura del Sumo Pontífice, con su habitual atuendo blanco, y los claroscuros encuadran el escenario donde se lleva a cabo la oración extraordinaria con bendición Urbi et Orbi del Papa Francisco.
Su vestidura no es litúrgica, sino clerical. Consiste en una sotana blanca con 33 botones aludiendo a los años de Jesús cuando muere crucificado; usa un fajín blanco; una muceta blanca, prenda con capucha que proviene de la costumbre de los agricultores en la Edad Media para protegerse del mal tiempo. Es una simbólica manera de recordarle a los prelados que son labradores de la viña del Señor y que deben cumplir su función con humildad. (Mt 9, 37-38: Entonces dijo a sus discípulos: A la verdad la mies es mucha, mas los obreros pocos. Rogad, pues, al Señor de la mies, que envíe obreros a su mies. Y Lc 10, 2: Y les decía: La mies a la verdad es mucha, mas los obreros pocos; por tanto, rogad al Señor de la mies que envíe obreros a su mies); no puede faltar el solideo sobre la cabeza, que significa su dedicación a Dios. Toda la indumentaria es blanca.
El color blanco es de un extraordinario simbolismo en la Iglesia Católica, pues representa a Dios. Simboliza la alegría, pureza, tiempo de júbilo y la paz. No es caprichosa la escogencia de los blancos en toda la ceremonia. Sería inadecuado dejar de recordar que, desde sus inicios, el cristianismo se valió de símbolos para reconocerse y pasar inadvertidos ante las persecuciones de las que fueron objeto; la vida en las catacumbas y la disciplina del secreto, que en parte creció a partir de ellas, hicieron necesario un velo para las creencias cristianas bajo tipos y figuras.
Y la lluvia, ligera, suave, trae a la mente que es el agua, precisamente, uno de los mayores y significativos símbolos cristianos. Se hizo presente, se hizo notar, el agua caía, de forma tenue, mientras el Papa subía al atrio. El agua, elemento indispensable para la vida del ser humano, está preñado de simbolismo. Dice la Enciclopedia Católica: “Al principio del mundo, el Espíritu de Dios la acarició con su soplo como elemento de fecundidad; eran aguas repletas de vida vegetal y animal. Y Jesús la santificó con su contacto en las corrientes del río Jordán. El agua con el crisma forma parte de la materia del Bautismo. En los ritos judíos se usa para las abluciones y lustraciones. La Biblia está llena de fuentes, de pozos; y con el agua del diluvio quiso Dios limpiar la maldad de la tierra. Y Jesús de su costado abierto hizo brotar “sangre y agua”. Y su agua calma siempre la sed”.
Con andar lento va Francisco ascendiendo escalón por escalón, pero ya al final acepta la mano del responsable de la liturgia vaticana, Monseñor Guido Marini, quien le ayuda a subir los últimos peldaños. Así inicia la histórica ceremonia.
SS Francisco lee el Evangelio, Marcos 4,35-41, texto donde se narra cómo ante la tormenta que amenazaba con hacer zozobrar la barca, los discípulos de Jesús, lo despertaron y le dijeron: «Maestro, ¿no te importa que naufraguemos? Se levantó, increpó al viento y ordenó al lago: «¡Calla, enmudece!» El viento cesó y sobrevino una gran calma. Y les dijo: «¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?» Llenos de miedo se decían unos a otros: «¿Quién es éste, que hasta el viento y el lago le obedecen?»
A partir de allí, el Papa pronuncia su histórica homilía diciendo: “«Al atardecer» (Mc 4,35). Así comienza el Evangelio que hemos escuchado. Desde hace algunas semanas parece que todo se ha oscurecido. Densas tinieblas han cubierto nuestras plazas, calles y ciudades; se fueron adueñando de nuestras vidas llenando todo de un silencio que ensordece y un vacío desolador que paraliza todo a su paso: se palpita en el aire, se siente en los gestos, lo dicen las miradas. Nos encontramos asustados y perdidos. Al igual que a los discípulos del Evangelio, nos sorprendió una tormenta inesperada y furiosa. Nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados; pero, al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos, todos necesitados de confortarnos mutuamente. En esta barca, estamos todos. Como esos discípulos, que hablan con una única voz y con angustia dicen: “perecemos”, también nosotros descubrimos que no podemos seguir cada uno por nuestra cuenta, sino solo juntos”.
Fuente:
domingo, 21 de junio de 2015
(TAMBIÉN) DEL OLEAJE INTERIOR
Domingo 12B TO
Fuente:
http://homiletica.org/PDF17/aahomiletica037772.html
Ilustración: Tigran Ghulyan.
“¡Hasta el viento y las aguas le
obedecen! ” (Mc 4, 35-41)
(Diálogo sobre el Evangelio de
hoy: Tormenta )
José Martínez de Toda, S.J.
¿Por qué había tormentas tan
grandes en el Lago de Tiberíades?
Precisamente ese lago se llamaba también “Mar
de Galilea” por sus fuertes tormentas. El
lago está a 213 metros bajo el nivel del mar – rodeado de barrancos y montañas
empinadas excepto en el Sur. (El monte Hermón,en elGolán tiene 2.236 metros; el
monte Merón en Alta Galilea tiene 1.208 metros). “Como resultado de esta
formación, a menudo soplan vientos fríos por sus cuestas e, inesperadamente, se
levantan tormentas violentas sobre la cálida superficie del lago” (Lockyer,
402). Las olas pueden llegar a
sobrepasar más de nueve metros de altura. Pero además la mentalidad israelita
veía en el mar el lugar donde estaban escondidos los espíritus malignos, los
demonios, las fuerzas ocultas que persiguen a los seres humanos.
¿Cómo eran los barcos de ese
mar?
En 1986 el casco de un barco
pesquero fue 1excavado de la orilla del Mar de Galilea. Al ser fechado por carbón demuestra ser de la
época de Jesús. El barco medía 8 metros
de largo, 2.30 metros de ancho, y 1.35 metros de alto – tenía cubierta de proa
y de popa – y podría llevar aproximadamente 15 personas – cuatro de ellas
remando. Seguramente, sería un barco
como éste en el que Jesús y los discípulos cruzaron el Mar de Galilea.
¿A quién se le ocurrió meterse
en el mar: a Jesús o a sus discípulos?
Fue idea de Jesús. Él decide ir a
la orilla oriental del lago, que no era de los judíos, sino de los paganos.
Quería llevarles también a ellos la Buena Noticia. Allí curó después a un endemoniado
(de Gerasa), quien quedó allá proclamando a Jesús como Salvador.
¿Y qué hacía Jesús durante
aquella tormenta?
Dormir despreocupadamente. Pero
sus discípulos le despiertan, y le dicen:
- ¿Maestro, no te importa que
perezcamos? Mira la tormenta que tenemos.
Y levantándose, increpó al
viento, y dijo al mar:
- “ Calla, enmudece ”. Y cesó el
viento, y fue hecha gran bonanza. Y Él les dijo:
– "¿Por qué son tan
cobardes? ¿Aún no tienen fe?".
El hecho de que Jesús calmara las
olas era un signo del poder que Dios le había dado
contra los malos espíritus que
levantaron la tempestad. Era una forma de proclamar que era el
Mesías. Pero la lección más
importante de hoy es tener fe. El miedo surge cuando no hay fe.
¿Y qué es tener fe?
Fiarse de Jesús. El niño que tropieza y cae, ¿a
quién acude? A sus papás: se fía de ellos, que le solucionarán todos los
problemas. La fe se basa en el amor y produce milagros. Cuántas veces Jesús
dijo a enfermos curados: “ Tu fe te ha salvado ”. Los discípulos aprendieron la
lección y le pedían: “ Auméntanos la fe ”. “Nada te turbe. Nada te espante. Dios
no se muda… Quien a Dios tiene, nada le falta. Sólo Dios basta ” (Sta.
Teresa).
¿Tenemos también nosotros
tormentas?
De sobra. Las tenemos dentro de
nosotros mismos, por el egoísmo, el deseo de dinero, de riqueza, de honores,
por la soberbia, por la corrupción. Es el camino del mal espíritu. Tenemos que comenzar venciéndonos a nosotros
mismos, para que el egoísmo no nos domine. Es lo que nos cuenta una leyenda
árabe, titulada “El diamante”.
En la noche uno contó que había matado a un
famoso ladrón. El otro había vencido a diez hombres muy armados. El más pequeño
contó:
-
Salí esta mañana y encontré a mi mayor enemigo dormido al borde de un acantilado.
Lo hubiera podido echar hacia abajo. Pero lo desperté y le perdoné.
El rey se levantó de su trono,
abrazó a su hijo menor y le entregó el diamante> (En
Gómez Serrano, Pedro José (2008)
“Pecado”, en Sal Terrae , Abril 2008, pp. 325-338).> La mayor victoria que
podemos tener es dominar nuestro egoísmo, nuestra sed de venganza, nuestra
soberbia, que nos puede llevar a los mayores crímenes de explotación de los
demás, de olvidarnos de los derechos y necesidades de los demás y de
convertirnos en esclavos de nuestros peores instintos. Dominamos la tormenta,
cuando sabemos perdonar, sonreír y dar vida a los demás, como hizo Jesús en
todo su recorrido por la tierra.
¿Entonces, nuestro enemigo lo
tenemos fuera o dentro de nosotros?
Está dentro y fuera. Las
tormentas de fuera también son muy abundantes.
Tenemos tormentas dentro de la
familia, entre hermanos, entre padres e hijos, dentro del matrimonio. Hay
tormentas en el país por diferencias políticas.
Hay tormentas en el mundo con
guerras, muertes y con crisis financieras.
Hay tormentas fuera y dentro de
la Iglesia (es decir, dentro de la comunidad eclesial).
Los cristianos predicamos contra
el aborto, la eutanasia, etc. para defender la vida del débil no
nacido y del desahuciado. Y se
levantan polvaredas de quienes se llaman cristianos, pero
valoran más su libertad egoísta
que la vida de los demás.
La Iglesia ha sufrido y sufre
muchas persecuciones por defender los derechos de los pueblos a la libertad, al
respeto, a la vida. Éste es un evangelio para momentos difíciles.
¿Qué es mejor para la Iglesia:
vivir amenazada o vivir adulada?
No se trata de ser masoquistas.
Pero la Iglesia primitiva (es decir, los cristianos de los tres primeros
siglos) crecieron a pesar de las persecuciones: “La sangre de los mártires es semilla
de cristianos”. Puede ser que el mayor peligro de la Iglesia sea cuando todo le
sale bien. La cruz lleva a la luz ( Per crucem ad lucem ). Aquí el enemigo es
el comodismo, el callarse ante la injusticia, el bajar la cabeza para así
recibir limosnas del poder. Pero hoy día también hemos tenido mártires: Mons.
Romero, los seis jesuitas de El Salvador,
Luis Espinal, jesuita asesinado en Bolivia por denunciar las injusticias de un régimen totalitario, Mons. Isaías Duarte Cancino en Colombia,
luchador contra congresistas narcos.
Siempre le toca a la Iglesia (es
decir, a los cristianos) el luchar contra la corriente, porque ‘camarón que se
duerme, se lo lleva la corriente’.
Les invitamos a la Misa, a la
Eucaristía, sacramento del amor. Allí
recibiremos fuerza para resistir las tormentas dentro de nosotros mismos a
nuestro alrededor y contra la Iglesia. “Las puertas del infierno no
prevalecerán contra ella.”
http://homiletica.org/PDF17/aahomiletica037772.html
Ilustración: Tigran Ghulyan.
DESPERTADURA
NOTITARDE, Valencia, 21 de junio de 2015
“Caminando con Cristo”
Jesús calma la tempestad (MC. 4,35-41)
Pbro. Lic. Joel de Jesús Núñez Flautes
El evangelio de este domingo nos habla de uno de esos milagros que Jesús realizó y con lo cual da testimonio de su condición divina. En esta ocasión, estando en la barca con sus apóstoles en medio del mar de Galilea, sobreviene una tormenta que amenazaba con hundir la barca e hizo que los apóstoles llenos de temor despertaran a Jesús y le dijeran en una exclamación muy humana, llena de angustia: “¿no te importa que nos hundamos?” Y la respuesta de Jesús es inmediata, se levanta, increpa al viento y al mar diciendo: “calla, enmudece” y vino enseguida la calma y luego les dirige dos preguntas a sus apóstoles: “¿Por qué tanto miedo? ¿No tienen fe?” y esto les hizo hacerse otra pregunta: “¿Quién es éste que hasta el viento y el mar le obedecen?”.
Esta escena que nos narra el evangelio de San Marcos nos deja una enseñanza, evoca la actitud del creyente que en medio de las tormentas y contrariedades de la vida, que llegan la mayoría de las veces inesperadamente, se acerca a Dios a pedir su ayuda; con poca o mucha fe, se acerca con miedo o rabia, impotente ante lo que siente que no puede llevar solo y cree quizás que Dios no lo va escuchar, que estará muy ocupado en otras cosas, que no es digno de invocarlo y resulta que Dios no abandona a sus hijos y menos en la desesperación; sale a calmar las tormentas externas que amenazan a sus hijos, pero sobre todo aquellas que dentro de su corazón amenazan con arrebatarle la paz, la fe, la esperanza y el amor.
Dios irrumpe, cuando se le invoca con fe, cuando “se le despierta” y viene a poner las cosas en orden, a reclamar nuestra fe y confianza en Él, se preocupa de lo que nos preocupa y resuelve con una sola palabra, con un solo gesto aquello que para nosotros significaba ahogo y muerte.
IDA Y RETORNO: Bendiciones y felicitaciones a todos los padres en su día.
(http://produccion.notitarde.com/Columnistas-del-Dia/Jesus-calma-la-tempestad-MC-435-41/2015/06/21/538006)
Cfr.
Isabel Vidal de Tenreiro: http://elimpulso.com/articulo/buena-nueva-tormentas-y-tempestades
Ilustración: Jose Ignacio Fletes Cruz.
“Caminando con Cristo”
Jesús calma la tempestad (MC. 4,35-41)
Pbro. Lic. Joel de Jesús Núñez Flautes
El evangelio de este domingo nos habla de uno de esos milagros que Jesús realizó y con lo cual da testimonio de su condición divina. En esta ocasión, estando en la barca con sus apóstoles en medio del mar de Galilea, sobreviene una tormenta que amenazaba con hundir la barca e hizo que los apóstoles llenos de temor despertaran a Jesús y le dijeran en una exclamación muy humana, llena de angustia: “¿no te importa que nos hundamos?” Y la respuesta de Jesús es inmediata, se levanta, increpa al viento y al mar diciendo: “calla, enmudece” y vino enseguida la calma y luego les dirige dos preguntas a sus apóstoles: “¿Por qué tanto miedo? ¿No tienen fe?” y esto les hizo hacerse otra pregunta: “¿Quién es éste que hasta el viento y el mar le obedecen?”.
Esta escena que nos narra el evangelio de San Marcos nos deja una enseñanza, evoca la actitud del creyente que en medio de las tormentas y contrariedades de la vida, que llegan la mayoría de las veces inesperadamente, se acerca a Dios a pedir su ayuda; con poca o mucha fe, se acerca con miedo o rabia, impotente ante lo que siente que no puede llevar solo y cree quizás que Dios no lo va escuchar, que estará muy ocupado en otras cosas, que no es digno de invocarlo y resulta que Dios no abandona a sus hijos y menos en la desesperación; sale a calmar las tormentas externas que amenazan a sus hijos, pero sobre todo aquellas que dentro de su corazón amenazan con arrebatarle la paz, la fe, la esperanza y el amor.
Dios irrumpe, cuando se le invoca con fe, cuando “se le despierta” y viene a poner las cosas en orden, a reclamar nuestra fe y confianza en Él, se preocupa de lo que nos preocupa y resuelve con una sola palabra, con un solo gesto aquello que para nosotros significaba ahogo y muerte.
IDA Y RETORNO: Bendiciones y felicitaciones a todos los padres en su día.
(http://produccion.notitarde.com/Columnistas-del-Dia/Jesus-calma-la-tempestad-MC-435-41/2015/06/21/538006)
Cfr.
Isabel Vidal de Tenreiro: http://elimpulso.com/articulo/buena-nueva-tormentas-y-tempestades
Ilustración: Jose Ignacio Fletes Cruz.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)





