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domingo, 24 de diciembre de 2017

DESLAVES

EL PAÍS, Madrid, 24 de diciembre de 2017
TRIBUNA
La industria del espíritu
Jordi Soler

El filósofo Daniel Dennett propone una fórmula para alcanzar la felicidad: “Busca algo más importante que tú y dedica tu vida a eso”.

Esta fórmula va a contracorriente de lo que propone la industria del espíritu en el siglo XXl, que nos viene a decir que no hay más felicidad que esa que sale de dentro de uno mismo, lo cual puede ser verdad en el caso de un monje tibetano, pero no para quien es el objetivo de la industria del espíritu, el atribulado ciudadano común de Occidente que suele encontrar la felicidad afuera, en otra persona, en su entorno familiar o social, en su oficio, en un pasatiempo, etcétera.

De acuerdo con la fórmula de Dennett la clave está afuera, en el otro extremo, en la atención que dedicamos a cosas más importantes que nosotros, objetivo, por cierto, nada difícil de conseguir pues, en rigor, todo es más interesante que nosotros mismos.

La industria del espíritu, una de las operaciones mercantiles más exitosas de nuestro tiempo, ha crecido exponencialmente en los últimos años, no hay más que ver la cantidad de instructores y pupilos de mindfulness, o de yoga, que hay a nuestro alrededor. Mindfulness y yoga en su versión pop para Occidente, no precisamente las antiguas disciplinas que practican los maestros orientales, sino un producto práctico y de rápido aprendizaje que conserva su estética, su merchandising y sus toxinas culturales.

Hasta hace muy pocos años el yoga y el mindfulness eran actividades marginales, que practicaban unos cuantos, y hoy se han convertido, en muy poco tiempo, en una industria multimillonaria. No vamos a despreciar los beneficios físicos y mentales que da el yoga, ni puede negarse que en la introspección del mindfulness podría distinguirse eventualmente alguna luz, pero también es verdad que el éxito súbito y meteórico de estas dos industrias da qué pensar.

Lo de hoy es cultivar la espiritualidad, mirar hacia adentro de uno mismo, con un aire oriental, como vehículo para conquistar la felicidad. Como si de verdad la felicidad fuera una parcela conquistable, y no ese estado de ánimo aleatorio, espontáneo y efímero de, digamos, alegría integral, que llega de vez en cuando y a ramalazos. Lo más que puede experimentarse son momentos de felicidad, esa es precisamente la gracia; si la felicidad fuera un estado permanente viviríamos en un mundo de idiotas con sonrisa boba.
 
Frente al argumento de que la humanidad, finalmente, ha tomado consciencia de su vida interior, ¿por qué tardamos tanto en alcanzar este peldaño evolutivo?, propondría que, más bien, la burguesía occidental está siendo el objetivo de una gran operación mercantil que tiene más que ver con la economía que con el espíritu, la salud y la felicidad de la especie humana.

En su ensayo America the anxious (St. Martin’s Press, 2016), la periodista inglesa Ruth Whippman revela algunos datos que ha recabado el Departamento de Salud de Estados Unidos: más de veinte millones de personas, más o menos la mitad de los habitantes que tiene España, practican la meditación en aquel país, y el gasto anual en cursos de mindfulness, y los productos derivados de la enseñanza y de la práctica posterior, es de 4.000 millones de dólares. La cifra del yoga es todavía más importante: los nuevos yoguis invierten 10.000 millones de dólares al año en clases de yoga y accesorios como la alfombrilla, los leggings, el botellín yogui de acero inoxidable para el agua. De las industrias que crecen más, y más rápidamente, en Estados Unidos, el yoga ocupa el cuarto lugar.

Esto sucede en un país que en su acta de independencia consagra por escrito la búsqueda de la felicidad (the pursuit of happines) como uno de los derechos inalienables de las personas. Esta búsqueda, como todo lo que sucede en aquel país, se ha extendido por los países de Occidente y ha llegado aquí aplicada a la industria del espíritu, con un éxito, y una militancia entre sus practicantes, de los que no gozan la mayoría de los cultos.

La industria del espíritu es un producto de las sociedades industrializadas donde las personas tienen ya muy resueltas las necesidades básicas, desde el techo y la comida hasta el Netflix y el Spotfy. Una vez instalado en el angustioso vacío que producen las necesidades resueltas, el ciudadano maniobra para apuntarse a un grupo que le procure otra necesidad.

Este creciente colectivo de personas que hurgan en sí mismas buscando la felicidad, ya ha conseguido instaurar un nuevo narcisismo, un egocentrismo new age, un egoísmo rabiosamente autorreferencial que, de paso, ha venido a trastocar el famoso equilibrio latino de mens sana in corpore sano, decantándolo descaradamente hacia el cuerpo. El gurú del siglo XXI invita a sus pupilos a consentirse a sí mismos, a tratarse estupendamente mientras encuentran la puerta hacia la felicidad, los anima a descubrir los misterios del mundo en sus propios ombligos.

Este novedoso egocentrismo new age encaja divinamente en esa compulsión contemporánea de cultivar el físico, se tenga la edad que se tenga, de anteponer el corpore a la mens. A lo largo de la historia de la humanidad el objetivo había sido volverse más inteligente a medida que se envejecía; los viejos eran los sabios, ese era su valor, pero ahora asistimos a su claudicación: los viejos ya no quieren ser sabios, prefieren estar fornidos y musculosos, y dejan la sabiduría en manos del primer iluminado que se pone a impartir cursillos.

Walter Benjamin rescata el consejo de un viejo sabio cabalista que viene al caso; para conseguir un cambio importante en la vida no hacen falta grandes movimientos, ni cursillos de ningún tipo, añadiría yo: “Basta desplazar un poco esta taza, o este arbusto o esta piedra; y así con todas las cosas”, recomendaba el viejo cabalista.

Si la industria del espíritu tiene de verdad los efectos que promociona su clientela, ¿por qué no vivimos rodeados de gente feliz y satisfecha?

Parece que el requisito para salvarse en el siglo XXI es inscribirse en un cursillo, pagarle a alguien que nos diga qué hacer con nosotros mismos y los pasos que hay que seguir para vivir cada instante con plena conciencia. Sería saludable no perder de vista que el objetivo principal de esas sesiones pagadas no es tanto salvarlo a usted, como mantener a flote la economía del espíritu que, sin sus millones de abonados, regresaría al nivel que tenía en el siglo XX, aquella época dorada del hedonismo suicida, en la que el mindfulness era patrimonio de los monjes, el yoga lo practicaban cuatro gatos y el espíritu se cultivaba leyendo libros en una gratificante soledad.

Fuente:
Ilustración: Giuseppe Veneziano.

sábado, 21 de junio de 2014

BOLIVARIANIDAD

EL PAÍS, Madrid, 21 de junio de 2014
TRIBUNA
El demonio bolivariano
Las descalificaciones que ha sufrido el líder de Podemos, más que de él, hablan de España
Jordi Soler 

La pantalla del teléfono, de la tableta o del ordenador, nos ofrece una imagen del mundo tan especializada que ya se parece muy poco al mundo. En la pantalla los temas, las noticias, las anécdotas se organizan por parcelas y se van interrelacionando hasta formar un enjambre del que el espectador tiene que sacar una idea clara, si es que puede hacerlo. El lector del siglo XXI, ese que ve pasar un torrente de información por la pantalla de su tableta, más que reflexionar va de una noticia a otra, de un dato a una opinión y el caudal es tan vasto que no hay tiempo para detenerse a digerir lo que acaba de leerse.
Se trata de una experiencia que no se parece en nada a la del lector de periódico de papel del siglo XX, que iba pasando las hojas, leyendo lo que le interesaba o llamaba su atención, y en cuanto se acababan las páginas se iba a hacer otra cosa, y probablemente no volvía a enterarse de las noticias hasta el telediario de la noche, o hasta el día siguiente, cuando volvía a sentarse a leer el periódico. En cambio el lector de periódicos en tableta puede pasarse el día leyendo noticias y columnas de opinión, tiene a su alcance decenas de periódicos que se están renovando todo el tiempo en un flujo permanente e ininterrumpido que mantiene al lector, a base de links o de tuits, rigurosamente informado pero, también, condenado a interpretar la realidad a partir de lo que se le explica, de lo que permanentemente se le dice, sin espacio o mejor, sin el silencio imprescindible para sacar sus propias conclusiones. El exceso de información acaba desinformando.
El lector de noticias en pantalla se llena de información pero va perdiendo la perspectiva, se queda sin el horizonte, que es demasiado grande para ser contenido por una pantalla.
El lector de noticias en pantalla se llena de información pero va perdiendo la perspectiva
En estas condiciones, atiborrados todo el tiempo de información, es muy difícil hacerse una idea clara de la debacle europea, de la crisis española con sus ya incontables ramificaciones, y de la nueva configuración política que han dejado las últimas elecciones. Michel de Montaigne hacía ver que “el verdadero campo y objeto de la impostura son las cosas desconocidas”, porque al desconocerlas, no podemos aplicarles “razonamientos comunes” y por esto mismo “nos privan del medio de combatirlas”. Más adelante, en el mismo ensayo, Montaigne añade: “nada se cree tan firmemente como aquello que menos se sabe”.
Habría que buscar en la polvareda que ha levantado el derrumbe de las instituciones europeas no solo la composición química de ese polvo sino, y me va a perdonar usted la cursilería, el rayo de luz que hay más allá, el horizonte.
En medio de la polvareda que ha levantado el colapso, ha surgido, diría que de la nada pero es claramente producto de este polvo, el partido político Podemos, cuyo líder ha sufrido una serie de descalificaciones que, más que de él, hablan de España. Es verdad que lo mínimo que puede esperar un partido político que irrumpe con esta fuerza es una catarata de descalificaciones de los que, a causa de esta irrupción, ven peligrar su posición en el mapa político, pero, de todas formas llama la atención que entre la catarata de insultos y descalificaciones, la derecha mediática, y también algunos que suponíamos de izquierda, acusen a Pablo Iglesias de estar inspirado, e incluso asociado, con líderes latinoamericanos como Evo Morales o, en su momento, el Comandante Chávez, es decir, con ese concepto que en España lleva cuernos y cola de flecha y huele a azufre, que es lo bolivariano. Al margen del porcentaje de bolivarianismo que este partido político pueda tener, resulta sintomático que al líder de Podemos se le quiera desprestigiar asociándolo con estos líderes de los que en España, y en Europa en general, no se conoce más que la caricatura que la prensa ha hecho, durante años, de ellos.
De los líderes bolivarianos no se conoce en España más que la caricatura que la prensa ha hecho de ellos
Descalificar a Iglesias por la relación que pueda tener con estos líderes, es la parte visible de un problema mayor, que es la profunda ignorancia de Latinoamérica que existe en España, una ignorancia que, en estos momentos críticos, es francamente suicida. Estos líderes tan caricaturizados, además de los horrores que aquí se nos cuentan, han hecho un montón de cosas positivas para sus países que en España interesan poco porque es más fácil, y sobre todo más útil, encasillarlos en su papel de líderes populistas, otro término que aquí tiene proporciones diabólicas y, sobre todo, parece que el populismo es un mal que viene de fuera, que se trata exclusivamente de una plaga latinoamericana, cuando la verdad es que aquí, cada día, oímos declaraciones rigurosamente populistas de algún líder político, con énfasis en los que lideran el proceso soberanista catalán.
Antes de criticar otros regímenes políticos, con esa frivolidad y ese desparpajo, deberíamos mirarnos con seriedad al espejo, pero no al espejo deformante, que proponía el cada vez más vigente Valle-Inclán, y que refleja una realidad distorsionada, esperpéntica, sino un espejo que nos regrese un reflejo veraz, útil, aplicable en acciones concretas que nos permitan remontar la crisis, la económica, pero también la que genera el desprestigio de las instituciones y de los líderes políticos.
Porque decir “esperpéntico” es tan inútil como decir “populista”, o “bolivariano”, son términos muy frondosos con los que, de forma parcial y simplona, pero muy efectiva, puede atacarse al enemigo. La idea de Montaigne que he citado más arriba, “nada se cree tan firmemente como aquello que menos se sabe”, se aplica perfectamente a la reacción que provoca en España lo bolivariano, un concepto que se ha fijado en el discurso nacional, en su versión más nefasta, con una firmeza que es producto de lo poco que se sabe del bolivarianismo.
Parece mentira que con los niveles de corrupción que hay aquí, se tenga el descaro de mofarse de los líderes de otros países
La catarata de descalificaciones, por su filón bolivariano, al líder de Podemos es, por otra parte, una curiosidad: parece mentira que desde un país con los niveles de corrupción y paro que tiene España, con la creciente desconfianza que generan los políticos, los banqueros, la monarquía, la iglesia, alguien tenga el descaro de mofarse de los líderes de otros países. Más que una curiosidad se trata de otro síntoma, la imagen esperpéntica que regresa el espejo de Valle-Inclán, no permite hacer una valoración sensata y equilibrada de lo que está sucediendo aquí. Mucho más grave que el populismo y el bolivarianismo de Podemos, es lo que este partido político ha venido a poner en evidencia, lo que hay debajo del terror a lo bolivariano, que es una mezcla de la ignorancia de lo que ocurre en aquellos países, esa ignorancia que produce una idea en la que se cree firmemente, más, en el caso de Evo Morales, un componente de discriminación racial, que le ha granjeado el título de “líder exótico” y lo ha hecho protagonista de aquel episodio bochornoso, en el que el gobierno español se desentendió de la hermandad hispana cuando el avión del presidente Morales, bajo la sospecha de que Edward Snowden iba a bordo, fue inmovilizado en el aeropuerto de Viena.

España tiene en Latinoamérica a su gran aliado y de momento, a pesar del discurso oficial que habla todo el tiempo de la hermandad con aquellos pueblos, no se ha puesto, de verdad, a cultivarlo. Basta ver como se trata a los inmigrantes ecuatorianos o bolivianos en las ciudades españolas, la forma en que los acosa, sin más motivo que su aspecto, la policía; o esa idea excéntrica y sumamente imperial, que merecería más reflexión y mucho más autocrítica, de llevar al rey de España a las cumbres latinoamericanas, a esos países donde los reyes son cosa del pasado remoto, o de los cuentos para niños y, en todo caso, parte de una época oscura de la que tuvieron a bien independizarse. O esa descortesía de un Ministro de defensa español invitando a gritar ¡viva Honduras! a un contingente de soldados salvadoreños, por no hablar de ese error que se repite todos los días en las casas, en las oficinas, en los periódicos, en la radio y en la televisión, de llamar Sudamérica a todos los países que están debajo de Estados Unidos. Si en España no se sabe a ciencia cierta ni dónde empieza Sudamérica ¿qué podemos entender de los líderes bolivarianos?

Ilustraciones:
http://humoristech.blogspot.com/2012/09/caricatura-de-almarzaale-bolivar-3d.html
http://robertolomje.blogspot.com/2012/05/espana-caricaturas-que-hablan-espagne_15.html