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sábado, 16 de mayo de 2020

¿Y SUSTITUTIVO DEL POLÍTICO?

El experto y el político
Francisco Velázquez

Los políticos y los expertos no siempre piensan igual. Ni siquiera actúan de la misma forma. A pesar de que los políticos dirigen y los expertos les asesoran. Recordando un libro de Max Weber, de cuyo fallecimiento se cumplen ahora 100 años, merece la pena señalar las importantes diferencias que tienen un político y un experto, especialmente en esta crisis del covid-19.
Las decisiones las deben tomar los políticos. Parece obvio, pero la tentación de escudarse en los expertos es antigua. Siempre hay opciones y la labor de guiar le corresponde al líder y el líder es el político, que representa en democracia el parecer mayoritario de los electores.
Es ingenuo estar continuamente escudándose en los expertos para la toma de decisiones, pero  es conveniente que los expertos expresen sus opiniones o recomendaciones y que estas sean conocidas por los ciudadanos. Me refiero a los informes, pero no necesariamente a las personas expertas, que pueden estar sometidas a un acoso mediático a menudo incompatible con sus profesiones e investigaciones. Esta es una de las características del gobierno abierto que obliga afortunadamente a los políticos a rendir cuentas, especialmente, como señala Manuel Cruz, en estos tiempos de espectacularización de la política.
La crisis del coronavirus, de una extensión y profundidad desconocida en la historia de la humanidad, ha generado en los responsables la misma confusión que en los ciudadanos: no saben que hacer y con frecuencia adoptan decisiones que deben rectificar pocas horas después o incluso avanzar por otro camino, como han demostrado las erráticas decisiones de Boris Johnson o Donald Trump.
Hay que  tomar consejo de los expertos, pero también adoptar decisiones. Hay derecho a equivocarse y también a recibir las criticas. Los ciudadanos suelen ser más razonables que las soflamas emitidas , a menudo por medio de las redes sociales o las diatribas parlamentarias.
De nuevo Weber nos señala que el ministro… debía darles a los funcionarios especializados las correspondientes directrices de naturaleza política (Weber,1919).
El político debe optar entre las varias opciones propuestas. Es el político quien dirige. Escudarse en la opinión de los expertos para adoptar las decisiones puede ser una buena base de partida, pero la responsabilidad le corresponde al político y nunca al experto, que puede plantear soluciones tan drásticas que impidan el normal funcionamiento de la vida ciudadana, como se observa en la actual tensión entre los expertos sanitarios y epidemiólogos y los políticos en relación con el desconfinamiento.
La distancia entre unos y otros se escenifica en la anécdota que tomo de Harari: «Cuando Alejandro Magno visitó en una ocasión a Diógenes,mientras este se hallaba descansando al sol, y le preguntó si había algo que pudiera hacer por él, el cínico contestó: Si, hay algo que puedes hacer por mi. Por favor, muévete un poco a un lado. Me tapas la luz del sol”.
La persistencia de un Estado clientelar, con el alejamiento de la meritocracia que conlleva, deteriora la calidad democrática y perjudica la eficiencia en la toma de decisiones. Los errores pueden ser especialmente dolorosos en esta etapa de la pandemia, en la que son especialmente visibles los fallos del sistema de protección social y sanitaria pero, «hoy la globalización es utilizada por muchos gobiernos como justificación para su inacción. Si ampliamos las políticas sociales, dicen, el país perderá competitividad» (Víctor Lapuente, 2019).
La tensión política generada por las formas de abordar la pandemia, da paso ahora a las diversas formas de plantear el fin del confinamiento, demostrando que las  mismas evidencias pueden avalar estrategias diferentes, que exigen acuerdos políticos. Este era el menester diario de Alfredo Pérez Rubalcaba, de cuyo fallecimiento hace ahora un año, conferencista del CLAD y vicepresidente del gobierno español, que fue capaz durante su dilatada vida política de tejer acuerdos importantes.
El ministro de Educación de Francia, Jean-Michel Blanquer, refiriéndose a la polémica sobre la apertura de los colegios tras los dos meses de confinamiento, lo ha definido magistralmente: «Asumimos completamente una decisión que corresponde a la autoridad política, decisión a la que aporta luz el consejo científico, pero no es este quien decide».
En suma, los análisis y consejos de los expertos deben fundamentar las decisiones de las autoridades políticas, pero la responsabilidad en el acierto les corresponde a estos, no a los expertos que científicamente analizan los problemas y proponen caminos, lo que puede hacerse a caballo, andando, en automóvil o por vía aérea, según determinen los políticos.

16/05/2020:
https://www.elnacional.com/opinion/el-experto-y-el-politico
Fotografía: Stephen Yang (Reuters). Un maniquí exhibe una mascarilla en una tienda del condado de Brooklyn en la Ciudad de Nueva York, EEUU. Marzo, 2020  https://lta.reuters.com/articulo/salud-coronavirus-mascarillas-idLTAKBN21L2HQ-OUSLT

sábado, 2 de mayo de 2020

¿Y AHORA?

¿Estado o sociedad fallida?
Aníbal Romero

Diversos comentaristas se han referido al actual Estado venezolano como un “Estado fallido”. En lo que sigue argumentaré que el Estado “bolivariano” no es un Estado fallido, aunque creo razonable afirmar que la sociedad venezolana sí lo es.
Empecemos por definir de manera concisa qué es un Estado. Según Max Weber, para empezar, el Estado es una instancia de poder que “reclama para sí, dentro de un determinado territorio, el monopolio de la violencia física legítima”. Cabe constatar que el Estado “bolivariano” (y uso el término “bolivariano” tan solo para designarle, sin contenido conceptual, histórico o moral alguno), no solamente reclama para sí el control de la violencia legítima sino también de la ilegítima, mediante la acción de los llamados “colectivos” y otras organizaciones para-militares colocadas fuera de la ley, dirigidas a intimidar y reprimir al “enemigo interno”.
Los analistas que caracterizan al actual Estado venezolano como “fallido” tienden a confundir el aspecto estrictamente empírico (es decir, el problema de lo que el Estado es), con el aspecto ético o normativo (es decir, lo que debería ser el Estado). Según Thomas Hobbes el Estado, en este ultimo sentido, se define en función de la relación entre protección y obediencia, o expresado en otros términos, en función de la misión de garantizar la seguridad de los ciudadanos a cambio de su obediencia. Desde luego, en el contexto de lo que hoy entendemos como Estado de Derecho esa obediencia no se refiere a un tirano absolutista, sino a las leyes; pero está claro que la misión de la ley es igualmente la de proteger a la ciudadanía a cambio de su legítima aceptación de la misma.
Lo que afirma Hobbes se refiere a lo que un Estado debe lograr. Sin embargo, hay que tiomar en cuenta que un Estado es también un sistema de dominio y control politicos, que en numerosas ocasiones es empleado por quienes detentan el poder para someter a una sociedad y así garantizar su perdurabilidad en el mando. En ese orden de ideas,  el actual Estado “bolivariano” cumple hasta ahora a cabalidad su propósito de desplazar, intimidar, reprimir, someter o expulsar a una sustancial parte de la población, que se muestra inconforme con la situación del país y sus perspectivas.
En otras palabras, el Estado “bolivariano” cumple el objetivo de aplicar con éxito un sistema de dominación y control, que no solamente no protege a un amplio sector de la población, sino que de manera activa procura dejarle desprotegido y en lo posible paralizado, echando por tierra la prescripción hobbesiana, pero a la vez consolidando un modelo de sujeción politica que está lejos de ser “fallido”.
Si adicionalmente recordamos que de acuerdo con Carl Schmitt, el concepto de soberanía es parte fundamental del concepto de Estado, y que según este autor “soberano es el que decide sobre el estado de excepción”, debemos en consecuencia concluir que el Estado “bolivariano” cumple de modo sobradamente eficaz con el criterio esbozado. Lo sostengo de ese modo pues en Venezuela se vive una situación de excepción permanente, es decir, una suspension permanente de la Constitución y las leyes. Resulta patente que el grupo civil-militar que gobierna ejerce un poder arbitrario y enlazado exclusivamente a sus intereses de perdurabilidad en el mando. Es  un modelo que violenta  todos los límites que caracterizan un genuino Estado de Derecho.
De modo pues que si bien el Estado “bolivariano” no satisface los criterios normativos establecidos en algunas de las definiciones citadas, sí debemos admitir que como sistema de dominio y control politicos es un Estado bastante exitoso. No estamos hablando, con relación a la actual Venezuela, de un Estado fallido como podrían ser los casos de Libia, Iraq o Siria. Por el contrario, el Estado “bolivariano” es una instancia de mando político que ejerce sin controles ni límites constitucionales el poder, convirtiendo la prueba de la soberanía (la definición de la situación de excepción de Schmitt), en una vivencia permanente dentro de la sociedad venezolana. Ese sistema o modelo de
dominio ha sido en no poca medida calcado de la experiencia revolucionaria cubana, y seguramente recibe un sólido asesoramiento y respaldo desde la (SIC)  Habana y su red de inteligencia en Venezuela.
Algunos de los rasgos de tal modelo aplicado en nuestro país son éstos: 1) Incorpora a un importante sector castrense al ejercicio del poder y al disfrute de sus privilegios (en Cuba los militares controlan la economía). 2) Da respuesta a las necesidades legitimadoras de la izquierda radical, mediante la retórica anti-imperialista y socialista. 3) Desmoviliza paulatinamente a la población pobre a través de la propaganda y la hegemonía comunicacional, la represión y la dependencia alimentaria, como ocurre en Cuba. 4) Expulsa o somete a la clase media a través de la destrucción de sus expectativas de progreso y libertad. 5) Doblega o domestica al sector opositor mediante el encarcelamiento de sus más auténticos líderes, la preservación de una esperanza siempre repetida de alternabilidad en el poder --pero con mecanismos electorales arbitrarios y/o fraudulentos--, y el otorgamiento parcial y bajo constante amenaza de “espacios”, a los que llega intermitentemente el dinero que el régimen, en última instancia, manipula.
Quizás Hobbes nos diría: El Estado “bolivariano” no es un verdadero Estado. Quizás Weber nos diría: El Estado “bolivariano” no es un Estado de Derecho. Quizás Schmitt nos diría: Una situación de excepción permanente como la existente en Venezuela es una contradicción. Pero me temo que el grupo civil- militar en el poder en Venezuela no tiene excesivo interés en la teoría política. Lo que sí les interesa es la práctica política, en todo lo que tenga que ver con el control sobre una sociedad fallida. A ese grupo civil-militar le interesa el poder, no las encuestas.
Afirmo que la sociedad venezolana es fallida en dos sentidos: En primer lugar, se trata de una sociedad que se ha mostrado incapaz de superarse decisivamente en los planos de la educación, la productividad y la competitividad en el mundo de hoy. La nuestra es una sociedad en la que hace rato se rompió el vínculo entre trabajo y bienestar, que ni siquiera concibe asumir el aumento del precio de la gasolina, el más bajo del planeta, aunque resulta obvio que estamos hablando de una gigantesca distorsión económica, una distorsión que nos revela ausentes y ajenos a las realidades y exigencias contemporáneas. Vivimos del petróleo y queremos seguir haciéndolo.
En segundo lugar, la sociedad venezolana es fallida pues ha permitido que una isla empobrecida y aplastada como la Cuba actual, una isla, sin embargo, cuyo régimen despótico está conducido por una élite politico-militar con objetivos claros y férrea voluntad, nos subordine y explote, mediante la subalternización psíquica e ideológica del grupo civil-militar que nominalmente manda en Venezuela, y ante la mirada impasible de una dirigencia de oposición que en general ni siquiera toca el tema, y pasa a su lado en resonante silencio. Ello sin olvidar a tantos analistas y comentaristas para quienes el reto de la influencia de la Cuba castrista en Venezuela pareciera ser tabú, por razones que francamente ignoro.
El “Estado bolivariano” no es un Estado fallido, ni un narco-Estado ni un Estado
forajido, aunque presente rasgos que nos permiten atribuírle tales calificativos en el plano ético, en el plano de lo normativo. La sociedad venezolana (la sociedad, no el Estado) sí es una sociedad fallida, que se autoengaña sobre su realidad, se hunde cada día más en el atraso en todos los órdenes de la existencia nacional, y admite, con honorables excepciones individuales y momentos de lucha colectiva, su subalternización al régimen tiránico en Cuba.
En términos de modelo de dominación, encontramos entonces que el desarrollado por el gupo civil-militar en el poder en Venezuela, en alianza con el régimen castrista en Cuba, se caracteriza hasta ahora por su eficacia en cuanto a su tarea principal: perpetuarse en el poder.
Pero nada humano es eterno, ni siquiera los “comandantes”. Lo expuesto en estas notas no implica que el Estado “bolivariano” sea invulnerable, o que Venezuela será para siempre una sociedad fallida. El futuro está abierto, y para repetir el lugar común, el futuro tendrá que ver con lo que digamos y hagamos, o dejemos de decir y hacer, en  el presente.

(El Nacional, 22 de octubre 2014)
Cfr.
Fotografía: Christian Verón (Reuters).
Cfr.
http://lbarragan.blogspot.com/2020/05/guerra-no-convencional.html

domingo, 30 de octubre de 2016

CAZA DE CITAS

"Debemos tener claro que toda actividad de orientación ética puede estar sometida a dos máximas antitéticas, absolutamente opuestas: puede basarse en una 'ética de la convición' o en una 'ética de la responsbilidad' "

Max Weber

("El trabajo intelectual como profesión", Bruguera, Barcelona, 1983: 132)

Pieza: Ana Tiscornia.

lunes, 19 de agosto de 2013

LO SISTÉMICO (2)

EL UNIVERSAL, Caracas, 17 de agosto de 2013
Max Weber y Cadivi
Patrimonialismo. La más primitiva de las formas de dominación
GUSTAVO LINARES BENZO

Entre tantos lastres que dejó Chávez en estos años, de los peores es ese afán de agradecerle al gobierno por cumplir su misión. Gracias, Comandante Presidente; gracias, Chávez, son frases que ya se decían a los inicios de estos tres quinquenios perdidos, para asombro de lo que pensábamos era todo el país pero que en realidad era menos de la mitad (ahora es mucho más de la mitad, así de fracasado fue Chávez). Desde Pérez Jiménez no se le daban las gracias al Presidente.
Lo que está en la base de este sentimiento, en el caso en que es sincero y no producto del interés o del miedo, es la muy primitiva idea de que el Estado y sus dineros son del Presidente. A construir ese imaginario, o más bien a reconstruirlo y fortalecerlo, se dedicó cuidadosamente el comandante, desde que comenzó, por ejemplo, a usar la primera persona del singular para anunciar pagos y aportes a obras o servicios. "Le aprobé tanto a Edmée, aquí estoy firmando la compra de neveras que me pidió Menéndez, ya le di millones a aquel para los textos escolares". Inmediatamente aplausos y paneos de señoras mayores embelesadas.
En una palabra, patrimonialismo. La más primitiva de las formas de dominación según Weber. El Estado es patrimonio del jefe, quien con los favores que dispensa se hace con la voluntad popular y a la vez hace del ejército una guardia pretoriana. Los impuestos y las rentas públicas son de su propiedad, no se distingue gobernante de Estado. "Venezuela es la hacienda de Gómez", se decía, pero todos felices. En un régimen así de primitivo la corrupción no puede existir, el peculado es simple disposición de lo que es propio, del comandante presidente y de sus validos.
Antes de Chávez no estábamos en Suiza, el patrimonialismo que nos viene de la colonia, cuando los cargos se compraban y vendían con toda legalidad, ha quedado en la conciencia colectiva de América Latina. De allí que nos importe poco la corrupción, que la veamos como un fenómeno normal pues el botín no es nuestro. Pero también hay que decir que la historia de nuestros países es la historia de la lucha entre barbarie y civilización, entre patrimonialismo y modernidad. En Venezuela esa lucha tuvo una importante victoria en 1958 con la alternabilidad, por más dueños del país que se considerasen los jefes, en realidad eran inquilinos por cinco años, lo que limitaba poderosamente el atavismo patrimonialista. Así, el peor daño entre tantos que el chavismo hizo al país fue la reelección, único motivo de la Constituyente, llevada a la náusea con la eternidad presidencial. Sí, Chávez creía que estaría en Miraflores para siempre, pero la vida es así, ni el gigante es eterno. Y sus sucesores lo creen y de allí sus desmanes.
Era evidente que a Chávez no le interesaba la corrupción. Ahora que ha muerto es fácil la hagiografía y encontrar frases de moralina, cómo no en un hombre que pasó catorce años hablando sin parar. Sólo la cándida declaración de la entonces flamante presidenta del Banco Central de que nada más el año pasado se habían robado veinte mil millones de dólares (USD 20.000.000.000,00) vía sobreprecios de Cadivi, justifica toda esta tramoya. Veinte millardos de dólares era la deuda pública venezolana cuando llegó Chávez al poder. Este atraco se realizó delante de los ojos de Chávez y cuesta mucho creer que no se enterase. Y ninguno de estos cacos estaba debutando. En el ideario chavista, se trataba de una más de las dádivas del jefe patrimonial.
La colonización china es otro ejemplo que sólo puede explicarse dentro de esta creencia primitiva. En una sola operación Venezuela se endeudó en veinte millardos de dólares, los mismos que se cogieron el 2012, mediante un documento que está en chino y que nadie conoce. Sólo los funcionarios del Reino Medio que de vez en cuando vienen a cobrar una deuda que en un instante alcanzó la contraída en casi dos siglos. Se repitió la historia de Guzmán Blanco con el Disconto, tanto Guzmán como Chávez actuaban como los dueños del país.
No se entiende entonces esta cruzada contra la corrupción, aunque sea muy bienvenida. Popularmente no importa mucho, nunca ha sido un problema de las mayorías, más ahora después de tres lustros viviendo con ella y agradeciendo a los propietarios del poder las migajas que distribuyen, creyéndolas espléndido banquete. No está sirviendo para mucho, si se ven las encuestas del propio Sibci. Y enloda la memoria del gigante, que dejó que estas aguas cloacales corrieran por Venezuela.
¿Será por lo que Mario Silva le dijo al virrey cubano?

Ilustración: Rayma, El Universal (Caracas, 15/08/13).