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domingo, 8 de mayo de 2011

HACEDORES


El Nacional Todo en Domingo - Domingo 08 de Mayo de 2011 TODO EN DOMINGO/17
Los artesanos de la música
En sus manos está el delicado oficio de elaborar y restaurar los instrumentos que luego mostrarán su sonoridad. El oficio que llegó de Cremona, Italia, tiene en el país varios maestros veteranos que lo representan y una amplia generación de relevo en formación. En el Sistema existe un semillero de luthiers que ya ha creado y reparado los instrumentos que luego están en manos de las orquestas. Su sede principal está en Caricuao y sus pupilos se reproducen en toda Venezuela
Jonathan Reverón

Cremona, al norte de Italia, no supera los 80.000 habitantes
y su edificio más alto es la torre principal de una basílica, la de San Miguel. Hay provincias europeas prolijas en muchos asuntos, pero ésta en particular es cuna fundamental de buena parte de la música que escuchamos. En Venezuela, a kilómetros de distancia de la tierra de la familia Stradivari, el oficio cremonés de luthier es un trabajo de mujeres y hombres invisibles que se refugian en sus talleres, cuevas de madera donde se hacen instrumentos sinfónicos, con la mística que sólo se hereda de maestro a maestro desde hace siglos.

A principios de los años 60, con la fundación Fe y Alegría, el padre José María Vélaz se impuso el sueño de construir una taller de lutería en el país.

El sacerdote mandó a sembrar árboles de fresno en Mérida, esperó con paciencia a que crecieran y con el hallazgo de artesanos de distintas partes del mundo, se comenzaron a construir los primeros violines. Al mismo tiempo, varios inmigrantes europeos, artesanos y músicos, se instalaron en sus nuevos talleres para servir a los entonces emergentes movimientos orquestales de Venezuela.

El maestro José Antonio Abreu se unió al esfuerzo y El Sistema abrió el primer taller de lutería, el Centro Académico de Lutería (CAL), hace casi 30 años. El semillero de artesanos tiene su sede principal en Caricuao y su director, Henry Parra, define brevemente la misión del proyecto encomendado. "Actualmente estamos en 15 estados a nivel nacional con luthiers que tienen como función restaurar los instrumentos de cada núcleo. La idea es cubrir la geografía nacional".

Hoy en día el centro de Caricuao sirve como piloto para el resto de las regiones. Allí se preparan jóvenes artesanos que regresan a sus ciudades de origen a satisfacer la demanda en la construcción y reparación de instrumentos.

Todavía vive acá parte de aquella misión de artesanos recomendados por la Unesco para formar a las nuevas generaciones de luthiers. En uno de los talleres, lijando un cuatro con sus manos y cubierto de canas está un tótem: Rómulo Alaluna, artesano peruano que muestra con orgullo su foto con el maestro Alirio Díaz. "Ahorita estamos preparando unos cuatros, pero nosotros en este taller nos dedicamos a la construcción de guitarras. En el oficio llevo toda mi vida. Creo que desde que nací. Esto es algo de tradición, mi abuelo lo hacía, mi padre también".

Ahora una de sus hijas se dedica a la construcción de arcos para instrumentos de cuerdas.

Todas las mañanas del mundo. Matías Herrera, venezolano, hijo de inmigrantes italianos, es uno de los tantos herederos de la tradición milenaria.

Conversa todo el tiempo de pie y con un violín en la mano frente al foco que ilumina su mesa de trabajo repleta de herramientas. "Yo venía de estudiar distintas cosas relacionadas con el arte. Había estudiado música, tocado distintos instrumentos, investigado sobre su historia. No pensaba que iba a ser constructor de instrumentos porque le tenía miedo a la madera. Trabajé el metal, el cuero, había hecho hasta joyería, pintura, pero la madera era un tabú, era un material que no entendía". Y por esas cosas que llaman razones de la vida, cuenta que llegó a Caracas un luthier portugués de Angola al Emil Friedman. Aquí el maestro y fundador del colegio caraqueño le brindó la posibilidad de vivir e instalar un taller. Herrera lo conoció y se convirtió en su aprendiz. "En septiembre de 1978 me fui a tomar clases a la Academia de Cremona. En la época en que yo llegué había mucha gente bohemia. Del 75 en adelante empezó un boom: la ciudad estaba llena de hippies que querían aprender lutería: franceses, alemanes, ingleses, japoneses, y latinos. Era muy interesante porque todo el mundo armaba un taller en su propia casa. Claro, la economía de la época era otra. En Alemania y Francia eso estaba prohibido, no podías hacer nada fuera de la escuela".

En casa de Gisela Bastidas, en Los Teques, no existe una hora muerta. Todas las mañanas, todas las tardes y no sabemos si las noches, el timbre de su puerta suena repetidas veces para que entre un nuevo paciente.

Muchos de los enfermos tienen tuercas y dispositivos para que las caderas retomen sus formas. Son todos contrabajos, que llegan uno detrás del otro. "Mi hija me dice que la boté de la casa, que no le alquilé la habitación en Caracas para que estudiara más cerca de donde vive, dice que preferí los instrumentos en su lugar",se ríe Gisela, sentada sobre una mesa de trabajo que la hace ver más alta de lo que ya es. "Yo tocaba el cello en San Fernando de Apure, y mi beca no me alcanzaba para mandar a reparar mi instrumento.

Cuando llegué a Caracas y vi por primera vez un taller dije: esto es lo que quiero". Bastidas también se fue a Cremona a reforzar lo aprendido con su maestro Matías Herrera.

La talla latina. Al lado de Bastidas, silente y con la vista puesta en un violín, está Marcelo Di Sante, maestro ítalo-venezolano, nacido en Catia pero que acaba de regresarse de Perugia donde vivió hasta hace semanas.

"No son muchos los luthiers venezolanos que conozco, pero por lo poco que he visto, a diferencia de Europa, hay una mayor libertad. El europeo es muy rígido en su tradición. Aquí hay una historia sin prehistoria.

A la hora de trabajar podemos ser más libres, quizás por eso me vine". Lo que el maestro Di Sante quiere decir, lo explica el maestro Marco Antonio Peña en su ensayo sobre la lutería en Venezuela. "En Europa se reglamentaba el estudio y la práctica de la lutería al menos desde principios del siglo XVI a través de gremios que impedían el establecimiento de luthiers que no cumplieran los requisitos de formación, experiencia y sometimiento a exámenes que se estipulaban.

Los gremios llegaban al extremo de especificar qué clases de instrumentos podía construir cada artesano, prohibiendo que elaborara cualquiera otro, e incluso reglamentaba los materiales y estilos de ornato. Hoy día, regulaciones igualmente estrictas, si bien más lógicas y amplias, siguen vigentes en países como Alemania, donde la única vía para llegar a ser luthier supone tres y medio años de estudio académico, tres y medio años más de pasantías bajo la tutela de un maestro luthier ya establecido y finalmente la presentación de un examen de maestría teórico y práctico de una semana de duración ante un jurado experto. Tras la aprobación del examen de maestría se autoriza al nuevo luthier para ejercer por su cuenta.

En Italia debe estudiarse cuatro años, y después se acostumbra a hacer una especialización".

En esa suerte de retiro que es el CAL en Caricuao, Henry Parra explica los avances y la calidad de los instrumentos hechos acá. "Ya en las Orquestas Sinfónica Juvenil Simón Bolívar y la Juvenil de Caracas están tocando con instrumentos construidos por nosotros. Muchos de los artesanos en el proceso de aprendizaje de la lutería se van integrando también al sistema de orquestas. Nuestro ideal es que a futuro todos los artesanos también estudien música. Que salgan de acá como técnicos que puedan presentar un documento que los avale a escala nacional e internacional. Hemos logrado que luthiers de gran calibre mundial vengan a avalar y dar cursos magistrales para estar al día con las escuelas más reconocidas del planeta". Edgar Torres tiene 22 años, vive en Yare y sale de su casa todas las madrugadas a Caricuao, al taller del CAL. Al mismo tiempo, toca la viola en el núcleo de su comunidad. "Uno se relaciona más con el instrumento, vives la forma en que surge.

Mi sueño es interpretar una viola construida por mí".

Torres divide su tiempo entre el taller, la universidad y los ensayos de la orquesta.

Si el oído es la antecámara del alma, Virginia Woolf dixit, el luthier y su taller componen la fábrica que alimenta la sustancia espiritual. El ambiente de un taller es casi místico. Está la madera virgen, instrumentos a la mitad de su construcción, las herramientas, el reposo de piezas que necesitan permanecer inmóviles durante cierto tiempo para que puedan ser ejecutadas. "Se necesita mucha paciencia. Este trabajo implica seguir un proceso metódico y no puedes ir a otro lado si no has superado un paso. Uno de los momentos más difíciles para un luthier es cuando se pregunta en qué momento está terminado un instrumento. Otros ojos lo ven listo, pero ¿está listo? Siempre pudo haber estado mejor", dice Matías Herrera que repara un violín construido por él, y piensa que su barniz es perfectible. "Esto no es sólo sentarte a fabricar un violín por hacerlo. Tienes que ser músico. No sé por qué tengo esta teoría. Yo creo que a uno se le desarrolla un sentido con la música. Implica conocerla, que el músico toque un contrabajo que estamos restaurando y poder identificar cada nota. Yo los afino, los pruebo, ya no toco. Me corté los tendones en un accidente y guindé el cello. Cuando escuchas tu instrumento en una sala de conciertos, esa sensación sólo la conoce la persona que pasó horas, encima de un bloque de madera, haciéndolo".

Fotografía: Marcel Cifuentes

domingo, 10 de abril de 2011

JUVENTUD DE VALOR (1)


El Nacional - Domingo 10 de Abril de 2011 / Todo en Domingo 14

El ascenso de Christian Vásquez

Con apenas 26 años, el director de orquesta venezolano ya ha sido asistente de Zubin Mehta y ha compartido el podio con Simon Rattle. Nominado al prestigioso Anillo de Beethoven 2011 ­y convocado para dirigir casi una decena de orquestas este año­, prepara su batuta para nuevos retos Magaly Rodríguez

El silencio del encierro antes de salir a escena le crispa los nervios. Cuando Christian Vásquez se prepara para dirigir, es poco probable que lo encuentren místicamente concentrado en su camerino, pidiéndole protección a las musas o al espíritu del compositor de turno. "No puedo estar ahí metido. Prefiero salir al pasillo y caminarlo de arriba abajo o ponerme a hablar con cualquiera. También tengo que ir al baño antes de salir. Eso de quedarme vestido y solo, esperando, no me gusta". Sin embargo, quienes lo rodean se dirigen a él con la misma reverencia y le dicen "maestro" hasta para ofrecerle un vaso de agua. A sus 26 años, el título está bien merecido cuando se tiene una carrera ascendente que lo ha llevado a dirigir cada vez más orquestas de renombre y un cronograma que su agente inglés no para de actualizar. El año pasado fue fructífero e implacable. Su momento estelar fue una gira europea entre septiembre y octubre con la Orquesta Sinfónica Juvenil Teresa Carreño.

En la Philharmonie de Berlín ­sede de la reputadísima Orquesta Filarmónica de Berlín­ condujo un concierto en conjunto con el director Simon Rattle. "La gente estaba vuelta loca y nos pedían que les lanzáramos las chaquetas. No lo podíamos creer, era como un sueño". Vásquez y su combo también deleitaron audiencias en el Konzerthaus de Viena, el Concertgebouw de Ámsterdam, el Royal Festival Hall de Londres y el Auditorio Nacional de Madrid. Además, fueron invitados a participar en el Festival Beethoven de Bonn, donde obtuvieron cinco minutos de ovación de una audiencia de 1.600 personas.

En el acto, Vásquez fue nominado para recibir el anillo de Beethoven, el mismo premio que Gustavo Dudamel recibiera en su primera edición en 2005. "Todo lo anunciaron en alemán y cuando me lo tradujeron, no podía ni hablar... La sola nominación ya es muy emocionante", dice ansioso sobre el anuncio del ganador, que se dará a conocer este año. Mientras tanto, le espera una agenda intensa.

Es director musical de la Orquesta Sinfónica Juvenil de Aragua José Félix Ribas y de la Orquesta Sinfónica Juvenil Teresa Carreño. En Suecia, será director invitado por tres años para conducir la Orquesta Sinfónica de Gävle y en mayo tiene planificado visitar Japón por tres semanas en una gira con la Sinfónica de Praga. En junio dirigirá la de Stavanger, en Noruega, y a finales de año trabajará con agrupaciones de Suráfrica e Israel. La Orquesta Nacional de España también lo espera en octubre, donde se hará acompañar por el contrabajista venezolano Edicson Ruiz. Gloria al bravo Christian. "Méteme, mamá. Anda, méteme".

Cada vez que Nancy Utrera pasaba con el mayor de sus hijos frente a la aragüeña escuela de música de San Sebastián de los Reyes, sabía que le esperaba el mismo jalón en el brazo y el mismo grillito. "Desde chiquito le gustaba bailar y tocar cosas. Lo inscribí a los 8 años en el coro y flauta dulce, y a los 9 en violín. A los 12 ya estaba en la Sinfónica Nacional Infantil de Venezuela", relata ella. Entre los 14 y los 17 años, Vásquez tocó también en la Orquesta Sinfónica de Guárico, e integró la fila de segundos violines de la Sinfónica de la Juventud Venezolana Simón Bolívar hasta el año pasado. Sin embargo, sus coqueteos con la batuta comenzaron a los 16, cuando un director le pidió conducir el Himno nacional. "Cuando me subí al podio me sentí grande de una forma bonita", recuerda Vásquez. Su romance con la batuta se enserió en marzo de 2006, cuando José Antonio Abreu lo vio conducir y le ofreció darle clases particulares de dirección. ¿No cayó en pánico? "¡Claro! Pero le dije que sí", sonríe. "Es un gran privilegio. Como maestro es muy estricto, pero brillante. Todavía me da clases y me corrige cosas. Baja los hombros, sube los codos".

En 2008, Vásquez debutó como director en la sala Ríos Reyna con la Orquesta Sinfónica de la Juventud Venezolana Simón Bolívar. Entre sus manos estaban los matices de la 2da Sinfonía de Mahler. "En ese momento, la orquesta tenía 300 personas y el coro, 600. Estaba muy asustado", concede. "Pero si no hubiera sido por ese concierto, no me habrían salido varias invitaciones para dirigir fuera". Desde entonces, su carrera se convirtió en una seguidilla de momentos en los que su talento lo ha llevado al lugar indicado. Ese año Gustavo Dudamel le pidió que fuera su asistente para unos conciertos con la Orquesta Filarmónica de Radio Francia, la cual ha vuelto a dirigir en varias ocasiones más. También asistió a Zubin Mehta, quien luego lo recomendó como director invitado para un par de conciertos con la Orquesta Filarmónica de Israel en Tel Aviv y Haifa.

Ha llevado la batuta de la Filarmónica de Turkus, en Finlandia, y de la Sinfónica de Bruselas, entre otras. "Sueño con dirigir la Orquesta Filarmónica de Berlín y la de Viena", confiesa. ¿Qué ocurre cada vez que le toca subirse a un podio nuevo? "Si es la primera vez, los músicos primero lo investigan a uno en Internet. Que les avisen que los va a dirigir un venezolano les llama la atención; también tiene que ver el hecho de que uno todavía es muy joven y está dirigiendo orquestas con músicos que tienen de 30 a 60 años, y cuando ven que uno trabaja con alegría y les inyecta entusiasmo, les encanta".

Sin embargo, reconoce que su secreto es estudiar el repertorio una y otra vez. "Si no llegas preparado, la orquesta se da cuenta enseguida y ya no hay mucha de esa química que es imprescindible para que el director pueda hacer bien su trabajo. También es importante saber ensayar, porque si no los músicos se fastidian. Saber cuándo echar un chistecito ayuda bastante". Ni más, ni menos. "Como director, Christian es detallista. Sabe muy bien lo que quiere, pero no se siente más que el resto. No es un director al que no puedas llegarle y sugerirle algo", dice el violinista William González, quien reconoce que las comparaciones con Dudamel nunca faltan. Vásquez no se acompleja con el tema. "Gustavo ha sido un boom en todo el mundo y nos ha abierto a Diego Matheuz y a mí muchas puertas. Sí me han dicho en otras orquestas de afuera que dirigimos parecido, pero tiene sentido porque venimos del mismo profesor. Que me comparen con él es un lujo. Triste sería que me compararan con alguien malo, ¿no? (risas). Siempre es un honor, aunque cada quien tiene su estilo". Lo de ganarse indulgencias con escapulario ajeno no es lo suyo. "Una vez le preguntaron eso en una entrevista, si se sentía un segundo Gustavo Dudamel", recuerda William González. "Y el contestó: No sé. Yo me siento el primer Christian".

Con una vida cada vez más agitada, Vásquez cuenta que en los últimos dos años se ha hecho más difícil que pase un mes corrido en Venezuela. Novia no tiene, aunque se sonroja un poco al confesar que está saliendo con alguien. "Es complicado pasar tiempo juntos, pero si hay buena comunicación y uno se quiere, se trata de compartir lo más que se pueda. Cuando pasas tiempo sin esa persona tienes más oportunidad de extrañarla y cuando la vuelves a ver es más emocionante porque hay más cosas que compartir". Su mamá, cuenta, es quien no supera del todo despedirse de él. "Cada vez que me voy, llora. Está orgullosísima de mí, pero a eso no se acostumbra". Ella lo admite. "Christian se fue de la casa a estudiar para Caracas cuando tenía 17 años y vivió con unos compañeros músicos en Parque Central. A veces me llamaba por teléfono para preguntarme cómo se hacía el arroz", se ríe. "Yo sí creo que a él le va a ir siempre bien. La música es su vida y estudia muchísimo. Cuando viene a visitarnos, si no está aquí en la casa es porque está dando talleres en la orquesta de San Sebastián".

Hace unos años, cuando se le preguntó para esta revista cuál era su objetivo al dirigir, Vásquez deseaba que el público que oyera a esa orquesta más nunca la olvidara. "Que la música los remueva, los toque bien adentro". Sin remordimientos, Vásquez asegura que no extraña el violín. "Cuando empecé a dirigir me di cuenta de que el violín ya no era igual de personal para expresarme. En cambio en el podio no me da pena sudar, brincar, gesticular, gritar. Ahí me siento más yo, más libre. La batuta no suena, pero me dejo llevar por la música para que los músicos puedan transmitirla también". Desmelenarse hasta el último zarpazo es lo que más lo llena de energía. "Cuando se acaba un concierto termino con ganas de comer, de salir, de bailar. La música me da vida", asegura. "Termino cansado pero eléctrico, no sé cómo explicarlo. Termino feliz".


Fotografía: Marcel Cifuentes