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viernes, 1 de agosto de 2014

ABUNDANTE LUZ

En-Obra: Poesía Venezolana
R.J.Lovera De-Sola

Hoy es un día especial para este Círculo de Lectura, nuestra sesión número cincuenta y siete la dedicaremos a la poesía, especialmente para recibir a la antóloga de la misma Gina Saraceni. Y para con ella a través de su vasta antología revisar lo que sucede en la poesía venezolana en los días que vivimos.
Debemos decir que Gina Saraceni es también poeta, traductora e investigadora literaria. Lo que la mueve cuando escruta los libros son los temas relativos a la literatura de viajes, a los temas de la memoria y de la identidad. En este campo conocemos su muy interesante libro Escribir hacia atrás(Rosario: Beatriz Viterbo Editora,2008.240 p.), con su insinuante introducción “Escribir hacia atrás”, volumen que preside el precioso poema “El mandato” de nuestra Yolanda Pantin(País. Caracas: Fundación Bigott,2007,p.28). Al explorar el tema lo hace a través de la obra de cinco escritores latinoamericanos, a uno de los cuales Sergio Chejfec(1956) conocemos. Pero leído, y deteniéndonos en su tan sugerente prefacio, se nos ocurre proponerle que un día aplique a nuestras letras de esos mismos espacios, los de la herencia y la memoria, todos los elementos teóricos que aquí nos presenta.
Esquema de la Poesia Venezolana
Deseamos trazar, para los estudiosos y lectores de nuestra literatura que siguen nuestras reuniones, el esquema de la poesía venezolana, hecho, desde luego desde el ángulo peculiar de nuestra propia comprensión de su proceso.
En verdad si echamos una mirada a lo hecho por nuestros aedas y nos detenemos en el primer siglo del vivir venezolano, el XVI, ya que del XV apenas tuvimos tres años, debemos mencionar a Juan de Castellanos(1522-1607), hacia finales de ese siglo publicó sus Elegías del varones ilustres de Indias(Madrid: Viuda de Alfonso Gómez,1589.202 p.). Y decimos que este fue nuestro primer poeta porque si bien cronológicamente existe otro fue Castellanos el primero en haber vivido entre nosotros, haber sentido y padecido la tierra venezolana en sus pasos por Cubagua, Margarita, Coro y sitos del golfo de Venezuela. El anterior que hemos mencionado se llamó Pedro de la Cadena(c1438-c1607) y no lo contamos porque nunca estuvo aquí, no sintió ni olió nuestra tierra ni supo como eran nuestras gentes de aquellos remotos tiempos. Su poema lo pudo hacer tras escuchar del fundador de Cumaná, Diego Fernández de Serpa, la historia de sus aventuras. Se trata de Los actos y las hazañas valerosos del capitán Diego Fernandez de Serpa, compuesto por allá por 1563-64. El texto de Pedro de la Cadena se imprimió por vez primera en 1973 gracias al historiador Pablo Ojer(1923-1996) y el poeta Efraín Subero(1931-2007) en El primer poema de tema venezolano. (Caracas: Ministerio de Educación, UCAB,1973.436 p.). Perdónese lo erudito del punto pero son tan escasas las noticias literarias de nuestros siglos coloniales que hay que detenerse en esto, porque de hecho, por ejemplo, de nuestra primera poeta, y primera escritora, Sor María de los Ángeles, María Josefa de la Paz y Castillo(1765-c1818), solo conocemos dos poemas. Porque en el tiempo que sigue de Juan de Castellanos a Andrés Bello(1781-1865), hasta 1800, año del que data el primer poema de don Andrés, lo que hallamos son textos sueltos, casi sin unidad ni continuidad, a nuestro entender por el hecho de no haber poseído imprenta el país hasta 1808.
Bello fue el padre fundador, de nuestra poesía y de la literatura autónoma latinoamericana, nuestro libertador cultural. Fue el quien trajo el romanticismo con el que se contagió en sus años en Londres, sin embargo, pese a su influencia en algunos de nuestros aedas, los “poetas bellistas” estudiados por Lubio Cardozo(1938) en La poética de Andrés Bello y sus seguidores(Caracas: Academia Nacional de la Historia,1981.123 p.) la lección del prístino romanticismo bellista no fue escuchada, y esta venía de una de sus raíces originales: la inglesa.
Dentro del país figuras claves dentro del siglo XIX fueron José Antonio Maitín(1804-1874), el primer romántico y Juan Antonio Pérez Bonalde(1846-1892), el mayor poeta de ese siglo, romántico auténtico, romántico crepuscular como lo fue Gustavo Adolfo Becquer(1836-1870) en España. Si bien Maitín aclimató el romanticismo el suyo venía del hispano de José Zorilla(1817-1893) y era, como dijo Octavio Paz(1914-1998) de esta escuela en América Latina, “reflejo de un reflejo”(Los hijos del limo. Barcelona: Seix Barral,1974,p.122). En cambio Pérez Bonalde fue genuino por venir el suyo de la propia raíz de aquel movimiento: Alemania. Lo inspiró Heinrich Heine(1797-1856) a quien además vertió a nuestro lengua, fue considerado, por don Marcelino Menéndez Pelayo(1856-1912) el mejor traductor castellano del bardo germano. Es por ello que podemos decir que pese a la importancia del movimiento romántico en el mundo occidental, el nuestro fue parco y escaso. Solo en prosa podemos exhibir una obra a nivel continental, la Biografía de José Felix Ribas(Caracas: La Revista Literaria,1865) de Juan Vicente González(1810-1866) y, desde luego, el bello escribir del agónico Pérez Bonalde. Pero fue tan yerma la tierra del romanticismo latinoamericano que al lado de estos solo podemos nombrar otras nueve obras. Y ello pese a haber sido aquel todo un terremoto, un cambio de señal porque como dijo el maestro Paz: “El romanticismo fue un movimiento literario, pero asimismo fue una moral, una erótica y una política. Sino fue una religión fue algo más que una estética y una filosofía: una manera de pensar, sentir, enamorarse, combatir, viajar”(Los hijos del limo,p.89).
El siglo XX es el de la madurez de nuestra literatura, la que puede ser vista como el proceso del ascenso creador, tal es su riqueza generación tras generación. En ella serán figuras centrales, Salustio González Rincones(1886-1933), los poetas de 1918, entre los que para muchos resalta José Antonio Ramos Sucre(1890-1930) pero también Fernando Paz Castillo(1893-1981), Rodolfo Moleiro(1898-1970), Enriqueta Arvelo Larriva(1886-1962) e incluso Andrés Eloy Blanco(1896-1955), el sentido más lírico de su decir ha sido poco comprendido hasta ahora; le siguen los del grupo Viernes(1939-1941) con Vicente Gerbasi(1913-1992) y Luis Fernando Alvarez(1901-1952) a la cabeza; en medio solo hallamos a Juan Liscano(1915-2001), que fue a la vez el gran vigía de nuestra evolución literaria contemporánea; los de 1942 entre los que resalta por encima de todos Juan Beroes(1914-1975), dado el sostenido aliento de su escribir; entre ellos encontramos a Ida Gramcko(1924-1994) y Ana Enriqueta Terán(1918). En los mismos años cuarenta, aunque no ha sido considerado entre los de Contrapunto(1948-1950), un grupo más de narradores, sobre todo de maestros del cuento que de poetas, encontramos a Juan Sánchez Pelalez(1922-2003), fragmentos de Elena y los elementos(Caracas: Ediciones Garrido,1951.46 p.) fueron impresos en aquella gaceta(revista Contrapunto, n/ 5,1949,p.59-61); el gran empuje de Sánchez Peláez y el surrealismo, que fue proyectado desde Luis Fernando Alvarez, Sánchez Peláez y José Lira Sosa(1930-1995), de hecho Sánchez Peláez y Lira Sosa aparecen en las páginas de País portátil(Barcelona: Seix Barral,1969. 278 p.) de Adriano González León(1931-2008). Sánchez Peláez se proyectó, y está vivo, sobre los poetas de las generaciones siguientes, desde los sesenta hasta ahora. De los sesenta nombres centrales son Guillermo Sucre(1933), Francisco Pérez Perdomo(1930) y Ramón Palomares(1935) entre los de Sardio; Miyó Vestrini(1938-1991) la mas alta de Apocalipsis(1955-1958), aunque no publicó su primer libro hasta los setenta: Las historias de Giovanna(Caracas: Editorial Tiempo Nuevo,1971.45 p.); Rafael Cadenas(1930) entre los de Tabla Redonda(1960); Juan Calzadilla(1931), nuestro primer poeta urbano gracias a Dictado por la jauría(Caracas: El Techo de la Ballena,1962.22 p.) y solitario, como siempre fue, está una figura tan grande como la de Eugenio Montejo(1938-2008).
Y con esos fundamentos a través de la intensa creación que veremos en las siguientes décadas, figuras como Hanni Ossott(1946-2002), poeta siempre angustiada, fue la principal figura de la generación de 1968, momento aun no historiado; Alejandro Oliveros(1948) por los aires anglosajones y clásicos de su decir; William Osuna(1948) en el registro ácido de la urbe; María Auxiliadora Alvarez(1956) con sus mil dolores mujeriles; Miguel James(1956), cantor del amor; Edda Armas(1955), con su maestría en el cultivo del poema brevísimo; María Clara Salas(1947) con su particular acento filosófico.
Así llegamos a los nombres de Armando Rojas Guardia(1949), Yolanda Pantín(1954), altísima figura de nuestra poesía, Igor Barreto(1952) en quien el llano ha vuelto a tener eco; Rafael Arraíz Lucca(1959), quien atrapa en sus metros la luz de Caracas y Leonardo Padrón(1959) a quien la mujer y la ciudad incitan y, desde allí, todos aquellos que aparecen en la antología En-obra(Caracas: Equinoccio,2008.553 p.) de Gina Saraceni, para cuyo análisis nos hemos reunido esta tarde.
Una Observacion Más
Aquí, para cerrar estas consideraciones, es bueno hacer una observación a algo que se señala en editorial del número 7 de la revista El Salmón, no está firmado, pero lo suponemos de Willy McKey(1980). Allí se critica una cierta insensibilidad de nuestra crítica literaria para comprender la obra de González Rincones, de Ramos Sucre, Luis Fernando Álvarez, e incluso podría hacerse extensiva a María Calcaño(1906-1956). En verdad no hubo tal silencio o incomprensión por los menos por tres razones: para comprobarlo basta leer las reseñas que en su tiempo los propios críticos e intérpretes escribieron, cuando se publicaron las primeras ediciones de sus libros, esto es singular en el caso de Ramos Sucre. De Luis Fernando Álvarez deberían verse, entre otras, las reseñas de Pascual Venegas Filardo(1911-2003) y Ulrich Leo(1890-1964), entre otras.
En segundo caso porque todas las generaciones siempre buscan a sus propios autores, a sus libros de cabecera, y ese el caso de los actuales creadores, como de la gente de El Salmón.
Y en tercer caso porque hay autores abresurcos, quienes escriben para más tarde, y son las nuevas promociones literarias las que los descubren y hacen suyos, el propio Ramos Sucre dijo que estaba seguro del sentido de su obra, “creo en la potencia de mi facultad lírica”(Octubre 25,1929) escribió a su hermano Lorenzo, su gran confidente(Obra poética. México: Fondo de Cultura Económica,1999,p.463), que sería entendido cuarenta años después. Y sucedió. Solo que solo a veinte y seis años de su deceso cuando Juan Calzadilla(1931) llamó la atención en dos artículos sobre el sentido de su hacer(“Ramos Sucre y nosotros”, El Universal, Caracas: Noviembre 29,1956 y “Ramos Sucre y la nostalgia heroica”, El Nacional, Caracas: Noviembre 6,1956) que fueron los iniciadores de su recuperación. Esta es una constante dialéctica de lo literario, de la creación con la palabra.
El caso de González Rincones estriba en el hecho de que sus poemarios no solo fueron publicados bajo seudónimo, Otal Susi, su anagrama, sino en ediciones privadas, impresas en París, fuera de comercio, practicamente solo circularon entre sus amigos. Solo hubo una excepción, el poemario Balnai(Caracas: Editorial Elite,1933. 36 p.) publicado después de su fallecimiento, texto considerado por Jesús Sanoja Hernández(1930-2008) no digno de antologizarse. González Rincones no llegó a volver a pisar tierra venezolana, dejó de existir en el barco que lo traía de regreso en 1933, después de largo destierro(1910-1933), al menos literario pues en esos años actuó en nuestra diplomacia en Paris y Ginebra. Fue un escritor de gran modernidad, se le ha conocido gracias al impulso del doctor Ramón J.Velasquez (1916), quien fue quien lo hizo conocer al auspiciar la Antología poética(Caracas: Monte Ávila Editores, 1977. 207 p.;2ª.ed.Caracas: Biblioteca de Autores y Temas Tachirenses,1994.207 p.) preparada por Sanoja Hernández y más tarde la edición de buena parte de sus piezas teatrales y primeros textos(Salustio González y La Alborada. Caracas: Celarg,1998.462 p.), de importancia también en el proceso de modernidad de nuestra escena. La primera vez que escuchamos hablar de este poeta fue a través del doctor Velásquez, vimos que los poemarios estaban en nuestra Biblioteca Nacional. Algún día habrá que pensar en una edición completa de los siete, bien antologados por Sanoja Hernández (Corridos sagrados y profanos,1922; Trece sonetos con estrambote,1922; Siete sonetos de color, 1928; Yerba santa,1929;Viejo jazz,1930;Cantando germinan,1932.151p.), algunos con supuestas traducciones de textos de su propia cosecha sin duda, sin duda texto apócrifos, los cuales han sido bien entendidos en nuestro días. Podría ser considerado un “raro”, en el sentido de Rubén Darío(1867-1916), por su novedad como de alguna forma lo fue Ramos Sucre. Y, también, María Calcaño por abrir la forma como la mujer expresaría su mundo íntimo.
En-Obra
En-obra, la antología alrededor de la cual nos reunimos, es la de de una poesía en creación cada día, en movimiento, Gina Saraceni la llama “en-obra” pero tiene el mismo sentido de aquella muestra que tanto leyó nuestra generación de la “poesía viva” que hace décadas compilara Aldo Pellegrini(1903-1973) con la latinoamericana de los sesenta(Antología de la poesía viva latinoamericana. Barcelona: Seix Barral, 1966.317 p.), en aquel momento ya aparecían entre los elegidos Sánchez Pelaez, Cadenas, Pérez Perdomo y Palomares. Suya es también la Antología de la poesía surrealista latinoamericana(México: Joaquín Moritz, 1974. 243 p.) en donde presenta a Ramos Sucre como uno de los antecedentes de aquel movimiento que fue por cierto el mismo Peregrini quien estableció en América Latina.
De 1983 a 2008
Apunta Gina Saraceni: “En-obra nace del propósito de realizar una selección de poetas venezolanos nacidos entre 1960 y 1980 para mostrar las tendencias poéticas que han surgido en nuestro país en los últimos veinte y cinco años…decidí llevar a cabo este trabajo asumiendo las limitaciones del género, como también las propias de mi gusto como lectora, para proponer un recorrido por algunas voces de nuestra poesía reciente”(p.13-14). Es decir, están aquí, pasados por la criba de la lectura y el análisis crítico literario, aquellos y aquellas cuyas obras comenzaron a publicarse desde, más o menos, el comienzo o mediados de los años ochenta cuando ya algunos eran ventiañeros y hasta, más o menos, el 2005.
Indica Gina Saraceni “La mayoría de los libros seleccionados son de los años noventa y la primera década del 2000, con la salvedad de las óperas primas de Alberto Barrera Tyzska(1960), Patricia Guzmán(1960), Luis Pérez Oramas(1960), Alicia Torres(1960), José Antonio Yepes Azparren(1960), Cristina Falcón Maldonado(1963), Jacqueline Goldberg(1966) y Sonia González(1964) que muestran tópicos y tendencias de la década anterior”(p.14). Y ello porque la generaciones literarias, como en el tiempo histórico, están encabritados el antes y el ahora. Para Gina Saraceni los más destacados de la analecta son Barrera Tyzska, Pérez Oramas, Patricia Guzmán, Yepes Azparren, Alicia Torres, Sonia González y Jacqueline Goldberg.
Indica a la vez: “intenté levantar un mapa representativo de poéticas, estilos y propuestas de los últimos diez y ocho años”(p.14), es decir de 1990 al 2008.
“Quiero aclarar, anota, la razón de la incorporación de Martha Kornblith(1959-1997) a este trabajo, a pesar de que su año de nacimiento es un año anterior a la de los primeros poetas antologados. Se trata de una excepción que halla su justificación en la necesidad…de darle… una visibilidad mayor a la que la crítica le ha otorgado. Al cumplirse diez años de su muerte me parece necesario volver a escuchar su voz con oído atento, reconocer en su canto honesto y desgarrado, temerario y lúcido, una poética del malestar y de la inconformidad que recupera y actualiza el legado de algunas de las voces de los sesenta, y a la vez propone una mirada novedosa sobre los vínculos entre poesía, enfermedad e identidad”(p.15).
Y “con relación al título. En-obra busca romper con la idea de la poesía como estado de gracia o de inspiración ocasional, y con la del poeta-vate, revelador de verdades y certezas, para plantear, más bien, el ejercicio poético como trabajo de búsqueda incesante, como laboratorio de experimentación, como ‘edificio en construcción’ a través del cual el poeta se enfrenta con la materia, el lenguaje, para escucharla, explorarla, despojarla, reconstruirla y hasta destruirla. Una poesía para la que el proceso de la escritura, ese hacerse lenguaje del lenguaje, ese estado en-obra, abierto a la reescritura, al error, a la corrección, a las múltiples posibilidades del sentido, es la voluntad de seguir”(p.16). Y continúa: “el obrar-la-obra como acción inconforme, insatisfecha, precaria, que se aproxima al lenguaje para tantear sus posibilidades, para explorar sus inagotables formas de decir, para explorar las experiencias más diversas, desde las más personales e íntimas hasta las más intelectuales y colectivas”(p.16).
Estas Dos Décadas
Traza Gina Saraceni el suceso literario de las dos décadas que examina, lo hace, desde luego, a través de las obra de los poetas elegidos, pero nos muestra lo que podemos llamar lo socio-histórico de la sociedad, la nuestra, en la que escriben estos creadores.
Son dos tiempos distintos pues es diverso, con su grave problemática, incluso cultural, lo que se vivió entre 1983-1999 y lo que hemos vivenciado, siempre con dolor y tormento, al ver la destrucción de la nación, en los últimos doce años.
Es evidente, y ella lo dice, que pese a la constancia del trabajo literario, siempre ha sido así en nuestra literatura, desde muy atrás, había señales desalentadoras desde los noventa, que coincidieron con la crisis nacional, el Viernes Negro(Febrero 18,1983), el Caracazo(Febrero 27,1989), el golpe de Estado(Febrero 4,1992), los trastornos causados por el Paquete Económico perecista, y la propia caída del mismo presidente(Mayo 20,1993). Y desde 1999 “con la llegada del chavismo y la ideologización cada vez más evidente del Estado”(p.17), centralización, alteración, restar la libertad de creación, persecución de los intelectuales, censura dentro de la actividad editorial del gobierno, “un acelerado proceso de mediatización de la sociedad que revela la intención controladora y homogenizadora”(p.18). Así vivenciamos “Los golpes del Estado, la quiebra de los bancos, el paro de 2002, el control estatal absoluto de la industria petrolera y otras empresas privadas, la progresiva instalación del proyecto revolucionario en todas las instituciones culturales del país, el enfrentamiento social, la corrupción, los preocupantes niveles de inflación, la inseguridad y la criminalidad conforman el espacio de surgimiento de los poetas aquí antologazos. Este paisaje quebrado por el resentimiento, la escasez, el desencanto, el escepticismo, el cinismo, el miedo y a la vez, también dinamizado por el desarrollo mediático, el incremento del mercado editorial nacional, los flujos globales, los nuevos modos de producción de escritura genera, paradójicamente, un clima propicio para el ejercicio poético”(p.27).
Pero también está presente el universo entero, es insoslayable, la crisis final del socialismo, con su día cenital, el 10 de Noviembre de 1989, con la Caída del Muro de Berlín, pero antecedido por una serie de hechos como las huelgas en Polonia en 1980 y el anuncio de la Perestroika en 1985, con sus lejanos antecedentes en la insurrección húngara de 1956 y en la Primavera de Praga en 1968, verdadero inicio de la caída del socialismo. Nuevos días comenzaron para la humanidad a fines de 1989. Ese es el tiempo que vivimos.
Gina Saraceni está consciente de ello. Escribe: “Las diversas ‘crisis’ que marcan el fin de siglo XX, la crisis de identidad, de la ideología, de la religión, de la representación…causan en lo que respecta al ámbito literario, venezolano y latinoamericano, el surgimiento de estéticas que sospechan de los relatos totalizadores, de la omnipotencia del sentido, de la confianza en la institución literaria y que abren camino para otros acercamientos a la escritura, más conscientes de la derrota y el fracaso del lenguaje en su intento de representar la experiencia del mundo, del amor, de la cotidianidad, de la poesía”(p.26).
Y siguiendo al poeta y crítico Javier Lasarte(1955) señala que a Venezuela, a este estado de de intemperie social, ideológica, estética que caracteriza el fin del siglo XX se suman, a lo largo de los años ochenta “la progresiva acentuación de la crisis económica, vista cada vez más insalvable, los estallidos y tensiones sociales, la pérdida de credibilidad y legitimidad del estamento político, la disolución de proyectos políticos alternativos…la entronización de la corrupción, la ‘pobrecía’, la violencia urbana”(Al filo de la lectura. Maracaibo: Universidad Católica Cecilio Acosta/Equinoccio, 2005, p.259).
Si ello fue así, también estamos ante un panorama muy pleno, creadoramente hablando, el que tuvimos en los noventa. Y gran importancia a partir del comienzo del nuevo siglo, tal que nuestra literatura vive un momento luminoso, así lo hemos denominado nosotros, y ello en medio del horror que vivimos, la intolerancia y las persecuciones intelectuales.
Es tal el día de hoy que Gina Saraceni nos presenta así este hecho inquietante: “En un país dividido políticamente en bandos al parecer irreconciliables, donde el espacio para el diálogo, la tolerancia, la negociación de intereses y de voluntades se vuelve cada vez más indispensable y donde las instituciones culturales se han resquebrajado en pro de un ‘proyecto renovador’ que busca borrar por todos los medios los vestigios del pasado democrático”(p.22), allí los poetas y la poesía, que es nuestro tema de esta tarde, pero también preocupación de nuestros narradores, los dramaturgos, los críticos, los pensadores, los historiadores, trabajan para registrar lo que sucede y hacer luz en el laberinto.
Así frente a lo que ha sido destruido se observa la acción personal de los escritores, y dentro de los poetas para publicar sus libros, o las revistas, caso reciente de El Salmón, por ejemplo, su contribución al examen de nuestro grupos literarios históricos, caso Apocalipsis(1955-1958) o Trópico Uno(1964-1965), es subrayable y de las diversas páginas virtuales, entre las que se destacó Ficción Breve de Héctor Torres(1968) y todo el universo de los blogs, el e-mail, las páginas web, Facebook, las revistas electrónicas y ahora Twitter. Esa ha sido la salida encontrada por esta generación de escritores, formada por un el tipo de intelectual que viene desde una amplia gama de formaciones, desde las humanidades hasta las ciencias, hecho subrayado por Gina Saraceni. Y con ellos, en su escribir, la “ruptura respecto al tono solemne, hermético, ‘nocturno’ de la poesía de los sesenta”(p.24) y el surgimiento “de una conciencia creativa crítica”(p.25) de la que ha hablado Luis Miguel Isava(“La desbordante pulsión de la palabra poética”, Revista Iberoamericana, Frankfurt, n/ 2-3(1978),p.220).
Qué es lo que Hallamos
Lo que Gina Saraceni encontró nos puede ser más interesante, más vivo, eso mismo que sentimos cuando habríamos los poemarios de estos bardos y leemos con emoción, tocándonos el alma lo que hallamos.
Ella halló al menos diez rasgos, según nuestra propia síntesis.

    “la orfandad y el desencanto como formas de habitar el mundo y de enfrentarse al hecho poético…El desvío, la arrancia, la errata, la perplejidad, la extranjería, la intemperie, constituyen su proceder en el mundo. Su saber de lo precario, de lo roto, de lo fragmentario. Su idioma: el balbuceo, la mudez…asume la pérdida y la derrota…En esas voces no hay lamentación, ni tampoco resignación”(p.28-29);
    "es la referencia a la cotidianidad y el afuera como espacio de introspección”(p.29);
    'explora la cotidianidad…Se trata de una aproximación nostálgica y melancólica de los espacios que habitamos a diario, un registro de esa ‘épica mínima’ que pasa desapercibida porque se vuelve rutinaria y de la que Arturo Gutiérrez Plaza…es sin duda una de las voces más contundentes”(p.30-31), tal podrían ser los casos de poemas suyos como “Al calor de los manteles” o “Las casas; Alfredo Herrera Salas(1962), Luis Enrique Belmonte(1972), quien “reprenda el ‘desastre’ de lo cotidiano, esa ‘geografía que se desploma’”(p.31) o Luis Moreno Villamediana(1966);
     Gabriela Kizer(1964), con su “contra épica de la cotidianidad”(p.32);
    "La poética del fracaso y de la derrota”(p.33), casos de Martha Koornblith y Teresa Casique(1960);
    "Cabe destacar la tendencia una tendencia…la casa de la infancia, los vínculos de sangre, los legados familiares, las figuras tutelares, abuelos, padre, madre, el regreso a la raíces…vivimos en una época en la que los vínculos afectivos están marcados por la brevedad y el olvido, en que las relaciones se construyen a partir de ‘otros modos de estar juntos’ que no pasan necesariamente por el hecho de compartir físicamente las experiencias o por pertenecer a un mismo lugar o cultura, lo que causa, como consecuencia, una relectura del origen y de las herencias familiares sin la pretensión de restituir ese pasado sino, más bien, de asumirlo como espacio inconcluso y problemático abierto a la reescritura”(p.34-35). Aquí desde luego cabe la amistad y la hermandad, como se ve en los versos de Patricia Guzmán. Aquí ejemplifica la antologista también a través Pérez Oramas, Gutiérrez Plaza y Carmen Verde Arocha(1967);
    “El tópico del viaje en su dimensión más clásica, como experiencia de naufragio y aprendizaje, de aventura y navegación”(p.37), como lo observa en Odette da Silva(1978), Jorge Vessel(1979) y Gregory Zambrano(1963);
    "imaginarios culturales ajenos y/o exóticos, el medioeval, el mitológico, el bíblico, como la presencia de la intertextualidad, la cita literaria o musical, la referencia histórica o la cultura cibernética como una forma de reflexionar críticamente sobre la identidad, el amor, el oficio poético, la condición femenina, la cultura mediática”(p.37), evidentes en Alicia Torres, María Antonieta Flores(1960), Sonia Chocrón(1961), Belén Ojeda(1961) y Beatriz Alicia García(1966);
    “La experiencia de la ciudad…la ciudad de ahora se desintegra, se vuelve espectral, niega sus calles, se vuelve campo de batalla y trinchera, mata a sus habitantes y, a los que sobreviven, los obliga a replegarse en los recintos domésticos”(p.38), lo que ejemplifica a través de Sin freno concebido(Caracas: Actum,2006) de José Tomás Angola(1967);
    “La crítica le ha atribuido un lugar central a la poesía escrita por mujeres”(p.39). Así “La doncella, la madre, la esposa, la hermana, la abuela, la concubina, la amante, la escritora son motivos central” varios de los libros”(p.39), tal los casos de Alicia Torres, Sonia Chocrón y Astrid Lander(1962). Aquí subraya sobre el escribir de Patricia Guzmán que ”constituye una referencia ineludible en este ámbito por la solemnidad y compostura con que el amor, como potencia erótica, se vuelve aquí ritual y ceremonia sagrada para asumir la imposibilidad del deseo y de la palabra que lo nombra”(p.39). Hay también un sesgo religioso en modo de mirar la realidad, bien imbricado desde de la mística española del siglo de Oro. Para ella María Antonieta Flores “también explora la temática amorosa y erótica a través de una voz ‘apenas’, de la hipótesis diferida, de la multiplicidad de máscaras y figuras que revelan la ‘escacez interminable’ y el ‘muy lejos’ del cuerpo mujer-lenguaje”(p.39).
Reflexión sobre el lenguaje, inevitable en el ejercicio poético.

Para Cerrar
Este es apenas un repaso de un libro muy rico, tan opulento como lo es nuestra creación poética de estos días, como lo es nuestra literatura de este presente, tanto que para tener una completa visión de lo que hallamos en En-obra y lo que sucede debemos mirar los otros géneros y observar lo que cada uno nos dicen porque toda literatura debe ser vista, según nuestra mirada, como unos vasos comunicantes, cuyo fundamento, raíz y cimiento es siempre la poesía. Y ello, porque como dice Octavio Paz, siempre maestro, “el universo es una escritura cifrada, un idioma en clave, ‘que es el poeta, en el sentido más amplio, sino un traductor, un descifrador’(Baudelaire)… escribir un poema es descifrar al universo solo para cifrarlo de nuevo. El juego de la analogía es infinito: el lector repite el gesto del poeta en el poema del lector”(Los hijos del limo,106-107). Eso es la poesía y por ello, como dijo Friedrich Hölderlin(1770-1843), “lo que dura es obra de poetas”. ¡Que así sea hoy y mañana!. Y gracias a Gina Saraceni por permitirnos mirarlo con tanta luz.

(*) Leído en la sesión del Círculo de Lectura de la Fundación Francisco Herrera Luque, celebrada en su sede de la Biblioteca Los Palos Grandes, Caracas, la tarde del martes 7 de Junio de 2011.

Fuente: http://www.arteenlared.com/lecturas/articulos/en-obra-poesia-venezolana.html

Breve nota LB:  La obra luce atractiva y fundamental.  Incluimos una reseña pequeña de la portada en la que aparece Sonia Gozález. Mucho antes de la fecha indicada, la descubrimos gracias a los espacios literarios de la prensa escrita que ahora no existen o escasean, siendo generosos. Ella y otros poetas nos prendaron casi inadvertidamente. De pronto, buscábamos las antologías en la Biblioteca Nacional cuando no, adquiríamos el ejemplar. Era la Venezuela de antes, la del ejercicio crítico que nos fue tan útil: crítico y libérrimo en beneficio de los lectores más legos. Días más lejanos, en la que destacaban los muchachos del grupo Tráfico y del Guaire, atrreviéndonos a mirotear lo que escribían...

sábado, 25 de febrero de 2012

SALADOS


EL NACIONAL - Sábado 25 de Febrero de 2012 Papel Literario/2
¿Puede la poesía ser cuerpo y sutura del cuerpo?
La arena, el vidrio: ascenso en tres movimiento (2008) y Entranjero (2010) fueron los dos primeros libros de Adalber Salas (1987), ganador del II Premio Nacional Universitario de Poesía, en 2008. Un nuevo libro suyo ha sido puesto en circulación, Suturas, editado por bid & co editor
GINA SARACENI

En Suturas, Adalber Salas enfrenta el cuerpo excesivo que es la experiencia de la enfermedad para darle un lugar en la palabra

Ningún hilo/ lleva sino a sí mismo// aunque en su filo se presienta el horizonte/ la sed hecha tajo de soles perplejos// aunque vibre con el murmullo cansado/ de esa tierra que acaso existió// y que supo dejar de esperarnos.// En este instante/ él el de las manos lluviosas/ se inclina sobre el hilo/ para tomarlo nuevamente:// bajo el fervor indigente de la lámpara/ escribe// tensa el arco de su propia muerte. Adalber Salas

Puede la poesía ser cuerpo y sut u ra del cuerpo? ¿Puede la pala bra escribir un cuerpo y a la vez tacharlo como si el ejercicio de escribir implicara su propia borradura? ¿Puede una sutura, en su intento de unir dos orillas, mostrar también la imposibilidad de clausurarlas? Suturas, el nuevo poemario de Adalber Salas, propone la escritura de una doble experiencia: la de la enfermedad del cuerpo y la de la palabra que nombra esa experiencia y, que al hacerlo, la convierte en sutura y tesitura verbal, "hilo que lleva a sí mismo" y que sólo alcanza a mostrar aquello que de la experiencia permanece abierto: su exceso y desbordamiento, lo intocable del sentido.

Escribir el cuerpo es para Adalber Salas inscribir en él un epitafio como advertencia que aquí, en la piel de la poesía, el sentido se tambalea, pierde el equilibrio, se parte los labios porque ya no responde al "buen" sentido, ni al sentido "común", ni al "orden" del sentido, sino por el contrario, a un sentido precario, sin garantías, que no busca restaurar o suturar, ni tampoco cristalizar o fijar, sino que se entrega a la insuficiencia de su dictado.

Este libro habla en voz baja.

Su lengua susurra como si temiera escuchar el alcance de su decir, como si supiera que la verdad de la palabra es su sed y cuando el lenguaje tiene sed sólo puede arrastrarse hasta el límite de su propio agotamiento.

El yo poético habita el desierto de una enfermedad.

Su cuerpo se vuelve un texto incomprensible que se expande y no se sabe "dónde desemboca". En él "arde" "una fractura" que "se entraña", un "tajo lúcido", "un dolor que cose sus bordes" en la carne. No hay saber para abordar el cuerpo cuando duele de este modo, cuando se vuelve "límite exasperado" donde habita la incontrolable intensidad de un sentido que sólo se puede sentir en carne propia.

Testigos de este cuerpo extremo son los muertos que conocen el lenguaje sordo del sufrimiento y saben que después sólo queda un "salmo harapiento" que reza el adelgazamiento de su alabanza. "La única ley de los muertos es el murmullo" porque ellos saben que la palabra también se enferma y es necesario aprender a nombrarla desde "la desnudez del hueso", sin andamiajes, desde el grado cero del verbo, desde ese estado mineral de la letra que sólo dice lo que dice, ni más ni menos.

Suturas enfrenta este cuerpo excesivo que es la experiencia de la enfermedad para darle un lugar en la palabra porque "escribir es tocar el cuerpo", es volverlo "cuerpo del sentido", sentido del cuerpo que, al igual que todo sentido, está en falta y está hecho de la falta.

El poeta, entonces, "el de las manos lluviosas/se inclina sobre el hilo para tomarlo nuevamente" y para mostrar con él la imposibilidad de obturar esa falta, eso que del cuerpo no se puede decir, su indigencia, "porque al fondo del poema flota un cadáver/con la boca hinchada de música", un cadáver que todavía no ha muerto porque en él respira el labio "devoto" del canto poético que sigue el hilo de sí mismo para alcanzar lo que de la palabra es impronunciable.

Fotografía: Ernesto Morgado.

lunes, 12 de diciembre de 2011

LA IMPORTANCIA Y LA VOLUNTAD


EL NACIONAL - Sábado 10 de Diciembre de 2011 Cultura/4
PREMIO Obtuvo 10.000 bolívares
Gustavo Ott ganó el Salvador Garmendia

Ella no merece ninguna piedad triunfó en la sexta edición del galardón convocado por la Fundación Casa Nacional de las Letras Andrés Bello

La primera novela de Ott es Yo no sé matar, pero voy a aprender
Gustavo Ott, dramaturgo y narrador nacido en Caracas en el año 1963, ganó el VI Premio Salvador Garmendia de Novela, dotado con 10.000 bolívares, con el manuscrito Ella no merece ninguna piedad.

Luis Alberto Crespo, director de la Fundación Casa Nacional de las Letras Andrés Bello, hizo el anuncio el jueves, en un acto celebrado en la sede de la institución.

El jurado, integrado por Julián Márquez, Carlos Noguera y María Alejandra Rojas, destacó que el escritor mostró en la obra un eficaz uso del lenguaje que se evidenció en la recurrencia de la ironía y el humor y la utilización de ingeniosas técnicas narrativas con una estructura que tiende a perdurar en la memoria del lector.

El autor de Notará que llevo un arma (estrenada en 2008) agradeció el galardón, que es el primer reconocimiento que recibe como novelista: "Además, me permite relacionar el nombre de nuestro admirado Salvador con mi obra". Dijo que al enterarse del veredicto se puso a escribir, luego de varios meses sin producir. "Fue como si el premio fuera el grito de un jefe que, luego de verme sin hacer nada, me exige que me ponga a trabajar o si no me echa a la calle".

Ella no merece ninguna piedad es una historia épica sobre dos hermanos que emprenden un viaje en la búsqueda de un paisaje. Un territorio que el autor definió no como biográfico sino como un paisaje de la memoria: "Un paisaje afectivo y una versión cuántica de la realidad".

En abril, Gustavo Ott publicó con Monte Ávila su primera novela, Yo no sé matar, pero voy a aprender, sobre el asesinato de una Miss Universo.

EL NACIONAL - Sábado 10 de Diciembre de 2011 Cultura/4
LITERATURA Gina Saraceni convirtió en metáfora el hogar
Un canto al arraigo se llevó el Transgenérico
La autora de Casa de pisar duro , el manuscrito premiado, vive una forma de pertenecer incluso cuando se siente fracturada
MICHELLE ROCHE RODRÍGUEZ

La inspiración consigue sus asideros hasta en situaciones casuales. Para la exhibición Los cielos de Madrid, en la que collages fotográficos representaban el paisaje aéreo de la capital española, Luis Lizardo pidió a amigos textos de cualquier género que reaccionaran ante su propuesta plástica.

Gina Saraceni le entregó el poema "21-31", titulado así por el nombre de las dos piezas que le llamaron la atención. El texto destapó en su interior una intensa voz que se había mantenido en silencio durante casi una década y que la motivó a seguir explorando la lengua que se le había revelado y a entregarse a la escritura constante del poemario Casa de pisar duro, con el que ganó la edición más reciente del Concurso Transgenérico de la Fundación para la Cultura Urbana.

No es la primera vez que son reconocidos los versos de la autora italiana nacida en Caracas en 1966. Hace una década triunfó en la Bienal internacional Elías David Curiel con Salobre y, hace 15 años, obtuvo el Premio Víctor José Cedillo con Entre objetos respirando. El galardón del Concurso Transgenérico llega a manos de la licenciada en Letras de la Università degli Studi di Bologna cuando ha logrado hacerse una sólida carrera como crítica de la lírica nacional.

Pisar el poema. Tres son las inquietudes que atraviesan el manuscrito: el contraste entre arraigo y desarraigo, el lenguaje como herramienta para nombrarlo y la experiencia del afecto en relación con las dos anteriores.

"Entendí que la casa, como símbolo de la pertenencia, está siempre atravesada por una zona que no te termina de arropar. El hecho de estar divida en dos lenguas, dos hogares y dos países me hace sentir que la pertenencia es absolutamente imposible. También se pertenece cuando uno siente que está fracturado", explica la autora que en 2012 publicará La soberanía del defecto, una extensa reflexión sobre la poesía venezolana. La crítica contribuyó a destapar su voz lírica pues, al ocuparse del análisis de la obra de Miyó Vestrini, Hanni Ossott, Margara Russotto y Yolanda Pantin, no pudo evitar que algo se colara a la propia intimidad de sus creaciones literarias; como evidencia de ello, muchos reconocerán en "Casa de pisar duro" un verso de la autora de El próximo invierno (1975).

En cuanto a la creación del lenguaje en el manuscrito premiado, Saraceni explica que se preguntó cómo nombrar eso que queda después de una experiencia, sea amorosa o familiar, la propia pertenencia o un viaje, y enfatizó que su mayor apuesta fue la construcción del lenguaje específico para la obra. El proceso esconde su propia inseguridad como escritora bilingüe, que no se encuentra en su primera lengua, el italiano, y camina vacilante sobre el español.

"La escritura se funda en un trabajo que combina la impotencia y la voluntad. La palabra es aquello que no puede decir. Nunca termina exactamente de decir lo que uno quiere y con esa insuficiencia hay que trabajar y nombrar a la realidad de una manera distinta", concluye.

Fotografía: Manuel Sardá.

sábado, 12 de febrero de 2011

(a) puesta al día


EL NACIONAL - Sábado 12 de Febrero de 2011 Papel Literario/1
La espiral incesante. Lezama y sus herederos
"Es la oscuridad la que alienta el trabajo de la comprensión, la que dinamiza la persecución del sentido que el intérprete debe iniciar".
Rafael Castillo Zapata
GINA SARACENI

La espiral incesante. Lezama y sus herederos, de Rafael Castillo Zapata, se inscribe en una estela de libros anteriores del autor: Fenomenología del bolero (1992) , El semiólogo salvaje (1997), El legislador intempestivo (2006), en los que Castillo Zapata muestra cómo la crítica se hace cargo de la herencia cultural y literaria; qué significa enfrentar y afrontar la deuda que todo crítico tiene con sus padres literarios; cómo estar solvente --si eso es posible alguna vez-- con ese corpus/cuerpo que llevamos a cuesta y frente al que podemos responder sólo a través del ejercicio hermenéutico siempre aproximado y tentativo que nos hace deudores de lo que leemos.

La obra de Castillo Zapata sobre el bolero, Barthes, Mariño Palacios y, ahora, sobre Lezama Lima y el grupo Orígenes; sus seminarios sobre Walter Benjamin, Jacques Derrida, Gilles Deleuze y Félix Guattari; su tesis doctoral inédita (2001) sobre Guy Debord y el situacionismo francés, conforman, en conjunto, una muestra de cómo el ejercicio crítico es un ejercicio de testificación de un legado, de cómo no hay crítica sin herencia y sin heredero que testifique por ella. En este sentido, cada uno de sus libros y cada uno de sus cursos, son propuestas de lectura para enfrentar el trabajo de interpretación que supone hacerse cargo de un legado, de su continuación, su rescate, su conmemoración.

En Castillo Zapata la crítica representa una puesta al día de los contenidos de ese corpus que elige heredar; un homenaje a esas figuras que trazan y determinan el devenir crítico de su lengua pero que también desatan puntos de inf lexión, perplejidades, preguntas que hacen que el heredero-Rafael se confronte con la oscuridad que todo mandato tiene sin por eso abandonar el desafío que supone descifrar su secreto. Sus recorridos por los corpus que elige atravesar son verdaderas aventuras donde la dificultad, el reto, el intento, la caída se asumen con la honestidad de quien sabe que no hay otra forma de aventurarse sino corriendo el riesgo de extraviarse.

La espiral incesante es una incesante aventura por tres espacios complementarios y conectados: por un lado, es una lección teórica sobre la herencia, su transmisión y su testificación; por el otro, es la muestra de cómo opera la herencia literaria en la formación de un grupo literario específico de la literatura cubana contemporánea; por último es la muestra de cómo Castillo Zapata hereda el legado origenista y testifica por él. En la misma medida en que el libro despliega teóricamente los mecanismos que articulan el proceso de la herencia como ejercicio interpretativo por parte del heredero, en esa misma medida, muestra, a través de la figura de Lezama Lima y de la familia origenista, las implicaciones poéticas y políticas de la "estela testamentaria" que ellos conforman como grupo y como corpus literario de "remisiones y transmisiones, como estructura de continuidad y ruptura, de repetición y diferencia" (11).

"La figura paterna" dice Castillo Zapata, es, sin duda, "una presencia recurrente en toda escena de legación y delegación de la herencia y su consideración es imprescindible para comprender cómo se organizan los procesos del trabajo testimonial". Por lo tanto, la escena propicia de la herencia es la escena de la muerte donde un predecesor se ausenta y "deja vacante un lugar que debe ser llenado de diversas formas (...) por los deudos, parientes que lo sobreviven (...) y que son conminados a trabajar en el vacío que deja la ausencia, conminados a dar continuidad y sucesión al desaparecido que pide su rescate conmemorativo" (17).

La herencia que se activa como máquina de transmisión tiene lugar entonces a partir de la experiencia del duelo que implica, de parte de los deudos, el rescate de un mandato con la finalidad de mantenerlo vivo a través de su actualización y relectura. En esto consiste la tarea de los sobrevivientes. Pero enfrentar el legado significa también --y aquí Castillo Zapata es heredero de Derrida-- enfrentarse con "un oscuro, un enigma, un secreto" (28) que es necesario aclarar.

Resolver ese nudo, intentar penetrar esa zona misteriosa que atraviesa toda herencia, significa, de parte del heredero, la transformación de sí mismo porque "la empresa de testimoniar es ya la empresa de la transfiguración de los que testimonian" (29). Pero esa transfiguración no atañe sólo al testigo sino también al legado por el que éste testifica: descifrarlo, ahondar en ese "oscuro", en esa dificultad que lo recorre, significa reconstruirlo con los riesgos que esto supone "con respecto a la integridad del legado, la fidelidad de la lectura, la tentación de corrección y tergiversación, (...) la legitimidad, la credibilidad y el crédito, la fe la confianza" (30). El heredero entonces, como hermeneuta de un secreto, está atrapado entre la fidelidad a un mandato con el que está en deuda y al que desea conservar del modo más fiel, en nombre del antecesor que se lo legó, en nombre del padre, y la traición a ese mandato dado que la única manera de renovarlo es a través de su interpretación y transformación.

Pero hay una última arista con la que es necesario hacer cuentas en este proceso de transmisión de una herencia y es que "el secreto", que lo atraviesa, dice Castillo Zapata, "puede permanecer secreto, resistente a la comprensión, y abrirse de este modo, a una interpretación infinita en la cual no es posible dar con ninguna certidumbre definitiva, ni contar con ninguna garantía de acierto o prueba o desacierto" (31-32).

Este saber impotente o este saber como potencia infinita de sentido es lo que la herencia lega: su apertura incesante a devenir y a proliferar, esta disponibilidad a una infinita apropiación o más bien, a una apropiación imposible e infinitamente postergada.

Con este saber precario e incierto Castillo Zapata enfrenta el legado lezamiano y origenista. Como heredero que reconoce el carácter tentativo de su empresa, se confronta con esta obra inmensa que constituyen Lezama y sus discípulos, para ver de qué modo ellos, como familia, asumen la tarea de escribir en nombre de sus padres --Martí y su propio padre para Lezama, Lezama para sus hermanos e hijos-- con la finalidad de perpetuarse en el tiempo y de edificar, en función de un ideal estratégico de comunidad y civilidad, el testamento de su propia empresa poética y política. En este sentido, sus obras conservan y actualizan el legado a la vez que se instalan en un tiempo futuro donde permanecen abiertas a una revelación póstuma.

Repetición como diferencia es lo que conforma el legado y Castillo Zapata se deja llevar por esa "espiral incesante" que son Lezama Lima, Cintio Vitier, Fina García Marruz, Lorenzo García Vega para entender "los complejos mecanismos mediante los cuales el trabajo de un grupo de poetas incide políticamente en su sociedad" (12); es decir, cómo la poesía configura una política capaz de regenerar la nación a partir de una revisión de sus medios expresivos, lo que muestra las profundas implicaciones entre ética y estética, política y poética: "La poesía como ciudad en la que el hombre puede vivir, participar; la poesía es la que prepara proféticamente (...) la ciudad posible, la ciudad futura" (64-65).

En La espiral incesante. Lezama y sus herederos Castillo Zapata testimonia sobre el legado lezamiano, sobre los modos cómo los discípulos de Lezama conservaron, interpretaron, corrigieron, alteraron el mandato del padre.

Pero este libro es también el testimonio del propio Castillo Zapata sobre la deuda que su ejercicio crítico tiene con el corpus origenista, sobre la tarea inagotable que significa hacerse cargo de esa familia de escrituras que lo convocan como un heredero más para que cumpla su propia travesía por el continente del padre y para que inscriba en él su propia palabra. Palabra que, en el caso de Castillo Zapata, es una palabra incesante que sigue una economía particular de la lengua que deviene estilo y potencia poética.

lunes, 26 de julio de 2010

deserticósis


EL NACIONAL - Sábado 17 de Julio de 2010 Papel Literario/4

La isla desierta de Payares
La debilidad es llorar sin lágrimas.
Maurice Blanchot He vuelto a ser un faisán.
Herta Muller
GINA SARACENI

Hay libros que nos dejan a la intemperie, expuestos a una vastedad inconmensurable que nos sobrecoge al mostrarnos la desnudez de la que estamos hechos. Libros que señalan el quiebre que irrumpe e interrumpe la cotidianidad volviendo más trágico el desgaste de la rutina.

Libros, finalmente, que se detienen a mirar el resto de las pequeñas catástrofes del día a día y que despliegan su mirada por el desierto de huesos del que está hecha la experiencia humana.

Cuando bajaron las aguas (Premio Autores Inéditos, Monte Ávila, 2008) del joven narrador venezolano Gabriel Payares (Londres, 1982) pertenece a esta especie de libros que nos posicionan ante el fracaso y la derrota que nos determina como seres humanos.

Un conjunto de diez relatos que pone en escena una poética del deterioro y de la precariedad a través de un lenguaje sobrio, sin excesos, cuya fuerza mayor radica en su compostura y capacidad de nombrar la "excepción" como algo predecible, ordinario, común, incluso en sus manifestaciones más irreversibles.

En este primer libro Payares incursiona en la cotidianidad como lugar de revelación e interrupción; justo allí donde la vida se repite a través de sus rutinas y hábitos, lo extraordinario tiene lugar e inaugura un nuevo orden de las cosas; abre un hueco en el tejido de la vida de donde no podemos regresar.

Llama la atención que un escritor tan joven tenga el aplomo y la madurez de representar el desencanto y la desesperanza como devenires predecibles de la vida. Sin asombro, sin lamento, el desastre se instala en la experiencia, es su hueso y Payares hace que su escritura hable a través de una lengua despojada de expectativas pero a la vez testaruda porque no abandona la necesidad de buscar aquello que todavía no conoce.

La intemperie que sus relatos ponen en escena no sólo se manifiesta en la orfandad de "El Duro", indigente y recoge latas que camina sin tregua por la ciudad porque no tiene hogar donde volver. Sino también es el desarraigo que se descubre dentro de la casa, en el entorno familiar, en lo más propio, como si la ésta fuera también esa sombra siniestra que inquieta el orden conocido e instala la extrañeza en lo que creíamos protegido de toda amenaza y peligro (pensemos en "Los herederos", "Cuando bajaron las aguas", "Con miedo a los perros", "Timbalero", "Nota de suicidio #5").

A través de la exploración de temas como la familia, la casa, la herencia, la convivencia, las relaciones de sangre, el tedio, el abandono, la pérdida, la enfermedad, la soledad, Payares explora estados de desolación y decadencia que se manifiestan en un universo quebrado donde se desplazan seres disminuidos, mutilados, reducidos a la mínima expresión; seres que flotan, cual fantasmas, en un espacio que les devuelve sólo el reflejo de su degeneración.

Los habitantes de estos relatos son seres incompletos, puestos a prueba por las mínimas épicas de la vida; conscientes de la inutilidad de lo que se considera necesario; de la caída que zanja cualquier intento de construcción; de la vida animal que pulula debajo de la piel de lo visible, esa realidad escondida donde se alían las especies abisales, donde los monstruos celebran sus orgías, donde lo animal ladra e irrumpe, donde la sangre funda estirpes imprevistas que habitan la casa por debajo, por las raíces podridas del afecto.

Este libro nos hace recorrer un paisaje hecho de escombros, de objetos a la deriva, oxidados, putrefactos, inservibles; habitado por restos y sombras que están allí para mostrar su inutilidad y, a la vez, para revelar la potencia de sentido que se esconde detrás de su vencimiento y destrucción. Seres y cosas que sobreviven a duras penas; que se mantienen a flote en las aguas de un río que "nos había arrastrado hacia el más allá, lejos de todo el mundo conocido" (32).

Seres exiliados de sí mismos, sin lugar, fuera de lugar, inadecuados, incapaces, impotentes de reconocerse en el orden del día, en el mandato de la sangre, en el pasado heredado, en la ortopedia de la norma. Seres que avanzan dando tumbos, sin ruta, fuera de ruta, que llevan en la espalda un saco de deshechos, una "fétida abundancia" que les otorga la certeza de no "esperar nada de nadie" y que les proporciona un saber del agotamiento que recorre sus intentos de construcción de algo que perdure.

En una escena de la novela La carretera (2007) del escritor norteamericano Cormac McCarthy, un hijo le pregunta al padre cuando están frente al mar: "¿Qué hay del otro lado?". "Nada" es la respuesta que recibe. Pareciera ser ésta la pregunta que Payares propone en estos relatos que hurgan en esa línea que corta de tajo cualquier posibilidad de renovación y recuperación; ese horizonte que determina la imposibilidad de volver de la derrota pero que a la vez impulsa la escritura hacia ese más allá que se abre como un enigma que exige ser reconocido y dicho. Eso es lo que la escritura de Payares captura en su intento de trazar el naufragio de un barco que sólo sabe que la sobrevivencia tiene un costo que se paga toda la vida.

Sobrevivir a la casa y a las pruebas que nos exige, hacerse cargo de los fantasmas que habitan en sus paredes, confrontarse con el legado de la memoria, con esa tumba que es el pasado agotado y empequeñecido por el tiempo es lo que los personajes de Payares hacen. En este sentido, el presente y sus acontecimientos cotidianos son el lugar donde estos seres escuchan ese "gemido prolongado, silbante, parecido al de alguien a quien le cuesta respirar" (60).

Payares escribe sobre el llamado de la extrañeza, sobre ese quejido que se esfuerza por seguir tartamudeando y que exige ser atendido, incluso cuando no puede respirar, cuando el alfabeto se le resiste y hay que inventar una lengua que exprese el desierto que la rodea. Su libro manifiesta una inconformidad ante el presente y toma el riesgo de "embarcarse a la deriva" y de asumir el naufragio como posibilidad de decir lo indecible; pero, a pesar de su mirada desencantada y procaz, sin reparo en asumir el desastre que nos conforma, este texto nos revela también un llanto que llora sin lágrimas, un llanto que nos conmueve y nos deja cerca de la tristeza y el dolor.

En rumano, "He vuelto a ser un faisán" significa "He vuelto a fracasar".