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lunes, 28 de agosto de 2017

NARRATIVA QUE CONTAMINA

EL PAÍS, Madrid, 22 de agosto de 2017
 TRIBUNA
La trampa del Estado Islámico
Los integrantes de la célula de Ripoll representan una nueva generación de terroristas radicalizados en poco tiempo. El atentado de Barcelona responde a la lógica de ‘golpear al enemigo lejano’, una de las máximas de Al Qaeda
Ignacio Álvarez-Ossorio

El 17 de agosto de 2017 quedará grabado en nuestra memoria como uno de los capítulos de la historia universal de la infamia que el movimiento yihadista está escribiendo a sangre y fuego desde el 11 de septiembre de 2001 y que tiene entre otros hitos los atentados de Nueva York, Madrid, Londres, París, Bruselas, Niza y Berlín en los países occidentales, pero también Bagdad, Damasco, Casablanca, Túnez, Kabul o Bali en el mundo islámico.

Como se ha repetido en los últimos días, el atentado de Barcelona se inscribe en la lógica de aterrorizar a las sociedades occidentales y sembrar el miedo, pero también polarizarlas y dividirlas en campos. Que las comunidades musulmanas en territorio europeo pasen a ser contempladas como un enemigo potencial, como una quintacolumna que, llegado el momento, podría alzarse en armas para sumarse a las filas yihadistas. En el número 7 de la revista Dabiq publicado en febrero de 2015, el autoproclamado Estado Islámico (EI) incidía en la necesidad de abolir las zonas grises y provocar que los musulmanes se posicionaran abiertamente a favor de las tesis yihadistas al señalar que “las benditas operaciones del 11 de septiembre de 2011 evidenciaron la existencia de dos campos ante los que el mundo debería elegir: el islam y el campo de la apostasía representada por la coalición cruzada” y que “los musulmanes de Occidente deberán elegir entre la apostasía y la vida entre infieles o la emigración al califato islámico donde podrán vivir a salvo de la persecución de los gobiernos cruzados y sus ciudadanos”.

En líneas generales, estos llamamientos han caído en saco roto, ya que el EI apenas ha logrado atraer hacia su peculiar califato a 5.000 yihadistas europeos, muy lejos de la movilización generalizada que esperaba. Al contrario de lo pronosticado, las comunidades islámicas europeas han condenado de manera inequívoca los atentados registrados en los últimos años y han convocado manifestaciones de repulsa denunciando la manipulación del islam por parte de los terroristas. Merece la pena recordar que los tres terroristas de Westminster no fueron enterrados como héroes, sino más bien todo lo contrario ya que ningún imán quiso oficiar su responso ni ningún cementerio musulmán acoger sus restos.

Lo que sí ha conseguido el EI es que su narrativa sea aceptada por una parte de nuestra opinión pública que considera que el islam está en guerra con Occidente. No pocos articulistas y tertulianos se han sumado a esta corriente que nos advierte de los peligros que nos esperan y tachan a los musulmanes como una amenaza para nuestras sociedades y nuestros valores. Pasan por alto, de manera intencionada, que el 95 % de las víctimas del EI son musulmanas y mantienen un estudiado silencio cuando dichas matanzas se perpetran en el mundo árabe e islámico. Defienden con entusiasmo que el islam es un todo monolítico ignorando que si hay algo que le caracterice es precisamente su riqueza, con numerosas escuelas de interpretación y corrientes que van desde las más aperturistas hasta las más rigoristas. Al aceptar a un grupúsculo terrorista de orientación salafista-yihadista como su portavoz caen en la trampa que el EI les ha tendido y, además, se convierten en correas de transmisión de su narrativa, ya que la intensificación de la islamofobia es precisamente el objetivo buscado con sus atentados.

Los integrantes de la célula de Ripoll representan una nueva generación de yihadistas que se distingue por su nihilismo y por su escasa formación religiosa. Han sido radicalizados en poco tiempo y convencidos de que la yihad es un deber ineludible para todo musulmán. El papel del reclutador es indispensable para comprender este proceso. En el caso que nos afecta, el imán salafista que los adoctrinó cumplió dos años de prisión por tráfico de drogas y en la cárcel contactó con algunos de los responsables de los atentados del 11-M de 2004. Estos musulmanes renacidos a menudo han llevado una vida disoluta alejada de los preceptos del islam y consideran el martirio como una forma de purificación para limpiar sus pecados.

Otro elemento a destacar son los vínculos familiares y amistosos que los unía. Mustafa Setmarian, uno de los ideólogos del salafismo-yihadista, ya recomendó en su célebre Llamamiento a la resistencia islámica global la necesidad de fomentar “la yihad individual y las células pequeñas” desconectadas entre sí para evitar su desarticulación y que perpetren actos de terrorismo con alto impacto mediático. Estas franquicias locales deberían funcionar como redes autónomas en términos de planificación, reclutamiento y financiación, lo que les proporcionaría mayor flexibilidad y eficacia. También sugirió que dichas células estuvieran integradas por familiares, amigos o personas procedentes de las mismas localidades, todo ello con el objeto de evitar ser detectadas por los servicios de inteligencia occidentales, consejos que parecen haber seguido a pies juntillas los terroristas de Barcelona y Cambrils.

Aunque el EI haya reivindicado el atentado, no nos consta por el momento que los terroristas le jurasen lealtad previamente. Sea como fuere, los atentados se inscriben dentro de la lógica de ‘golpear al enemigo lejano’, una de las máximas de Al Qaeda. También obedecen a las consignas dadas por Abu Muhammad Al Adnani, ministro de Propaganda del EI, quien antes de morir aconsejó a sus seguidores que perpetraran atentados en territorio europeo ante las crecientes dificultades para viajar a Irak o Siria: “Si no podéis explotar una bomba o disparar una bala, haced lo posible para encontraros con un infiel francés o americano y rompedle la cabeza con una piedra, matadlo a cuchilladas o atropelladlo con vuestro coche, tiradlo por un barranco, estranguladlo, envenenadlo… No consultéis con nadie ni esperéis ninguna fatua para hacerlo”. En esta nueva fase en las que nos encontramos, el papel de las matrices yihadistas es ofrecer a sus franquicias locales el know-how: cómo fabricar explosivos y qué objetivos golpear en sus revistas Inspire o Dabiq o a través de intermediarios autorizados.

Por último, cabe destacar que un atentado de estas características tan sólo era una cuestión de tiempo ante la creciente pérdida de territorios del EI. El califato yihadista que pomposamente se anunciara en verano de 2014 se ha desmoronado como un castillo de naipes y tan sólo conserva una mínima parte de los territorios que llegó a dominar. Por esta razón resultaba imperioso realizar una demostración de fuerza para evidenciar que la organización terrorista sigue conservando su capacidad letal. Igualmente era importante mostrar que dispone de una cantera de potenciales terroristas en suelo europeo dispuestos a seguir sus consignas. Y, sobre todo, el EI pretendía difuminar la escala de grises y ampliar el abismo entre nosotros y ellos. No caigamos en su trampa.
(*) Ignacio Álvarez-Ossorio es profesor de Estudios Árabes en la Universidad de Alicante y coordinador de Oriente Medio y Magreb en la Fundación Alternativas
Fuente:
https://elpais.com/elpais/2017/08/21/opinion/1503332412_604986.html
Fotografías:
http://www.infobae.com/america/fotos/2017/08/17/las-fotos-del-atentado-terrorista-en-la-rambla-de-barcelona/
http://www.20minutos.es/noticia/2778610/0/significado-islam-yihad-salafismo-glosario-musulmanes/

lunes, 17 de agosto de 2015

DESCOMPOSICIÓN ESTATAL

EL PAÍS, Madrid, 18 de agosto de 2015
TRIBUNA »
Guerra Fría en Oriente Próximo
La descomposición estatal y fragmentación territorial en Siria, Irán o Yemen son un polo de atracción para los yihadistas. La comunidad internacional debe tratar de apaciguar las turbulentas aguas de la zona antes de que se conviertan en sunami
Ignacio Álvarez-Ossorio 

Oriente Próximo ha entrado en una nueva era tras el acuerdo alcanzado en Viena entre Irán y el G5+1, por el cual Irán se compromete a limitar su actividad nuclear durante la próxima década y consigue, a cambio, el levantamiento de las sanciones internacionales. Una de las incógnitas por despejar es si dicho acuerdo aliviará la situación en Siria, Irak o Yemen o, por el contrario, agudizará la guerra fría que libran Irán y Arabia Saudí por la hegemonía regional.
No es ningún secreto que ambos países mantienen una tormentosa relación desde el triunfo de la Revolución Islámica. Las relaciones bilaterales se han visto afectadas por el antagonismo religioso-ideológico y la competencia geo-estratégica, dado que ambos actores se perciben a sí mismos como los líderes naturales de la región. Aunque a menudo se suele describir esta relación conflictiva como una lucha entre suníes y chiíes, en realidad la confrontación va mucho más allá, pues también supone la colisión de dos modelos irreconciliables: el revolucionario y antiimperialista iraní versus el conservador y prooccidental saudí.
La invasión estadounidense de Irak en 2003 hizo saltar por los aires los equilibrios regionales vigentes hasta el momento siendo Irán el principal beneficiado de la implantación de un Estado sectario controlado por los chiíes, que desplazaron a la élite baazista suní en Bagdad. Las revueltas antiautoritarias de 2011 evidenciaron la debilidad de los regímenes autoritarios, pero también sumergieron a la región en una inestabilidad crónica. Desde entonces, países como Irak, Siria o Yemen viven inmersos en una espiral de violencia sin precedentes caracterizada por la descomposición del Estado central, las tensiones étnico-sectarias y la expansión yihadista.
Esta conflictividad no sólo se explica aludiendo a factores endógenos: la implicación de Arabia Saudí e Irán, las dos principales potencias de Oriente Próximo, ha sido determinante para llevarlos al callejón sin salida actual. Las prioridades de Arabia Saudí son tres: restablecer el equilibrio de poder previo a 2003, cortocircuitar las transiciones democráticas iniciadas en 2011 y, sobre todo, preservar al reino saudí de cualquier turbulencia que amenace su seguridad. Por su parte, Irán pretende garantizar su profundidad estratégica frente a su principal enemigo: Israel, lo que requiere evitar la caída de Bachar el Asad en Siria, mantener bajo su órbita de influencia al Gobierno de Haidar Al Abadi en Irak y sostener a Hezbollah para que siga siendo un actor clave en Líbano.
De esta forma, Irán pretende apuntalar un arco chií que va desde Irán hasta Líbano pasando por Irak y Siria e, incluso, extenderlo a otros países de la península arábiga con población chií, ya sea mayoritaria como en Bahréin o minoritaria como en Yemen. En este cuadro, Siria representa una primera línea de defensa para el mantenimiento de la influencia iraní en Oriente Próximo. De ahí el decisivo apoyo financiero y la vital asistencia militar que Teherán ha prestado a Damasco, indispensable para la supervivencia política de Bachar el Asad.
El acuerdo alcanzado en Viena sobre la actividad nuclear de Irán abre una nueva era en la zona
Consciente de todo lo que se jugaba, Arabia Saudí tampoco se ha quedado de brazos cruzados. Tras el inicio de la primavera árabe, Riad movilizó todos sus recursos para desactivar unas revueltas que, con sus demandas de libertades y de justicia social, suponían un auténtico órdago para el propio reino. Para cortar de raíz un posible efecto contagio se pusieron en marcha una serie de medidas encaminadas a garantizar la paz social, entre ellas el alza de salarios, el incremento de los subsidios, la oferta de empleos en la Administración y la construcción de viviendas públicas. A la vez se intensificaron las políticas sectarias en el interior del país con el objeto de indisponer a la mayoría sunní contra la minoría chií, retratando a esta última como una quinta columna iraní que pretendía desestabilizar el país y propagar el caos.
En el exterior, el régimen saudí actuó de manera enérgica cuando los vientos revolucionarios se aproximaron a la península arábiga, no dudando en enviar sus tropas a Bahréin para evitar la caída de los Khalifa, cuya autoridad había sido puesta en tela de juicio por las protestas de la mayoría chií. En Egipto, un país clave por su posición geoestratégica y su peso demográfico, Arabia Saudí se alió con los sectores contrarrevolucionarios y los militares para hacer fracasar la transición pilotada por los Hermanos Musulmanes. Un eventual éxito de este experimento islamista podría haber cuestionado la propia legitimidad del sistema de Gobierno saudí, por lo que era imprescindible frenar en seco a Morsi, quien fue desalojado del poder por Abdel Fattah al-Sisi, que no tardó en convertirse en el nuevo hombre fuerte de Egipto con el beneplácito saudí.
Arabia Saudí ha actuado de manera enérgica ante los vientos revolucionarios en la península
En Siria, Arabia Saudí financió a la oposición y a los rebeldes contrarios a el Asad. Este apoyo era compatible con las prioridades de la política regional saudí basada en la contención de Irán y el debilitamiento de los Hermanos Musulmanes. Este respaldo económico, militar y logístico saudí se encaminó a los grupos salafistas integrados en el Frente Islámico, algunos con una agenda claramente sectaria, que ejercían de contrapeso al yihadista Estado Islámico, en cuyas filas combatían centenares de saudíes. La estrategia saudí pasa por evitar el surgimiento de un liderazgo sirio fuerte y cohesionado, ya que pretende mantener a los rebeldes sirios lo suficientemente fragmentados y atomizados como para garantizar su lealtad y obediencia.
Por último, Yemen representa un caso particular, puesto que ocupa la puerta trasera del reino y, por tanto, Arabia Saudí ha reaccionado con más determinación para evitar que dicho país caiga en la órbita de influencia de Irán. El rey Salmán no ha dudado en ponerse al frente de una intervención militar, bautizada como Tormenta Decisiva, junto a otros miembros del Consejo de Cooperación del Golfo con el propósito de frenar el avance de los rebeldes Huthi, de confesión chií, que tras conquistar Saná se hicieron con el control del estratégico puerto de Adén.
En todos y cada uno de los escenarios analizados, la descomposición estatal y la consiguiente fragmentación territorial se han convertido en un polo de atracción para los yihadistas. Por eso es tan imperioso que la comunidad internacional aproveche la nueva coyuntura creada por el reciente acuerdo nuclear iraní para tratar de apaciguar las turbulentas aguas de Oriente Próximo antes de que sea demasiado tarde y se conviertan en un sunami imposible de domeñar.
(*) Ignacio Álvarez-Ossorio es profesor de Estudios Árabes en la Universidad de Alicante y coordinador de Oriente Próximo y Magreb en la Fundación Alternativas

Ilustración: http://www.cronicaviva.com.pe/estado-islamico-web-de-caricaturas-recibe-mas-de-4-millones-de-visitas/

sábado, 23 de agosto de 2014

AGARRANDO EL DATO, PUES

EL PAÍS, Madrid, 21 de agosto de 2014
LA CUARTA PÁGINA
El espejismo del Estado Islámico
La organización yihadista ha conquistado una base territorial en la que ha proclamado su propio califato, dispone de una red de financiación que le aporta grandes recursos y utiliza el terror como su mejor arma
Ignacio Álvarez-Ossorio

La proclamación de un nuevo califato el pasado 29 de junio de 2014 ha sorprendido a propios y extraños, tanto en los países occidentales como en el propio mundo árabe. Y su brutalidad, que ha mostrado su lado más perverso con el asesinato del periodista James Foley, ha despertado ya todas las alarmas. Abubaker al Bagdadi, que ahora se hace llamar califa Ibrahim, es el artífice del fulgurante ascenso del Estado Islámico, que domina buena parte de Siria e Irak.
Desde la caída de Mosul, el Estado Islámico no ha dejado de ganar posiciones tomando plazas estratégicas en torno a Bagdad y amenazando Erbil, la capital del Kurdistán autónomo, lo que ha constatado la descomposición del Estado iraquí. Este creciente poderío ha obligado al presidente estadounidense Barack Obama a abandonar su tradicional mutismo y autorizar ataques selectivos para contener el avance yihadista.Con este movimiento del todo insuficiente intenta redimirse de su nefasta gestión del dossier sirio, ya que ha sido precisamente el vacío de poder provocado por la guerra civil el que ha permitido la irrupción del Estado Islámico. Como advirtiera hace dos años el International Crisis Group: “La guerra siria ofrece a los salafistas un entorno propicio: violencia y sectarismo, desencanto con Occidente, líderes seculares y figuras islámicas pragmáticas, así como acceso a la financiación del golfo Árabe y el saber hacer militar yihadista”.
Si bien es cierto que Al Qaeda no tenía presencia en territorio sirio antes de marzo de 2011, también lo es que aprovechó la guerra para implantarse sobre el terreno. En un vídeo difundido en febrero de 2012, su líder Ayman al Zawahiri invitó a todos los musulmanes a acudir a Siria para combatir al régimen “apóstata” de Bachar el Asad. El desembarco de Al Qaeda en Siria se realizó por medio de su franquicia local: el Frente al Nusra. Sin presencia en los primeros compases de la contienda fue precisamente la inmovilidad de la comunidad internacional y la regionalización del conflicto lo que provocó un efecto llamada entre los yihadistas internacionales paralelo a la progresiva sectarización de la guerra siria. Este proceso se debe a varias razones, pero quizá la más relevante es el respaldo de los países del Golfo a las facciones islamistas ante la pasividad de los países occidentales.
En realidad, el Frente al Nusra no era otra cosa que la rama siria del Estado Islámico de Irak comandado por Abubaker al Bagdadi. No obstante, las relaciones se tensaron cuando este último anunció la fusión de ambos grupos el 8 de abril de 2013. Unos meses más tarde, el propio Ayman al Zawahiri intercedió en la disputa exigiendo que cada grupo se centrara en su propio país de origen, orden que no fue acatada por Bagdadi. Desde entonces, ambos mantienen un enconado enfrentamiento por el control del movimiento yihadista internacional. De hecho, la conquista de una base territorial por parte del Estado Islámico y el establecimiento de un nuevo califato representan una amenaza sin precedentes para Al Qaeda, que ve peligrar su monopolio de la ideología yihadista detentado desde los atentados del 11-S.
La inmovilidad internacional produjo un ‘efecto llamada’ de radicales en la guerra siria
El principal objetivo del Estado Islámico no es sólo restablecer un califato regido por la sharía,sino también imponer su disparatada interpretación del islam basada en una lectura extrema del wahabismo. Para tratar de justificar su guerra sin cuartel contra el régimen alauí sirio y contra el Gobierno chií iraquí aluden a hadices atribuidos a Mahoma y a ciertas aleyas coránicas como la que reza: “Combate a los politeístas tal y como ellos te combaten a ti” (9:39). A los cristianos se les ofrece elegir entre el pago de un impuesto de capitación, la conversión al islam o la expulsión. Otras religiones minoritarias como el yazidismo han corrido todavía peor suerte al no ser consideradas religiones monoteístas reveladas, por lo que deben ser, simple y llanamente, erradicadas de la faz de la tierra.
Todos estos planteamientos forman parte del ADN de cualquier formación yihadista.Lo que les hace especialmente peligrosos es que ahora el Estado Islámico tiene una base territorial en la cual pasar de la teoría a la práctica. En Siria han logrado conquistar las provincias de Raqqa y Deir al Zor, aunque también tiene presencia en Idlib y Alepo. En Irak ha logrado avances aún más espectaculares en las provincias de Al Anbar y Nínive, aprovechando el hartazgo de la población suní hacia el Gobierno sectario de Nuri al Maliki, recientemente desalojado del poder por quienes antaño fueran sus principales protectores: Estados Unidos e Irán. Su objetivo final sería redibujar las fronteras establecidas un siglo atrás por británicos y franceses en los Acuerdos de Sykes-Picot. No obstante, su osadía tiene límites, ya que de manera significativa no han cuestionado la existencia de las petromonarquías del golfo Pérsico, que durante la última década han financiado generosamente a los grupos yihadistas con el pretexto de contener el avance de Irán en la región.
Al Qaeda ve peligrar su monopolio detentado desde los atentados del 11-S en la lucha
El principal éxito del Estado Islámico radica, por tanto, en haber triunfado allí donde Al Qaeda fracasó. No sólo representan una organización yihadista transnacional con una creciente facilidad para captar a islamistas de diferentes nacionalidades (incluidos españoles), sino que han sido capaces de conquistar una base territorial en la cual proclamar su propio califato. Además, disponen de una eficaz red de financiación que les aporta abundantes recursos materiales gracias a su control de campos petrolíferos y a los impuestos que recaudan en las zonas bajo su autoridad, sin olvidarnos de la extorsión a los hombres de negocios y a las minorías confesionales a las que requisan sus pertenencias. Sólo en la toma de Mosul las huestes del Estado Islámico se hicieron con 400 millones de dólares provenientes del Banco Central. Dichos recursos les permiten adquirir material militar y pagar las soldadas de sus milicianos, pero también distribuir alimentos entre la población y abrir centros de predicación para captar nuevos adeptos. En las madrazas que han establecido, la educación se reduce al Corán, la sunna y las tradiciones de los califas ortodoxos con contenidos plagiados de los textos escolares saudíes.

Los brutales métodos empleados por el Estado Islámico parecen haber generado un rechazo unánime, no obstante, la respuesta de la comunidad internacional no ha estado, ni mucho menos, a la altura de las circunstancias. Los coches bomba y los atentados suicidas empleados en el pasado han dejado lugar, a medida que controlaban cada vez mayores porciones de territorio, a las ejecuciones sumarias, las decapitaciones públicas e, incluso, la crucifixión de infieles, todo ello con el objeto de extender el terror entre sus rivales. Tras la toma de Mosul se ha intensificado la espiral de violencia, registrándose un éxodo masivo entre la diezmada minoría cristiana. Hoy en día, la espada pende sobre los yazidíes, una secta sincrética preislámica que cuenta con especial predicamento entre la población kurda y que está siendo objeto de un genocidio cuidadosamente planificado. Esta violencia irracional e indiscriminada podría pasarle factura y volverse en su contra, tal y como ocurrió en 2006 cuando los jeques tribales suníes organizaron sus propios comités de autodefensa con el objeto de expulsar a las fuerzas de Al Qaeda en Mesopotamia.
A estas alturas parece probado que el Estado Islámico se ha convertido en una amenaza no sólo para Irak y Siria, sino para el conjunto de Oriente Próximo. Los garrafales errores cometidos por Estados Unidos desde el derrocamiento de Sadam Husein, la nada soterrada guerra fría que mantienen Arabia Saudí e Irán y el creciente sectarismo de los Gobiernos iraquí y sirio han creado un monstruo incontrolable que no será fácil de domeñar mientras todos estos actores sigan atrincherados en sus posiciones maximalistas y utilicen al Estado Islámico como cortina de humo para ocultar sus respectivos fracasos.
(*) Ignacio Álvarez-Ossorio es profesor de Estudios Árabes e Islámicos en la Universidad de Alicante.
Ilustración: Eulogia Merle