EL NACIONAL, 14 de mayo de 2018
Aquel mayo en una universidad de provincias
Atanasio Alegre
Que por mayo, era por mayo,
cuando hace la calor,
cuando los trigos encañan
y están los campos en flor,
cuando canta la calandria
y responde el ruiseñor,
cuando los enamorados
van a servir al amor
sino yo, triste cuitado
que vivo en esta prisión
que ni se cuando es de día
ni cuando las noches son...
(Fragmento de El romance del prisionero)
Cuando el mundo comenzó a estremecerse al correr la noticia de lo que estaba pasando en Francia aquel mayo del 68, quien esto escribe ya había cumplido dos años como profesor en una universidad del interior del país. Se trata de la Universidad de Oriente, distribuida en cinco núcleos por la región oriental –la región más deprimida en aquel momento en el país. Era la obra de un visionario que ocupó el rectorado de la UDO durante los primeros años de funcionamiento. Se trataba de un hombre bien preparado, tanto desde el punto de vista científico como humanístico. No carecía de oficio dialéctico tanto para las distancias cortas como para encarar el futuro, en la idea de que si lo que se había propuesto se realizaba desde el punto de vista político que él profesaba, las cosas resultarían mejor que si las hacían los de otra ideología.
No tenía yo una excesiva carga académica porque de mí dependía la Dirección Administrativa del llamado Núcleo de Sucre en la ciudad de Cumaná. Lo que no abandoné con el cargo, o a pesar de él, fueron unas clases extracátedra que impartía a un grupo de alumnos interesados en las doctrinas existencialistas, que me resultaban familiares por haber asistido en París a las lecciones de Maurice Merleau-Ponty.
Una mañana, en la cuenta que los directores de cada núcleo teníamos que despachar con el rector, este me preguntó si estaba enterado de lo que estaba pasando en Paris a raíz de los acontecimientos del llamado mayo francés. Ya De Gaulle había advertido a quienes le aconsejaban meter en la cárcel a Jean-Paul Sartre, en vista de la participación del filósofo en esos acontecimientos, que “a Voltaire no se le podía poner preso”. Y como de lo que no se conoce bien, es mejor callar, según Wittgenstein, eso fue lo que hice ante la pregunta del rector.
Pero él fue muy enfático en afirmar que en las universidades de América latina no iba a pasar nada, porque lo que pedían los estudiantes en Francia ya se había llevado a cabo en la región merced a la Reforma Universitaria de Córdoba. Me explicó en qué consistía la reforma impulsada por esta universidad argentina –tal vez la más importante de América Latina, dijo–, y así quedaron las cosas. De momento, pues, sucedió que pocos meses después, comenzaron a producirse, sin saber a qué obedecían, los que se conocieron como disturbios estudiantiles. Disturbios que tenían como escenario la principal vía de tránsito hacia el otro extremo del país. La interrupción se hacía mediante la quema de cauchos o llantas usadas de vehículos en episodios que podían durar horas.
Un buen día, en uno de mis traslados desde la ciudad de Cumaná a la de Caracas en automóvil, una patrulla del Ejército nos detuvo al chofer y a mí. Como quiera que alguno de los papeles del conductor no estaban en regla, el teniente dijo que debía conducirnos al comando. Uno de los soldados se metió en el vehículo y tal vez por eso, el chofer no se atrevió a informarme que el asunto se arreglaba con la famosa expresión (que luego se haría moneda de cambio en otros contubernios), “del cuánto hay pa’ eso”.
En el comando –que era un cuartel en toda regla, emplazado cerca de una de las playas donde el Ejército cubano había tratado de realizar un desembarco frustrado– el mando estaba a cargo de un coronel del Ejército de tierra. Cuando entramos en la oficina, me di cuenta de que años atrás había sido alumno mío, de Lógica, por cierto, en otra universidad. Él también me reconoció. Y todo se redujo a una larga conversación con la recomendación de que era más seguro, en lo sucesivo, viajar en avión por lo que iba a contarme.
Componía este militar una figura de hombre inteligente y al enterarse del tipo de cargo que yo ejercía en la universidad, me dijo que bajo la máxima discreción, había cosas que yo debía conocer sobre lo que estaba pasando. “Esos que comienzan a llamarse disturbios estudiantiles no dependen en su origen para nada de problemas estudiantiles, dependen de la guerrilla que está operando en la zona bajo la influencia de la revolución cubana que tiene puestos los ojos sobre el petróleo venezolano”.
Las que siguieron fueron informaciones que me iban a servir para evitar caer en alguna de las ingenuidades con las que ciertas autoridades pretendían manejar los problemas universitarios, que nada tenían que ver ni con la opinión rectoral sobre la famosa Reforma de Córdoba y mucho menos con lo que sucedía en Francia.
Lo que supe de boca de aquel coronel es que la ciudad de Cumaná comenzaba a ser un lugar de descanso para los guerrilleros, heridos en alguna de las escasas escaramuzas con el Ejército, y sobre todo para quienes eran víctimas de la depresión o los desencantos de lo que significaba la presencia improvisada en las montañas de gente que no estaba preparada para ello. Dentro del recinto universitario, la idea era otra: reclutar estudiantes para incorporarlos a la guerrilla, por una parte, y en segundo lugar, usar la universidad para resguardar, aunque fuera de paso, lotes de armas que luego la guerrilla se encargaría de distribuir y llevar a destino. Las armas provenían de Cuba y solían desembarcarlas en alguno de los puntos de la costa no controlados por la Armada venezolana. Me indicó que era necesario “penetrar” el llamado movimiento estudiantil y dar con el comando o comandos encargados de la subversión y adelantarse a los acontecimientos, abortándolos.
Algunos años después, cuando todo concluyó y tuve el tiempo para reflexionar sobre cómo en algún momento había peligrado mi propia vida a través de los sucesos que ocurrieron, subsumido todo ello en la que se conoció como la pacificación entre el gobierno y la guerrilla, publiqué una novela titulada Las luciérnagas de Cerro colorado. Uno de los dirigentes del movimiento estudiantil en aquel momento, según creo, dijo no hace mucho que esta novela había sido premonitoria de lo que sucedió después con el advenimiento del llamado socialismo del siglo XXI en Venezuela. Creo que la premonición como tal quedó plasmada más bien en la trilogía completa constituida, además de esta primera novela, con las otras dos que le siguieron.
Si lo que llamamos azar se debe al desconocimiento de la causa que produce un acontecimiento, el hecho de que el chofer que me acompañaba aquel día no tuviera los papeles en orden y que la patrulla nos condujera hasta el comando donde el coronel a cargo me abrió los ojos sobre lo que estaba pasando y sobre su misión en la playa de Machurucuto, me libró de cometer errores que tal vez no me hubiera perdonado hoy.
Las cosas han cambiado mucho desde entonces en el mundo en que vivimos y en el punto geográfico donde actualmente resido. Acaban de cumplirse, el 5 de mayo, 200 años del nacimiento de Carlos Marx. Lo que él llamaba la clase obrera, se conoce hoy como los asalariados, las clases medias van camino de desparecer en cualquiera de las sociedades y la mujer en abstracto tiende a convertirse, por exigencia de sus derechos, en una clase social como tal. El capitalismo, por otra parte, ha revestido formas que Marx no se hubiera atrevido a imaginar. Donde ahora resido, en esta España, no exenta de contrastes (uno de los articulistas más agudos ha dicho de España que es el mejor lugar del mundo para vivir, si no se lee la prensa y se hace caso omiso de los tertulianos en la televisión), la vieja consigna comunista de que hay que aflorar las contradicciones del sistema, sigue vigente.
Y en esto estamos, dominados por este tipo de relato, como se dice ahora. La preocupación es si todo esto, como sucedió en Venezuela, no es más que la antesala de lo que podría venir, si las armas no están a buen recaudo. Chávez logró ponerlas a su favor y así siguen, en poder de su sucesor, de manera que eso que suele escucharse a algunos de los jerarcas venezolanos de que Marx sigue más vigente que nunca, no es más que un saludo al Sol.
Comencé esta nota con un fragmento en forma de epígrafe, tomado de El romance del prisionero, de autor anónimo, el cual concluye con estos versos, por demás premonitorios, con los que cierro: Matómela un ballestero / Dele Dios mal galardón.
A Venezuela como patria, digo.
Fotografía: https://www.flickr.com/photos/casamerica/26373379698
Fuente:
http://www.el-nacional.com/noticias/columnista/aquel-mayo-una-universidad-provincias_234526
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lunes, 14 de mayo de 2018
martes, 9 de abril de 2013
PRECIPICIOS
EL NACIONAL - Martes 09 de Abril de 2013 Opinión/9
El ajedrez imperial
EDGARDO MONDOLFI GUDAT
A estas alturas, cuando nuestra dinámica como país se ha visto tan intervenida por el tema de Cuba, no resulta extraño que el interés de los editores haya apuntado hacia la publicación de crónicas y testimonios que buscan poner de relieve la máxima prioridad que, históricamente hablando, el régimen de los Castro le ha conferido al caso venezolano dentro de su ajedrez imperial.
Para ilustrar el afán con que siempre soñaron dirigir a Venezuela a control remoto existen tres libros recientes que ofrecen una aproximación muy vívida del asunto: Viaje al corazón de Cuba de Carlos Montaner, El imperio de Fidel de Carlos Peñaloza y, sin duda, por tratarse de un protagonista de la época de la violencia guerrillera, La invasión de Cuba a Venezuela de Héctor Pérez Marcano.
En días recientes me he dedicado a releer el libro de Pérez Marcano como quien busca claves para entender mejor la forma como se ha legitimado esta intervención consentida. Si antes, en la década de los años sesenta del siglo pasado, Cuba intentó entrar por la ventana estimulando un asalto armado del poder, ahora lo ha hecho por la puerta principal, provista de patentes de otro tipo. Eso está a la vista, desde luego, y no requiere de explicaciones. Pero lo interesante del testimonio de Pérez Marcano redunda en ver que, aunque bajo signos cambiantes, la estrategia de intervención en Venezuela ha sido un plan de largo aliento, basado en una paciencia impertérrita por parte del régimen castrista. Extendiéndose desde la violencia de los sesenta hasta detener su mirada en aquellos elementos que, luego de la pacificación, persistieron en construir canales subterráneos dentro de las Fuerzas Armadas, el relato autobiográfico de Pérez Marcano suscita interés por su sinceridad refrescante, por su prosa sin eufemismos y, a fin de cuentas, por tratarse de un relato que no cede ante el chantaje.
Sin escamotear hechos ni circunstancias, el autor invita a recorrer una década de violencia de la que él mismo fue protagonista. Pero la suya viene a ser también, por una parte, la crónica de un naufragio conceptual y, por la otra, del desastre que supuso calcar el escenario de una gesta guerrillera ajena. Digamos algo sobre ambas cosas. Conmueve sin duda el entusiasmo que el autor sintió por un hecho como la Revolución Cubana sólo para venir a percatarse de que, desde La Habana, se les invitaba a asumir un voluntarismo sin destino y un pragmatismo revolucionario capaz de dejar sin aliento a los jóvenes del MIR que, como él, habían creído en la importancia del trabajo teórico y del pensamiento político. A juicio de sus mentores cubanos, allí donde no existiesen contradicciones, el foco guerrillero simplemente se encargaría de crearlas. Con tal actitud se les invitaba a entendérselas con el campesinado local. Sobre lo segundo, es decir, de ver consumido el otro gran error del drama, consultemos sus propias palabras: "Se diseñaron, en atención a las peligrosas características del medio ambiente montañoso venezolano, unas botas de cuero y una hamaca en la que te podías envolver sin correr el menor peligro. Ambos elementos eran terriblemente imprácticos, incómodos. Pero como habían sido propuestos y diseñados por Fidel, hubo que cargar con ellos. Vinieron a entorpecer inútilmente y finalmente tuvimos que prescindir de botas y chinchorros cubanos". Esta imagen de Fidel metido a diseñador dice mucho del fracaso de aquella aventura. Ahora la estrategia es otra.
El ajedrez imperial
EDGARDO MONDOLFI GUDAT
A estas alturas, cuando nuestra dinámica como país se ha visto tan intervenida por el tema de Cuba, no resulta extraño que el interés de los editores haya apuntado hacia la publicación de crónicas y testimonios que buscan poner de relieve la máxima prioridad que, históricamente hablando, el régimen de los Castro le ha conferido al caso venezolano dentro de su ajedrez imperial.
Para ilustrar el afán con que siempre soñaron dirigir a Venezuela a control remoto existen tres libros recientes que ofrecen una aproximación muy vívida del asunto: Viaje al corazón de Cuba de Carlos Montaner, El imperio de Fidel de Carlos Peñaloza y, sin duda, por tratarse de un protagonista de la época de la violencia guerrillera, La invasión de Cuba a Venezuela de Héctor Pérez Marcano.
En días recientes me he dedicado a releer el libro de Pérez Marcano como quien busca claves para entender mejor la forma como se ha legitimado esta intervención consentida. Si antes, en la década de los años sesenta del siglo pasado, Cuba intentó entrar por la ventana estimulando un asalto armado del poder, ahora lo ha hecho por la puerta principal, provista de patentes de otro tipo. Eso está a la vista, desde luego, y no requiere de explicaciones. Pero lo interesante del testimonio de Pérez Marcano redunda en ver que, aunque bajo signos cambiantes, la estrategia de intervención en Venezuela ha sido un plan de largo aliento, basado en una paciencia impertérrita por parte del régimen castrista. Extendiéndose desde la violencia de los sesenta hasta detener su mirada en aquellos elementos que, luego de la pacificación, persistieron en construir canales subterráneos dentro de las Fuerzas Armadas, el relato autobiográfico de Pérez Marcano suscita interés por su sinceridad refrescante, por su prosa sin eufemismos y, a fin de cuentas, por tratarse de un relato que no cede ante el chantaje.
Sin escamotear hechos ni circunstancias, el autor invita a recorrer una década de violencia de la que él mismo fue protagonista. Pero la suya viene a ser también, por una parte, la crónica de un naufragio conceptual y, por la otra, del desastre que supuso calcar el escenario de una gesta guerrillera ajena. Digamos algo sobre ambas cosas. Conmueve sin duda el entusiasmo que el autor sintió por un hecho como la Revolución Cubana sólo para venir a percatarse de que, desde La Habana, se les invitaba a asumir un voluntarismo sin destino y un pragmatismo revolucionario capaz de dejar sin aliento a los jóvenes del MIR que, como él, habían creído en la importancia del trabajo teórico y del pensamiento político. A juicio de sus mentores cubanos, allí donde no existiesen contradicciones, el foco guerrillero simplemente se encargaría de crearlas. Con tal actitud se les invitaba a entendérselas con el campesinado local. Sobre lo segundo, es decir, de ver consumido el otro gran error del drama, consultemos sus propias palabras: "Se diseñaron, en atención a las peligrosas características del medio ambiente montañoso venezolano, unas botas de cuero y una hamaca en la que te podías envolver sin correr el menor peligro. Ambos elementos eran terriblemente imprácticos, incómodos. Pero como habían sido propuestos y diseñados por Fidel, hubo que cargar con ellos. Vinieron a entorpecer inútilmente y finalmente tuvimos que prescindir de botas y chinchorros cubanos". Esta imagen de Fidel metido a diseñador dice mucho del fracaso de aquella aventura. Ahora la estrategia es otra.
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