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miércoles, 2 de mayo de 2012

EL DESTINO DE LA MEMORIA

EL NACIONAL - Sábado 28 de Abril de 2012     Papel Literario/4
Liubliana o la memoria como destino
MIGUEL GOMES

La imaginación y las conductas verbales de Eduardo Sánchez Rugeles (Caracas, 1977) parecen dotarlo bien para el cultivo de la novela. Sus historias fluyen no como ríos, sino como sistemas hidrográficos; en ellos las diversas anécdotas se entreveran y tejen sus cursos.

La variedad de su obra oculta una ambición totalizadora que compensa las angustiosas fragmentaciones de la psique de sus personajes, asediados por experiencias límite.

Con su título más reciente, Liubliana, se completa una trilogía vinculada de algún modo por el exilio o, mejor dicho, por desarraigos espirituales anteriores a la expatriación y que esta sólo robustece o confirma. Es una trilogía donde asimismo se recurre constantemente a la cultura de masas y a sus géneros narrativos o cinematográficos preferidos. En Blue Label/Etiqueta Azul (2010) la desorientación de la juventud venezolana actual se capta con una road novel--más bien road movie, si nos atenemos a las pocas letras de los protagonistas-- en que la identidad individual se diluye entre en las ruinas de un país que nunca ha cumplido sus promesas.

En Transilvania unplugged (2011) el laberinto de una Rumania donde desaparece un caraqueño da pie a una novela negra que culmina con una visión "atroz" de la Venezuela de hoy, alienada de discursos tan heroicos como espectrales. En Liubliana, el whodunit o lo estilísticamente noir se combinan con el relato sentimental. Creo, sin embargo, que esta última entrega merece más nuestra atención por el sutil diálogo que entabla con otras tradiciones, y una de ellas es la de la narrativa venezolana.

De Massiani a González León Tres son las vetas específicas de tal homenaje. Una muy visible apunta al tipo de literatura promovido por Francisco Massiani desde fines de los años sesenta, que en los ochenta y noventa encontró a su más perseverante propulsor en Antonio López Ortega, para volverse lenguaje colectivo únicamente durante el nuevo milenio, cuando Roberto Martínez Bachrich, Rodrigo Blanco Calderón, Juan Carlos Méndez Guédez y otros lo han convertido en signo de los tiempos. Se trata de relatos de formación en el contexto específico de la sociedad latinoamericana, cuyo espacio para el desarrollo de la vida interior suele ser precario debido a la lucha de elementos arcaizantes y concepciones modernas del yo.

La educación sentimental del joven proveniente de una clase media amenazada por extremos en pugna de la cultura de la miseria y la de los rancios mantuanajes en Sánchez Rugeles alcanza la reposada elegancia de lo ya reconocido como natural por un autor venezolano. Las cuitas personales, amorosas en muchos casos, no surgen en su ficción como objetos incómodos, sino que vertebran el decir: una tortuosa relación madre-hijo, un estrepitoso fracaso conyugal, un adulterio a destiempo, amistades ganadas e irremediablemente perdidas precipitan el destino de Gabriel, protagonista de Liubliana.

La segunda veta a la que me refería asocia el proyecto de Sánchez Rugeles al paradigma que Adriano González León instauró en Venezuela con País portátil (1968). Si bien la trama de esa novela y la de Liubliana son sustancialmente distintas, comparten el diseño que les permite construir contrapuntos de historia íntima y colectiva, sagas individuales y familiares, así como un climático desenlace en que pasado y presente se imbrican trágicamente. Los planos heterogéneos de la memoria de Gabriel se entrecruzan a medida que su razón se desmorona en el aquí y ahora, teniendo este proceso como telón de fondo el desvarío político que engolfa a la nación desde los años noventa. Monólogos yuxtapuestos de personajes; sucesos adolescentes caraqueños y desventuras del emigrante en Madrid; reflexiones despreocupadas sobre Disney e infernales escenas de violaciones y asesinatos durante los deslaves de 1999: el arte de combinar anécdotas o voces diversas consolida la clave paralelística sin la cual Liubliana carecería de su poderosa gravedad moral. Esta, sin necesidad de prédicas, nos obliga a sopesar las difíciles encrucijadas impuestas a las manifestaciones más subjetivas de nuestra existencia por la política y otras formas de sociabilidad.

Hágase la oscuridad La tercera huella de la tradición narrativa nacional patente en Liubliana se verifica en su afinidad con el ciclo del chavismo. Me refiero a obras que poco después de la primera intervención mayor de Hugo Chávez en la vida pública --la intentona de golpe militar de 1992-- han captado el clima de disolución tanto material como anímica del país, con propensión al retrato delo decadente, brutal, paroxístico.

Aunque a veces lo fantástico se infiltra, lo anterior se produce usualmente de manera realista, señalando una inesperada repolitización de las letras venezolanas o, al menos, de las lecturas que propician. De nuevo, esta vertiente se remonta a los años sesenta y setenta encontrando en varios miembros de El Techo de la Ballena, pero en particular en un gran narrador asociado a ese grupo, Salvador Garmendia, modelos imprescindibles. Tal como entonces se hizo contrastar la representación del entorno pesadillesco hecho de despojos y materias en descomposición con los ideales progresistas de la democracia, ahora esa misma degradación va de la mano con la crónica de otra versión triunfalista y huera de nación, la de una Venezuela que "ahora es de todos", pero en la cual se agudizan viejas aflicciones sociales y económicas.

Para decirlo brevemente, La hermandad del despertar es la novela del siglo XI, así como El nombre de la rosa, de Umberto Eco, es la novela del siglo XIV

En común con obras de Alberto Barrera, Óscar Marcano, Gisela Kozak, Gustavo Valle, Enza García, Gabriel Payares, Mario Morenza, Krina Ber y otros narradores activos en los últimos doce años, Sánchez Rugeles recrea en Liubliana una Caracas presa de la angustia y la violencia. En palabras de sus personajes, "un lugar perdido para siempre, un supuesto paraíso en el que Dios, en lugar de hacer luz, pronunció un aciago hágase la oscuridad" (p. 160).

En ese mundo negativo los heridos de bala en medio del caos que ocupa las calles llegan "en bultos, montados en camillas" y los rostros de los sobrevivientes "parecen un retrato expresionista, un cuadro triste, en blanco y negro, en el que algún artista maldito quiso tallar la esencia de la desesperación" (p. 161).

Las manos heladas de una mujer Un subgénero nítidamente delineado en el ciclo del chavismo es el de las narraciones del deslave, materia que ya ha inspirado cuentos y novelas memorables. Algunos segmentos de Liubliana, como he adelantado, se nutren de esa sombría imaginería. A los derrumbes históricos la novela añade no obstante uno más ostensible: el de la conciencia de su protagonista, anegada desastrosamente hacia el final por los contenidos mal asimilados de su inconsciente. Si una de las sorpresas ocultas en la trama es un siniestro y violento incesto que empaña la visión idílica --pueril-- que Gabriel tenía de sus amigos caraqueños, la relación entre él y su madre soltera, la Nena Guerrero, traza otro horizonte incestuoso, de regresiones a un origen que ha de devorarlo confundiendo en el magma primordial su identidad de individuo y los fantasmas de los demás. En el desenlace, nuestro héroe retorna al ámbito amniótico y no me parece casual que los nombres de los edificios de la niñez, persistentemente recordados, sugieran el universo líquido de una prehistoria personal: Inírida, Orituco, Caura. El gran desafío de Gabriel es la imposibilidad de desprenderse de los lazos maternos para forjarse un destino; su derrota empieza con la ausencia de un principio paterno auténtico, carencia que resuena en las del país, cuyo sentimiento de perenne orfandad y cuya falta de madurez estimula el culto esperpéntico a los padres de la patria.

Una vez desechada la oportunidad de una relación adulta con Elena, su mujer, en aras de una obsesiva aventura con Carla, mucho menor que él y atada a vivencias adolescentes, se hacen inevitables para Gabriel el fracaso, la locura, el regreso literal al enfangado edificio caraqueño donde, tras los deslaves, vive como un ser de ultratumba la madre vieja y enferma. Percibir ese ciclo puede ayudar a entender el motivo de la asfixia espiritual de la cual no logra recuperarse el personaje de Sánchez Rugeles, por más que obtenga trabajo en Europa y por más que su ideal se sitúe en una ciudad de Eslovenia que simboliza la otredad. Liubliana, aparentemente exótica, distante, es la fantasía de la diferencia, de las transformaciones que no se alcanzan ni ocurren, condenado el sujeto edípico a reintegrarse en sí mismo, en una cuna que lo aprisiona pese a sus intentos de fuga y crecimiento. Nena Guerrero: nada inocente hay en ese nombre, en el cual lo infantil y lo conflictivo se alían para dibujar con áspero sarcasmo una condena. "Las manos heladas de una mujer me taparon el rostro", reza la última línea de la novela. La memoria que nos ancla en el origen se consustancia con la muerte.

Sobrecogedora es la indeterminación a la que nos conduce dicha fábula. Estamos sin duda ante un protagonista de perfil psicológico convincente; dados los contrapuntos y paralelismos con que su historia se cuenta, ¿no estaremos, con todo, ante algo más? ¿Es su historia solamente suya? ¿Por qué el río Liublianica se describe desde el punto de vista de Gabriel, en alguna ocasión, como "aquel Guaire eslavo" (p. 123)? ¿Por qué, en otras, las dimensiones metafísicas del malestar personal cristalizan en discursos de nación --por supuesto, desengañados--: "El mal es Venezuela.

A ese país deberían dinamitarlo, lanzarle una bomba atómica. El Infierno está en la Tierra y queda en Caracas [...] A nosotros Caracas nos hizo ser los infelices que somos. Perdimos el partido porque nacimos ahí" (p. 291)? Hemos nacido en un país, pero antes nacimos en una madre: al lector toca, en última instancia, sacar sus propias conclusiones, elegir su trayecto por la compleja red de ríos hermenéuticos que el novelista, laboriosamente, ha cartografiado.

domingo, 5 de junio de 2011

TRAZOS DE CERCANA LEJANÍA


EL NACIONAL - Sábado 04 de Junio de 2011 Papel Literario/3
Higiene lunar: Carreteras nocturnas de Igor Barreto
MIGUEL GOMES

Quien desee entender las dramáticas transformaciones que en las últimas tres décadas se han operado en la vida cultural venezolana --o, acaso, en el ánimo de sus círculos artísticos y letrados-- podría confrontar el "Sí, manifiesto" (1981) de Tráfico con buena parte de la poesía que los autores que integraron aquel grupo, así como otros de su generación o posteriores, han venido publicando desde fines de los años ochenta. A la voluntad esbozada en ese entonces de "oponer a los estereotipos de la poesía nocturna" una "de higiene solar, dentro de la cual el poeta regrese al mundo de la historia" (Juan Carlos Santaella, ed., Manifiestos literarios venezolanos, Caracas: Monte Ávila, 1992, p. 19), ha seguido una progresiva inmersión en registros menos dualistas de la experiencia, en los cuales las rutas de la noche no parecen sin más descartables y revelan su capacidad de atrapar la inmediatez de muchas vivencias colectivas.

El salto espiritual se observa en todo lo que separa a Soy el muchacho más hermoso de la ciudad (1986) del muy reciente Carreteras nocturnas (2010), libros de Igor Barreto, uno de los fundadores y poeta característico de Tráfico. Si en el primero, además de perfectas muestras de la estética exteriorista y "urbana" de la primera fase de su obra, predomina el aire lúdico de los años ochenta, pródigo en aquello que Renato Poggioli denominaba "culto vanguardista de la juventud" (Teoria dell’arte d’avanguardia, Bolonia: Il Mulino, 1962, p. 51), en el segundo el humor se adensa, el diálogo con lo real incluye de lleno la introspección y el espesor del tiempo traspasa una mirada alejada de todo triunfalismo y ligereza. Las diferencias se agudizan con la supervivencia de un poemario a otro de un explícito referente nacional, pantalla sobre la cual se proyectan los cambios de esta escritura.

El descenso a las tinieblas En Soy el muchacho la parodia propicia una aceptación de la modernidad venezolana de entonces, desarrollista, de estallidos caóticos, donde el individuo debía adoptar como destino una íntima incongruencia con el entorno percibida con dejo humorístico y hasta gozoso, como ocurre en el poema "Amor a la patria", escrito sobre ecos perezbonaldianos: "Cuando estoy lejos // me doy cuenta / de que amo el desorden // y vuelvo" (Caracas: Fundarte, 1987, p. 32); o, en una pieza elocuentemente titulada "Conclusión": "El país / me dejó atrás // pero el país no fue a ninguna parte" (p. 39). En contraste, las distonías de Carreteras nocturnas se vuelven materia trágica, lindante con la desesperación y un decir que, si se esfuerza en mantenerse fiel a lo racional o epigramático, frecuentemente acaba entregado a un magma insumiso, grotesco, en deuda estilística con la coulée de imágenes recomendada por Breton o las efusiones escatológicas de Artaud. Un poema como "La abeja" materializa el pathos en objetos y seres circundantes: "Nada más próximo / a la locura / que la rabia / de una abeja / contra la luz / de una bombilla. / [...] / La noche / de las cosas / engaña / con diminutos soles. / Y la abeja calcina / la cuadrícula / de sus ojos / mientras tensa / sus alas / --la letra / "a" / de la locura-- / y con saña / blande / su único / sable / contra el piso" (San Fernando de Apure: Sociedad de Amigos del Santo Sepulcro/El Puente, 2010, p. 13). Pero en "Habladurías" las embestidas del inconsciente y sus libres asociaciones se vuelven indetenibles tras el estímulo de una realidad tanto o más sórdida: "Los perros son perros y las personas, personas. / Y digo más. / Los perros de raza son verdaderamente los únicos perros: / [...] / el dálmata 100 de Walt Disney / o el lobo siberiano / que el comandante Castro le regaló / un 11 de abril / al triste coronel Chávez. / Pero... / sólo basta que estos / anuden sus sexos con dolor / como nadie lo ha hecho en la escala darwiniana, / si sufren de escabiosis, de micosis, / si se amoratan y mal paren, / si pierden una pata en la autopista / o la oreja se infecta / y moscas de lomo azul cobalto con ellos se amadrinan. / Entonces / aquellos que otrora fueron sólo perros / se transforman --súbitamente-- en personas" (p. 29).

Asco y paroxismo, como podrá apreciarse por las citas precedentes, no son gratuitos o fruto de la irreverencia del "muchacho" que nos salía al paso en la primera poesía de Barreto, sino que surgen de un enconado intercambio con vivencias compartidas por muchos venezolanos. En el lenguaje de Carreteras nocturnas la desintegración del sujeto, asediado por la pesadilla del presente, lejos está del optimismo primicial de quien confía en la modernidad y los modos de vida urbanos; paradójicamente, el contacto con "el mundo de la historia" ahora parece posible mediante un descenso a las tinieblas que radicaliza la ruptura del poeta con sus inicios, luego de una extensa y productiva excursión por el imaginario rural en Crónicas llanas (1989), Carama (2000), Llano ciego (2006) y El duelo (2010). Debido a la evanescente frontera que elabora entre lo real (la decadencia del país) y lo mítico (la nekya, el descenso del hablante a los Infiernos), Carreteras nocturnas hace más feroz su vuelta a la ciudad y su tránsito por las arterias de asfalto gracias a las cuales esta y las provincias se comunican.

Contra la interpretación Esa lectura del aquí y ahora nacional comienza con el motivo de la caída, patente en el poema con que se abre el libro, "Volando cometas chinas en Caracas un domingo de marzo", donde, con un trasfondo de "favelas incrustadas / en la epidermis de las montañas", contemplaremos cómo la cometa en forma de dragón "se volcó / y zozobró --otra vez-el país contra la tierra" (p. 12).

Tras la caída sobreviene la oscuridad en sus facetas más diversas: la hemos visto con un ropaje metafísico de "noche de las cosas" en "La abeja"; en otras oportunidades, será un prosaico fenómeno meteorológico: "De pronto / el cielo / se llenó / de bolsas negras" (p. 14); o una visión indeslindable de la cultura de masas: "Al llegar el Apolo 11 / al espacio / y rebasar / el último / anillo de luz / en el umbral / de lo negro" (p. 22).

En la pieza titulada "Carreteras nocturnas", no obstante, el problema se plantea sin oblicuidades. En ella, llega a su clímax un motivo paralelo recurrente que sugiere el significado más pleno de la oscuridad y, a la vez, una reflexión sobre el ejercicio de la escritura. Varios poemas han prefigurado el acto de trazar y representar como referente cohesionador de la colección. Así, leeremos en el poema "Laika" la asociación del universo incluso afectivo a su percepción en signos: "mi perra pointer / es un dibujo japonés. / [...] / la encontré / a la orilla del río de tinta / de una carretera desierta" (p. 15); esporádicamente, con la metáfora de la cartografía, la amalgama de experiencia y expresión resulta absoluta: "Toda línea / que hagamos / a mano alzada / será un mapa / del cosmos. / Si la observamos / con minúscula atención / surgirán puntos / en su recorrido" ("Dibujos", p. 21). En el poema que da título al conjunto esos preparativos se articulan de modo no solo totalizador, sino sardónicamente épico, si se repara en la sutil alusión a la Divina Comedia que hay en los primeros versos: "Al cumplir los 35 años / me entregué con pasión / a las carreteras nocturnas" (p. 36). La selva oscura en que se pierde la recta vía de Dante alberga ahora un ansia paradisíaca equiparable a la voluntad de representación de la nación: "en ese tiempo viajaba / por el país imaginario / que todos construimos, / un país que me seguía" (p. 36). El verbo construir delata la certidumbre desencantada, para nada infantil o juvenil, de la artificiosidad del paraíso perdido; aunque también el artificio se vincula enseguida al oficio literario, con imágenes como la de los trazos sobre el asfalto: "Solía entonces / asomarme / a la ventanilla del autobús / y mirar en trance / la línea que segmenta / la mitad de la carretera, / aquella línea / atravesada audazmente / por la pelambre de un zorro" (p. 36). Pese a que la carretera es diegética, no olvidemos que figura asimismo en el título del libro: es el "nombre" que el autor ha dado a su obra.

En el cariz explícito de los gestos verbales está el logro mayor de estos poemas, porque si apuestan por la alegoría, lo hacen con tanto énfasis que de inmediato advertimos el guiño, la desfachatez muy campy que obliga a cuestionar su devoción por temas trascendentales como el de los avatares de la nación: "A los 35 años / ya era un viajero / por lugares de crápula y peligro, / y había descubierto algo / tan importante / como el destino familiar / esperado al final de la ruta. / Finalmente / atinaba con aquello / que parecía / una metáfora del país" (p. 37).

La corrosiva ironía a la que se somete lo alegórico se extiende en el poema con pasajes que adoptan, de pronto, un aire ensayístico para facilitar prédicas o lecciones que luego habrán de invertirse: "El novelista Enrique Bernardo Núñez / en Una ojeada al mapa de Venezuela / escribió esta frase: // Ante todo la tierra que tenemos delante reclama de nosotros una interpretación" (p.38). Nótese que la violencia a la que me refiero encarna de una vez en la socarrona atribución de la cita de un ensayo a un "novelista"; el dislate satiriza la erudición de medio pelo que abunda en los mass media, no tardando en traducirse en un plano tonal mucho más ambicioso con el abrupto paso de lo sublime a lo nauseabundo que nos hace aterrizar desde las alturas de la "interpretación" telúrico-patriótica en la realidad incluso excrementicia de lo "nuestro": "Deben ser como las 2 a.m. / y la proa del bus-cama / reduce la velocidad / estacionándose bajo el entechado / de un restaurante de carretera. / Al abrirse las puertas del bus / nos desplegamos aturdidos / a la soledad de los urinarios" (p. 38). Las fotografías de Ricardo Jiménez que acompañan a los versos de Barreto, más allá de su función testimonial, subrayan, por su pertinaz atención al menoscabo de lugares e individuos, a la desolación o a la penumbra, esa dimensión "ctónica" de la visión poética. Por si quedaran dudas, la voz lírica pone sobre la mesa, sin tapujos ni rubor, la matriz analógica con que ha elaborado su alegoría: "quiero decir que el país / es como los restaurantes nocturnos / de carretera" (p. 39).

En este sentido, Barreto está siguiendo en poesía tácticas similares a las de algunos de los mejores narradores venezolanos de hoy: echar mano de obvios alegoremas para subvertirlos y deconstruir la solemnidad de los discursos proféticos, heroicos o magisteriales desde dentro; piénsese, para no ir muy lejos, en la carga metafórica de las "enfermedades" patrias en el caso de Alberto Barrera o en la de nuestra historia petrolera, "subterránea", en el de Gustavo Valle. Que en más de un género reaparezca la iniciativa se explica porque observamos una reacción colectiva a circunstancias que afectan a numerosas configuraciones discursivas circulantes en el país. Quien mejor ha descrito dichas circunstancias ha sido Ana Teresa Torres en el que es, sin duda, el estudio hasta hoy más completo e intelectualmente riguroso de las implicaciones del chavismo para la psicología colectiva venezolana.

La llamada "Revolución Bolivariana", señala en La herencia de la tribu, constituye desde sus comienzos una "alegoría melancólica de la Independencia" que predispone a quienes han estado expuestos a sus efectos a persistentemente reconocer y descifrar el presente en términos de un pasado fundacional y heroico, con correspondencias mesiánicas entre "padres" de la nacionalidad y el líder actual (Caracas: Alfadil, 2009, pp.165-190). Combatir con indeterminación, ambigüedad, contradicciones o sátiras frontales las alegorías es la respuesta que varios escritores mayores han elegido para no abstenerse de cultivar una literatura responsable sin sacrificar valores estéticos que hagan de la escritura algo más que una herramienta. La posición de la poesía de Barreto, en concreto, se vislumbra en reiterados pasajes de "Carreteras nocturnas": una vez retomada la remisión a Una ojeada al mapa de Venezuela, se advierte que en 1939 --año de publicación del libro de Núñez-- "todavía se hablaba de `hermosa barbarie’ / mas hoy / las favelas acorazan / las montañas / con su muro de ladrillos anaranjados. // Es la maldita circunstancia / del presente por todas partes" (p. 40). Podríamos ver en ese presente el orbe de "lo real" --tal como lo concebía Lacan-- que pulveriza las proclamas recién salidas del registro más narcisista de "lo imaginal" con que las alegorías oficiales, ideologías en el más crudo sentido marxista, intentan identificar al "triste coronel" y los orígenes de la nación. Terry Eagleton, refinando disquisiciones de Louis Althusser, lo ha formulado con lucidez en un volumen reciente: "la ideología reinventa lo imaginal en el plano social" (Trouble with Strangers: A Study of Ethics, Oxford: Wiley Blackwell, 2009, pp. 10-11).

La "noche" de la poesía de Barreto bien podría considerarse un correlato del sombrío período en el que se ha sumido el país; semejante conclusión reforzaría, sin embargo, las prácticas analógicas provenientes de las esferas del poder. Si alguna "higiene" hay en las tinieblas recorridas por el poeta, esta podría consistir, ni más ni menos, en una rotunda crítica de las interpretaciones "claras", despojadas de la perplejidad que suscitan los auténticos símbolos --catalizadores, al menos en arte, más de intuición que de razón; distantes, por ello, de las doctrinas que exige la alegoría--. La nocturnidad niega las relaciones especulares que nos impiden coexistir con el Otro aceptando las diferencias. No creo que en estos tiempos haya manera más sobria ni más conmovedora de hacer una poesía ética, de verdad pluralista, comprometida con una digna vida en sociedad.


Ilustración: Georgia O’Keefe, "New York".

martes, 17 de agosto de 2010

gomesismo


EL NACIONAL - Sábado 14 de Agosto de 2010 Papel Literario/4
Vuelta a la narrativa gomesiana
DIAJANIDA HERNÁNDEZ G.

Quien se haya asomado al volumen de cuentos Viudos, sirenas y libertinos (Editorial Equinoccio, 2008), de Miguel Gomes; quien los haya saboreado; quien haya recorrido ese mundo contenido en cientos de páginas de papel y ahora se acerque al más reciente libro de cuentos de este autor, El hijo y la zorra (Mondadori, 2010), puede sentir que volvió a un mundo conocido, que está regresando a una casa familiar. Ese mundo cuidadosamente amoblado, complejo y fino en al arte de narrar de Viudos, sirenas y libertinos dialoga con el construido en El hijo y la zorra, pero ahora con una pequeña vuelta de tuerca, con ese escalón que sube con cada libro Miguel Gomes, quien título tras título va perfeccionando su técnica y va complejizando su mirada de la realidad.

La reciente publicación alarga la malla del ciclo narrativo de Gomes, para usar sus propios términos.

En esta nueva colección de relatos Gomes presenta siete piezas en las que vuelve a los temas que ya podríamos anotar como propios de su escritura. Unos están presentes con más fuerza que otros, pero todos están allí para reconfirmar el catálogo del imaginario ficcional gomesiano. Nuevamente el autor nos acerca a la cotidianidad y su dura mecánica; a las complejas relaciones familiares; al cuerpo y a cómo las personas nos relacionamos con él; a la soledad; a las prácticas intelectuales y a ese humor particular y áspero que llama al lector. No se crea que estamos ante un volumen que repite, no, lo que más sorprende de Gomes es su capacidad para ir subiendo el nivel de su narrativa, para dar giros sin abandonar los tópicos que le interesan.

El hijo y la zorra narra historias que no podría decir que son felices pero que tampoco les queda la etiqueta de infelices. Están en un punto medio, ese que toca con precisión de cirujano las vetas de la realidad. Son historias que cuentan asuntos cotidianos, de lo singular del cotidiano, de lo difícil del día a día, con personajes que dan la sensación de vivir por una extraña inercia, que enfrentan un día a día lioso y difícil. En medio de ese ambiente la mecánica cotidiana se traba, se sobresalta o se acelera y se producen los momentos que Gomes recrea con su pluma. Son tramas singulares, que sorprenden pero que no permiten dudar de su factibilidad.

Lenguaje preciso, descripciones minuciosas, pinceladas de humor inteligente y, como dije antes, áspero; atmosferas bien armadas; diálogos pertinentes, imágenes potentes, intertextualidad, finales que apuntan al vacío a ese juego con la indefinición (que no es tal), personajes elaborados, los elementos del universo narrativo de Gomes están cuidados con esmero para regalarle al lector un rato grato, en ese mundo que no es ajeno y por el que puede caminar con propiedad.

Lectura de vía libre.

EL NACIONAL - Sábado 14 de Agosto de 2010 Papel Literario/4
Virginia Riquelme
Espiral gomesiano


Cada vez con más frecuencia el nombre de Miguel Gomes suena más y más fuerte. Publicaciones consecuentes de sus ensayos y de sus relatos, así como el reciente premio de Concurso Anual de Cuentos de El Nacional hacen que este venezolano vaya construyendo una carrera sólida que lo ha convertido en mención obligatorio cuando se habla de narrativa venezolana actual.

De este modo, la reciente publicación de El hijo y la zorra viene a engrosar la obra que exclusivamente en cuento viene haciendo Gomes. Leer el conjunto de los siete relatos que integran el volumen ("La espera", "El mundo del silencio", "Cuento que da cáncer", "Berlín 2001", "La novia del plata", "Bernardo" y "El hijo y la zorra") es tarea grata, pues estos cuentos vienen a confirmar una idea que ya se dibujaba claramente en su publicación anterior, Viudas, sirenas y libertinos (Equinoccio, 2008): Miguel Gomes no publica colecciones de cuentos sino cuentiarios, son conjuntos orgánicos, con interreferencialidad, pero donde cada cuento posee cuerpo propio. Estos y todos los cuentos de Gomes tienen resonancia, a la vez que una concepción estelística y formal perfectamente trazada. Tal concepción tiene que ver con lo que el mismo Gomes ha llamado "ciclos narrativos". Son ciclos en la medida en que todos los cuentos del conjunto establecen vínculos entre personajes, escenarios comunes, "interés por el cuerpo y el erotismo, por la condición migrante y por las prácticas intelectuales y académicas, la exploración de la soledad de los hombres, el humor inteligente y cómplice y la atención al lenguaje" (Como acota Carlos Pacheco en la presentación a Viudas, sirenas y libertinos, página 8). El mismo Gomes ha afirmado que existen elementos textuales, no sólo en sus relatos sino en los de otros escritores, que "no unen literalmente el conjunto de cuentos, pero permiten al lector hacerlo si lo desea".

De ahí que, llegar a los relatos de El hijo y la zorra es, de alguna manera, continuar con un camino que se había abandonado por un momento y ahora puede retomarse.

En este sentido, estamos ante relatos que bien pueden leerse individualmente fuera del volumen, pues su unidad de sentido es completa y no necesitamos de la referencialidad del ciclo narrativo en su totalidad para entender y conocer las historias que se cuentan en cada texto. Pero, el conjunto, leído de principio, da una percepción mayor de un mundo complejo donde podemos obtener una visión más completa del universo gomesiano; los personajes que pasan de un cuento a otro, de un libro a otro, se transforman, pero no porque el narrador los replantee o porque se diga más o menos de ellos, sino porque son vistos por un nuevo personaje: conocemos más del primero porque tenemos la visión de otro.

Es preciso observar la obra de Gomes en conjunto, ver paso a paso cómo se erige un mundo narrativo que de manera arbórea va desplegando relatos sin separarse de su eje.