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domingo, 26 de noviembre de 2017

viernes, 24 de marzo de 2017

EJERCICIO DE PRECISIÓN



De la Populorum Progressio, hoy
Luis Barragán

Medio siglo atrás, PABLO VI  proclamó el desarrollo como el nuevo nombre de la paz mediante su encíclica “El progreso de los pueblos” (PP)  [1], fruto también de las deliberaciones del Concilio Vaticano II que, incluso, cita a tres autores que ejercieron influencia en nuestro país, como Luis José Lebret y Manuel Larraín, fallecidos en 1966, y Jacques Maritain, que lo hará en 1973.  Importa una relectura de la carta papal a la luz de la dramática realidad venezolana actual y del inevitable fenómeno de la globalización, permitiéndonos algunos enunciados para una futura exposición.

Una inicial constatación, suscribiendo a TOSO [2],  la carta encíclica no propone la abolición del libre mercado, ni de la iniciativa privada y social, importándole una concepción humana del desarrollo. Anunciado con décadas de anticipación, ahora, el colapso del post-rentismo, nos sorprende con la sobreimposición de las consignas políticas de un régimen que, faltando poco, igualmente ha invocado el mensaje cristiano por el obsceno oportunismo que le caracteriza, temiéndole a un debate sobrio y generalizado de sus intenciones, pretensiones y realizaciones.

La PP denunció las condiciones de subdesarrollo en las que se encontraba mayoritariamente la humanidad, en contraste con las de los países desarrollados, subyaciendo una cierta interpretación sociológica que el tiempo ha diluido, familiar al enfoque que se hizo del variopinto tercermundismo [3]. Un vistazo rápido, nos advierte su pertinencia en una Venezuela que padece hambre, desnutrición infantil, miserias, enfermedades crónicas, ignorancia, bajo una oligarquía de la monoproducción que afecta el crecimiento físico y desarrollo mental de la población (PP: 1, 7, 9, 45, 67).

Además, al transitar el aludido colapso, nos sedujo la “más violenta tentación” para arrastrarnos a uno de los “mesianismos tan prometedores como forjadores de ilusiones”, pillándonos en el curso avanzado de un régimen totalitario (PP: 11). Capaz de ejercer la violencia física y, aún más, psicológica en el intento de neutralizar y liquidar toda disidencia, suele hacerlo en nombre de una – por siempre  - indefinida alternativa a las injusticias del capitalismo.

¿Cuál capitalismo venezolano?

El documento pontifical sólo aparentemente  concedería  razón a los publicistas del gobierno venezolano que, por ignorantes, probablemente tardarán en saber de él  [4]. Obviando lo acontecido en el socialismo real de la década de los sesenta del siglo XX, faltando poco para la emblemática crisis política de Checoeslovaquia, PABLO VI acentúa la crítica hacia el capitalismo liberal, autorizándonos a una sucinta consideración sobre la contrastante Venezuela de la presente centuria.

Consecuente con la Enseñanza Social de la Iglesia, estimando un peor daño de la tecnocracia que del mismo liberalismo, apunta a algunos de los elementos de la naturaleza capitalista: provecho, concurrencia, propiedad privada como motores esenciales del progreso económico,  ley suprema de la economía y derecho absoluto. Ilimitado y moralmente desobligado, bajo los abusos del imperialismo del dinero, desvalorizador del trabajo que, en los países desarrollados, procura el equilibrio de los intereses encontrados de los concurrentes, negándolo al sistema mundial: hay acuerdos, convenios o solidaridades empresariales que no tienen equivalencia en la relación con los países pobres, sujetos a un injusto intercambio comercial (PP: 26, 37, 60, 61, 70).

Coincidamos o no, con la propuesta liberal, por una parte, importa reconocer que el desarrollo (post) capitalista del presente siglo, ha garantizado una superior calidad de vida, libertad y bienestar a sus habitantes, confrontando otros problemas graves (armamentismo, calentamiento global, inmigración), teniendo por eje el provecho individual, la libre concurrencia y la propiedad privada; está orientado hacia la sociedad de la información y del conocimiento estratégico que, negadas o ganadas para la globalización, no requieren de la explotación de terceros, cuya exportación de materias primas ya no ostenta la vieja jerarquía; tiende a las islas de prosperidad, incluso, ganando cada vez mayor autosuficiencia energética, frente al resto de una humanidad desamparada y prisionera de los conflictos más indecibles, sumado el fundamentalismo religioso. Acotemos, ausente del documento papal,  fuerza la mirada al monumental fracaso del socialismo real, tardíamente reconocida su implosión económica, que hoy expone  la exitosa incursión capitalista de China y la que desea  Vietnam, preservando celosamente el absolutismo político, al lado de la terquedad de una lastimosa, pero belicista Corea del Norte que dista demasiado de los niveles de vida alcanzados por Corea del Sur.

Mal podrían los publicistas del socialismo bolivariano, a menos que algunos de sus intelectuales en extinción tenga la ocurrencia de citar al Papa, pretender que nuestros males derivan de las brutales prácticas capitalistas, pues, sencillamente, tienen casi dos décadas gozando de una altísima concentración de poder y todos los indicadores sociales y económicos que escapan de su deliberada ocultación, remiten a una inédita crisis humanitaria con las nefastas y prolongadas secuelas del caso.  A lo sumo, realizando un capitalismo de Estado, el socialismo (ultra) rentístico ha generado un mercado para las mafias, a los más altos elencos del poder únicamente se les garantiza una férrea apropiación privada, exporta grandes capitales en la era del control de cambio, emplea una grandilocuente retórica legal para aludir al trabajo que ha hundido éticamente como noción, y no le ha importado matar literalmente de hambre a la población para expropiar a las empresas que le sobreviven, convirtiéndolas en penosos fantasmas.

Luego, la denuncia bolivariana del capitalismo, es un ardid más en el  intento de legitimarse – valen mucho las cursivas – ideológicamente.  Y una lectura interesada y superflua del Papa  Montini, le reportaría algunos dividendos frente a los más incautos.

Globalización: dos vertientes

TOSO enfoca hacia el fenómeno de la globalización que,  más allá de la caída de las barreras proteccionistas tradicionales, nos encamina a una  red de conocimientos, interacciones y comunicaciones que redunda ventajosamente en el plano de las inversiones, productividad y progreso social, bajo el impulso adquirido por las economías de Estados Unidos, Japón y la Unión Europea. Cuenta con una vertiente virtuosa, la que lleva al crecimiento más fuerte, mejor equilibrado y propicio para el desarrollo de los países más pobres; y una viciosa, la encaminada a la marginación o exclusión,  la “desencoladura de la hacienda de la economía real”, el predominio de la economía sobre la política, la erosión social, la “movilidad salvaje de las poblaciones”, las desigualdades, la homologación de las culturas, la insolidaridad [5].

Naturalmente,  PABLO VI  no previó los problemas que acarrearía la interdependencia que atisbó, enfatizados los otros y muy propios de la dependencia. El enderezamiento de las relaciones comerciales entre los países pobres y ricos, no bastando el libre cambio de materias primas y productos manufacturados,  acarrea un deber de solidaridad que conduzca a la caridad universal que tenga el debido soporte institucional, aunque alerta sobre dos grandes obstáculos: el nacionalismo y el racismo, para la necesaria mancomunidad de esfuerzos, conocimientos y financiación (PP: 44, 57, 59, 62, 63).

Las realidades internacionales, complejas y cambiantes, no encuentran fácil cauce ético y moral en sus áridos terrenos, aunque una activa sociedad  civil  logra prender con fuerza, por ejemplo, en el ámbito humanitario, ecológico,  académico o periodístico, cobrando importancia la reminiscencia de la encíclica de Montini, después, perfeccionada por otras que, ante el signo de nuestro tiempo,  claman por un bien común universal.  Y, a pesar de las tendencias  ciertamente resistidas a la globalización, como ocurre hoy con Estados Unidos y Gran Bretaña,  han sido aprovechada por varios de los países emergentes que, medio siglo atrás, eran exponentes de una pobreza que sorprende.

Por cierto, resistencia que no debe confundirse a la de una vertiente globalizadora maldita, como es  la de una expansión orgánica del terrorismo, integrismo religioso o tráfico de drogas, capitales delictivos, armas u órganos humanos.  Paradójicamente, como ocurre en el caso venezolano, evidenciándose cada vez más el Narco-Estado, los regímenes de vocación totalitaria tienden a rechazar la vertiente bondadosa para preservarse, realizando la maldita; e, incluso, por una parte, desdibujándolos, promueven y adoptan mecanismos de integración de un estricto sentido político, esencialmente defensores del continuismo gubernamental de las partes que los suscriben, sin otra utilidad real – económica y social - para sus pueblos; y, por otra, entendiéndolos como eminentemente explotadores, claman por la ayuda - principalmente financiera -  de los países desarrollados, aunque – de recibirlas – rehúsan cualquier rendición de cuentas.

Precisamente, la carta encíclica que nos ocupa, luce oportuna para la propaganda oficialista por sus exigencias de solidaridad, ayuda y asistencia a los países pobres. Asimismo, por no ventilar el drama humano, social y económico de los países del llamado socialismo real que, más de veinte años después, se desmoronaron, conociéndose las consecuencias de la exclusiva dirección política de la economía, el mercado planificado y la propiedad estatal, ausentes las libertades fundamentales para la realización de la persona humana.

El destino universal de los bienes

La carta encíclica expresa: “… Si la tierra está así hecha para que a cada uno le proporcione medios de subsistencia e instrumentos para su progreso, todo hombre tiene derecho a encontrar en ella cuanto necesita” (PP: 22).  Los bienes creados – continúa – deben valorizarse a través del esfuerzo inteligente y perfeccionarse mediante el trabajo, debiendo equitativamente alcanzar a todos y, cualesquiera sean los demás derechos, como el de propiedad y libre comercio,  facilitarlo.

Recordando aquello del que no trabaja, no come,  juzga severamente la codicia o avaricia, señal de un subdesarrollo moral, yendo a la utilidad pública de la propiedad, cuyos conflictos – entre derechos privados adquiridos y exigencias comunitarias primordiales – deben resolver los poderes públicos (PP: 18, 23). Luego, el principio del destino universal de los bienes, lejos de la generosa abstracción de uso ocasional y demagógico, apunta a las fórmulas históricas que lo concretan.

Evidentemente, la citada crisis humanitaria que sufrimos, expresión tardía y conclusiva de las otras que, muy acaso, inadvertidamente se acumularon y manifestaron, apunta al impune incumplimiento del principio. Se dirá que, al finalizar el siglo anterior, registramos una creciente pobreza extrema con reducidos círculos sociales que se apropiaban de la renta petrolera, pero nunca antes habíamos llegado a cotas indecibles de desabastecimiento e inexistencia de los alimentos, medicamentos y productos de higiene personal, con cifras macroeconómicas que el Estado teme revelar según el mandato legal, añadidas las casi treinta mil muertes violentas y prematuras que afectan a los sectores más jóvenes y vulnerables de la población, agravado todo por un discurso populista que tuerce las realidades y, a la vez, inculpando a terceros, pretende todavía  generar expectativas resueltamente infundadas.

Entonces, de comparar la situación actual con la del país que heredó, el socialismo – no por azar – (ultra) rentista, mejor simbolizado por las bolsas de basura destrozadas que toman por asalto familias enteras con hambre, ha significado un enorme retroceso. Y, a la luz del documento pontificio en cuestión, nos imponemos rápidamente de las tres facetas de un régimen que, valga la coletilla, ha excretado un elenco de privilegiados con ningún o poco trabajo que legítimamente los justifique, confiscando los más altos ingresos petroleros obtenidos en nuestra historia y, faltando poco, inmiscuidos en prácticas delictivas que llaman la atención de la justicia internacional: “Con lastimera voz los pueblos hambrientos gritan a los que abundan en riquezas” (PP: 3).

Por una parte, apartando la sistemática persecución y represión ejercida, la autodenominada revolución pacífica ha extendido e intensificado su crueldad para imponer una regresión de las condiciones materiales y espirituales de vida de los venezolanos, muy distante del progreso armónico y de los equilibrios indispensables, ofreciéndose la violencia como una tentación, aunque compartamos la convicción de  que “en modo alguno se puede combatir un mal real si ha de ser a costa de males aún mayores” (PP: 29, 30 31).  Por añadidura, valorada la misión que ha cumplido Caritas Internacional (46), apenas un ejemplo, es necesario no olvidar que esta organización eclesiástica también intentó una generosa ayuda humanitaria para el pueblo venezolano, pero los medicamentos y suplementos alimenticios  fueron confiscados por el SENIAT con destino incierto [6].

Por otra, ha desconocido y violentado el derecho a la propiedad privada que contribuye mejor a la realización del destino universal de los bienes,  afectando la independencia de las personas y la autonomía de las comunidades, en beneficio de un Estado que, por la vía de una abusiva y generalizada expropiación quebrantó y quebró  la economía e, incumplido el principio de subsidiariedad, condenando a la población a su ineficacia, despilfarró y saqueó  la riqueza común: a la desindustrialización acelerada, se une la improvisada y contraproducente Ley (habilitada) de Tierras (PP: 29), condenándonos a las importaciones de alimentos para las cuales ya no existen recursos suficientes, por no mencionar – en la era del control de cambio – la masiva exportación de capitales ilícitos de una casi imposible investigación y sanción (24).  Resulta necesario aclarar, con CIERCO, que, aún en los casos de una extrema comunidad de bienes, no tiene sentido alguno si ella es y garantiza su indigencia [7].

Después, el documento pontificio estima necesarios los programas orientados a garantizar la solidaridad hacia los pueblos subdesarrollados, añadidas las inversiones públicas y privadas, los préstamos y otras ayudas gratuitas que no comporten injerencia, la calificación de los recursos humanos, y los cuales no bastan si no se construye un mundo distinto (PP: 33, 47, 54, 70). Un fondo mundial, alimentado con una parte de los gastos militares, contribuirá al esfuerzo (51). No obstante, a juzgar por las demandas internacionales de una ayuda sistemática de los países desarrollados, reclamo aupado por el régimen actual venezolano por todos estos años, intentando lo propio al auxiliar a las comunidades pobres con motivo de la visita del extinto presidente a Nueva York, en un claro afán de demagogia, la creación de un fondo como el aludido, comporta como contraprestación la inmediata corrección de distorsiones, por decir lo menos, en el ámbito económico interno: guardando las distancias por su naturaleza y alcances,  el Fondo Monetario Internacional (FMI), satanizado hasta el hastío, podría auxiliar al gobierno venezolano en la medida que cumpla con un programa de ajustes y reestructuración que evite la repetición del problema, pero no lo ha hecho ni lo hará – perdiendo su propia identidad y estabilidad – ya que la condena al sacrificio inútil y a la radical incertidumbre constituyen claves para su permanencia.

Una encíclica de interpelación

La carta encíclica de PABLO VI, testimonio de una larga, sostenida y coherente reflexión de la institución eclesiástica, interpela a la Venezuela actual envuelta en un inédito drama humano, aunque los sectores más avisados del oficialismo puedan manipularla con motivo de  su 50° aniversario en razón de la crítica esgrimida al capitalismo liberal, la demanda de ayuda a favor de los países más pobres y la omisión que hizo del socialismo real de su tiempo.  Proclamado el bien común universal, ofrece válidas orientaciones para la presente etapa de una globalización que tiene resistencias, aunque privilegie nociones superadas en torno a la dependencia, no sin dar pistas de claridad para las relaciones otrora pendientes de interdependencia.

Reivindica caros principios que, en su momento, despertaron la polémica y estimuló un proceso más o menos importante de diferenciación en los sectores cristianos políticamente comprometidos, a juzgar por su inmediata recepción en nuestro país. Incluso, una rápida muestra de la prensa de 1967, ofrece indicios de una discusión todavía útil, pues, a modo de ilustración, revalidamos un comentario del nada conservador  sacerdote jesuita MARTÍNEZ GALDEANO: “La propiedad privada de los bienes productivos cumple su razón de ser natural cuando defiende o afirma con eficacia a la misma persona y a su libertad”, sentencia que nos tienta – sin ceder – a una reflexión sobre las ideas política y económicamente sensatas que todavía esperan en este siglo XXI [8].

Por creerlos realizados y hasta consolidados, nos solemos debatir sobre los principios y valores, tomándonos fácilmente por asalto la premodernidad hacia la que retrocedemos. El documento pontificio ofrece una oportunidad para coincidir y discrepar, en la inevitable tarea de reconstrucción del país que nos tocará.

NOTAS
[1]        Lanzada el día 26 de marzo de 1967 (Pascua de Resurrección), disponible en: http://w2.vatican.va/content/paul-vi/es/encyclicals/documents/hf_p-vi_enc_26031967_populorum.html
[2]        TOSO, Mario (S/f) “Globalización y Populorum Progressio”, disponible en: http://www.caritas.es/imagesrepository/CapitulosPublicaciones/939/03%20-%20Globalizaci%C3%B3n%20y%20Populorum%20progressio.pdf
[3]        Preguntaba LEBRET: “¿No era normal que hubiese países proletarios, del mismo modo como en las naciones industriales habían existido núcleos o estratos proletarios de población?”. Vid.  LEBRET,Luis José (1969) “Desarrollo=Revolución solidaria”. Desclée de Brouwer, Bilbao: 44.
[4]        HERNÁNDEZ atina al observar: “La estrategia de supervivencia del socialismo del siglo XXI está en manos de dos o tres mediocres agencias de publicidad, no del Frente Francisco de Miranda ni del buró político del Partido Comunista de Cuba. Quien recorra el dial de las emisoras gubernamentales, la cadena de televisoras, la concatenación de periódicos y el bloque de cuñas que saturan todos los medios constata que la gran crisis es que el vacío satura las ideas, con el perdón de la termodinámica”. Vid. HERNÁNDEZ, Ramón (2017) “Pensadores en extinción”, El Nacional, Caracas, 18/03, disponible en: http://www.el-nacional.com/noticias/columnista/pensadores-extincion_85937.
[5]        TOSO, M. Op. cit.: notas 1 y 2.
[6]        S/a (2016) “Seniat se apoderó de carga de medicamentos de Caritas de Venezuela”, El Nacional, Caracas, 23/11, disponible en: http://www.el-nacional.com/noticias/sociedad/seniat-apodero-carga-medicamentos-caritas-venezuela_519.
[7]        CIERCO, Eduardo (1967) “Concepto de la propiedad y de la expropiación forzosa”, en: AA. VV. “Comentarios de Cuadernos para el Diálogo a la Populorum Progressio”. Edicusa, Madrid: 31, 33, 39.
[8]        MARTÍNEZ GALDEANO, Fernando (1967) “La encíclica social de Paulo VI”, SIC, nr.  , disponible en: http://gumilla.org/biblioteca/bases/biblo/texto/SIC1967295_219-222.pdf. Esperando por una versión íntegra del texto, fundado en los cables internacionales de noticias, en la misma semana de su publicación, CALDERA saludó la carta encíclica considerando  la justicia social internacional como tema central, mientras que otros sectores llegaron a calificarla hasta de un “marxismo recalentado”. Por momentos, con la muerte de Konrad Adenauer, distrajo su atención sobre la encíclica. Vid. CALDERA, Rafael (1967) “La nueva encíclica”, El Nacional, Caracas, 31/03; y  CAÑIZÁLEZ Andrés (2007) “Las exigencias de la Populorum Progressio”, SIC, nr. 694: http://gumilla.org/biblioteca/bases/biblo/texto/SIC2007694_175.pdf.-  La tentación es la de versar sobre las más razonables alternativas al socialismo (ultra) rentístico,  como se plantearon muy a principios de la década de los noventa de la pasada centuria, reapareciendo infructuosamente en sus postrimerías.  Convengamos que, si bien es cierta la “profunda aprehensión hacia el liberalismo económico y especialmente hacia sus excesos economicistas”, según indica AVELEDO COLL respecto a CALDERA, no menos lo es que tardía y parcialmente aplicó algunas de las medidas satanizadas por “neoliberales” en la etapa final de su segundo gobierno, contrariando la prédica electoral. Cfr. AVELEDO COLL, Guillermo (2016) “Caldera en la hora neolberal”, en: ARRAÍZ LUCCA, Rafael [Compilador y prologuista] “Rafael Caldera: estadista y pacificador. Centenario de su nacimiento”. Ediciones B – Fundación Konrad Adenauer – Universidad Metropolitana, Caracas: 62.

21/03/2017:

jueves, 21 de julio de 2011

PUNTAS DE HILO


EL NACIONAL - Jueves 21 de Julio de 2011 Opinión/8
ATres Manos
Miradas múltiples para el diálogo
Viejas costuras en el "buen vivir"
ABRAHAM GÓMEZ R.

"El orden económico y social y su progresivo desarrollo
deben subordinarse a las personas, y no al revés. No es
posible construir un orden que no tenga a la persona como
centro, que no esté al servicio del hombre, que no se funde
o tenga como base la verdad, la justicia y el amor".
Paulo VI. Gaudium et Spes.
(Encíclica papal. Concilio Vaticano II, 1965)


Cada cierto tiempo, conforme han ido apocándose las dosis de credibilidad y confianza, escuchamos con mayor o menor estridencia la presentación de un renovado plan o programa para poner "el país en marcha". De casi todo se ha dicho. Los inflados e impactantes ofrecimientos han recorrido diversos escenarios.

Dígame aquello que nombraban gallineros verticales o producción organopónica. Ambas ideas de ingrata recordación por estrafalarias. No hace falta ser muy inteligente para saber que nos encontramos en un profundo atolladero. Que mientras otras naciones han logrado dejar atrás con suprema audacia las crisis recientemente confrontadas, y hoy ya están en franca recuperación, aún nosotros estamos sumergidos en ese piélago de indecisiones y desaciertos. Tal vez la penuria mayor que nos asfixia como sociedad sea la marcada fractura. Estamos escindidos en dos mitades hasta ahora irreconciliables. Dejemos a un lado las hipocresías y empecemos a aceptar esta triste realidad que nos flagela.

Lo que llegamos a pensar sobre nosotros mismos constituye una parte "tangible" de lo que verdaderamente somos.

Admitamos con humildad el mal que nos aqueja para que a partir de allí encontremos las alternativas de solución.

Vamos a detenernos, con brevedad, en el siguiente análisis: únicamente con el anuncio y asomo de los rasgos sobresalientes del plan de "desarrollo endógeno" una inmensa mayoría poblacional ancló sus esperanzas, por cuanto abría la posibilidad de satisfacer las necesidades básicas que tenemos apelando a la participación prospectiva de la comunidad, además con suficiente celo en el cuidado del medio ambiente. Al tiempo que se echaban las bases para la implantación de un modelo socio-económico a través del cual los ciudadanos desplegarían sus propias propuestas y potencialidades. Con el renombrado "desarrollo endógeno" las metas trascenderían desde lo local-comunal hacia arriba, en perspectiva del resto del país y del mundo. Desde cuándo hemos estado escuchando la obligación de "sembrar el petróleo".

Esta pudo haber sido, entonces, la ocasión para diversificar nuestra economía, estimulada con la participación autogestionaria y propuestas serias de diferentes formas de propiedad, de relaciones de producción y de consumo urbano-rural. Augurábamos, con ese plan nacional nonato, que cada región transformara sus ventajas comparativas (recursos naturales y ubicación geográfica) en ventajas competitivas como vía expedita para multiplicar el empleo productivo, el bienestar social y garantizar la calidad de vida. Bastante desquiciado será quien se oponga a un desarrollo desde dentro del país. Pero tampoco hay que ser tan idiotas para no reconocer la frustración y desilusión que atravesamos. Nuestra estrategia de desarrollo nacional (no hablamos de crecimiento) debe ser mucho más compleja que crear dispersos núcleos de desarrollo endógenos, por el mero interés partidario y para el aprovechamiento ideológico. A lo mejor si dejáramos a un lado los pesados fardos llenos de mezquindades podemos hacer conciencia del recurso que nos prodigó la naturaleza, aparejado al talento humano que concretamos como país en un crisol de posibilidades. Tal vez, entonces, encontremos la vía que procure entre nosotros la construcción de una sociedad con ética de sustentabilidad, con sentido de equidad.

La humanidad ha dado lecciones singulares al respecto.

Ha habido sociedades que se han logrado reencauzar con sólo darse el reconocimiento respetuoso de las diferencias que de modo intrínseco poseen sus ciudadanos. La comunidad política que persigue en esencia el bien común debe estar basada en la legitimidad para que prospere la justicia.

martes, 21 de diciembre de 2010

a propósito de pablo sexto


De una interpelación de la punta de la nariz
Luis Barragán

La radical inmediatez ante todo, es un rasgo fundamental de los tiempos que corren, obligados a una masiva catarsis tras la frustración de las expectativas personales y colectivas. Políticamente tendemos a automatizar nuestras respuestas respecto a las grandes vicisitudes públicas de la que también quisiéramos divorciarnos, adivinando en la renuncia una más confortable y llevadera existencia.

Tendemos a sopesar (un poco) más las decisiones adoptadas en casa, procurando acertar cuando ya la situación parece desbordarnos, aunque – frecuentemente – prevalecen aquellos prejuicios y temores que impiden dar el “salto hacia adelante”, por suerte de ese conservatismo preventivo que nos caracteriza. Sin embargo, las grandes o modestas cuestiones públicas las sentenciamos pronto según la versión maniquea, irreflexiva y colérica que cultivamos, siendo otros, enteramente otros, los culpables de nuestras desgracias: preferimos una gigantesca laceración moral, apostando por un poder que la haga espectáculo de drenaje, aunque –siendo aún poder que se dice democrático – se abstenga de explicar sus propias incompetencias.

Por lo general, no reparamos en la desatención real que le prestamos al muchacho en casa o evadimos los recurrentes vicios en los que incurre la junta de condominio, resignados a lo que el azar disponga. Al fin y al cabo, ¿no somos una sucursal del gigantesco casino que es el mercado petrolero internacional?

El compromiso público es demasiado frágil, dando alcance al ámbito privado donde no todo puede anudarse al oportunismo. Nos decimos opositores u oficialistas, excretando todas las rabias que no pueden inundar la casa cuando el muchacho va camino a la deserción escolar o la alícuota del apartamento impide acceder a un magnífico móvil – celular, optando precisamente por la incomunicación real con el hijo que virtualmente nos comunica que sus amigos no son unos atorrantes, como los de aquella canción de Serrat.

Habrá otras explicaciones, pero lo cierto es que – bajo éste u otro régimen – no deseamos ver más allá de la punta de la nariz, aceptando únicamente la condición de implacables jueces que, a lo sumo, protestan desde las redes social mostrando el coraje del que somos capaces. Defendemos una pureza a toda prueba, blindada, a prueba de balas, acusando a otros de la más absoluta inmoralidad, única instancia de la que somos expertos.

En días pasados, reencontramos un viejo ejemplar subrayado hasta el hartazgo, compilación de los mensajes del Papa Pablo VI. Valga la larga cita de la Audiencia General que concedió (28/06/67), aún vigente para quienes somos forasteros en nuestra propia casa, Venezuela: “Raramente estamos dispuestos a luchar por principios no vinculados a intereses inmediatos; raras veces exponemos nuestra persona al juicio ajeno, y mucho menos a los vejámenes ajenos; nos agrada pensar por nuestra cuenta lo que no halla crítica y peligro, y en la vida social nos agrada fácilmente adherirnos sin esfuerzo a la opinión pública o nos resulta cómodo dar la razón al más fuerte, aunque no sea el más razonable; fácilmente nos hacemos gregarios y conformistas, y en materia de religión nunca quisiéramos que nos produjese molestias; antes desearíamos con frecuencia una religión que nos pusiese al amparo de todo mal en esta vida y en la futura. En este caso, la Iglesia, órgano de la religión, debería concebirse como un sistema de seguros espirituales y más todavía, si fuese posible, de algún provecho temporal. Y muy a menudo deseamos sintonizar con los demás; hoy nos acomodamos con facilidad a un ‘pensamiento masivo’ “ (“Juventud: búsqueda y encuentro”,Trípode, Caracas, 1974: 35 s.).

Basta el párrafo para la interpelación, por si fuera poco, aún partiendo de la más íntima de las convicciones, como la religiosa, capaz de llevarnos al terreno de la política. Desestimamos la razón como una herramienta tan extremadamente común, descartando otras explicaciones que sugieren un mínimo de esfuerzos, a objeto de alojarnos en las versiones más burdas que se imponen y, claro, por ello lo es, el poder establecido emplea todos los recursos materiales y simbólicos cual agencia terapéutica de festejos lacerantes.

Ir más allá de la punta de la nariz, interrogándonos, es la demanda fundamental de una transición democrática pendiente. Incluye la de una reorientación de la vida personal que ya no puede depender más de la ruleta, por divertida que pueda parecer.

Fuente:
http://www.opinionynoticias.com/opinionpolitica/6709-de-una-interpelacion-de-la-punta-de-la-nariz
Fotografía: Pablo VI y el futuro Juan Pablo II