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domingo, 17 de abril de 2016

POR CIERTO, ¿POR QUÉ PDVSA NO EXPLORA LA FACHADA ATLÁNTICA VENEZOLANA?

Derrumbe del mito petrolero
Luis Barragán


Relato de los orígenes que conceden identidad, convicción e inspiración, por fuerza providencial o por el curso irresistible de la historia, el mito luce como un fenómeno natural de la especie. Por irracional que fuese, opera efectivamente en la vida de los pueblo y, entre nosotros,  no hay otro más poderoso que el de la gesta independentista que, por épocas,  parece debilitarse a favor de otros que a la postre lo complementan.

Grosso modo, aún hay confusión respecto al Día de la Independencia, su enunciado o declaración, pues, debido a la trascendencia de ambos eventos, el formidable impacto de los sucesos, el difícil contexto de ambos en un conflicto inevitable de actores, el 19 de Abril de 1810 se equipara al 5 de Julio de 1811.  Todavía el régimen escolar no logra zanjar la debida distinción y valoración, agravada la circunstancia por el deseo de profundizar el mito bolivariano, sintetizador definitivo como injusto de toda la Independencia, procurando auspiciar el más reciente y, a la vez, frágil: Chávez Frías.

Ya sugerido, al poderoso mito independentista le siguen otros que, en crisis, lo golpean: clara reminiscencia de la prédica bicentenaria, el oficialismo nos dijo un “pueblo valiente” en la última campaña electoral que lo hizo acreedor de un incuestionable rechazo popular, porque – además – la exaltada personalidad del llamado “comandante eterno” fue lo que nos trajo a la debacle actual que, a falta de explicación, remite a los ritos de un culto que nunca tuvo la suficiente fortaleza por más que la maquinaria propagandística lo trillara. Y solemos pasar ahora por alto el derrumbe del otro mito: la potencia petrolera que somos y debemos ser, cuando desaparecen hasta nuestras más elementales ventajas competitivas en los mercados internacionales, ya quebrada PDVSA.

Consabido, el modelo rentista petrolero reclama, por lo menos, desde hace tres décadas, el reemplazo por otro que permita – valga subrayarlo – el libre desarrollo de todas nuestras potencialidades, fuerzas y factores. Sin embargo, cuando comenzaba a legitimarse en el imaginario colectivo, una economía (y una sociedad) post-rentista, irrumpió nuevamente el mito del país de infinitas capacidades petroleras y, por pesado que fuese el crudo que duerme esperándonos en el subsuelo, susceptible de todas las necesarias alianzas, inversiones y tecnologías que reclaman, hicimos de nuestras reservas una bandera insustituible, pretendimos decretarnos como potencia y radicalizamos un nacionalismo – acotemos – insincero, para aterrizar en una realidad demitificadora: retrocedimos a un vulgar país productor que tampoco alcanza el milagro de las cifras que antes nos prestigiaban, con increíbles pérdidas de mercado y, para más señas, con las refinerías literalmente en el suelo.

Derrumbándose por obra de una realidad insobornable, el mito chavista arrastra en su descenso al de una inexpugnable potencia petrolera, afectando – mas no liquidando – el bolivariano. Y, cuando ya desaparecía la ilusión que nos daba fuerza moral, explicando hasta el origen y secreto mismo de la fuerza de un país, exigiendo otra más novedosa,  aquélla recobró un engañoso vigor para descalabrarse lenta, pero efectivamente: el mito petrolero que, ahora, aunque nos resistamos, pone no sólo en duda la celebración independentista del 19-A y el 5-J, sino la independencia y vigencia misma de la República.

Fotografías: LB (UCAB), piezas de Rolando Peña.


18/04/2016

martes, 11 de mayo de 2010

La herencia de la tribu


http://www.opinionynoticias.com/librosyautores/3734-de-la-herencia-tribal
http://www.notivargas.org/columnistas/7479-luis-barragan--de-la-herencia-tribal.html
De la herencia tribal
Luis Barragán

El polvillo ligero y reiteradamente fugaz de los comentarios, no logra atrapar la naturaleza íntima del régimen que está hecho de la versión impuesta de la memoria histórica, el imaginario social y la cultura política, alcanzada a través de largas décadas de fatigoso andar republicano. La complejidad de la materia está extraordinariamente sintetizada por Ana Teresa Torres, mediante – la entendemos así – una esencial recapitulación de finales de año: “La herencia de la tribu. Del mito de la Independencia a la Revolución Bolivariana” (Editorial Alfa, Caracas, 2009).

Pareciendo notas personales, recogidas al amparo de una angustia de reinterpretación del fenómeno revolucionario, por cierto, tan particular, reseña las principales posturas o escuelas que explican el éxito de una experiencia y un proyecto de vocación totalitaria. Citas y notas informativas, pueblan la obra como si también intentara informar al más desavisado de los foráneos, sobre personalidades, situaciones y voces que presumimos universales.

Lograda una consistencia teórica, aunque dispersa, tiene por principal ventaja la de subsumir los detalles aparentemente triviales del mensaje presidencial, tácito y explicito que ha abundado hasta el hartazgo por todos estos años. Gestos y alocuciones, consignas y animaciones que copan todavía la vastedad mediática, necesitan de una explicación que la autora encuentra en la intimidad de todas nuestras honduras colectivas: las supuestas improvisaciones, los detalles o las menudencias, delatan las grandes hormas que parecen confortables aún para quienes reclaman un lugar en las trincheras de oposición.

Estamos hechos de una robusta escolaridad que desemboca, día a día, en nuestras más distraídas posturas políticas. Acaso, somos una gran ficción desprendida del viejo malentendido de la libertad e independencia, insoluble en la sociedad venezolana (105).

Torres enfoca con excelente pedagogía, por ejemplo, el mito bolivariano ilustrado, histórico, cristiano, pagano, filosófico, psicológico, marxista y “lombardiano”, que concurre al de mayor calibre: el fundacional y bolivariano que hace a la república heroica y libre, donde la nostalgia sustituye la conciencia histórica (53 ss., 108, 126 s.). Quisiéramos saber del sistemático empeño, pretendidamente “antibolivariano”, que – a guisa de ilustración – exprimió la mejor tinta de José Ignacio Cabrujas o Manuel Caballero, en los diarios caraqueños de los ochenta: obviamente, resultó insuficiente.

Las múltiples y anudadas - término clave (254) - correspondencias establecidas por la autora, necesitaban de una inicial y contundente definición del imaginario, e imaginario tribal, en lugar de la tardanza que reclamara al más despistado lector, posiblemente el destinario protagónico del ensayo. El dúo implacable de la satanización y la victimización que explica buena parte de nuestra vida histórica, ha logrado sustentar tal imaginario en el mesianismo militar, el bolivarianismo, la pena por una independencia inconclusa (138, 141, 158, 192), permitiéndonos concluir que la correspondencia estelar entre el “electorado” y Chávez Frías quizá tardará en diluirse, mientras éste, inescrupulosamente ha blindado la democracia de los sondeos.

Abrigamos dudas sobre el héroe y el heroísmo, el camino hacia la libertad y la fiereza del pueblo venezolano (24, 93), pues - modesta hipótesis - el contrapunteo pudiera resumirse entre los chivos emisario y expiatorio, en la senda del constante reacomodo que haya explicación en el pesimismo que nos explica. La fanática secta en la que se ha convertido el chavismo, ya no movimiento político o expresión concreta de poder, nos permite acentuar los aspectos de religiosidad que Torres trata, tenido el petróleo como vertebrador de lo tribal y moderno, cuyo capítulo final está esbozado: “Como en todo pacto de ficción, su duración depende de la fidelidad del escucha” (64 s., 117, 131, 261), una derrota que puede hacerse maldición eterna en el intento de llenar elvacío de un imaginario, tal vez como fue y lo es el peronismo argentino.

Acierto conceptual, transitamos una revolución permanente, jamás imaginada por Trotsky, el postulante, que nos deja como tarea pendiente la de estudiar el mito democrático, levantado sobre otro octubre, en el “modelo colapsado de sociedad rentista centralizada” (129, 132-135), vistos los estragos de la antipolítica y el militarismo. Revolución que se traduce en una sociedad de sobrevivientes, con un héroe siempre en pie – si se quiere – como es el malandro (161), tan persistente como el famoso manual de Carreño frente a toda Constitución que nos demos y que nada abona a los “pavitos” que también le fastidió la paciencia de sociólogo y penalista a José Rafael Mendoza, a finales de los cincuenta.

Sentimos, es el cotidiano vigor de una escolaridad hastiada donde el heroísmo tiene su mejor domicilio, más allá de la moneda o de las ocurrencias toponímicas (52, 127), pues también cursan la flora, la fauna y las evocaciones que no son necesariamente rurales. Algún día, podrá comprobarse el origen del socialismo manipulador de Bolívar y de la bolivarianidad, tarea de historiadores que trasciendan a Hugo Chávez o Douglas Bravo, asumiendo lo mucho que le queda de expiatorios a los chivos que – realmente – devienen emisarios, los que antes suscitaron más interés por su destino físico que por sus remisiones, inquietudes o planteamientos teóricos (174-176).

La obra cuenta con un buen soporte teórico, aunque diseminado de tal manera que – a veces – lo acerca a la crónica o reseña. Estupenda pieza recapituladora de los aportes realizados en los últimos tiempos, por una parte, mereció más de la Torres que asomó a Freíd, por ejemplo; y, por otra, una evaluación crítica de tales aportes, aunque se nota la ausencia de María Sol Pérez Schael (apenas mencionada, 121), Omar Astorga, Ramón Piñango o Herbert Koeneke.