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jueves, 24 de julio de 2014

CURSO BÁSICO DE ARTE CONTEMPORÁNEO (7)

EL NACIONAL - DOMINGO 25 DE ABRIL DE 1999
El arte de coleccionar lo contemporaneo
La reciente apertura de exposiciones sobre nuevas adquisiciones de obras de arte por el Museo de Bellas Artes, la Galería de Arte Nacional y el Museo Alejandro Otero son la excusa para este trabajo reflexivo en el que Juan Carlos Palenzuela (crítico de arte), Sandra Pinardi (investigadora) y Anita Tapias (curadora) exploran los espacios museísticos para reflexionar sobre cada una de estas exhibiciones, previa indagación genérica del tema por Maria Luz Cárdenas (curadora). El objetivo: entender la génesis de una colección a partir del análisis de criterios de selección, aciertos, desaciertos y políticas relativas a cada una de ellas
Patrimonio en juego
María Luz Cárdenas

Recuerdo a Edy de Wilde, antiguo director del Museo Stedelijk de Amsterdam y creador de una de las más completas e importantes colecciones de arte contemporáneo en el mundo, cuando a propósito de los criterios que marcan el proceso de formación de un patrimonio, declaraba que en su casa no tendría obras de más de 5 artistas porque, después de todo, allí podía dar rienda suelta a su gusto personal y a sus propias arbitrariedades; mientras que, en el Museo, el problema era diferente: un problema de responsabilidad social ante su país y la comunidad artística internacional. "El director de un museo -acotaba- a diferencia de un coleccionista privado, debe incorporar obras de movimientos importantes aún cuando no sean sus modos favoritos de expresión en las artes visuales, o sean disciplinas que se mantienen lejos de su espectro de sensibilidad subjetiva. Muy raras veces un coleccionista privado adquiere una obra que, por muy buena o importante, no sea de su preferencia; pero jamás un museo debe adquirir una obra que, a la larga, no mantenga un espacio de consagración. `Dios no hizo nada más grande que un día tras otro', y de nada vale engañar al tiempo, que es el más implacable juez". He ahí la clave para el asunto que nos ocupa: porque lo que está en juego es la inversión de un dinero que no es de uno, ni siquiera del Estado, sino de un país; y, si se trata de un país en crisis, la situación se torna muchísimo más delicada. En el fondo, un coleccionista privado puede correr el riesgo de equivocarse, pero no así un director o curador de museo quien, si no sostiene en el tiempo la calidad de su inversión, incurrirá en un acto delictivo. Bajo ello yace la necesidad de fijar criterios, entre los cuales cabe mencionar la claridad en la selección, es decir, poseer un conocimiento exacto de lo que se quiere y lo que se busca; la selección de obras y artistas claves dentro del escenario artístico y de la mejor calidad; el sentido de la oportunidad de la adquisición, con el riesgo y las dificultades que ello implica: la obra correcta en el momento correcto y al mejor precio; el logro de consistencia en la selección: obras capaces de mantener su calidad, vigencia y valor con el paso del tiempo; la incorporación de obras que activen relaciones, nuevas lecturas, que proporcionen detonantes para futuras investigaciones; la inversión razonable, con un uso eficiente de los recursos financieros y, por último, la exigencia de ser sumamente claro, firme y transparente ante las presiones del mercado, los amigos, los coleccionistas o los propios gobernantes. En otras palabras, estamos ante una cuestión de fortaleza técnica y ética, donde lo fundamental es conservar en todo momento la inspiración orientadora de que se está entregando a una nación un patrimonio artístico que no podrá ser de otra forma sino sólido, homogéneo y de incuestionable valor. No es sólo el prestigio de una persona lo que se apuesta, sino la calidad de lo que sobrevivirá o no con los años.
La reflexión viene a colación cuando pensamos en el panorama actual de la formación de colecciones de arte exclusivamente contemporáneo, donde, con frecuencia, se asume ese término con posturas fundamentalistas y contradictorias que operan con ínfulas de verdad absoluta. Hoy día, por ejemplo, el comercio internacional de obras de arte aspira determinar autoritariamente, como única vía de la contemporaneidad, las tendencias conceptualistas que denomino "vanguardias estandarizadas del mercado", en las que los curadores, galeristas y críticos se han empeñado reunir bajo categorías extremadamente débiles, un tipo homogéneo, mediocre y liviano de expresión que, no obstante, proporciona buenos dividendos en las ferias, las exposiciones itinerantes, las revistas comerciales y ciertas colecciones privadas. Pero la colección de un museo contemporáneo jamás deberá parecer arrancada de las páginas de revistas de corrientes en boga como Flash Art o Polyester. Si así sucede, quizás sea más honesto llamar a esas bizarras combinaciones "colecciones de actualidades", de "modas o variedades"; ya que, al final, lo imperdonable no sólo será el engaño, sino haber actuado con un facilismo extremo, apoyado sobre intereses personales y fórmulas banales, pensando que el público es idiota.
Latinoamérica en el MBA: un diálogo con su propio tiempo
Sandra Pinardi
Organizar, estructurar y pensar una colección latinoamericana de arte supone un esfuerzo reflexivo fundamental para nuestros países porque involucra siempre, aunque no necesariamente de manera explícita, una definición y una proyección de lo que es y debe ser la cultura, de sus características y sus modos de despliegue. Una colección no es una agrupación de objetos sino una búsqueda y una proyección de sentidos, un grupo de objetos que no son sólo emblemas de un lugar o de una época, sino que se presentan también como identidad y como memoria, como aquello desde lo cual las historias se cuentan y las preguntas se realizan.
Una colección latinoamericana nos implica en tanto que es un lugar que, de alguna manera, nos está diciendo y nos esta interpelando: a partir de esa actividad comunicativa es pertinente -y necesario- preguntarnos: ¿qué imaginario elabora, en que narración nos encuentra?
Las nuevas adquisiciones latinoamericanas del Museo de Bellas Artes (MBA) son la exposición del desarrollo de una colección. En este sentido, poseen un relato y otorgan unos espacios de reconocimiento, estructuran una versión y una visión de lo que nos es pertinente y cercano culturalmente. Es evidente que, al ser una selección, opere como un territorio en el que siempre podemos encontrar ausencias o discutir inclusiones, pero para los fines de este texto eso es poco importante.
Estas nuevas adquisiciones tienen la virtud de mostrarnos una Latinoamérica que dialoga con el mundo y con su propia temporalidad desde una pluralidad intensa de formas, manifestaciones, ejercicios imaginarios y signos expresivos -de obras- que no permiten en su presencia una percepción -y una lectura- que las descubra inmediatamente, que las delimite a una región o a un conjunto de fórmulas de reconocimiento. Es una pluralidad que no sólo da cuenta de una identidad dificultosa y construida desde la complicidad de diferencias, sino igualmente de una diversidad de modos de ser que permite, a su vez, una multiplicidad de pertenencias, una cierta irresponsabilidad productiva y transformadora.
Una Latinoamérica que parece haber superado la determinación impuesta que la limitaba a concebirse como territorio -como expresión exuberante, mágica, intuitiva- para enfrentarse a lo otro -al mundo- desde la síntesis formal y la reflexión en un intercambio que es, a la vez, de apropiación y de reconocimiento. Por ello, se mantienen en estas obras abiertamente "contemporáneas" en su forma y en su presencia esos símbolos y esas imágenes que nos nombran -al menos ante los otros-, pero en su mayor parte se mantienen como ecos y no como fundamentos, como un sonido alivianado que se ha transformado desde el encuentro con los otros, como un lugar para la analogía y la relación, nunca como un espacio de determinación.
En general, Latinoamérica habla en estas obras, salvo en contadas excepciones, en un discurso que es de todos y para todos, que no se distingue ni se piensa como un reconocimiento contextual que, en esa medida, permita elaborar apropiaciones "políticas", determinaciones regionales. Estas obras proponen un discurso que, elaborado minuciosa y cuidadosamente sus problemas y sus preguntas, diluye, o al menos, oscurece, sus dificultades y ausenciasconvirtiéndose en una universalidad indeterminada. Falta una señal que nos cuente ese lugar específico y esa memoria situada que son las mismas obras, que nos recuerde su origen y su dimensión comunitaria. Falta una textura y una declaración que nos permita descubrirnos como lugar y como sociedad, como imaginario e historia..
Adquirir lo que se expone
Anita Tapias
Hablar de la política de adquisiciones que rigen a nuestras instituciones museísticas no es tarea fácil. Existen muchas variables que entran en juego, pero sobre todas ellas el compromiso de dar cuerpo a una colección priva por encima del resto. La pregunta que se impone entonces es ¿Cuáles son los criterios que deben estar presentes al momento de ingresar una obra al patrimonio? Pensaríamos de inmediato en la representatividad, excelencia, calidad estética, valor histórico, que vacío llena, entre otros. Es sin duda un ejercicio difícil, más aún cuando la directiva de un museo, así como su junta asesora, consejo directivo o comité de adquisiciones, tienen poco tiempo para encargarse de incrementar coherentemente una colección.
El Museo Alejandro Otero (MAO) no escapa de esa estructura organizativa, más aún si tomamos en cuenta que hasta hace sólo 5 años, el MAO no contaba con un perfil claramente definido. Esta situación que ha permitido entretejer una afortunada complicidad entre los directivos y sus asesores, los ha puesto en el desafío de estructurar no sólo el perfil de una programación expositiva sino el norte de su colección. Este museo, asumido como el escenario por excelencia de las más recientes manifestaciones del arte contemporáneo de América Latina, ha programado en los últimos 5 años una programación cónsona con los objetivos trazados. En sus espacios se han exhibido obras de las figuras relevantes de nuestra contemporaneidad, artistas venezolanos dialogando permanentemente con autores del propio continente, así como de otras latitudes. Este ejercicio ha permitido al visitante conformar una clara lectura de las más recientes manifestaciones plásticas al tiempo que ha servido de apoyo a jóvenes ávidos de dialogar y confrontar sus propuestas.
La actual exposición Contemporánea. Adquisiciones 1994-1998 resulta afinada y en sintonía con ese perfil museístico que busca aquilatar lo más vivo de la contemporaneidad, sin descuidar el compromiso de conformar una colección de obras de Alejandro Otero, autor hasta hace pocos años no representado y cuyo nombre identifica a la institución misma. De este maestro adquirió el MAO, entre otras obras, 2 piezas fundamentales:"Estudio para Coloritmo N° 1" y "Composición A" representativas ambas de uno de los momentos más reveladores en la producción de Otero.
El otro núcleo de la colección es el correspondiente al arte contemporáneo. En él están incluidos varios artistas venezolanos que en los últimos años han participado de manera efectiva en las exhibiciones, salones y bienales tanto en Venezuela como en el extranjero. Aziz+Cucher, Sigfredo Chacón, Eugenio Espinoza, José Gabriel Fernández, Dulce Gómez, José Antonio Hernández-Diez, Diana López, José Luis López Reus, Luis Molina Pantin, Juan Nascimento, Roberto Obregón, Meyer Vaisman y Alfred Wenemoser, entre otros.
La coherencia presente en esta selección se ve favorecida por el perfil mismo del museo, que ha permitido crear un núcleo de obras, abierto, plural y de alta calidad. No pasan desapercibidas varias de las piezas seleccionadas, pues pudimos verlas por vez primera en las exposiciones de arte contemporáneo más interesantes de los últimos años: Trasatlántica, "Purapinturabstracta N° 13 (Bubble gum)" de Sigfredo Chacón, Sin fronteras, "Plegadura" de Alfred Wenemoser, La invención de la continuidad, donde vimos por vez primera la pieza de Alí González "Archivología 2", Re-Ready made, que mostró el trabajo de Yucef Merhi "Poliverso andróctono", Indice con la obra de Dulce Gómez "Dibujo en rojo"; así mismo en los eventos de confrontación tipo Bienal de Guayana donde participaron Diana López con "Lugar placentero" y Luis Romero con "Más por menos" y "Tres caminos", obras incluidas en esta colección.
Igual de estimulante ha sido reencontrarnos con piezas de artistas latinoamericanos y europeos que también estuvieron incluidas en exposiciones recientes. Es el caso de Rosángela Renó y Gerardo Suter en Hacer memoria y la brasileña Iole de Freitas en Entre telas, con su obra "Sin título".
A manera de epílogo podríamos comentar que la columna vertebral de los museos la conforman sus obras, por lo tanto una colección bien pensada y estructurada permite la unidad de una lectura y la claridad al momento de deliberar sobre las posibles adquisiciones. También es necesario aclarar que toda selección es en consecuencia discriminatoria, aunque esto cree descontento en los artistas no representados.
Es importante hacer énfasis en lo delicado del compromiso de ingresar al patrimonio (y esto vale para todas las instituciones museísticas) piezas que "realmente" no sean lo suficientemente representativas del autor o cuyo peso histórico no sea del todo definitorio. Esta actitud descalifica y no beneficia directamente la unidad y calidad de la colección, más aun cuando hablamos de autores contemporáneos que llevan poco tiempo de trabajo y que seguramente nos reservan importantes y positivas sorpresas. Me refiero a Trash de Meyer Vaisman y a la obra de Diana López que participó en la Bienal de Guayana. En el caso de la primera estamos frente a una pieza que no es la más representativa del autor. En el segundo caso, la pieza de López está contextualizada dentro de la convocatoria de la bienal y fuera de ese contexto carece de sentido. Al adquirir piezas de artistas jóvenes, en muchos casos, nos encontramos con una falta de coherencia en el desarrollo de los trabajos, es decir, con saltos discursivos. Es el caso de Dulce Gómez que, aunque con una muy buena participación en esta colección, presenta diferencias conceptuales en trabajos posteriores. En todo caso, la pregunta a plantearse es cómo entran a formar parte de las colecciones de los museos piezas de artistas jóvenes. Quizás, en algunos casos, hay que esperar que los discursos maduren. Esa es la realidad y el riesgo de coleccionar arte contemporáneo.
Acumular de todo
Juan Carlos Palenzuela
 Cíclicamente la Galería de Arte Nacional (GAN) exhibe sus adquisiciones. El conjunto de obras es pequeño y heterogéneo, por lo que pasa como una exposición de rutina, sin otro argumento que la justifique que el administrativo, el de los números de ingreso. No hay siquiera una elemental publicación que registre las nuevas fichas, por lo que el acto es efímero y se diluye con la entrada de las obras a depósito.
La colección de la GAN se fundamenta en un criterio ecléctico que abarcaría al máximo todo el arte venezolano. Esa amplitud conduce a generalizaciones y, en ocasiones, a vaguedades. Arte venezolano de todos los tiempos, de todos los autores, de todos los géneros, de todos los temas, sin detenernos en la trascendencia individual, en su importancia histórica, en su cualidad plástica o en la constitución de una obra determinada. Otros se encargarán de su conservación. En esta ocasión el esfuerzo se afinca en la recolección grande de cualquier miseria.
Como todo museo, suponemos que las adquisiciones y donaciones son objeto de estudio por parte de un comité especializado, estrechamente vinculado a la función del museo y a cuestiones específicas de su colección. Sucede, sin embargo, que cuando se expone la colecta anual y el conjunto carece de alguna obra mayor que justifique toda la acción o, al menos, que haga tolerable la inversión, queda la percepción de fallas en el procedimiento.

Que una chaqueta, prenda de vestir insulsa, pase como obra de arte por un millón de bolívares es una fanfarronería. El precio será su significación, pero el objeto es absolutamente mediocre.
¿Cuáles fueron las adquisiciones o donaciones recientes de la GAN? Algo que pasó y se borró del recuerdo inmediato, algo que estuvo en la pared semanas atrás. Apenas recuerdo el retrato de Duarte por Richter (donación), una pintura de Pizzani, un dibujo de Poleo, un relieve constructivista de González Bogen, alguna fotografía, un cuadro colonial y una obra de Bárbaro Rivas.
Antes que meditar sobre la inmediatez de las nuevas adquisiciones, me concentraría en el sentido de una colección, patrimonio pocas veces llevado a sala (guardado en un depósito desbordado para su función) y, en consecuencia, mal conocido.
Parecería que la política de adquisiciones se rige por lo cuantioso de los ingresos antes que por la calidad y trascendencia de los mismos. Sobre esto nunca habrá posibilidad de acuerdos. Sin embargo quizás deba explorarse un punto intermedio: en un momento en que el mercado del arte está afectado y cuando muy pocas obras maestras circulan en oferta, hubiese sido acertado ensayar compras sobre esa generación que en esta ocasión apenas quedó representada por Pizzani, la cual está, en términos generales, en un momento de excelencia de su producción y con obras acumuladas en sus talleres. Todavía más audaz sería dirigir la voluntad de la institución hacia esa otra generación de Luis Romero, Dulce Gómez o Javier Téllez, adquiriendo conjuntos, estableciendo el momento histórico, corriendo el riesgo. Pero para ello es indispensable una dirección que la GAN no tiene.

Fotografías: LB, apartamento en remodelación.

sábado, 11 de mayo de 2013

NOTICIERO RETROSPECTIVO

- Grupos neonazis operan en Venezuela. El Globo, Caracas, 19/03/1994.
- Paco Ortega. "¿Martin Bormann en Caracas?". Élite, Caracas, nr. 2045 del 05/12/1964.
- Extraño secuestro de estudiante de la UCV, quien dice estar en manos de una organización nazi. El Nacional, Caracas, 01/06/65.
- Juan Carlos Palenzuela:  la minoría unificada denuncia al nazismo  en Venezuela. El Nacional, 07/10/79.
- Alicia Briceño comenta el brote nazi-fascista en Caracas. Momento, Caracas, nr. 481 del 03/10/65.

Fotografía: 2001, Caracas, 26/01/81.

miércoles, 3 de agosto de 2011

NOTICIERO RETROSPECTIVO


- Sofía Imber. "Muy raro... Reverón, pero a mí me gusta". El Nacional, Caracas, 11/03/49.
- Roberto Montero Castro. "Réquiem por la pintura venezolana". Resumen, Caracas, nr. 45 del 15/09/74.
- Con fotografías de Luigi Scotto, Lolita Rivas escribe sobre la fundación de una escuela por el artista Francisco Nárvaez. Elite, Caracas, nr. 1945 del 05/01/63.
- O. Escalona Oliver. "Mentira y fantasía en los decorados de televisión". Momento, Caracas, nr. 64 del 04/10/57.
- Juan Carlos Palenzuela escribe sobre el libro de Van Dangel. El Nacional, 15/02/98. Papel Literario.

Fotografía: Los Reverón. Reportaje de Emilio Santana. Momento, Caracas, nr. 70 del 15/11/57.

sábado, 22 de enero de 2011

soto-voce


El Nacional - Sábado 12 de Febrero de 2005 C/3
Soto, un libro de arte
Juan Carlos Palenzuela

Soto Alfredo Boulton Armitano Editores Caracas, 1973

En 1973 Alfredo Boulton publicó una monografía titulada Soto, que, inmediatamente, se convirtió en un libro referencial, tanto por el artista que concierne, Soto; por el autor, Boulton; por el diseñador, Cruz Diez, y por el editor, Armitano. Es un libro importante porque el artista venía de hacer una gran exposición retrospectiva en el MBA, en 1971 (llevada a Bogotá en 1972), sumamente concurrida y todavía más publicitada, y antecedía a su exposición en el Museo Guggenheim de Nueva York, en 1974. De allí que el libro sea trilingüe, español, inglés y francés. Soto, residenciado en París, con un intenso programa de exposiciones personales y de grupo tanto en Francia como en Europa, requería un libro en tres idiomas. Boulton concretó ese proyecto.

1973 además fue un año sumamente significativo en la vida de Soto pues se inauguraba el Museo que lleva su nombre en Ciudad Bolívar, conformado, naturalmente con obras suyas y de su colección personal:
Calder, Dewasne, Fontana, Magnelli, Bury, Bill, Takis, Schoffer, Albers, Negret, Gonzalo Fonseca y Narváez, entre muchos otros y a cual mejor. Nunca un artista venezolano había tenido un gesto de tal dimensión para con el país (recordemos que cuando Soto se marcha a París, en 1950, apenas tiene en el bolsillo 50 bolívares, es decir, 15 dólares exactos y sin beca).

El texto de Boulton cumple con el cometido de explicar la difícil cuestión de un arte, para la fecha, novedoso. Lo visual, lo espacial, lo serial, lo vibrante, lo extra pictórico y lo que reclamaba la participación activa del espectador, es expuesto con sencillez y precisión. Boulton mismo se verá como “historiador de arte, intérprete de una obra...” . Es desde la condición de historiador como ubica su relato.

Entre las muchas ideas, definiciones, interpretaciones que establece el autor, tenemos:
“Los recursos mecánicos de que se valieron los precursores del cinetismo, Duchamp, Moholy—Nagy, Calder y otros, habían sido sobrepasados por los del propio ser humano. Soto no necesitó de la ayuda artificial de un motor para ello.

Con el movimiento humano nacía también un nuevo concepto plástico que hasta entonces nadie había podido realizar.

El espacio que mediaba entre el hombre y la obra adquiría una nueva presencia e importancia que venían a complementar el de la clásica perspectiva que crearon los primeros renacentistas. El hombre llegaba en ese momento a dominar el tiempo en el sentido de que podía regular también la vida de la obra, pues ella adquiría vitalidad en la medida en que el hombre se la proporcionaba. Dos entes movibles aparecían a los dos extremos del espacio. El diálogo visual quedaba sometido a un compás controlado por el hombre. El espectador era quien le proporcionaba acción a la obra”.

El estilo de Boulton impone un criterio de autoridad. La ausencia de fuentes o bibliografía es sintomática. A su libro antecede Jesús Soto, publicado por el Inciba en 1967, sin crédito de autor, aunque al comienzo se dice que “La conversación de Jesús Soto fue transcrita en París”. ¿Conversación con quién? —Misterio. Jesús Soto es un texto autobiográfico que se complementará maravillosamente bien con el interpretativo de Boulton.

El diseño de Carlos Cruz Diez para el libro de 1973 es genial. El cinetismo proponía una relación de estímulo y reciprocidad con la persona, con cualquiera, con todos. Cruz Diez entiende eso y como diseñador lo pone en práctica. La portada, con Espiral, tiene doble tapa, la primera impresa en plástico, para que el lector genere la obra. Además, al interior vuelve a presentar esta situación, tanto con “Estructura Cinética de Elementos Geométricos”, de 1955, como “Dos Relaciones Virtuales”, de 1957: una lámina transparente e impresa permite su manipulación y, en consecuencia, a cada quien concebir su propia obra. Este libro concreta un postulado según el cual el cinetismo no es sólo para ver (en este caso para leer), sino además —y principalmente— para interactuar.

Con los años el artista logró que otros estudiosos se interesaran en su obra. Marcel Joray publicó Soto, en 1984, 272 páginas, impreso en Neuchatel. Es una edición preciosa. Entre sus muchas monografías, quizás la de Michel Butor, Arnauld Pierre y Marc Mollet, para su exposición en la Galería Nacional Jeu de Paume, París, en 1997, cuyo comisario fue Daniel Abadie, titulada Jesús Rafael Soto, 244 páginas, sea la publicación más completa disponible sobre el maestro.

El libro de Boulton está ampliamente ilustrado, tanto las obras como fotos documentales del artista. En ocasiones hay fotos a doble página y entre otras debe destacarse el Muro Cinético, de 1961, o a tres páginas, desplegándose la imagen, como en “Gran Escritura” de la colección del Banco Central, de 1973.

El Penetrable de Pampatar, de 1971, es una obra que estaba situada en el jardín de la casa de Boulton en Pampatar. Esa misma foto es la que aparece en la portada de su Historia de la pintura en Venezuela, y hoy desaparecida. En un libro que anuncia pintura, se ilustra con una escultura.

Entre los muchos y maravillosos retratos que incluye el libro, está una foto suya con Ives Klein en 1959; una con su Muro Cinético en Amsterdam, en 1961, concebido incluso con malla y ramas, y una en la que están sentados, compartiendo muy animadamente, Agam, Tinguely (su gran amigo) y Bury, reunidos en la galería de Denise René (en la pared se percibe el detalle de una obra de Soto), en 1967. Esta última foto da idea de la calidad de sus amistades parisinas, todos protagonistas del arte contemporáneo.

En la página 48 se inserta una foto en la que aparece un Soto jovencito sosteniendo en sus manos Espiral, obra en plexiglás, de 1955 (por cierto, hay una falta en la leyenda que dice: “Soto con Plexiglás Espiral”, pasando el soporte como título, lo que es un error, pues sería como decir, zutano, un pintor, “con Óleo Espiral”, cuando aquél es la técnica y el otro es el título). Pues bien, a la ocasión en que me obsequió el libro, Boulton me mostró esta fotografía y me preguntó: ¿qué ves al fondo? —Tras Soto hay un gran cuadro que ocupa todo el espacio de la fotografía. Yo no sabía de quién era esa obra. Entonces Don Alfredo acotaba: Esa es una pintura de Vasarely, lo que quiere decir, si ésta es una foto de 1955, que mientras Vasarely permanece en el plano pictórico, y Soto está mostrando la Espiral, aquel se ha quedado en una formalidad de la cual no va a salir y el otro ya ha alcanzado notables planteamientos espaciales. El historiador de arte tiene que saber ver estas cosas incluso en una fotografía, me explicaba con una gracia y convicción que me dejó liquidado. Guardé silencio y él me miraba seguro del impacto que me había causado su argumentación, por lo que al rato apenas me atreví a comentarle: y si es así, ¿por qué no lo puso en la leyenda? A lo que él murmuró cualquier cosa ininteligible...

jóvenes críticos... Ya es hora de almorzar, vámonos.


El Nacional - Sábado 12 de Febrero de 2005 C/3
Maestro, ¿será que el viento ya no sopla?
Karina Sainz Borgo

El país democrático había sobrevivido al Porteñazo y al Barcelonazo. A Ciudad Bolívar —épica, por Angostura claro está, y mítica aún, como en los días de Raleigh— había llegado un nuevo habitante que todavía hoy, transcurridas tres décadas, tiene el porte de un blanco forastero en medio de la soledad de los mineros.

El 25 de agosto de 1973, a la inauguración del Museo de Arte Moderno Jesús Soto en Ciudad Bolívar, acudieron el Presidente de la República, Rafael Caldera; los directores de los principales museos de arte moderno del mundo y la comunidad artística venezolana, congregada allí para abrir las puertas de aquella estructura que, diseñada por Carlos Raúl Villanueva, llevaba el nombre del artista que regresaba a las orillas del Orinoco para dejar en ellas lo más importante, no sólo de su obra —próxima a una retrospectiva en el Guggenheim—, sino también parte de su colección personal.

Jean Arp, Johannes Itten, Kasimir Malevitch, Josef Albers, Sonia Deleunay, Jean Tinguely e Yves Klein se incorporaban a la naturaleza, artefactos en medio de su atávica abundancia. “El Museo es un desafío a lo sedentario y arcaico, es un grito en la plaza pública”, había escrito Alfredo Boulton en celebración de aquel blanco forastero, que se alzaba como promesa moderna —y modernizadora— en medio del calor.

Si bien es cierto la polémica abstracción versus figuración adelantada por Alejandro Otero y Miguel Otero Silva en las páginas de El Nacional había cumplido casi dos décadas de haberse librado, Marta Traba se había encargado de encenderla con un dedo acusador que apuntaba por igual a los abstracto geométricos y a los cinéticos —entre ellos, por supuesto, a Soto—. Traba se ponía de pie, J’ accuse, en contra del país que tomaba la decisión de tender puentes sobre las trincheras aún humeantes, el mismo que había nacionalizado su industria petrolera en 1976. Traba sostuvo que las piezas artísticas que se habían incorporado a la Caracas de 1970 —ya entre ellas Vibración Amarilla, en el IVIC— alimentaban una “ilusión de la sociedad tecnológica”, las cuales eran recibidas por el público “como adornos decorativos menos comprensibles y útiles que las vallas”. En aquella —una nación que emprendía la pacificación—, el progreso y la modernidad se manifestaba con todos sus brillos y contradicciones. La población adquiría confort, a la vez que perdía memoria en la gula solitaria de los años regordetes del petróleo.

En repetidas e innumerables ocasiones, Soto se había limitado a no participar del debate propuesto por Traba, prefería explicar hacia dónde iban sus investigaciones plásticas. Y cuando los periodistas lo interceptaban en Maiquetía, no perdían la ocasión de preguntarle, con ese tono de quienes consultan al hombre notable como ejemplo civilizador: “Maestro, ¿qué opina de la situación política en el país?”, “maestro, ¿qué opina de quienes le tildan de extranjerizante?”, “¿tiene el país suficientes museos?”.

Jesús Soto, quien, a sus 16 años, luego de trabajar pintando carteles para los únicos tres cines de Ciudad Bolívar, se había marchado a Caracas para estudiar Artes con una beca que le diese el entonces presidente del estado, Mario Briceño Iragorry, y que a sus 19 se iría a París para iniciar su carrera, regresaba a la Venezuela que había dejado en el puerto de la Guaira en 1950, aquella que retomaba la más voluntariosa de sus empresas:
la democracia.

A diferencia del país de 1940 y 1950 en el cual Soto había crecido teniendo como única imagen de lo artístico un teatro en Ciudad Bolívar que Juan Vicente Gómez mandó a destruir, y que había sustituido a Rómulo Gallegos por el Bulldozer, en ésa, una especie de vuelta a la patria, Soto —y los venezolanos que con él formaban parte de este retrato imposible— encontró a la Venezuela de 1970 afanada en la fanfarria, en la implantación definitiva de un paisaje que nos diera prestancia. El país había sustituido el nativismo y la estatuaria indígena vernácula por una imagen que se pareciera más a la épica del progreso y fue, precisamente, la abstracción geométrica y el cinetismo las piezas que hicieron las veces de operación moderna, símbolo de la nación que adquiría progreso con la misma velocidad que el Estado construía las instituciones y los precios del petróleo llenaban las arcas nacionales.

En 1975, a pocos días de la nacionalización del hierro, se propuso a Jesús Soto la creación de un Monumento al hierro —que hoy resuena como alegoría inevitable de la Silva a la Agricultura en la Zona Tórrida—, una estructura que debía colocar sobre el pedestal de la abundancia, el proyecto de nación. Sin embargo, llegó el Viernes Negro y el monumento no pasó de ser un anteproyecto.

El país acumulaba hipotecas y el inicio de la década de 1980 agregó una más a las ya existentes.

Las partidas —y los regresos— de Jesús Soto nunca fueron definitivos. Había en ellos la zancada de quien vive en dos lugares, a la manera de un hombre síntesis.

Luego de la retrospectiva en el Museo de Bellas Artes, Soto regresaba a Caracas nuevamente. En 1983 se cumplían 200 años del natalicio de Simón Bolívar y mientras el níquel que llevaba su nombre sufría una devaluación, el presidente Luis Herrera Campins inauguró el Complejo Cultural Teresa Carreño, cuya estructura contaba con las sonoridades de las varas amarillas que colgaban del techo. La prensa embistió con nuevas preguntas, las mismas en realidad: “¿qué piensa del país?, “¿qué tiene que decirle a los críticos?”.

El maestro respondía entonces, trajeado en su guayabera: “Disfruto enormemente la reacción de un niño ante mi obra (...) Cuando veo su reacción de felicidad vuelvo a creer con optimismo que en el futuro la sociedad toda pueda gozar de esa misma libertad espiritual”, una frase venida del lugar que está en ninguna parte, que separa París del Orinoco, que deja la patria como un sonido al golpe del viento.

El país, siempre niño —al que se le endilga la adultez como el futuro que está por llegar—, gozaba del atasco en las varillas que el viento atravesaba, más como tempestad que como brisa.

Pero el tiempo se detuvo y los regresos dejaron de ser definitivos. A pocas semanas de su muerte, ir tras su historia, la de Jesús Soto, implica, también, arrojar luz sobre ese país que se retrata al lado de sus obras, esas que además de ser el tiempo, lo habitan. Hoy cuando las hipotecas se hacen inaplazables, las hilachas de La esfera Caracas han dejado de moverse. Abandonada en el distribuidor Santa Cecilia, como una boca sin dientes en medio del tráfico automotor, sobrevive como un habitante que, en lugar del golpe de la brisa, recibe el silencio como una postergación.

Todo está allí, en ella: el país de los cines y los teatros en ruinas; aquel en el que el futuro era una pulsión nostálgica; el que —aunque se lo proponga— ya no puede mirarse a sí mismo. Ésa, la Venezuela en la que las varillas colgantes enmudecen, quizás —lo más probable, maestro— porque el viento ha dejado de soplar.