EL PAÍS, Madrid, 10 de abril de 2013
TRIBUNA
El final de la Monarquía prepolítica
Se impone reformar la Constitución y someter a la Corona al control democrático
Manuel Cruz
El problema de las desgracias no es únicamente que nunca vengan solas, sino que, por el hecho de venir acompañadas, redoblen su condición de desgracias. Intento explicarme. La complicada tesitura por la que atraviesan las dos más altas autoridades del Estado, el Rey por el caso Urdangarin y el presidente del Gobierno por el caso Bárcenas,tiene más rasgos en común que el mero hecho de que ambas estén siendo sometidas a un chantaje. Acaso el más importante sea el inequívoco aroma de corrupción y despilfarro que ambas situaciones desprenden, rasgo particularmente escandaloso en las actuales circunstancias, en las que amplios sectores de la sociedad están pasando por momentos de extremada dureza —cuando no, en muchos casos, directamente dramáticos— mientras tienen que escuchar, en bastantes casos en boca de las mencionadas autoridades, reiterados llamamientos a la austeridad y el sacrificio.
Pero junto a este rasgo, ciertamente destacado, habría otro que tampoco debería pasar inadvertido. Son muchas las personas que en estos días se preguntan, asombradas, cómo puede ser que un elevado número de políticos del PP, ahora salpicados por el escándalo de su extesorero, se comportaran durante bastante tiempo sin la menor cautela, dejando un rastro de gastos ostentosos, facturas comprometedoras y otros indicios inequívocamente culpabilizadores. Es más que probable que la clave de tanta audacia residiera en la sensación de impunidad que sin duda les proporcionaba a todos ellos haber ido consiguiendo desde hace años —en algún caso a base de triquiñuelas legales— escapar a la acción de la justicia.
Perseverancia análoga parece haberse producido en la Jefatura del Estado, ámbito en el que quisiera centrarme en lo que resta del presente texto. No cabe obviar, a estas alturas, que llueve sobre mojado. A lo largo de los últimos 30 años (esto es, iniciando la cuenta a partir del 23-F) no han ido faltando las ocasiones en las que el ciudadano de este país podía tener fugaz noticia de la existencia de algún comportamiento de dudosa valoración en más de un aspecto por parte del Monarca. Me vienen ahora a la cabeza alusiones, leídas en semanarios o en un rincón apenas destacado de algún periódico, a compañías poco recomendables desde el punto de vista político-económico, a ostentosos regalos de los consabidos jeques árabes (que se justificaban de manera indefectible con referencias a una vieja amistad), o a anécdotas, inoportunamente reveladas, que delataban un tren de vida lujoso en exceso. En la práctica totalidad de los casos, de inmediato se corría una cortina de silencio sobre la información. Parecía existir un acuerdo entre las grandes empresas periodísticas —ignoro hasta qué punto era tácito o explícito— para poner a salvo a la Corona del escrutinio público que esos mismos medios se supone que habían aplicado siempre al resto de los mortales.
Se ha protegido al monarca hasta que la realidad misma se ha encargado de emitir severas señales de alarma
El presumible motivo del silencio daba la impresión, al menos en primera instancia, de resultar muy atendible. Se trataba de salvaguardar una institución que había desempeñado un papel fundamental no solo en el advenimiento de la democracia sino, tal vez sobre todo, en su mantenimiento al asumir una decidida defensa de la misma frente al intento de golpe de Estado de Tejero. De hecho, no otro es el argumento que en estos días reiteran todavía muchos de los que, incluso desde la izquierda, defienden la figura del Rey frente al alud de críticas que está recibiendo.
Pero tal vez el error haya consistido en no someter en ningún momento a revisión la manera inicialmente elegida de proteger al Monarca, perseverando en ella hasta que la realidad misma se ha encargado de emitir severas señales de alarma. O hasta que, por decirlo con otras palabras, se ha hecho evidente que dicha manera encerraba una profunda contradicción, que ha terminado por resultar insostenible. Porque parecía tratarse, por decirlo de forma extremadamente sintética, de garantizar la persistencia de la democracia a base de poner al margen de ella al que se presumía su mejor defensor. De atribuir al Monarca un lugar prepolítico, como si su supuesta función de condición de posibilidad del sistema democrático justificara convertirlo en tan inmune a la crítica pública como irresponsable desde el punto de vista legal. En el fondo se estaba transmitiendo el mensaje de que la democracia no puede ser autosuficiente, no resulta capaz de controlar sus propios desvaríos ni de neutralizar sus propios anticuerpos, sino que necesita siempre de una instancia exterior a ella misma para garantizarla.
Solo cabe saludar, desde luego, como un gesto positivo el que se adopten ahora iniciativas como la de incluir a la Casa del Rey en la futura ley de transparencia, pero lo menos que cabe comentar al respecto es que semejante iniciativa está llegando con décadas de retraso, durante las cuales se han ido acumulando errores hasta llegar a la situación actual, en la que cualquier ciudadano puede escuchar, escandalizado, en alguno de los debates políticos que ocupan la programación televisiva del fin de semana, cómo el tradicional elogio dirigido al titular de la Corona según el cual este era el mejor embajador de España en el mundo y quien más eficazmente facilitaba que las empresas españolas pudieran expandirse más allá de nuestras fronteras, ha mutado en la brutal observación de que lo que en realidad desarrollaba durante sus viajes oficiales al extranjero eran tareas de comisionista.
Duró mucho el empecinamiento en el error como para que sirvieran de algo los tardíos intentos, retóricos, de enderezar el rumbo. Las dos afirmaciones mayores del discurso de Navidad de 2011, la de la necesidad de ejemplaridad de quienes ocupan cargos públicos y la de la igualdad de todos ante la ley han terminado volviéndose, en dos momentos diferentes (el del accidente de Botsuana y el de la imputación de la Infanta), como un demoledor bumerán contra quien las pronunció. Nunca debió plantearse —alguien lo dijo— en términos de ejemplaridad lo que era una cuestión de responsabilidad, imposible de resolver con meras excusas, por más que fuera de agradecer el detalle.
Gestos como incluir en la ley de transparencia a la Casa del Rey llegan con décadas de retraso
Por todo ello, se impone cambiar el rumbo y abordar de forma abierta y decidida la empresa del desarrollo y reforma de los títulos de la Constitución que hacen referencia a la Corona con el objeto de someter su funcionamiento a control democrático. No le faltaba razón al secretario general del PSC, Pere Navarro, al introducir en el debate político de este momento la cuestión de la sucesión en la Jefatura del Estado (aunque se equivocara por completo en la elección del momento de plantearla). Pero inyectar en nuestra más alta magistratura la política que le hace falta a fin de que salga de una vez por todas del limbo prepolítico en el que ha vivido instalada hasta hoy implica necesariamente anudar el relevo sucesorio con el resto de las ineludibles reformas constitucionales que tiene pendientes este país.
El desafío que en todo caso le aguardaría al heredero iba a ser de enorme envergadura. Incluso cabría anticipar que comparable al que le tocó afrontar, hace casi 40 años, a su padre. La ineludible regeneración democrática y la solución al problema territorial, representando sin duda problemas de enorme magnitud, acaso no sean los más graves con los que va a tener que enfrentarse necesariamente la sociedad española cuando emprenda la revisión de su Carta Magna. Porque si la Constitución de 1978 fue elaborada, de acuerdo con lo que suelen repetir sus más reticentes críticos, bajo la estricta supervisión de los poderes fácticos herederos del franquismo, cualquier reforma que a partir de ahora se emprenda con toda seguridad va a estar estrictamente tutelada por otro tipo de poderes, como la desafortunada reforma exprés de agosto de 2011 dejó meridianamente claro. No se imaginan ustedes cuánto me gustaría equivocarme, pero mucho me temo que el rumor de sables de los años setenta va a ser un juego de niños comparado con el ensordecedor rumor de mercados que va a atronar la atmósfera de este país en cuanto nos pongamos manos a la obra.
(*) Manuel Cruz es catedrático de Filosofía Contemporánea en la Universidad de Barcelona. Acaba de publicar el libro Filósofo de guardia (RBA).
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miércoles, 10 de abril de 2013
domingo, 6 de enero de 2013
FILO-SOFÍA (2)
EL PAIS, Madrid, 3 de Enero de 2013
LA CUARTA PÁGINA
Los mal llamados filósofos mediáticos
No es de recibo que la mera presencia de los pensadores en el espacio público provoque su descalificación. En tiempos como estos, nadie debería permanecer callado respecto a los asuntos que a todos conciernen
Manuel Cruz
En principio, parece razonable suponer que alguien que no conociera los usos y costumbres de la comunidad filosófica tendería a interpretar que la atribución del rasgo de mediático a un miembro de la misma posee un carácter meramente descriptivo. El término “mediático” nombraría, de acuerdo con esta sencilla interpretación, a alguien que está presente con una cierta frecuencia en el espacio público, sin que semejante presencia presupusiera ninguna específica valoración ni del filósofo ni de su trabajo en los grandes medios de comunicación de masas. En ese sentido habría habido filósofos mediáticos desde que existen tales medios en sentido mínimamente propio (la notoriedad pública que hubieran podido alcanzar otros pensadores del pasado debería ser pensada por tanto bajo otras claves). Y aunque no haga tanto tiempo de dicha existencia, en la relación ya podríamos incluir a figuras de la filosofía tan eminentes como Bertrand Russell, Sartre, Foucault o Habermas.
Sin embargo, limitarse a esta interpretación implicaría obviar la existencia de matices absolutamente pertinentes. Qué duda cabe que, en muchas ocasiones y en determinados contextos, la consideración de mediático atribuida a un filósofo acostumbra a deslizar una nada desdeñable carga valorativa. Me apresuro a observar que el signo de la valoración varía según el contexto, pudiendo adoptar tanto un carácter positivo como negativo. En Europa, pongamos por caso, es frecuente la presencia de pensadores en los grandes medios de comunicación de masas, estando lejos de ser considerada dicha presencia como un desdoro para nadie. Así, los periódicos europeos más importantes suelen contar con su (o sus) filósofos de plantilla cuyas opiniones, además de aparecer publicadas con regularidad, son reclamadas siempre que se producen situaciones de trascendencia colectiva. Ser mediático en tales contextos equivale a considerar que el aludido influye de manera relevante en la opinión pública de la sociedad en la que vive. No ocurre lo mismo en Estados Unidos o en muchos países de América Latina, donde los pensadores (como los intelectuales en general) suelen desarrollar su actividad confinados en el ámbito académico, siendo absolutamente excepcionales los que alcanzan notoriedad entre el gran público.
Pero la diferente valoración de la condición mediática de un filósofo no depende únicamente del país. Sin salir de las fronteras de uno cualquiera, puede ocurrir que la referida valoración varíe radicalmente según el ambiente profesional del que se trate. Así, resulta frecuente que en una sociedad en la que, en términos generales, la aparición pública de los pensadores esté incluso bien vista por los usuarios de los medios de comunicación, exista un círculo —casi siempre el académico— que censura tal aparición.
Se critica que la simplificación, para llegar a un público amplio, sea empobrecimiento
¿En qué términos suele plantearse la censura? Un primer supuesto, más o menos explícito, parece ser el de que el trabajo de simplificación, de clarificación, inevitable en cualquier texto dirigido a un público amplio, comporta siempre un empobrecimiento de su contenido. La tarea de adecuar las ideas del filósofo al limitado instrumental conceptual del lector medio de, pongamos por caso, un periódico se haría, según esto, al precio de eliminar las ideas más profundas o las sugerencias discursivas de mayor calado. En parecida línea, esto es, en la de escasa valoración de los consumidores habituales de los medios de comunicación de masas, se encontraría el supuesto de que las cuestiones susceptibles de ser planteadas en tales medios son de una naturaleza distinta a las que suelen preocupar al filósofo, constituyendo una frivolidad insufrible, cuando no una inaceptable degradación de la dignidad teórica que se le atribuye, que aquél se avenga a abordar los asuntos que interesan al llamado gran público, al que, por su condición de tal, se da por descontado que se encuentra en permanente estado de intoxicación y embrutecimiento.
Qué duda cabe que ello es así en muchas ocasiones, y que los medios de comunicación dedican gran cantidad de su espacio y de su tiempo a ocuparse en cuestiones y temas que en otro momento se hubieran calificado, sin la menor duda ni discrepancia, como alienantes. Pero dicha condición, conviene apresurarse a señalarlo, proviene más del tratamiento al que se someten cuestiones y temas, que de una especie de esencia irremediablemente alienante de los mismos. Bastaría con recordar la forma, del todo reticente, en que era considerado el fútbol en este país hace no muchas décadas (concretamente, hasta que Manuel Vázquez Montalbán propuso interpretarlo como un elemento clave de lo que denominaba la subcultura) y el modo, tan desprejuiciado y desenvuelto, en que hoy se aborda incluso en los círculos más exquisitos y elitistas. Lo propio podría decirse, por no alargar demasiado la lista de ejemplos, de la moda, rescatada para el pensamiento por sociólogos y semióticos de variado pelaje en la década de los sesenta. Se sigue de esta premisa la provisional (y parcial) conclusión de que no cabe hablar de cuestiones y temas dignos de ser abordados por el filósofo, frente a otros a los que bajo ningún concepto debería aproximarse si desea evitar el riesgo de dejar de ser considerado como tal, sino de formas de abordarlos que permiten leerlos, al trasluz de las categorías adecuadas, como genuinos síntomas del propio tiempo.
El fútbol, que se abordaba de forma reticente, hoy las élites lo tratan con desenvoltura
Demasiados cargos, ciertamente, para la figura de ese filósofo que, recurriendo a una imagen hoy en desuso, decide abandonar el confort de su supuesta torre de marfil y descender a la calle, intentando poner sus conocimientos y destrezas al servicio de lo que importa e interesa a la mayoría. Que el filósofo mediático puede equivocarse, e incluso equivocarse severamente, nadie lo duda. Pero lo que no es de recibo es que su mera presencia en el espacio público constituya un elemento de descalificación, antes incluso de que pueda haber abierto la boca. Con lo que regresemos a la inocente consideración inicial, que se revela, a la vista de todo lo expuesto después, como la más cargada de razón.
Al filósofo mediático se le ha de criticar —como, por lo demás, al más fervorosamente académico— por lo que diga, no por el lugar en el que se instale. Lo más insostenible de la pretensión de descalificar a alguien por el hecho de que se prodigue en los medios de comunicación es que la lleva a cabo a base de igualar y aplanar sobre los mismos prejuicios (los mencionados más arriba) a filósofos absolutamente diferentes desde todos los puntos de vista. Por añadidura, no deja de resultar chocante que en muchas ocasiones el reproche displicente hacia todo lo que suene a mediático venga de parte de otros filósofos que, por su parte, constantemente repiten tópicos como el de que el filósofo no se debe encerrar en una práctica autocontemplativa, el de que la filosofía tiene inscrita en su ADN una voluntad crítica insobornable y otros lugares comunes análogos.
No hay, en ese sentido, reproche más perezoso y, por ello mismo, más inane que el de mediático. Nada sustantivo señala, nada relevante observa, de nada pertinente informa y, por ello mismo, nada de ningún orden entra a criticar. Sorprende, pues, que tanto se reitere y, sobre todo, que tan ufanos se muestren quienes formulan tamaña vaciedad. Si aceptamos, como suele hacerse, que en el mundo actual la nueva agora son los medios de comunicación de masas, el filósofo que tuviera la menor sensibilidad en cuanto ciudadano se debería sentir obligado a dejar oír su voz ahí. No porque la suya resulte particularmente imprescindible sino porque, de manera destacada en momentos como los que nos está tocando vivir, nadie debería permanecer callado respecto a los asuntos que a todos conciernen.
(*) Manuel Cruz es catedrático de filosofía contemporánea en la Universidad de Barcelona. Premio Jovellanos de Ensayo 2012 por su libro Adiós, historia...
Fotografía: http://www.taringa.net/posts/humor/13971626/Humor-y-filosofia_-II.html
LA CUARTA PÁGINA
Los mal llamados filósofos mediáticos
No es de recibo que la mera presencia de los pensadores en el espacio público provoque su descalificación. En tiempos como estos, nadie debería permanecer callado respecto a los asuntos que a todos conciernen
Manuel Cruz
En principio, parece razonable suponer que alguien que no conociera los usos y costumbres de la comunidad filosófica tendería a interpretar que la atribución del rasgo de mediático a un miembro de la misma posee un carácter meramente descriptivo. El término “mediático” nombraría, de acuerdo con esta sencilla interpretación, a alguien que está presente con una cierta frecuencia en el espacio público, sin que semejante presencia presupusiera ninguna específica valoración ni del filósofo ni de su trabajo en los grandes medios de comunicación de masas. En ese sentido habría habido filósofos mediáticos desde que existen tales medios en sentido mínimamente propio (la notoriedad pública que hubieran podido alcanzar otros pensadores del pasado debería ser pensada por tanto bajo otras claves). Y aunque no haga tanto tiempo de dicha existencia, en la relación ya podríamos incluir a figuras de la filosofía tan eminentes como Bertrand Russell, Sartre, Foucault o Habermas.
Sin embargo, limitarse a esta interpretación implicaría obviar la existencia de matices absolutamente pertinentes. Qué duda cabe que, en muchas ocasiones y en determinados contextos, la consideración de mediático atribuida a un filósofo acostumbra a deslizar una nada desdeñable carga valorativa. Me apresuro a observar que el signo de la valoración varía según el contexto, pudiendo adoptar tanto un carácter positivo como negativo. En Europa, pongamos por caso, es frecuente la presencia de pensadores en los grandes medios de comunicación de masas, estando lejos de ser considerada dicha presencia como un desdoro para nadie. Así, los periódicos europeos más importantes suelen contar con su (o sus) filósofos de plantilla cuyas opiniones, además de aparecer publicadas con regularidad, son reclamadas siempre que se producen situaciones de trascendencia colectiva. Ser mediático en tales contextos equivale a considerar que el aludido influye de manera relevante en la opinión pública de la sociedad en la que vive. No ocurre lo mismo en Estados Unidos o en muchos países de América Latina, donde los pensadores (como los intelectuales en general) suelen desarrollar su actividad confinados en el ámbito académico, siendo absolutamente excepcionales los que alcanzan notoriedad entre el gran público.
Pero la diferente valoración de la condición mediática de un filósofo no depende únicamente del país. Sin salir de las fronteras de uno cualquiera, puede ocurrir que la referida valoración varíe radicalmente según el ambiente profesional del que se trate. Así, resulta frecuente que en una sociedad en la que, en términos generales, la aparición pública de los pensadores esté incluso bien vista por los usuarios de los medios de comunicación, exista un círculo —casi siempre el académico— que censura tal aparición.
Se critica que la simplificación, para llegar a un público amplio, sea empobrecimiento
¿En qué términos suele plantearse la censura? Un primer supuesto, más o menos explícito, parece ser el de que el trabajo de simplificación, de clarificación, inevitable en cualquier texto dirigido a un público amplio, comporta siempre un empobrecimiento de su contenido. La tarea de adecuar las ideas del filósofo al limitado instrumental conceptual del lector medio de, pongamos por caso, un periódico se haría, según esto, al precio de eliminar las ideas más profundas o las sugerencias discursivas de mayor calado. En parecida línea, esto es, en la de escasa valoración de los consumidores habituales de los medios de comunicación de masas, se encontraría el supuesto de que las cuestiones susceptibles de ser planteadas en tales medios son de una naturaleza distinta a las que suelen preocupar al filósofo, constituyendo una frivolidad insufrible, cuando no una inaceptable degradación de la dignidad teórica que se le atribuye, que aquél se avenga a abordar los asuntos que interesan al llamado gran público, al que, por su condición de tal, se da por descontado que se encuentra en permanente estado de intoxicación y embrutecimiento.
Qué duda cabe que ello es así en muchas ocasiones, y que los medios de comunicación dedican gran cantidad de su espacio y de su tiempo a ocuparse en cuestiones y temas que en otro momento se hubieran calificado, sin la menor duda ni discrepancia, como alienantes. Pero dicha condición, conviene apresurarse a señalarlo, proviene más del tratamiento al que se someten cuestiones y temas, que de una especie de esencia irremediablemente alienante de los mismos. Bastaría con recordar la forma, del todo reticente, en que era considerado el fútbol en este país hace no muchas décadas (concretamente, hasta que Manuel Vázquez Montalbán propuso interpretarlo como un elemento clave de lo que denominaba la subcultura) y el modo, tan desprejuiciado y desenvuelto, en que hoy se aborda incluso en los círculos más exquisitos y elitistas. Lo propio podría decirse, por no alargar demasiado la lista de ejemplos, de la moda, rescatada para el pensamiento por sociólogos y semióticos de variado pelaje en la década de los sesenta. Se sigue de esta premisa la provisional (y parcial) conclusión de que no cabe hablar de cuestiones y temas dignos de ser abordados por el filósofo, frente a otros a los que bajo ningún concepto debería aproximarse si desea evitar el riesgo de dejar de ser considerado como tal, sino de formas de abordarlos que permiten leerlos, al trasluz de las categorías adecuadas, como genuinos síntomas del propio tiempo.
El fútbol, que se abordaba de forma reticente, hoy las élites lo tratan con desenvoltura
Demasiados cargos, ciertamente, para la figura de ese filósofo que, recurriendo a una imagen hoy en desuso, decide abandonar el confort de su supuesta torre de marfil y descender a la calle, intentando poner sus conocimientos y destrezas al servicio de lo que importa e interesa a la mayoría. Que el filósofo mediático puede equivocarse, e incluso equivocarse severamente, nadie lo duda. Pero lo que no es de recibo es que su mera presencia en el espacio público constituya un elemento de descalificación, antes incluso de que pueda haber abierto la boca. Con lo que regresemos a la inocente consideración inicial, que se revela, a la vista de todo lo expuesto después, como la más cargada de razón.
Al filósofo mediático se le ha de criticar —como, por lo demás, al más fervorosamente académico— por lo que diga, no por el lugar en el que se instale. Lo más insostenible de la pretensión de descalificar a alguien por el hecho de que se prodigue en los medios de comunicación es que la lleva a cabo a base de igualar y aplanar sobre los mismos prejuicios (los mencionados más arriba) a filósofos absolutamente diferentes desde todos los puntos de vista. Por añadidura, no deja de resultar chocante que en muchas ocasiones el reproche displicente hacia todo lo que suene a mediático venga de parte de otros filósofos que, por su parte, constantemente repiten tópicos como el de que el filósofo no se debe encerrar en una práctica autocontemplativa, el de que la filosofía tiene inscrita en su ADN una voluntad crítica insobornable y otros lugares comunes análogos.
No hay, en ese sentido, reproche más perezoso y, por ello mismo, más inane que el de mediático. Nada sustantivo señala, nada relevante observa, de nada pertinente informa y, por ello mismo, nada de ningún orden entra a criticar. Sorprende, pues, que tanto se reitere y, sobre todo, que tan ufanos se muestren quienes formulan tamaña vaciedad. Si aceptamos, como suele hacerse, que en el mundo actual la nueva agora son los medios de comunicación de masas, el filósofo que tuviera la menor sensibilidad en cuanto ciudadano se debería sentir obligado a dejar oír su voz ahí. No porque la suya resulte particularmente imprescindible sino porque, de manera destacada en momentos como los que nos está tocando vivir, nadie debería permanecer callado respecto a los asuntos que a todos conciernen.
(*) Manuel Cruz es catedrático de filosofía contemporánea en la Universidad de Barcelona. Premio Jovellanos de Ensayo 2012 por su libro Adiós, historia...
Fotografía: http://www.taringa.net/posts/humor/13971626/Humor-y-filosofia_-II.html
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