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viernes, 18 de septiembre de 2015
CAZA DE CITAS
"Doble víctima de la lectura, don Quijote pierde dos veces el juicio: primero, cuando lee; después,cuando es leído"
Carlos Fuentes
("Cervantes o la crítica de la lectura", Joaquín Mortiz, México, 1976: 77)
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lunes, 4 de noviembre de 2013
LEGADO
La lengua en que vivimos
Sergio Ramírez
El recién clausurado Congreso Internacional de la Lengua Española que se celebró en Panamá, se ocupó del español en el libro, como tema central, en tiempos en que la tecnología digital afecta cada vez más no sólo las maneras de leer y de escribir, sino también de percibir el mundo, y por tanto, de vivir la cultura. Libros de ayer, impresos en el viejo y querido papel que parece empezar a decirnos adiós, y los libros virtuales de hoy y de mañana, en los que hay que acostumbrarse a leer, y que abren una inmensa posibilidad de acceso a las palabras, una posibilidad insospechada que al mismo tiempo puede significar un formidable desperdicio.
El escenario del Congreso fue Centroamérica, que es una tierra fundada por los libros, no poca cosa para una región que aún se debate en busca del camino que la aleje de la pobreza y la marginación. El nicaragüense José Coronel Urtecho señala que hay una obra de valor universal por cada período de la historia de Centroamérica: el Popol Vuh, el libro sagrado del pueblo quiché, en la época precolombina; la Verdadera Relación de Bernal Díaz del Castillo en la época de la conquista; La Rusticatio Mexicana de Rafael Landívar en la época colonial; y la poesía de Rubén Darío en la época independiente. Agreguemos a esa lista las novelas de Miguel Ángel Asturias en el siglo veinte.
Son libros que cuentan la historia como un gran mural en movimiento, y relatan la disputa trascendente entre la opresión y la libertad, la muerte, la guerra, el despojo, el exilio; y registran las maneras en que se ha formado nuestra cultura desde las civilizaciones prehispánicas, y cómo la lengua y sus transformaciones e invenciones va tejiendo esa red que nos impide caer en el vacío, porque no pocas veces hemos sido salvados por la palabra de la mediocridad y del olvido.
Pero estos libros que definen a Centroamérica también nos llevan, desde la lengua quiché en que desde el anonimato nos fue heredado el Popol Vuh, el latín clásico en que fue escrita La Rusticatio Mexicana por un jesuita exiliado en Bolonia, y el español del siglo de oro de Bernal, soldado de la conquista, hasta la virtud transformadora de la lengua, encarnada en Rubén Darío, modernista y modernísimo que aún sigue abriendo puertas en el idioma como se las abrió a Neruda, a Vallejo, a García Lorca, a Borges. Con Rubén ganamos en la cultura el espacio de libertad que el caudillismo cerril nos negaba en aquel paisaje rural, desangrado por las guerras, poblado de analfabetos y donde medraban los "licenciados confianzudos, o ceremoniosos, y suficientes, los buenos coroneles negros e indios, las viejas comadres de antaño...", según recuerda él mismo.
Comenzamos a ser modernos en la literatura, cuando seguíamos siendo arcaicos en el sistema democrático, con una pléyade de escritores que junto a Rubén buscaba trastocar las viejas reglas del idioma, su maestro de los alejandrinos Francisco Gaviria, su incómodo discípulo Enrique Gómez Carrillo, Juan Ramón Molina, Aquileo Echeverría, Darío Herrera, Ricardo Miró, y el delfín de todos ellos, Rafael Arévalo Martínez, y más tarde vendrían a apuntalar esa modernidad en el siglo veinte nombres que resistirán al tiempo como los de Rogelio Sinán, Yolanda Oreamuno, Carlos Martínez Rivas, Roberto Sosa, Roque Dalton, Augusto Monterroso y Luis Cardoza y Aragón.
Con Asturias sabremos que la novela es capaz de contar la historia lejos de la letra muerta de los historiadores. Es en las fantasmagorías de El señor presidente donde surge la voluntad omnímoda de un solo hombre que todo lo pervierte, contamina y corrompe, esperpentos, criaturas del poder que siempre han tratado de huir del parámetro ético, y que hallaremos luego en las páginas de La muerte de Artemio Cruz o en las de Conversación en la catedral.
A la lista de libros fundadores que iluminan a Centroamérica bien pudo haberse agregado El Quijote, para que señoreara entre ellos, si es que Felipe II hubiese atendido la petición de Cervantes "de hacerle merced de un oficio en las Indias de los tres a cuatro que al presente están vacantes que es uno la contaduría del Nuevo Reino de Granada, o la Gobernación de la Provincia de Soconusco en Guatemala, contador de las galeras de Cartagena, o corregidor de la ciudad de la Paz". El cargo que pedía en Soconusco, una tierra pobre de la Capitanía General de Guatemala, era el más humilde y desprovisto de todos; pero ni en ése tuvo fortuna, y se le respondió que mejor buscara una posición por aquellos mismos lados, la Mancha, que, de todos modos, llegaría a ser un territorio común de la lengua de aquí y de allá, como dejó dicho Carlos Fuentes.
De haberse escrito El Quijote en América hubiera sido fruto de la añoranza por la tierra lejana de Castilla, como lo fue la Rusticatio Mexicana para Landívar por la tierra americana. Aunque también imaginemos a aquel Rey de los hidalgos, Señor de los tristes, cabalgando por las sabanas del altiplano de la cordillera oriental de los Andes, o por la planicie costera de Chiapas, o haciendo estaciones en el ardiente litoral del Caribe, o subiendo las alturas del altiplano andino, como anduvo por los parajes de la Sierra Morena.
Cervantes fue quien nos heredó esa lengua que habita hoy las pantallas y tabletas electrónicas, lengua portátil que aguarda en las infinitas bibliotecas virtuales que ya estaban en la imaginación de Borges, y crea nuevos códigos, se nutre del lenguaje digital y de los nuevos paradigmas de la comunicación, se apropia con brillo de los neologismos y se abre a hibridaciones cada vez más sorprendentes.
Cervantes, queriendo matar los fantasmas ya decrépitos de la imaginación medieval, mientras se burlaba de ellos, despertó otros más abundantes que no han cesado de multiplicarse en la lengua en que vivimos. Una lengua que es ya del futuro. La lengua siempre viva de la imaginación.
http://www.sergioramirez.com/10-articulos/318-la-lengua-en-que-vivimos.html
Reproducción: Dibujo de Cruz Alvarez. Élite, Caracas, 397 del 22/04/1933.
Sergio Ramírez
El recién clausurado Congreso Internacional de la Lengua Española que se celebró en Panamá, se ocupó del español en el libro, como tema central, en tiempos en que la tecnología digital afecta cada vez más no sólo las maneras de leer y de escribir, sino también de percibir el mundo, y por tanto, de vivir la cultura. Libros de ayer, impresos en el viejo y querido papel que parece empezar a decirnos adiós, y los libros virtuales de hoy y de mañana, en los que hay que acostumbrarse a leer, y que abren una inmensa posibilidad de acceso a las palabras, una posibilidad insospechada que al mismo tiempo puede significar un formidable desperdicio.
El escenario del Congreso fue Centroamérica, que es una tierra fundada por los libros, no poca cosa para una región que aún se debate en busca del camino que la aleje de la pobreza y la marginación. El nicaragüense José Coronel Urtecho señala que hay una obra de valor universal por cada período de la historia de Centroamérica: el Popol Vuh, el libro sagrado del pueblo quiché, en la época precolombina; la Verdadera Relación de Bernal Díaz del Castillo en la época de la conquista; La Rusticatio Mexicana de Rafael Landívar en la época colonial; y la poesía de Rubén Darío en la época independiente. Agreguemos a esa lista las novelas de Miguel Ángel Asturias en el siglo veinte.
Son libros que cuentan la historia como un gran mural en movimiento, y relatan la disputa trascendente entre la opresión y la libertad, la muerte, la guerra, el despojo, el exilio; y registran las maneras en que se ha formado nuestra cultura desde las civilizaciones prehispánicas, y cómo la lengua y sus transformaciones e invenciones va tejiendo esa red que nos impide caer en el vacío, porque no pocas veces hemos sido salvados por la palabra de la mediocridad y del olvido.
Pero estos libros que definen a Centroamérica también nos llevan, desde la lengua quiché en que desde el anonimato nos fue heredado el Popol Vuh, el latín clásico en que fue escrita La Rusticatio Mexicana por un jesuita exiliado en Bolonia, y el español del siglo de oro de Bernal, soldado de la conquista, hasta la virtud transformadora de la lengua, encarnada en Rubén Darío, modernista y modernísimo que aún sigue abriendo puertas en el idioma como se las abrió a Neruda, a Vallejo, a García Lorca, a Borges. Con Rubén ganamos en la cultura el espacio de libertad que el caudillismo cerril nos negaba en aquel paisaje rural, desangrado por las guerras, poblado de analfabetos y donde medraban los "licenciados confianzudos, o ceremoniosos, y suficientes, los buenos coroneles negros e indios, las viejas comadres de antaño...", según recuerda él mismo.
Comenzamos a ser modernos en la literatura, cuando seguíamos siendo arcaicos en el sistema democrático, con una pléyade de escritores que junto a Rubén buscaba trastocar las viejas reglas del idioma, su maestro de los alejandrinos Francisco Gaviria, su incómodo discípulo Enrique Gómez Carrillo, Juan Ramón Molina, Aquileo Echeverría, Darío Herrera, Ricardo Miró, y el delfín de todos ellos, Rafael Arévalo Martínez, y más tarde vendrían a apuntalar esa modernidad en el siglo veinte nombres que resistirán al tiempo como los de Rogelio Sinán, Yolanda Oreamuno, Carlos Martínez Rivas, Roberto Sosa, Roque Dalton, Augusto Monterroso y Luis Cardoza y Aragón.
Con Asturias sabremos que la novela es capaz de contar la historia lejos de la letra muerta de los historiadores. Es en las fantasmagorías de El señor presidente donde surge la voluntad omnímoda de un solo hombre que todo lo pervierte, contamina y corrompe, esperpentos, criaturas del poder que siempre han tratado de huir del parámetro ético, y que hallaremos luego en las páginas de La muerte de Artemio Cruz o en las de Conversación en la catedral.
A la lista de libros fundadores que iluminan a Centroamérica bien pudo haberse agregado El Quijote, para que señoreara entre ellos, si es que Felipe II hubiese atendido la petición de Cervantes "de hacerle merced de un oficio en las Indias de los tres a cuatro que al presente están vacantes que es uno la contaduría del Nuevo Reino de Granada, o la Gobernación de la Provincia de Soconusco en Guatemala, contador de las galeras de Cartagena, o corregidor de la ciudad de la Paz". El cargo que pedía en Soconusco, una tierra pobre de la Capitanía General de Guatemala, era el más humilde y desprovisto de todos; pero ni en ése tuvo fortuna, y se le respondió que mejor buscara una posición por aquellos mismos lados, la Mancha, que, de todos modos, llegaría a ser un territorio común de la lengua de aquí y de allá, como dejó dicho Carlos Fuentes.
De haberse escrito El Quijote en América hubiera sido fruto de la añoranza por la tierra lejana de Castilla, como lo fue la Rusticatio Mexicana para Landívar por la tierra americana. Aunque también imaginemos a aquel Rey de los hidalgos, Señor de los tristes, cabalgando por las sabanas del altiplano de la cordillera oriental de los Andes, o por la planicie costera de Chiapas, o haciendo estaciones en el ardiente litoral del Caribe, o subiendo las alturas del altiplano andino, como anduvo por los parajes de la Sierra Morena.
Cervantes fue quien nos heredó esa lengua que habita hoy las pantallas y tabletas electrónicas, lengua portátil que aguarda en las infinitas bibliotecas virtuales que ya estaban en la imaginación de Borges, y crea nuevos códigos, se nutre del lenguaje digital y de los nuevos paradigmas de la comunicación, se apropia con brillo de los neologismos y se abre a hibridaciones cada vez más sorprendentes.
Cervantes, queriendo matar los fantasmas ya decrépitos de la imaginación medieval, mientras se burlaba de ellos, despertó otros más abundantes que no han cesado de multiplicarse en la lengua en que vivimos. Una lengua que es ya del futuro. La lengua siempre viva de la imaginación.
http://www.sergioramirez.com/10-articulos/318-la-lengua-en-que-vivimos.html
Reproducción: Dibujo de Cruz Alvarez. Élite, Caracas, 397 del 22/04/1933.
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lunes, 31 de octubre de 2011
VELA DE ARMAS

EL NACIONAL - LUNES 31 DE OCTUBRE DE 2011 ESCENAS/2
Bendición cervantina
PALABRAS SOBRE PALABRAS
LETRAS
FRANCISCO JAVIER PÉREZ
Cada nueva edición de Don Quijote representa una bendición. Acto sagrado, dar vida nuevamente a la obra magna de la lengua española y de su literatura significa el mejor recordatorio de la grandeza que puede alcanzar una lengua y de la penetración que puede lograr su expresión estética. Acontecimiento singular, la actividad literaria y cultural que ha promovido el alumbramiento no puede menos que convocar al festejo. Suceso inesperado, los estudios filológicos, esos que son despertados por la nobleza de la lengua y conducidos por sus pasiones de verbo y vida, cantan su florecimiento con cada nueva edición de este libro.
Sacro acto, singular acontecimiento e inesperado suceso vienen superlativamente a significar, rememoración de la grandeza de la lengua, invitación al festín literario y su filológico florecer cuando se trata no sólo de una edición más, bendición incuestionable, sino de la primera edición crítica venezolana de El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha (Monte Ávila Editores, 2010), un sueño muchas veces soñado y nunca logrado hasta hoy.
La ejecutora de este proyecto que recupera la dilatada tradición hispanista de los estudios literarios venezolanos e inaugura su capítulo más moderno es la profesora María del Pilar Puig. Reconocida estudiosa de estas materias, egresa de la Escuela de Letras de la UCV, de la que será su directora durante dos períodos, y se doctora en Filología Hispánica en la UNED, en Madrid. Ha dado a la imprenta una edición de La Celestina (Los libros de El Nacional, 1999) y un conjunto de artículos y colaboraciones sobre problemáticas inexploradas de la literatura española, visiones muy ricas y productivas para las investigaciones venideras y en curso.
A estos empeños viene hoy a sumarse la importante tarea crítica que la profesora Puig ha hecho para anotar con amorosa meticulosidad de especialista esta nueva edición del monumento.
La tarea ardua y provechosa puede resumirse en los siguientes totales: 6.000 notas críticas al texto de Cervantes, 5 secciones preliminares y 3 apéndices (encargados a Carla González y Juan Pablo Gómez).
Protagonistas indiscutibles serán esas notas relacionadas a lo largo de la obra.
Representan el aporte enorme de la empresa de comprensión múltiple exigida por el Quijote para los lectores modernos y el mejor tributo al más alto santuario de la lengua española y al mayor documento de su literatura. La edición se ha encargado de proponer un ingente número de anotaciones críticas que permiten resolver los tropiezos léxicos y lingüísticos que un lector moderno pudiera tener frente a su conocimiento del español del siglo XVI, aumentar o aclarar aspectos literarios e históricos sobre autores, obras y personajes y ofrecer comentarios especializados sobre el texto y sus distintas materias temáticas.
Contribución de primera significación para el hispanismo cervantista venezolano, esta publicación abre un capítulo no ensayado en el renglón de ediciones críticas de autores clásicos en nuestros estudios literarios. Método y modelo, podrá seguirse para otras iniciativas similares.
La edición Puig del Quijote instala a la filología venezolana moderna en el contexto del cervantismo internacional y ello representa su aporte mayúsculo.
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