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martes, 17 de agosto de 2010

de la otra julia y su escribidor


Julia o el fatum de los Delgado Chalbaud
Luis Barragán


Difícil fue hallar la biografía de Carlos Delgado Chalbaud, escrita por Ocarina Castillo D'Imperio, dos años después de editada, e – incluso - encontrarle alguna novedad, pues, siendo una reconocida especialista de tan peligroso período histórico, no sólo respetó la fuentes disponibles y verificables, sino también los parámetros de divulgación de la colección que la amparó. Por ello, meses atrás, concluimos María Efe y el suscrito, a falta de un mayor acerbo documental, que el mejor horizonte era el de la especulación novelística para un actor desdibujado por las versiones en boga, hasta que nos sorprendió un título que lucía prometedor.

Román Rojas Cabot ha entregado “Julia o el fatum de los Delgado Chalbaud” (Gráficas Acea, Caracas, 2010), escenificando una historia viva que se ha creído por siempre muerta. Añadidos los acontecimientos más recientes del país, donde – por ejemplo – destaca Luis Vallenilla, el también “notable” de nuestros tormentos, creador de Fundapatria y Fundafuturo que ayudó a abrir senderos al chavezato (146 ss.), alterna distintas etapas a través de 154 capítulos o secciones (agregado el 0 que paradójicamente sirve de epílogo).

El autor, diplomático de carrera, amplísimo conocedor de la noticia política, nos interna en la vida política de la familia, la que quiso abundamente personal. Inevitable, al tratar principalmente con la conflictividad del siglo XX, rasgando testimonialmente el actual, tropieza con la noción y vivencia del poder que, por una parte, ilustra Rómulo Betancourt al emocionarle la orden de trasladar y seguir en el mapa a pelotones de hombres y el bombardeo aéreo, como lo hicieran Trotsky o Churchill (33); o, por otra, suponer que la mera fuerza de su ímpetu que la desprendida de la silla presidencial, le hubiese bastado a Román Delgado Chalbaud para ejercer la presidencia de la República, como al guatireño, según lo estimara Carlos (212).

Presenta la natural complejidad del drama político que, radicarse en los cuarenta, lo hemos pretendido de una simplicidad extrema al no hacerse del instrumental mediático u otros propios de las sociedades de masas. Empero, por entonces parecía posible grabar hasta las conversaciones más confidenciales (79), como ocurre con el armamento tecno-político de hoy.

Nada ocioso es imaginar que la oficialidad subalterna superara a la superior, principiando el golpe de Estado de 1948 (290), o el probable éxito de las negociaciones de José Giacopini Zárraga ( 89 ss., 219 ss.), venido de la remota gobernación de Amazonas para diligenciar la continuidad del gobierno de Rómulo Gallegos. Por lo demás, Rojas Cabot va señalando a interesantes personalidades capaces de jugar con inusitada habilidad en el riesgoso tablero, como el joven Miguel Moreno, miembro del llamado grupo Uribante, secretario de la Junta golpista, quien se veía secretamente con el subversivo Leonardo Ruíz Pineda: eran “muchos (los) entretelones que movía” (294 ss., 345, 395). Sin embargo, el protagonista estelar es el que acumula mayores acertijos todavía.

La quizá tardía incorporación a las Fuerzas Armadas, uno de los excepcionales cuerpos orgánicos de la Venezuela de entonces (39), simple conocedora de la solidaridad mecánica del tan gusto de los positivistas, parece darle definitiva identidad a Carlos Delgado Chalbaud (Gómez), prisionero del “correlato de todas las historias que viviera su padre” (128). Más asfixiante y prolongado que hallarse en La Rotunda, es evidente la pesada hipoteca psicológica que no le permitía desenvolverse con seguridad y autonomía en la vida pública (y personal), convertido en sombra de hasta sí mismo.

La novela lo retrata como un hombre den ideales, objetivos y determinación muy claros, aunque dudamos de la “enorme capacidad política y administrativa” que le prodigó su cuñado, Pierre Lambert, además del “olfato innato” y del “sentido de la historia, es decir, de donde se viene y a donde se va” (375), características que Rojas Cabot le concede con facilidad a Betancourt. Por cierto, Julia, la nieta, reclama ese sentido de la historia casi como una herencia genética, al doblegar al senador adeco de apellido Orozco (61).

Tarea detectivesca de historiadores, será indagar sobre Lucia Lavine, la viuda, cuyo paradero y el de su hija y nietos, jamás se supo. Desangelada, retrechera y retorcida para los más próximos, puede dispensarnos una biografía harto interesante al partir de la tragedia que experimentó en un rincón del planeta que no conocía, el nuestro (151, 396 ss., 441).

Admitimos nuestra irritación desde el primer momento que Laureano Vallenilla Lanz (Planchart), en sus memorias indicó la propiedad de un edificio parisino cuando los Delgado Chalbaud proclamaban su pobreza. Y, aunque puede deducirse prontamente el origen de la riqueza familiar, no es poca cosa que el joven Carlos abra y fume de una caja de Gauloise y coloque la quinta sinfonía de Beethoven, en la Rue Babylone (260), una de las casas adquiridas por su padre en la Ciudad Luz (132), aunque hubo de hipotecarlas y vender sus propiedades en Venezuela para la aventura del Falke (399).

Valioso y perfectible ejercicio literario del diplomático que debe contar con muchas historias en su bóveda, ofrece pasajes de truncada imaginación como el de la trabazón del comandante Carlos y Mimí en una noche estrellada (340), perdiendo la ocasión de escoger y explotar alguna anécdota relacionada, en lugar de citar los titulares de la prensa de día trágico (363). Día que, después, tan magníficamente sintetizó: “El cuerpo vivo siente varios impactos y la voz que a veces le habla sin sonido le dice ahora, en medio de un extraño silencio sin más acaecido. Haber caminado tanto para llegar hasta aquí. El fatum. Mas.. (SIC) no hay más aquí” (373).

Comprensibles errores tipográficos, posiblemente imputables a la programación informática, permiten deslizar conjugaciones como “jefatureó” o “zarandaba el vaso” (66, 101), pareciendo casarse con metáforas alusivas a la energía eléctrica: “parecía un manojo de electricidad transido de entusiasmo”, “cargado de extraña electricidad”, erguido como “cable de alta tensión” (8. 27, 52). No obstante, es en Julia donde – estimamos – hay mayores extravíos, siendo prescindibles sus secciones o capítulos.

Mitológica Julia, personificación y resumen del historial familiar, pareciera surgida de una improvisada telenovela. “Impetuosísima amazona” que reclama un ideal superior y un sentido de la historia, a la vez devota del I ching (“del que nunca se desprende”), y consultora del Tarot, proclama que “una Delgado Chalbaud no se amilana y una Moreán menos” (179, 186, 210, 258, 334): disculpen el abuso, pero pareciera que el senador Orozco fuese en realidad Rojas Cabot, decidido a rendirle un tributo personal.

Las nuestras son rápidas impresiones en torno a un esfuerzo que deparará – ojalá – otras entregas, advertida y asimilada la crítica. Valga resaltar a un testigo de tantos e importantes acontecimientos necesarios de conocer desde la intimidad de su tintero, batido útilmente mientras otros se asientan en la dejadez o negligencia.

Fuente:
http://www.analitica.com/va/arte/oya/3152953.asp

martes, 3 de agosto de 2010

...lo que pudo ser y no ....


Seducción y política
Luis Barragán


En la política, como la moral, siempre opera un complejo de profundidad que agobia. Completamente ajenos a ella, además de incapaces de dar un testimonio de rectitud que solemos reclamar a otros, tendemos a dictar cátedra sobre toda circunstancia. Inevitable, pues tratan de la vida común, empero el resultado concluye en un moralismo de oficio y, cuando fallan los pronósticos, la reducción al más feo maniqueísmo de ocasión. Por ello, la polarización rinde dividendos, pues versa sobre los malvados apátridas que no cesan en el sabotaje de los bondadosos oficiantes del poder.

Ocurre que la más modesta opinión deportiva o de ntodo espectáculo televisivo, requiere de un esfuerzo básico de información para no deslucir en torno a la pertenencia de una celebridad a un determinado equipo de béisbol o a la propia vida personal del actor y la actriz. No se requiere de una hondura y especialidad del conocimiento sobre las millas de lanzamiento desde el montículo invernal al oeste o este de Estados Unidos, ni de los alegatos fundados en el Código Civil o la LOPNA para asumir el divorcio de la estrella de farándula.

La mayor de las ventajas para abordar la política, lo político y los políticos, reside en el sentido común. Y, sin embargo, necesita de algo más para hablar en propiedad de una adecuada cultura política, aunque – también acontece – el síndrome del sabihondo contamina y distorsiona el abordaje, como puede ocurrir igual con el suscrito.

La sección o el capítulo 26 del título más reciente de Román Rojas Cabot, “Julia o el fatum de los Delgado Chalbaud” (Acea, Caracas, 2010), reporta el juego de seducción que desplegó con el senador carlosandresista de apellido Orozco, acaso un fracasado seductor. Ella le reprochó la incomprensión de los políticos en torno a la existencia de “una verdad superior” y al “verdadero sentido de la historia”, creyente en la “supremacía del pensamiento”, aquella noche de restaurant lujoso de 1992, mientras él, torturado o cuestionado, rindió tributo al abolengo familiar (“había que tratarla con distinción, no era una cualquiera”).

El curioso flirteo no guarda familiaridad alguna con la exquisitez de Mario Benedetti sobre los formales y el frío, pero ilustra muy bien una demanda de profundidad que nunca se evidenció. Rojas Cabot, un poco más cercano al ensayo que a la mismísima novela, presentó la escena que, nos antojamos, dibuja a la Venezuela espiritualmente saudita de entonces, como puede seguramente representarse en la otra Venezuela Saudita, la actual, cuya nobleza sanguinea y revolucionaria puede correr pareja al nepotismo burocrático y a las incontables consignas de los privilegiados del poder que jamás tienen la decencia de explicar.

La política es un asunto más serio de lo que creemos,por muy informados y digitales digamos ser. Por lo pronto, no se la piensa y, menos, se la hace apelando al dogma ignorado, como tampoco desde el más campante desprecio.

Fuente:
http://www.notivargas.org/columnistas/13059-luis-barragan--de-la-seduccion-y-politica.html
Ilustración:
http://img.diariodelviajero.com/2009/03/estatuas.jpg&imgrefurl

domingo, 20 de junio de 2010

La novela de Rojas Cabot


EL NACIONAL - Domingo 20 de Junio de 2010 Siete Días/7
Julia o el fatum de los Delgado Chalbaud
SIMÓN ALBERTO CONSALVI


Julia o el fatum de los Delgado Chalbaud es una novela de turbulentos ríos circulares y de grandes destinos trágicos. Alrededor de dos personajes capitales, Román Rojas Cabot teje mil y una historias que se cruzan para trazar un complejo entramado de realidades y ficciones.

Julia es la historia venezolana del siglo XX, contada y vista como no se cuentan las historias. Dos hombres de destinos trágicos, Román y Carlos Delgado Chalbaud, adquieren la dimensión imaginaria que permite al novelista explorar sus traumas, que se prolongan en Carlos Román, hijo de Carlos, y Julia, hija de Carlos Román, o sea, la saga de cuatro generaciones. La bella Julia se asoma al siglo XXI para comprobar, quizás, que el tiempo pasado se prolonga y somos sus prisioneros, como si vivir ahora en Venezuela fuera vivir en un pasado que nos persigue.

Román y Carlos, los protagonistas destinados por la fatalidad a muertes violentas. El primero fue el jefe de la invasión del Falke que vino a derrocar a Juan Vicente Gómez. Apuntemos que el novelista no es ajeno a la arcilla de sus héroes. Carlos Julio Rojas, uno de los del Falke, fue su padre, y el propio general Román, su padrino. De ahí que esta novela, crónica o memoria no fue escrita desde fuera sino desde dentro. El padre aparece como una figura lejana. Del Falke y de su fracaso, y de sus heridas de Cumaná a la larga prisión en La Rotunda, a la ausencia, a las sombras.

Julia o el fatum de los Delgado Chalbaud es una novela cargada de historias, pero también de intimidad, de confidencias o de intrigas, de pasiones y duelos, de todo lo humano que Pocaterra o Blanco Fombona habrían descrito sin la sutileza con que Rojas Cabot los aborda porque, a diferencia de aquellos, está lejos de la escena. No interroga a los personajes, simplemente les cede la palabra y son ellos los que cuentan, los que se interrogan, los que naufragan entre la incertidumbre y el desafío.

Román en la cárcel, alimentado por el rencor y la venganza, cuando en París prepara la invasión, o cuando navega hacia la muerte. O en sus tiempos de poder y dinero con Castro y Gómez. El novelista describe con tensión el episodio del 11 de agosto de 1929, cuando Delgado Chalbaud baja del barco en la oscuridad de la noche, avanza por la Calle Larga, y en el otro extremo del puente sobre el río Manzanares, el general Emilio Fernández, su enemigo, lo espera y se matan.

El turno del hijo Carlos no es menos dramático. Primero, la conspiración del 18 de Octubre, contertulio de Betancourt y Pérez Jiménez; después, ministro; luego, la conjura contra Rómulo Gallegos, presidente de la Junta Militar de Gobierno, y los colegas que lo desprecian por civilizado y por "francés"; el amigo secreto de Mimí; el condenado a muerte por los azares del poder.

El desenlace tiene lugar el 13 de noviembre de 1950. El presidente de la Junta Militar sale de su casa; mientras mira el Ávila como un ritual cotidiano, lo asaltan, y oye la voz del general Rafael Simón Urbina que le grita: "Bájese del carro comandante y no pregunte", y le abre la puerta con fuerza. Poco después, será asesinado en una quinta de Las Mercedes.

Al anochecer, la policía mata a Urbina, y la muerte del Presidente se convierte en asunto de Estado.

Si bien estos son los momentos más dramáticos de Julia o el fatum de los Delgado Chalbaud, conviene señalar la riqueza de una novela que cubre 100 años y, con Julia como protagonista, se asoma a las perplejidades del siglo XXI.

Una odisea de ambición poco común que testimonia, por una parte, el profundo conocimiento de la historia y de los personajes que muestra el novelista, y por la otra, la sutileza, el humor, el sarcasmo o la ironía con que desnuda a sus criaturas, sean de carne y hueso o no, porque, como es comprensible, en las 430 páginas de Julia lo real comparte el espacio con lo ficticio, y el tiempo es un carrusel que no cesa.

Este complejo mundo de simpatías y diferencias, afinidades y desenfrenos, rencores y amores, pasiones ocultas, ambiciones demenciales de poder, de borrascas y amables reconciliaciones que constituye el universo de Julia o el fatum de los Delgado Chalbaud, deja los cortejos de la ficción para acoger la carta que Lucía, viuda de Delgado Chalbaud, le escribió desde el destierro al coronel Pérez Jiménez: "Coronel, si usted es inocente debe destruir esas sospechas. Para ello, nada mejor que allanar el camino de la verdad".

Estuve cerca de estas historias por manes del destino. En mi tiempo de embajador en Yugoslavia, Lucía fue designada consejera de la embajada en Belgrado, y fueron muchas las horas de conversación. Nunca la vi sin el cigarrillo en la boca, nerviosa, tensa; se consumía en el odio más terrible que pueda trastornar a un ser humano Julia o el fatum de los Delgado Chalbaud, novela, crónica, historias, confesiones, retratos, caricaturas, es un libro que seduce y que imagino llamado a perdurar.