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domingo, 3 de noviembre de 2013

TRÁNSITO

EL NACIONAL - Domingo 03 de Noviembre de 2013     Papel Literario/6
El precursor del biopic literario ha muerto
ATANASIO ALEGRE

Cuando se publicó en alemán la novela de Javier Marías Mañana en la batalla piensa en mí, Marcel Reich-Ranicki hizo en el programa El cuarteto literario un elogio tan contundente que la situó, ya de salida, en el primer lugar de ventas.
Ese programa que mantuvo Reich-Ranicki durante tantos años se convirtió, semanalmente, en uno de los acontecimientos más importantes de la televisión alemana, a pesar de estar hecho a contracorriente de lo que debe hacer alguien que intente captar audiencia.
Razón tiene el periódico sensacionalista Bild, ahora que Marcel Reich-Ranicki ha muerto, al decir que su misión fue enseñar a leer a los alemanes y añade más: que la vida de este crítico literario se convirtió en la novela de todo un siglo.
Reich- Ranicki murió el 18 de septiembre de 2013 a los 93 años y debo señalar que pocas veces se había visto en la prensa alemana un despliegue necrológico de tales proporciones. ¿Pero quién fue este hombre cuya desaparición ha tenido tal resonancia? En 1958, en la reunión del Grupo de los 47 en la localidad de Grossholzleute, Günter Grass, Reich-Ranicki leyó al grupo algunos capítulos de EL tambor de hojalata, alguien le preguntó a aquel desconocido cuyas palabras habían causado tan buena impresión: "¿Y, usted, en realidad, es polaco, alemán o qué?". Ese o qué, apuntaba a una tercera posibilidad que Reich-Ranicki se apresuró a aclarar: "Soy medio polaco, medio alemán y un judío completo". Günter Grass, que había nacido en Danzig, añadió: "-No se hable más del asunto". Su presencia en aquel congreso obedecía a una razón muy personal: contribuir a la limpieza de la mugre con que el nazismo había contaminado a aquel idioma que había aprendido de labios de su madre, una mujer alemana casada con un comerciante judío en la localidad de Wloclawek, en Polonia.
Reich-Ranicki no se consideró nunca alemán, ni polaco ni siquiera judío. Soy hombre sin patria (einheimatloser Mensch), así inició una de sus más famosas conferencias en 1994 en Múnich. La cosa venía de lejos.
Al padre de Reich-Ranicki le arruinó la depresión del año 29 y la madre, preocupada por la educación del niño, lo envió a Berlín con un tío que gozaba de una buena posición para continuar los estudios de bachillerato. A la hora de partir, la maestra se despidió de él con estas palabras: vas a Alemania, el país de la cultura. Cuando aquella noche llegó a Alemania, agotado por el viaje, su tía que le esperaba en la estación, le llevó a casa donde una empleada le sirvió la cena. Viendo comer al niño, la tía le reprochó sin miramientos: "¡Así no se come Alemania!". Era la segunda vez que escuchaba el nombre de Alemania en el mismo día con efectos diferentes. La primera, le llenó de curiosidad por lo de la cultura.
La segunda, hizo que rompiera en llanto cuando se encontró a solas.
Años después, una vez convertido en el critico de la literatura alemana más temido por unos y más apreciado por otros, el hombre que mejor la conoció en su conjunto respondió a un periodista que le preguntó: "¿Y entonces qué es para usted la germanicidad?", "Adolf Hitler y Thomas Mann", respondió Reich-Ranicki, sin dudar un instante.
En el 77 editó un libro con algunos de sus artículos publicados sobre escritores alemanes.
Son 22 autores a los que conviene leer para darse cuenta de lo que es en la historia y en la vida alemana la literatura. Eso de que el escritor escribe y que lo que haga después no le interesa a nadie, no va con ReichRanicki. La mezcla de ambas cosas, vida y obra, a la vista del resultado del texto escrito, constituye un nuevo género que no tengo la menor duda en calificarlo como biopic y cuyos primeros atisbos se dan en este libro.
El biopic ­un género llamado así por los cineastas cuando escenifican la vida de un personaje­ es una forma de relato que no se sale de la realidad, de lo que es, ha sido o representa el biografiado en la sociedad, en la comunidad o en la nación donde vive y actúa, pero con fuerza comunicativa propia y, como digo, sin abandonar los cauces de lo que es o ha sido, de hecho, el personaje objeto del biopic.
Después de haber pasado por lo que pasó Marcel ReichRanicki en el Gueto de Varsovia ­del que huyó con un libro de poemas de Kästner, copiado a mano por la muchacha que lo acompañó en esa aventura, cuando trataban de hacerles subir al vagón que iba llevarles a Treblinka de regreso en Berlín­ años después no encontró otra forma de llenar aquel vacío que entregarse a la literatura alemana. La que fue y la que iba apareciendo. De la que fue emprendió una obra que necesitaba mucho brío para llevarla a cabo: el llamado Der Kanon de la literatura alemana. Son cincuenta tomos (20 dedicados a la novela; 10 a relatos; 8 al teatro; 7 a la poesía y 5 al ensayo). Quien no aparezca allí, de acuerdo al autor, escribe algo que no es literatura.
Ya había pasado con los Evangelios. En consonancia con el canon, cuatro son auténticos, los demás, apócrifos. Él no llegó a tanto. Pero así como dijo que de las seis mil páginas que escribió Robert Musil, sólo 500 se salvaban; que lo mejor de la poesía alemana estaba en los versos de Brecht y Rilke y que la mejor prosa era ostensible en las cartas de Döblin, de otros recogió lo que merecía la pena leerse. De Rilke tuvo noticia en Berlín por un compañero de estudio, judío como él.
El muchacho emigraría luego a Israel y ¡lo que son las cosas! se alistó en el ejército israelí y fue el piloto que comandó el avión que condujo a Eichmann de Argentina a Israel.
Alguien, un día, cargado de estampa, hizo pública una pregunta ¿Y este a quien no le duelen prendas para poner como chupa de dómine a quien no le guste lo que escribe ¿qué es, más que un escritor de escritores? La respuesta iba a tenerla en 1999 cuando apareció el libro de Reich-Ranicki: Mi vida. De ese libro se vendieron 1.300.000 ejemplares y se tradujo a los idiomas más importantes. Ahí no sólo demostró que lo suyo era algo más que habérselas con la realidad, con su propia realidad, ya que sin salirse un ápice de lo que le había sucedido, sin omitir los episodios que le hicieron vivir de una manera tan esquinada en la Alemania que le había acogido, lo contó todo con tal fascinación como lo hubiera hecho el mejor de los novelistas del momento. Me atrevo a clasificar este libro dentro del género biopic. (Limonov, de Emmanuel Carrère, un autor francés de estos días, ha consolidado el género). La expresión biopic viene de la inglesa biografic, utilizada en el cine cuando se trata de la representación cinematográfica de la vida de un personaje.
En la literatura actual, la idea es mantener la atención del lector, hacer que leído el primer capítulo ya no pueda dejar el libro, tal como acontece en cada una de las escenas en que el cine desarrolla una biografía. Pues bien, esto es lo que sucede con la autobiografía de Reich-Ranicki: el lector se siente envuelto por la fascinación de lo dicho.
Debo confesar, a continuación, que no me atreví a adjudicarle la paternidad del género antes de su muerte. ¿Quién sabe por qué caminos le hubiera llegado el asunto para desautorizarme con la vehemencia con que sabía hacerlo? Ya me pasó una vez, aunque para bien. En un vuelo París-Madrid mi compañera de puesto era la traductora al alemán de Muñoz Molina. Cuando le entregué mi tarjeta, me dijo: "Bajo esta firma salió hace dos semanas en PapelLliterario de El Nacional de Caracas una reseña sobre Sefarad, la última de las obras de Muñoz Molina".
"Es un texto mío", dije.
Vayan pues mis mejores deseos en su tránsito para el hombre cuyos textos ­anticipándose a este género del biopic que tanto margen está dando hoy a algunos escritores­ me han enseñado personalmente que la literatura, la que merece la pena, es el mejor antídoto para anular ese vacío del humano existir en un mundo en el que cada vez uno va entendiendo mejor aquello de Heidegger :el ser es el tiempo.

lunes, 14 de marzo de 2011

CURSO DE CONTABILIDAD AVANZADA


EL NACIONAL - Sábado 12 de Marzo de 2011 Papel Literario/4
Los noventa de Reich-Ranicki
ATANASIO ALEGRE

1 Cuando el jefe de redacción del periódico aceptó la primera reseña sobre literatura alemana de aquel joven que decía llamarse Marcel Reich, puso como condición, a su vez, que debía buscarse un pseudónimo para evitar la nefasta evocación del Tercer Reich. El articulista colocó entonces una desinencia polaca a su apellido de forma que el más importante escritor de escritores que ha tenido la literatura alemana firmaría desde entonces, hasta cumplir los 90 años de vida en los que ahora anda, como Marcel Reich- Ranicki.

Por aquella época también, en una de las reuniones del Grupo 57, un grupo de escritores dedicado a purgar el idioma de la contaminación ideológica del nazismo, a la pregunta de Günther Grass sobre quién era aquel tipo que hablaba tan convincentemente sobre literatura alemana con acento polaco, el aludido se apresuró a responder: "soy medio polaco, medio alemán y un judío completo".

Lo que no sospechaba el autor de El tambor de hojalata es que, este medio alemán, convertido con la mudanza de los días en el más temible de los críticos literarios, iba a publicar en una de las revistas mas leídas, una reseña sobre la novela de Grass, --a contracorriente de la fama que había adquirido-- sometiendo el libro a un análisis crítico en el que señalaba que los puntos débiles de la novela superaban a los fuertes. En lugar de reaccionar de una manera hostil, Grass se hizo amigo del crítico y tomó el apunte de lo que este hombre había escrito. Fueron amigos, aunque dentro de la norma que Marcel Reich-Ranicki utilizaba para con ellos: la distancia y, para acortarla, el teléfono.

"Antes de que se inventara el porno-teléfono --dijo en una oportunidad-- yo inventé el teléfono literario, en alusión a las largas conversaciones telefónicas que mantuvo semanalmente con el escritor Walter Jens, su mejor amigo.

Quien se enfureció con la crítica que hizo a sus novelas en general y de manera especial a una de ellas, fue Heinrich Böll. Reich-Ranicki era deudor a Heinrich Böll, entre otros beneficios, de haber logrado el permiso, casi impensable, de residente en la Alemania Federal. Se habían conocido en Varsovia donde Marcel Reich-Ranicki se dedicaba en la Polonia comunista a reseñar la literatura de la Alemania Oriental.

Las autoridades del Círculo de Escritores le encomendaron que atendiera al forastero como era debido, el cual llegaba precedido de la fama de ser el escritor más importante de la posguerra.

Tenía en su contra haber servido Böll como soldado en el ejército alemán los seis años de la guerra en diversos frente. Que viniera en ese momento a significarse, no les hizo ninguna gracia a los polacos, por más éxito que tuviera como escritor.

Y así fue. Dos veces hubo que cambiar de sala para la conferencia anunciada y terminó dándola en un pequeño recinto ante siete personas.

Pero la forma como lo trató Marcel Reich-Ranicki y la valoración que hizo de su obra en la radio, impresionaron favorablemente a Heinrich Böll.

Cuando el comunismo polaco enseñó los dientes a Marcel Reich-Ranicki y decidió residenciarse en Alemania Federal, fue Heinrich Böll quien le sirvió de fiador, llegando a ofrecerle dinero para los primeros acomodos.

Pero, todo ello no fue obstáculo para que un día comenzara una crítica sobre una de las novelas de Böll en los siguientes términos: "Valoro la amistad con Böll por encima de cualquier cosa, incluyendo el hecho de que haya escrito una novela tan mala como la que tengo delante".

Para ese momento, Reich-Ranicki era ya un crítico que podía echar por tierra la fama de una obra con una de sus terribles reseñas.

Böll le respondió muy enojado en un programa de televisión y no se volvieron a hablar durante muchos años.

Pero ocurrió que, un año antes de la muerte de Böll, se encontraron en un congreso. Böll se acercó a Reich-Ranicki y le dijo: --Creo que ha llegado en momento de volver a darnos la mano.

--Por supuesto, replicó ReichRanicki, extendiendo la mano. Gesto al que Boell no correspondió.

Reich-Ranicki temió un escándalo cuando vio que se le acercaba. Cuando lo tuvo al lado, le susurró al oído la grosería alemana más vulgar: --Eres un Arschloch, añadiendo a continuación: --Ahora, sí podemos darnos un abrazo.

¿Tenía para Reich-Ranicki más importancia la literatura que quienes la producían? Sin amor a la literatura no es posible la crítica. Y sin crítica no hay literatura, pero sin literatura la crítica carece de sentido. Aunque bien pensadas las cosas, así como no es posible imaginarnos un mundo sin música ¿se podría decir lo mismo de un mundo sin la literatura, sin la poesía, por ejemplo? Ahí están las tragedias y los dramas de Shakespeare, ¿habrán sido capaces de evitar un solo crimen? Por aquellos días, millones de espectadores asistían al teatro de Berthold Brecht, ¿cambiaron, al salir de la función, de posición política o llegaron a abrigar alguna duda sobre su ideología? El proceso de Kafka ¿habrá logrado evitar una sola de esas condenas injustas? Las "Doña Bárbaras" y los "dientes rotos" ¿nos han servido para reaccionar ante la barbarie o el ridículo, respectivamente, entre nosotros? Quienes creen en la función pedagógica de la literatura, tal vez van a tener que cambiar de mira y dirigirla más bien a averiguar por qué un escritor se compromete con lo que dice. En otras palabras: ¿Qué espera de la crítica el autor? Que hablen bien de su obra, que le tomen en cuenta, cuando menos. ¿Y el editor?: Pues que el critico le ayude a convertir su inversión en ganancia. Pero ¿y el crítico en cuanto tal? Pues, después de haber entendido la obra, --cosa que no siempre es fácil-- ayudar a quien esté dispuesto a leerla, a que la comprenda, si es que se decide a recomendarla.

Marcel ReichRanick ha vivido una vida de identifi cación total con la literatura alemana, en tal grado que ha podido llegar a emprender la que ha sido la más osada de las aventuras literarias: publicar el Canon de la literatura alemana en cincuenta tomos

Cuando apareció la primera novela de Thomas Bernhard, Helada (Frost) --magistralmente traducida al español por Miguel Sanz--, Marcel Reich-Ranicki se quedó perplejo. ¿Qué trasmitía aquel autor en una obra como esta? Lo vino a saber mucho más tarde, después de haber leído un breve cuento de este autor en uno de los semanarios alemanes.

Trasmitía angustia, una angustia cósmica que sólo podría definirse después de haber comprendido algunos de los finales de los dramas de Shakespeare.

De modo que Reich-Ranicki no dijo nada sobre este autor hasta que logró entenderlo. Lo curioso es que, después de haber entrevistado a Thomas Berhnard, tuvo la impresión de que éste tampoco era consciente o al menos no se interesaba en saberlo, sobre lo que había escrito. Una situación como esta ya había sido descrita por Goethe: mientras más inconmensurable resulta la obra de un poeta para la inteligencia del lector, tanto mejor para el lector.


2 Creo que he divagado antes de ofrecer las coordenadas de este hombre que cumplió 90 años sin abandonar la trinchera desde la que ha disparado cargas mortíferas de profundidad, frente a todo lo que literariamente le ha parecido que no tenía razón de ser o no cumplía con el canon.

Marcel Reich-Rainicki nació en Polonia en una familia modesta, al frente de la cual estaba un hombre a quien se le dieron mal los negocios. Hizo el bachillerato en Berlín. Leyó durante esa época a los clásicos alemanes, llegando a conocer casi de memoria a Goethe, a Schiller, a Fontane y, de manera especial, a Heine, con quien se identificaba. Cuando fue a inscribirse en la universidad, ya bajo el dominio de los nazis, no solo fue rechazado, sino que lo deportaron a Varsovia.

Pasó en el gueto de Varsovia una buena parte de la guerra.

El día que iban a deportarlo al campo de concentración, agarró a su novia de la mano --su esposa actual-- se salió con ella de la fila y huyeron. Oyó como el soldado que los custodiaba montaba el máuser.

--No va disparar, es un niño que apenas ha cumplido 16 años, y si se atreve no nos va a dar, porque no tiene puntería, tranquilizó a su novia.

Y efectivamente el soldado checo, que ni siquiera entendía alemán, no disparó..

Esa noche durmieron en una alquería donde un matrimonio los acogió, a pesar del riesgo que ello representaba.

Durante la temporada que permanecieron en la alquería, hasta que concluyó la guerra y volvió a salvarle la vida un soldado del ejercito ruso, judío como él, en las noches se dedicó a contar al matrimonio el argumento de las obras de Shapeskeare.

De regreso a Varsovia y cuando a los comunistas se les llenaros los ojos de noche, como es ya de ley, Reich-Ranicki se largó al Berlín de su adolescencia.

Era para ese momento un experto en literatura alemana y se atrevía a hacer juicios que nadie osaba formular: decir, por ejemplo, de Robert Musil que de las tres mil páginas que escribió, solamente se salvan quinientas, las demás no merecía la pena que las hubiera escrito.

Cuando se instaló en Alemania, sin otros estudios que los de bachillerato, decidió que su ocupación por muy comprometida que le resultara, ya no seria otra en la vida que la de crítico literario.

Y en esto se le ha ido el tiempo: durante setenta años no ha hecho otra cosa que crítica literaria y nadie ha llegado a tener una visión tan completa, tan aguda de la literatura alemana como él. La literatura y el modelaje que ha representado en la vida alemana, en la vida social alemana, la presencia de ese sobremundo de personajes de ficción que constituyen para un país de soñadores un peso mucho más denso, a veces, que el de su moradores reales.

Ese es el entorno en el que ha vivido Reich-Ranicki.

En agosto de 1955 --según escribió en su autobiografía-había ido de vacaciones a la playa. Tenía entonces 35 años.

En un momento en que levantó la vista del libro que estaba leyendo, vio que se acercaba hasta donde estaba una muchacha de unos 16 años con dos sobres. Uno de ellos contenía una carta en la que se leía lo siguiente: "Por encargo de mi esposo, que se encuentra en este momento hospitalizado, si bien se está recuperando, correspondo a su amable escrito del 9 de julio".

Firmaba, Katia Mann.

En el otro sobre había un telegrama de la Radio Polaca de Varsovia. El texto decía los siguiente: "Thomas Mann murió ayer. Stop. Le rogamos que nos escriba una nota necrologica de unos quince minutos, a ser posible hoy mismo".

"¿Me conmovió la noticia? ¿Se me llenaron los ojos de lágrimas? ¿O seguía pesando en la belleza de la muchacha de la falda azul? No puedo recordarlo, pero me sentí desolado. Pues era muy consciente de que Thomas Mann me había impresionado e influenciado e incluso modelado como ninguna otro escritor alemán de nuestro siglo. Ya sabía entonces que desde Heine, a nadie había estado yo tan profundamente ligado como a Thomas Mann. Me sentí totalmente desvalido en aquella silla frente al mar".

Marcel Reich-Ranick ha vivido una vida de identificación total con la literatura alemana, en tal grado que ha podido llegar a emprender la que ha sido la más osada de las aventuras literarias: publicar el Canon de la literatura alemana en cincuenta tomos. Quien no aparece en ese canon, puede haber escrito lo que sea, pero no es considerado un escritor dentro del recinto de la literatura alemana.

Es mucho decir, pero así ha sido.

En referencia a su amor por la literatura, creo que hoy como cuando concluyó de escribir su autobiografía, bien podría repetir aquellos versos del Tristan de Hofmannsthal: "Es un sueño que hayamos estado nosotros dos el uno al lado de otro, algo impensable".

Ese ha sido el signo del compromiso de ReichRanicki con la literatura alemana.