"Caracas año 1952. Una vista desde un ángulo poco conocido ( hacia el Noreste con el Hotel Nacional en la Esquina de Camejo ) de la estatua erigida con motivo de la Exposición Nacional Objetiva presentada en el año 1952 en la Plaza Aérea Diego Ibarra del Centro Simón Bolívar. Carlos Lachica".
Fuente:
https://www.facebook.com/photo.php?fbid=10155492298418927&set=gm.10156237892338544&type=3&theater&ifg=1
Mostrando entradas con la etiqueta Plaza Diego Ibarra. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Plaza Diego Ibarra. Mostrar todas las entradas
miércoles, 4 de abril de 2018
sábado, 10 de enero de 2015
REPRESENTACIÓN SOCIAL DE LA MUERTE
El séptimo selloLuis Barragán
El promedio de las muertes por siempre indeseables en nuestro país, denunciado persistente y corajudamente por las organizaciones no gubernamentales, como el Observatorio Venezolano de la Violencia, cuya metodología no logra desmentir un gobierno que oculta la propia en sus interesados cálculos, revela una tendencia estructural que a la transición democrática le tocará revertir. Reforzado como fenómeno cultural, por su cínico y vigoroso aporte, es el régimen el que genera las tensiones y agresiones que convierten la muerte inocente, masiva, gratuita y prematura en una poderosa representación social de la mera supervivencia a la que todos debemos resignarnos.
Más allá del desplazado capitalismo de sus tormentos discursivos, esa dura supervivencia se ha integrado al sentido común, por lo que – suponemos – debemos agradecer al Estado sus vehementes reclamos por la paz y la convivencia, aunque nada haga por mantenernos con vida. Monopolizando los medios de comunicación social, ejerciendo la censura y el bloqueo informativo que pretende también en las redes sociales, procura silenciar una realidad que sigue su curso, sentida y sufrida por todos, transmitiendo a su antojo las escenas y los comentarios más crudos, aún en horario infantil, que tienen un impacto poderoso con sus estigmatizaciones enfermizamente políticas, aunque los especialistas suelen indicar el curioso contraste del país que estaba expuesto – por ejemplo – a una filmografía violenta, frecuentemente importada, mientras que las cifras de las muertes violentas acá eran bajas, en las décadas anteriores.
Por muy bien ensamblado que se diga el discurso del poder, intentando una escenografía distinta para las situaciones padecidas, esa representación social tiene por soporte un conjunto real de (anti) valores que, de un modo u otro, ingresan al ámbito doméstico que lo resiste. Por una parte, la perversa pedagogía está cumplimentada por las formalidades, pues, valga el contraste, antaño hubo la libre publicidad de armas en el país predominantemente rural que después fortaleció sus aspiraciones a la paz y a la concordia, superada la amarga etapa de sus crónicas escaramuzas y guerras civiles, mientras que, hogaño, prohibida la libre oferta, dizque para combatir el hampa común, las fuerzas de seguridad exhiben en las calles el inadecuado, pero – subrayemos – ya acostumbrado armamento de guerra, que parece destinado más al ciudadano común que al habilidoso delincuente mejor dispuesto para la guerra de movimientos que la de posiciones, si fuere el caso.
Por otra, el Estado-Partido cuenta con un repertorio de símbolos que tuvo la fortuna de pasar inadvertido, ya no por la procacidad de las palabras y la arrogancia de los desplantes, sino por la efectiva expresividad de los gestos, porque alzar la mano simulándola una pistola, o golpear arriba el puño izquierdo contra la palma de la mano derecha, ha ido más allá de la interjección corporal. Recordemos, gestos que prontamente se industrializaron, reportando las ganancias correspondientes, a través de muñecos de plástico o inflables, bisutería electoral, enormes vallas en las que, por cierto, contrasta la imagen del extinto presidente con la de un sucesor que intenta aún la reingeniería de la suya.
Finalmente, la consabida represión del Año Bicentenario de la Juventud, reportó numerosas y delatoras escenas que, ahora, manipulando las tan injustas muertes de los legítimos protestatarios, el gobierno trata de versionarlas mediante una maniquea campaña antiguarimba que tuvo por inicio la propia tribuna de la Asamblea Nacional. Se esmera por recordar, poblando las paredes de la ciudad, a los muertos y desparecidos de la década de los sesenta del XX, pero evade toda respuesta a muertes como la de aquél joven manifestante que fue fotografiado a tempranas horas al lado de otro, luego sospechosamente ultimado al caer la tarde del 12 de febrero de 2014, como la que también ha de dar respecto al deceso de Danilo Anderson o Robert Serra, amparados por el oropel político.Coletilla restauradora
La alcaldía de Caracas anuncia la presunta restauración de la Plaza Diego Ibarra, en Caracas. Fue escenario de la rumba traga-dólares que todos conocimos. Empero, ¿no tiene escasos años de remodelado el sitio que tuvo una importante significación histórica y arquitectónica que se llevaron por el medio? ¿La remodelación fue hecha con materiales de segunda mano que cedieron a la continuidad de los espectáculos? ¿Requerirán de otro crédito adicional millonario?
Reproducciones:
Publicidad: Arma real, El Nuevo Diario, Caracas, 1914; arma de juguete,El Nacional,Caracas,1957.
Volante de campaña, año impreciso: El candidato junto al niño, apuntan.
Fotografía:
LB, Av. Páez, El Paraíso, Caracas, 03/01/2015.
Breve post-data LB: Por cierto, lógicamente provisionales, los grafitis o pintas urbanas saben de un periódico reemplazo. El mural que sirve de cabecera al texto, escuda un tal centro deportivo en un espacio que habla de precariedades, quizá sin correspondencia con el proyecto original del Parque de las Naciones Unidas en El Paraíso. ¿Alguien tendrá una memoria continua de los miles de grafitis, pintas o murales del régimen a lo largo de más de década y media?
Fuente:
http://www.noticierodigital.com/2015/01/el-septimo-sello/
http://www.noticierodigital.com/forum/viewtopic.php?t=1069374
domingo, 17 de julio de 2011
PLAZA FUERTE

De la reinauguración crónica de sí
Luis Barragán
Consabido, la celebración bicentenaria se redujo a la ciudad capital y, junto al tradicional desfile militar, aunque extraño, el concierto popular dirigido por el emblemático Gustavo Dudamel, la estelarizó en horas de la noche. Se hizo en la no menos emblemática Plaza “Diego Ibarra”, reinagurada para cumplir con el apresurado fin celebracional quizá resumido e intimidado por un réquiem de fondo.
Constatamos hemerográficamente, por una parte, que la aludida plaza fue objeto de una frecuente reconstrucción en el pasado, abierta a la natural polémica como la refleja, por ejemplo, la nota aparecida en la extinta revista Momento (Caracas, nr. 718 del 19/04/70), advirtiendo sobre las demoliciones y los demoledores de la ciudad. De modo que cultural, arquitectónica e históricamente, supo Caracas de una constante mudanza del sentido y de la identidad que, por cierto, culminó hacia mediados de los setenta con la sustitución de la significativa Plaza de la Concordia que, por los treinta, borró a La Rotunda, o de los ochenta con la aparición de la golpeada Plaza Caracas en el corazón del Centro Simón Bolívar.
Situación que el propio debate público - libre y abierto - tendía a subsanar, por otra parte, la presente década ilustra el destino de la “Diego Ibarra” atado la impunidad de los intereses sobrevenidos, porque la plaza fue abandonada y destruida literalmente por obra de la venta masiva e ilegal de videos, rebautizada significativamente como “Ciudad Saigón”. Siendo inevitable el cierre después de dos o cuatro insólitos años del gran negocio político y comercial, el calculado déficit de autoridad pública produjo un lamentable amasijo de escombros que duró un tiempo equivalente, convertido en otra oportunidad para la generosa reconstrucción que no fue tal, ya que – incompleta – sirvió de improvisado y también riesgoso escenario para el musical bicentenario.
Finalmente, la inauguración de obras incompletas ha sido una crónica dolencia del régimen que, en propiedad, intentando expandir la peste del olvido a lo Pilar Ternera, constituye un esfuerzo de reinauguración de sí mismo para la tentativa de aborto de la crisis política que lo aqueja. La remodelación, dejando atrás todo afán de restauración, seguramente dará oportunidad para otro bullicioso evento de la Caracas cada vez más desdibujada y desconocida, a merced de la incontrolada improvisación a la que obligan las desesperadas y jugosas contrataciones públicas.
Fotografía: Plaza Diego Ibarra, desde la sede administrativa de la Asamblea Nacional (Caracas, 11/07/11), Obsérvese la tarima inmensa aún dispuesta para la fecha, instalada a los fines del acto musical del día 5.
Etiquetas:
Bicentenariedad,
Luis Barragán,
Plaza Diego Ibarra
NOTICIERO RETROSPECTIVO

- Ovidio Pérez Morales. "El desafío de la probeta". El Nacional, Caracas, 04/08/78.
- Juan Liscano. "Sociología de bolsillo". El Nacional, 08/12/77.
- Valentina Marulanda. "Savater entre nosotros". El Nacional, 25/10/98. Papel Literario.
- Manuel Malaver. "Antología del insulto político en Venezuela: Bolívar el sedicioso, el tirano, el inhumano". El Diario de Caracas, 07/06/81.
- J.F. Reyes Baena. "Personalidad". El Nacional, 31/08/77.
Ilustración: Nota sobre la tercera demolición de la Plaza "Diego Ibarra", Caracas: la primera fue "durante el mandato del demoledor de El Conde, señor Enrique Velutini", y, la segunda, en la gestión de Gustavo Rodríguez Amengual al frente del Centro Simón Bolívar. Momento, Caracas, nr. 718 del 19/04/70.
martes, 8 de febrero de 2011
retrato de un sistema

Gramsci en Saigón
Luis Barragán
Baremo y plataforma de lanzamiento fue para Antonio Gramsci el consejo de la fábrica, pues, retrató el desarrollo del capitalismo en la Italia de los albores del siglo XX, a la vez que su desarrollo era anuncio seguro del proyecto socialista al que tanto aportó heroicamente desde la cárcel. Semilla, célula o núcleo fundamental (y fundacional), toda relación social tendría explicación a partir de los trabajadores organizados en los medios de producción. Empero, por más que Jorge Giordani fuerce las premisas a través de sus libros, a través de una gestión ministerial sometida al cruce constante de los portavoces e ideas sobrevenidas, agudizando las contradicciones del régimen, se levanta el testimonio de lo que se dio en llamar “Ciudad Saigón”, ubicada en el centro de Caracas.
Presuntamente desaparecida, la experiencia constituyó el retrato hablado del chavezato. Ayer, como hoy, nos interpela respecto a las intenciones y pretensiones del régimen, como la destrucción del casco histórico de la ciudad capital. Recordemos que tan prontamente imitada a lo largo y ancho del país, Saigón fue el mayor expendio de videos ilegales que, por tres o cuatro años, deshizo la antigua Plaza Diego Ibarra, ubicada entre el denominado Palacio de Justicia y el Centro Simón Bolívar.
Por una parte, la sola constitución de un inmenso laberinto de puestos de venta de irregulares dimensiones, algunos hasta lujosos, fotografió muy bien la naturaleza y alcance del Estado rentista y corrupto, cuyos elencos protocolizaron su participación en el pernicioso negocio de la “piratería”, evidentemente al admitirla, patrocinarla y perfeccionarla. No hubo programa informático, musical, documental o film, que no se encontraran en la vastedad encapsulada y – por cierto – segura de la ciudadela, por más exquisitos y exigentes fuesen los demandantes de un lugar tan estratégicamente ubicado.
Puede aseverarse que la célula, semilla o núcleo fundamental (y fundacional), en relación al régimen, la descubrimos – precisamente – en la economía informal hecha literalmente de sobrevivientes, aún desde los centenares de inmuebles urbanos invadidos, que abre la bóveda de los intereses del poder establecido, delatándolos a través de los (anti) valores del clientelismo y la prebenda que realizan y se perfeccionan mediante la conformación de sendas mafias, aunque tardaremos mucho en descubrir los mecanismos y personalidades involucradas en más de doce años. Saigón se hizo una comunidad que expresó fielmente cuán lejos ha llegado el socialismo dizque bolivariano, con una gigantesca legión de subempleados que irremediablemente entraron en el circuito generado o amparado por el Estado, ahora alcanzando otras manifestaciones menos visibles o elocuentes que su entronización en el corazón de la metrópoli.
La ciudadela fue el equivalente del “consejo de fábrica” de Gramsci, retrato hablado de las exacerbaciones de un capitalismo de Estado: indicador del gobierno que ejerce – agravándola - en nombre y representación de la sociedad ultrarrentista que somos, deseosa de pasar de la incumplida promesa de una economía agropecuaria, endógena, a otra de servicios, fatalmente importadora, definitivamente desindustrializada. Por lo que es el sardo mismo el interrogador de los socialistas de nuevo cuño, desprendida toda originalidad de la mera numeración de la nueva centuria.
Por otra parte, rapaz, es el Estado el que ha permitido (y seguirá permitiendo), el abusivo empleo de los espacios públicos para los negocios del contrabando, porque no hay otra explicación para la realización de las mercancías bajo un rígido control de cambios, agregados los ínsumos básicos de alimentación que no se conocen en los predios de la economía formal. No olvidemos que Saigón se levantó en una histórica y vistosa plaza, perfeccionada su destrucción ante la mirada indiferente de los funcionarios o autoridades que debieron velar por ella.
En una urbe de agorafóbicos, la Diego Ibarra se ofreció como una inmejorable oportunidad para el negocio, por lo que sacrificó sus irrepetibles monumentos, bancos, fuentes y hasta tuberías de cobre, para la lenta edificación del laberinto que únicamente exigía audacia y apoyo para conquistar cada centímetro y rincón. Quizá por el elevado costo político que comportaba, o las propias tensiones de un negocio de tan desleal competencia, Saigón desapareció físicamente del lugar, pero ya pasa de tres o cuatro años que, completamente destruido, apenas hubo una remoción de escombros e – imaginamos – la pugna por lograr las contrataciones de una magna remodelación (que no, remodelación), quedando enteramente impune la gesta que la pulverizó.
Saigón no ha desaparecido, porque es la savia espiritual del socialismo rentístico en marcha. DE distintas formas se repite, preferiblemente destruido todo testimonio de libre y ordenada civilidad.
Fuente:
http://www.noticierodigital.com/2011/02/gramsci-en-saigon/
http://www.noticierodigital.com/forum/viewtopic.php?t=736821
Etiquetas:
Antonio Gramsci,
Caracas,
Chavezato,
Ciudad Saigón,
Luis Barragán,
Plaza Diego Ibarra
miércoles, 29 de diciembre de 2010
caza de citas

"Generalizar Caracas para sociologizar... El Silencio es la reconciliación de la precariedad con el mal gusto"
Luis Rafael Sánchez
("La importancia de llamarse Daniel Santos", Ediciones del Norte, NY, 1988: 156)
Fotografía: La Plaza "Diego Ibarra", tres años después de desalojada lo que se dió en llamar "Ciudad Saigón" (El Universal, 27/07/10)
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

.jpg)
.jpg)

