EL PAÍS, Madrid, 18 de mayo de 2014
PIEDRA DE TOQUE
El Mago del Norte
Isaiah Berlin
Mario Vargas LLosa
Isaiah Berlin fue un demócrata y un liberal, uno de esos raros intelectuales tolerantes, capaces de reconocer que sus propias convicciones podían ser erradas y acertadas las de sus adversarios ideológicos. Y la mejor prueba de ese espíritu abierto y sensible que contrastaba siempre sus ideas con la realidad a ver si las confirmaba o contradecía, la dio dedicando sus mayores empeños intelectuales a estudiar, no tanto a los filósofos y pensadores afines a la cultura de la libertad, como a sus más enconados enemigos, por ejemplo un Carlos Marx o un Joseph de Maistre, a los que dedicó ensayos admirables por su rigor y ponderación. Tenía la pasión del saber y, a quienes promovían las cosas que él detestaba, como el autoritarismo, el racismo, el dogmatismo y la violencia, antes que refutarlos, quería entenderlos, averiguar cómo y por qué habían llegado a defender causas y doctrinas que agravaban la injusticia, la barbarie y los sufrimientos humanos.
Un buen ejemplo de todo ello es el volumen titulado The Magus of the North. J.G. Hamann and the Origins of Modern Irrationalism (1993), colección de notas y ensayos que Berlin no llegó a integrar en un libro orgánico y que recopiló y prologó Henry Hardy, su discípulo, al que nunca podremos agradecerle bastante su extraordinaria labor de rastreo y edición de las decenas de trabajos que Isaiah Berlin, por su escaso interés en publicar y su maniático perfeccionismo, dejó dispersos en revistas académicas o inéditos. Yo creía haber leído todos los trabajos del gran pensador liberal, pero éste se me había escapado y acabo de hacerlo, con el mismo absorbente placer que todo lo que escribió.
Lo extraordinario de estas notas, artículos y bocetos de ensayos que a lo largo de su vida dedicó Berlin al teólogo y filósofo alemán Johann Georg Hamann (1730-1788), enemigo mortal de la Ilustración y portavoz afiebrado del irracionalismo, es que, a través de ellas, este reaccionario convicto y confeso resulta una figura simpática y en muchos sentidos hasta moderna. Su defensa de la sinrazón –las pasiones, el instinto, el sexo, los abismos de la personalidad- como parte integral de lo humano y su idea de que todo sistema filosófico exclusivamente racionalista y abstracto constituye una mutilación de la realidad y la vida son perfectamente válidas y sus audaces teorías, por ejemplo sobre el sexo y la lingüística, en cierto modo prefiguran algunas de las posiciones libertarias y anárquicas más radicales, como las de un Michel Foucault. Asimismo, resulta profética su denuncia de que, si continuaba por el camino que había tomado, la filosofía del futuro naufragaría en un oscurantismo indescifrable, máscara del vacío y la inanidad, que la pondría fuera del alcance del lector común
Donde estas coincidencias cesan es en aquella encrucijada en la que aparece Dios, a quien Hamann subordina todo lo que existe y que es, para el místico germano, la justificación y explicación única y final de la historia social y los destinos individuales. Su rechazo de las generalizaciones y de lo abstracto y su defensa de lo particular y lo concreto hicieron de él un confaloniero del individualismo y un enemigo mortal de lo colectivo como categoría social y signo de identidad. En este sentido fue, de un lado, dice Berlin, un precursor del romanticismo y de lo que dos siglos más tarde sería el existencialismo (sobre todo en la versión católica de un Gabriel Marcel), pero, del otro, uno de los fundadores del nacionalismo e, incluso, al igual que Joseph de Maistre, del fascismo.
Hamann nació en Königsberg, hijo de un barbero cirujano, en el seno de una familia pietista luterana, y su infancia transcurrió en un medio de gentes religiosas y estoicas, cuyos antepasados desconfiaban de los libros y la vida intelectual; él, sin embargo, fue un lector voraz y se las arregló para entrar a la universidad donde adquirió una formación múltiple y algo extravagante de historia, geografía, matemáticas, hebreo, teología, a la vez que por su cuenta aprendía francés y escribía poemas. Comenzó a ganarse la vida como tutor de los hijos de la próspera burguesía local y, durante algún tiempo, pareció ganado por las ideas que venían de la Francia de Voltaire y Montesquieu. Pero no mucho después, durante una estancia en Londres vinculada a una misteriosa conspiración política, y luego de unos meses de disipación y excesos que lo llevaron a la ruina, experimentó la crisis que cambiaría su vida.
Ocurrió en 1757. Sumido en la miseria, aislado del mundo, se sepultó en el estudio de la Biblia, convencido, según escribiría más tarde, como Lutero, que el libro sagrado del cristianismo era “una alegoría de la historia secreta del alma de cada individuo”. Emergió de esa experiencia transformado en el conservador y reaccionario pendenciero y solitario que, en panfletos polémicos que se sucedían como puñetazos, criticaría con ferocidad todas las manifestaciones de la modernidad allí donde aparecieran: en la ciencia, en las costumbres, en la vida política, en la filosofía y, sobre todo, en la religión. Había regresado, y con celo ardiente, al protestantismo luterano de sus ancestros. Se hizo de adversarios y enemigos por doquier por su carácter intratable. Solía, incluso, enemistarse con gentes que lo respetaban y querían ayudarlo, como Kant, lector suyo y quien trató de conseguirle un puesto en la Universidad. De él dijo que “era un pequeño homúnculo agradable para chismear un rato pero totalmente ciego ante la verdad”. A Herder, que fue su admirador confeso y se consideraba su discípulo, nunca le tuvo el menor aprecio intelectual. No es extraño, por eso, que su vida transcurriera casi en el anonimato, con pocos lectores, y fuera sumamente austera, debido a los oscuros empleos burocráticos con los que ganaba su sustento.
Los académicos del siglo XVIII le parecían “paganos” más alejados de Dios que los ladrones
Después de muerto, el Mago del Norte, como Hamann gustaba llamarse a sí mismo, fue pronto olvidado por el escaso círculo que conocía sus obras. Isaiah Berlin se pregunta: “¿Qué hay en él que merezca ser resucitado en nuestros días?” La respuesta da lugar al mejor capítulo de su libro: The Central Core (El núcleo central). Lo verdaderamente original en Hamann, explica, es su concepción de la naturaleza del hombre, en las antípodas de la visión optimista y racional que de ella promovieron los enciclopedistas y filósofos franceses de la Ilustración. La criatura humana es una creación divina y, por lo tanto, soberana y única, que no puede ser disuelta en una colectividad, como hacen quienes inventan teorías (“ficciones”, según Hamann) sobre la evolución de la historia hacia un futuro de progreso, en el que la ciencia iría desterrando la ignorancia y aboliendo las injusticias. Los seres humanos son distintos y también sus destinos; y su mayor fuente de sabiduría no es la razón ni el conocimiento científico sino la experiencia, la suma de vivencias que acumulan a lo largo de su existencia. En este sentido, los pensadores y académicos del siglo dieciocho le parecían auténticos “paganos”, más alejados de Dios que “los ladrones, mendigos, criminales y vagabundos –los seres de vida “irregular”-, que, por la inestabilidad y los tumultos de su arriesgada existencia podían muchas veces acercarse de manera más honda y directa a la trascendencia divina.
Era un puritano y, sin embargo, en materia sexual propugnaba ideas que escandalizaron a todos sus contemporáneos. “¿Por qué un sentimiento de vergüenza rodea a nuestros gloriosos órganos de la reproducción?”, se preguntaba. A su juicio, tratar de domesticar las pasiones sexuales debilitaba la espontaneidad y el genio humano y, por eso, quien quería conocerse a fondo debía explorarlo todo, e, incluso, “descender al abismo de las orgías de Baco y de Ceres”. Sin embargo, quien en este dominio se mostraba tan abierto, en otro sostenía que la única manera de garantizar el orden era mediante una autoridad vertical y absoluta que defendiera el individuo, la familia y la religión como instituciones tutelares e intangibles de la sociedad.
Aunque este libro de Isaiah Berlin es una amalgama de textos, adolece de repeticiones y da a veces la impresión de que hay muchos vacíos que quedaron por llenar, se lee con el interés que él sabía imprimir a todos sus ensayos a los que siempre convertía, no importa de qué trataran, en una fiesta de las ideas.
Ilustración: Fernando Vicente.
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domingo, 18 de mayo de 2014
BERLIN (2)
Piedra de toque
Sabio, discreto y liberal
Mario Vargas Llosa
A diferencia de Francia, que vuelve a los grandes pensadores y artistas que alberga en su seno, figuras mediáticas, iconos populares, Inglaterra los esconde y mantiene a la sombra, como si, expuestos a la luz pública, sometidos al manoseo publicitario, sus logros intelectuales y artísticos corrieran el riesgo de empobrecerse. Se puede extraer, de estas costumbres antinómicas respecto a sus monstruos sagrados del saber o la creación, conclusiones sobre la vocación elitista de la cultura británica y la democrática en Francia, o, más pedestremente, sobre el esnobismo cultural, que, por lo menos desde el siglo XVIII, es distintivo mayor de la vida francesa, así como su reverso o antípoda, el esnobismo anti-culturalista, ha sido rasgo notorio de la circunstancia inglesa.
En todo caso, no hay duda de que, si, en vez de asilarse en Inglaterra, la familia Berlin -judíos letones de Riga, que emigraron, huyendo de la revolución soviética- se hubieran refugiado en París, en vez de hacerlo en Kensington, la muerte de Isaiah Berlin, ocurrida hace unos días, a los 88 años, hubiera dado lugar a unos fuegos de artificio fúnebres, a una trompetería necrológica semejantes a las que desataron las de un Sartre o un Foucault. En su país de adopción, en cambio, sir Isaiah ha sido enterrado con la discreción en que vivió y escribió, en la conventual soledad de Oxford, Universidad a la que consagró toda su vida.
Siendo el extraordinario ensayista y pensador que fue, su obra, una de las más ricas e incitadoras desde el punto de vista político e intelectual, ha sido muy poco leída. Pero, en esto, sin duda, a la modestia enfermiza de Isaiah Berlin -el único escritor de gran talento que he conocido que daba la impresión inequívoca de carecer totalmente de las vanidades que aquejan a sus pares, y de creer, muy en serio, que sus trabajos en los dominios de la filosofía, la historia y la crítica, eran meros aportes de ocasión, sin mayor relevancia- cabe tanta culpa como a la manía secretista y catacumbal de la academia inglesa. Porque, por increíble que parezca, con excepción de un puñado de libros -dedicados a Marx, a la libertad y a Vico y Herder- hasta el año 1980 la inmensa obra de Isaiah Berlin estaba dispersa y enterrada en revistas especializadas, boletines universitarios, folletos y separatas, fuera del alcance del gran público, y, por cierto, sólo una ínfima parte de ella había sido traducida. Su caso es único, en esta era de frenética inflación bibliográfica, donde cualquier nulidad universitaria puede jactarse de un nutrido prontuario de publicaciones.
Isaiah Berlin no compiló en libro el grueso de su obra, porque no la consideraba merecedora de ese honor. Es probable que ella hubiera seguido siendo pasto de polillas, en archivos y bibliotecas, sin el empeño de un discípulo, Henry Hardy, quien logró persuadirlo -nunca se lo agradeceremos bastante- de que le permitiera reunirla y editarla. Gracias a su celo y rigor, ocho volúmenes han aparecido hasta ahora -entre ellos, obras maestras absolutas, como Against the current y Russian Thinkers -, revelando a los lectores del mundo a un humanista moderno de la envergadura de los grandes príncipes del pensamiento renacentista, los philosophes de la Enciclopedia, o los grandes pensadores de la cultura democrática del XIX, como Herzen o John Stuart Mill, a todos los cuales, por lo demás -sobre todo, estos dos últimos- Berlin ha dedicado memorables ensayos. No exagero nada: escondida en ese modesto y bondadoso profesor narigón, de calva reluciente, había una inmensa sabiduría, que se movía con desenvoltura en una docena de lenguas, desde el ruso hasta el hebreo, del alemán al inglés y las principales lenguas románicas, y por disciplinas y ciencias tan dispares como la filosofía, la historia, la literatura, las ciencias físicas, la música. Sobre todo ello reflexionó con originalidad y sobre todos esos asuntos escribió con una profundidad que él congeniaba siempre con una elegancia clásica y una meridiana transparencia de estilo.
Además de sabio y modesto, fue un gran liberal. Esto, claro está, nos enorgullece a quienes creemos que la doctrina liberal es el símbolo mismo de la cultura democrática -la de la tolerancia, el pluralismo, los derechos humanos, la soberanía individual y la legalidad-, el buque insignia de la civilización. Pero, dicho esto, hay que añadir que, entre las varias corrientes de pensamiento que caben dentro de la acepción de liberal, Isaiah Berlin no coincidió del todo con aquellos que, como un Frederick Hayek o un von Mises, ven en el mercado libre la garantía del progreso, no sólo el económico, también el político y el cultural, el sistema que mejor puede armonizar la casi infinita diversidad de expectativas y ambiciones humanas, dentro de un orden que salvaguarda la libertad. Isaiah Berlin albergó siempre dudas `social demócratas' sobre el laissez faire y volvió a reiterarlas pocas semanas antes de su muerte, en la espléndida entrevista -suerte de testamento- que concedió a Steven Lukes, repitiendo que no podría defender sin cierta angustia la irrestricta libertad económica que llenó de niños las minas de carbón.
El liberalismo de Isaiah Berlin consistió, sobre todo, en un permanente esfuerzo de comprensión del adversario ideológico, cuyas razones y argumentos procuró entender y explicar con un exceso de escrúpulo que desconcertaba a sus colegas intelectuales. ¨Cómo era posible que un partidario tan insobornable del sistema democrático, tan hostil a toda forma de colectivismo, escribiera uno de los más honestos y penetrantes estudios sobre Marx? Lo fue, y, también, que este gran enemigo de la intolerancia religiosa y de los totalitarismos, escribiera el mejor ensayo moderno sobre Joseph de Maistre y los orígenes del fascismo. Y que su repulsa de los nacionalismos no le impidiera, más bien lo indujera, a estudiar con un celo que cabe llamar amoroso al Reverendo Herder, la piedra miliar de la visión regionalista, anti-universalista de la historia.
La explicación es muy simple, aunque también insólita, y retrata a Isaiah Berlin de cuerpo entero. Como disciplina intelectual, dijo, es aburrido leer a los aliados, a quienes coinciden con nuestros puntos de vista. Más interesante es leer al enemigo, al que pone a prueba la solidez de nuestras defensas. Lo que, en verdad, me ha interesado siempre, es averiguar qué tienen de flaco, de débil o de erróneo las ideas en las que creo. ¨Para qué? Para poder enmendarlas o abandonarlas. Quienes hayan leído la obra de Isaiah Berlin saben que no hay pose alguna en estas afirmaciones, pues es cierto que su pensamiento estuvo siempre afinándose y enriqueciéndose en el cotejo con el de sus adversarios.
De toda la fecunda cosecha de hallazgos de este pensamiento, quiero sólo recordar la famosa distinción entre libertad `negativa' y libertad `positiva', que esbozó en su discurso inaugural del año académico, en Oxford, en 1958. Esta tesis ha pasado a ser universalmente aceptada, aunque muchos de los que usan estos conceptos ignoren a su autor. La libertad `negativa' es aquella que se entiende en función de lo que la niega o limita: la coerción. Se es más libre mientras menos obstáculos se encuentren para decidir su vida de acuerdo al criterio propio. Mientras menos autoridad se ejerza sobre mi conducta, más libre soy. Este es un concepto más individual que social y absolutamente moderno. Nace en sociedades que han alcanzado un alto nivel de civilización y una cierta afluencia. Quienes defienden esta noción de libertad ven siempre en el poder el peligro mayor y proponen por eso que su radio de acción sea mínimo, el indispensable para evitar el caos.
La libertad `positiva' no quiere limitar la autoridad, sino adueñarse de ella, ejercerla. Esta noción es más social que individual pues sostiene que la posibilidad que tiene el individuo de decidir su destino está supeditada a causas sociales. ¨Cómo puede un analfabeto disfrutar de la libertad de prensa? ¨De qué sirve la libertad de viajar a quien vive en la miseria y no puede salir de su casa? Para esta noción `positiva', hay más libertad en términos sociales cuando menos diferencias se manifiestan en el cuerpo social, cuanto más homogéneo es el nivel económico y cultural de una comunidad.
Lo importante de estas dos concepciones de la libertad no es la sutileza intelectual que ha permitido diferenciarlas; son los horrores que cada una ha producido cuando ella sirvió para organizar a la sociedad de manera exclusiva, prescindiendo totalmente de la otra libertad. El gulag de los paraísos socialistas es el resultado de una libertad meramente `social', que desprecia la libertad `negativa', aquella que defiende al individuo contra la autoridad. Y las monstruosas desigualdades sociales y económicas y las iniquidades de la explotación de ciertas sociedades, la consecuencia de cifrar todo el progreso en la libertad `negativa', desdeñando por entero la `positiva'.
Para Isaiah Berlin ambas libertades son incompatibles, como el agua y el aceite. El verdadero progreso, sin embargo, está en no permitir que una suprima del todo a la otra, en mantener a ambas vivas, vigentes, en una difícil transacción, que debe irse remozando sin tregua, como hacía él, con sus convicciones, sometiéndolas a diario a la prueba del enemigo.
Ilustración: http://www.nybooks.com/galleries/david-levine-illustrator/1978/jun/15/sir-isaiah-berlin/
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Mario Vargas LLosa
domingo, 14 de julio de 2013
EL MENOS MAQUIAVÉLICO DE TODOS: MAQUIAVELO (9)
El Nacional - Lunes 07 de Febrero de 2005 A/6Maquiavelo: ¿era maquiavélico?
Rafael Arráiz Lucca
Si la semana pasada dimos vueltas alrededor de lo poco “quijotesco” que era Alonso Quijano, en esta oportunidad los invito a que nos detengamos en la pregunta que encabeza el artículo. Lo primero: la fama de este florentino nacido en 1469 es inversamente proporcional a la extensión de la breve obra que lo entregó para siempre en los brazos de la notoriedad. Y a esta circunstancia se suma un agravante que muchos desconocen: El Príncipe fue escrito entre julio y diciembre de 1513, pero fue publicado en 1532, cinco años después de la muerte de su autor, ocurrida el 22 de junio de 1527. De modo que Nicolás Maquiavelo jamás se enteró de las consecuencias inmediatas de su obra, y mucho menos de la incidencia fundamental que ha tenido en casi 500 años de vida política en el mundo occidental.
Entre la obra ensayística de uno de los filósofos políticos más importantes de los últimos años, el letón Isaiah Berlin (1909-1997), profesor de la Universidad de Oxford, se encuentra un texto luminoso sobre Maquiavelo. En él, Berlin desmenuza cada unas de las teorías que sobre El Príncipe se han urdido, algunas radicalmente enfrentadas, y señala con razón una paradoja: la escritura de Maquiavelo es clarísima, de modo que la disparidad en la interpretación no se debe a la posible oscuridad del texto, sino a la radical importancia de lo que en él está planteado. Esa radical importancia no es otra que la separación de las aguas entre el mundo religioso y el del poder en la polis, al punto que en el libro ni siquiera se menciona a la Iglesia Católica. Se argumenta, eso sí, que las virtudes cristianas no sirven para que un gobernante haga eficientemente su trabajo. Esto es, conservar el poder sine die, ejerciendo el mando con radical efectividad de acuerdo con sus propósitos y designios.
Conviene recordar que Maquiavelo escribe la obra cuando ha caído en desgracia, ha sido hecho preso y luego liberado y confinado a su finca, donde no halla otro desahogo que escribir esta suerte de manual para gobernantes, que recoge la experiencia del actor político que fue el florentino.
Maquiavelo no era un filósofo, ni nada sucedáneo. Era un actor político que realizaba sus sueños asesorando a autoridades, y que se le iba la vida en embajadas, palacios, conspiraciones y formación de milicias. El poder era su materia. De hecho, la tesis según la cual con El Príncipe, dedicado al Magnífico Lorenzo de Médicis, Maquiavelo estaba buscando ser reenganchado en sus tareas de asesor, de donde había sido echado, no es descabellada. ¿Qué mejor prueba de lo que sabía que esta suerte de manual diseñado para un gobierno local italiano, pero inspirado por el proyecto de hacer de Italia un estado nacional y poderoso?
Cualquiera que se entregue a la delicia de leer esta obra, sin prejuicios, encontrará en ella una claridad de conceptos asombrosa; así como una crudeza que es sólo explicable si recordamos que el destinatario inmediato del texto no era el anónimo lector, sino el príncipe al que se quería asesorar. Es dable suponer que si leemos los textos de asesoría política que algunos profesionales acometen en la actualidad, demos un brinco en la silla tan grande como el que dieron los primeros lectores de esta obra, considerada una pieza primigenia de la ciencia política o, por lo menos, del empirismo y la observación que preceden a las formulaciones científicas.
Enfrentemos la pregunta inicial.
Si el adjetivo “maquiavélico” se le endilga a todo aquel que se maneja con destreza en el laberinto del poder, apelando a simulaciones, a disfraces, a medias verdades signadas por la máxima maquiaveliana “El fin justifica los medios”, pues la verdad es que Maquiavelo no era maquiavélico. Sus consejos son directos, escandalosamente directos e, incluso, no aconseja la simulación sino en casos excepcionales.
En verdad, uno de los valores de la obra es su conocimiento del alma humana, aunque podrá decírseme que se trata del alma humana de uno de los períodos más corruptos y terribles de la historia, y es cierto.
Pero no es menos cierto que, sin ir muy lejos, durante el siglo XX asistimos a las atrocidades de genocidas de una ruindad indescriptible como fueron Stalin y sus verdugos, Hitler y el alto mando militar alemán.
Estos monstruos no quedan muy por debajo de César Borgia en sus fechorías.
Berlin da en el clavo cuando señala que la confusión sobre la obra maquiaveliana proviene de un equívoco: el florentino observaba la realidad política de su tiempo y de su país, y decía que, al margen de consideraciones morales, si se quería permanecer en el poder había que desarrollar virtudes paganas, las cristianas servían en otros ámbitos, no en el espacio del gobierno. A la luz de hoy en día, muchos de los consejos de Maquiavelo son éticamente inaceptables, pero conviene conocerlos a fondo porque no son pocos “los revolucionarios” que los ponen en práctica.
De hecho, ¿no fue Marx el que asumió para sí aquello de que “el fin justifica los medios” ? ¿No fue Fidel Castro el que tomó para sí aquello de “dentro de la revolución todo, fuera de la revolución, nada?”
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Rafael Arráiz Lucca
jueves, 7 de junio de 2012
INTENTO DE CAPTURA
El Nacional - Lunes 07 de Febrero de 2005 A/6 OpiniónMaquiavelo: ¿era maquiavélico?
Rafael Arráiz Lucca
Si la semana pasada dimos vueltas alrededor de lo poco “quijotesco” que era Alonso Quijano, en esta oportunidad los invito a que nos detengamos en la pregunta que encabeza el artículo. Lo primero: la fama de este florentino nacido en 1469 es inversamente proporcional a la extensión de la breve obra que lo entregó para siempre en los brazos de la notoriedad. Y a esta circunstancia se suma un agravante que muchos desconocen: El Príncipe fue escrito entre julio y diciembre de 1513, pero fue publicado en 1532, cinco años después de la muerte de su autor, ocurrida el 22 de junio de 1527. De modo que Nicolás Maquiavelo jamás se enteró de las consecuencias inmediatas de su obra, y mucho menos de la incidencia fundamental que ha tenido en casi 500 años de vida política en el mundo occidental.
Entre la obra ensayística de uno de los filósofos políticos más importantes de los últimos años, el letón ´ (1909-1997), profesor de la Universidad de Oxford, se encuentra un texto luminoso sobre Maquiavelo. En él, Berlin desmenuza cada unas de las teorías que sobre El Príncipe se han urdido, algunas radicalmente enfrentadas, y señala con razón una paradoja: la escritura de Maquiavelo es clarísima, de modo que la disparidad en la interpretación no se debe a la posible oscuridad del texto, sino a la radical importancia de lo que en él está planteado. Esa radical importancia no es otra que la separación de las aguas entre el mundo religioso y el del poder en la polis, al punto que en el libro ni siquiera se menciona a la Iglesia Católica. Se argumenta, eso sí, que las virtudes cristianas no sirven para que un gobernante haga eficientemente su trabajo. Esto es, conservar el poder sine die, ejerciendo el mando con radical efectividad de acuerdo con sus propósitos y designios.
Conviene recordar que Maquiavelo escribe la obra cuando ha caído en desgracia, ha sido hecho preso y luego liberado y confinado a su finca, donde no halla otro desahogo que escribir esta suerte de manual para gobernantes, que recoge la experiencia del actor político que fue el florentino.
Maquiavelo no era un filósofo, ni nada sucedáneo. Era un actor político que realizaba sus sueños asesorando a autoridades, y que se le iba la vida en embajadas, palacios, conspiraciones y formación de milicias. El poder era su materia. De hecho, la tesis según la cual con El Príncipe, dedicado al Magnífico Lorenzo de Médicis, Maquiavelo estaba buscando ser reenganchado en sus tareas de asesor, de donde había sido echado, no es descabellada. ¿Qué mejor prueba de lo que sabía que esta suerte de manual diseñado para un gobierno local italiano, pero inspirado por el proyecto de hacer de Italia un estado nacional y poderoso?
Cualquiera que se entregue a la delicia de leer esta obra, sin prejuicios, encontrará en ella una claridad de conceptos asombrosa; así como una crudeza que es sólo explicable si recordamos que el destinatario inmediato del texto no era el anónimo lector, sino el príncipe al que se quería asesorar. Es dable suponer que si leemos los textos de asesoría política que algunos profesionales acometen en la actualidad, demos un brinco en la silla tan grande como el que dieron los primeros lectores de esta obra, considerada una pieza primigenia de la ciencia política o, por lo menos, del empirismo y la observación que preceden a las formulaciones científicas.
Enfrentemos la pregunta inicial.
Si el adjetivo “maquiavélico” se le endilga a todo aquel que se maneja con destreza en el laberinto del poder, apelando a simulaciones, a disfraces, a medias verdades signadas por la máxima maquiaveliana “El fin justifica los medios”, pues la verdad es que Maquiavelo no era maquiavélico. Sus consejos son directos, escandalosamente directos e, incluso, no aconseja la simulación sino en casos excepcionales.
En verdad, uno de los valores de la obra es su conocimiento del alma humana, aunque podrá decírseme que se trata del alma humana de uno de los períodos más corruptos y terribles de la historia, y es cierto.
Pero no es menos cierto que, sin ir muy lejos, durante el siglo XX asistimos a las atrocidades de genocidas de una ruindad indescriptible como fueron Stalin y sus verdugos, Hitler y el alto mando militar alemán.
Estos monstruos no quedan muy por debajo de César Borgia en sus fechorías.
Berlin da en el clavo cuando señala que la confusión sobre la obra maquiaveliana proviene de un equívoco: el florentino observaba la realidad política de su tiempo y de su país, y decía que, al margen de consideraciones morales, si se quería permanecer en el poder había que desarrollar virtudes paganas, las cristianas servían en otros ámbitos, no en el espacio del gobierno. A la luz de hoy en día, muchos de los consejos de Maquiavelo son éticamente inaceptables, pero conviene conocerlos a fondo porque no son pocos “los revolucionarios” que los ponen en práctica.
De hecho, ¿no fue Marx el que asumió para sí aquello de que “el fin justifica los medios” ? ¿No fue Fidel Castro el que tomó para sí aquello de “dentro de la revolución todo, fuera de la revolución, nada?”
Fotografía: Tomada de la red.
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