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lunes, 15 de abril de 2013

FRAUDES ELECTORALES (1)

El Nacional - Viernes 30 de Abril de 2004     A/10
Fraudes electorales
Jesús Sanoja Hernández

Nunca me ha quedado claro, por más que he leído bastante sobre el caso, si en la jornada electoral de 1897 Joaquín Crespo propició, con malas artes, el triunfo de Andrade sobre el Mocho Hernández, quien no vacilaría en alzarse, algo que en él era una profesión, como también en Crespo y otros caudillos del siglo XIX. En el que sería su último mensaje, 20 de febrero de 1897, Crespo hizo un diagnóstico de los alzamientos militares y las guerras civiles que parecía anticipo de su trágico destino, justo un año más tarde:
“Doloroso es confesarlo, pues así es la verdad: ha sucedido frecuentemente entre nosotros que al aproximarse el término del período constitucional, algunos mandatarios, alentados por los interesados halagos de unos tantos cortesanos, y sobrecogidos por el temor de bajar del solio de la Magistratura al hogar del ciudadano, han roto la Constitución que habían jurado cumplir, envolviendo al país en las tremendas consecuencias de la guerra civil. De aquí proviene ese sordo rumor que precede siempre a la resignación del Poder”.
La muerte de Crespo en la Mata Carmelera abrió el camino a la Revolución Restauradora encabezada por Cipriano Castro y su compadre Juan Vicente Gómez, cuyas dictaduras se prolongarían por 36 años, desde fines de 1899 hasta fines de 1935, larguísimo período durante el cual las elecciones fueron una mascarada.
Castro reformó la Constitución en 1904, dejó trunco el período 19021907 y abrió otro que comenzaría en 1905 y terminaría en 1911, plan continuista que su compadre Gómez desbarataría en diciembre de 1908 para instalarse en el poder hasta la hora de su muerte, 27 años más tarde. El ascenso al poder y su permanencia en él fueron obra, más que de elecciones, de fraudes constitucionales.
Al período de López Contreras, quien merece respeto por haberlo recortado de 7 a 5 años, pero que no lo merece por haber promovido las Cívicas Bolivarianas y las artimañas del colombiano Franco Quijano, sucedió el incompleto de Medina Angarita, derrocado por la logia Unión Patriótica Militar en unión con la cúpula de AD, cuyo máximo representante era Rómulo Betancourt. El candidato de Medina y su partido, Ángel Biaggini, había prometido el voto directo, universal y secreto, novedad que introduciría la Constitución de 1947 y que permitiría la elección de Gallegos, depuesto a los 10 meses de su juramentación. La dictadura, creyendo ganarla en medio de un ambiente de represión, convocó la elección de una Constituyente. Primera sorpresa:
URD y la unidad popular triunfaron fácilmente, pero a las pocas horas Pérez Jiménez desconoció esa victoria y se hizo elegir, sucesivamente, presidente provisional y presidente constitucional. Segunda sorpresa: los miembros del Consejo Supremo Electoral renunciaron.
La apertura democrática creada por la llamada revolución del 23 de enero permitió la extensión durante 40 años del “puntofijismo”, que reconoció tres etapas, una la de las coaliciones, otra la de la alternación bipartidista y la tercera la de la reagrupación de pequeñas fuerzas en torno a Caldera. Ninguna de ellas estuvo signada por el fraude masivo, aunque sí por algunas trampas en las mesas de votación.
Tampoco lo hubo en 1998, cuando los factores de poder se desplomaron al borde mismo del acto electoral.
Chávez pudo cantar victoria antes del 6 de diciembre. Y en 6 de los 7 procesos realizados durante este período que nadie sabe cuándo concluirá, Chávez ha ganado la batalla. ¿La excepción? El referéndum sindical.
Lo que viene sucediendo desde febrero de 2003 es dramático.
Etapa iniciada por aquel consultivo que la oposición quiso legitimar como revocatorio, siguió con el Acuerdo del 29 de mayo, suscrito por las fuerzas encontradas y ante la presencia de “amigos y facilitadores”, y culminó con los actos de noviembre-diciembre cuyos resultados han generado una larga controversia que del CNE ha pasado al TSJ, del TSJ a la calle y de la calle, posiblemente, al tramo semifinal de los reparos. ¿Se puede, desde ya, hablar de fraude?
La oposición lo insinúa y algunas veces lo proclama, mientras la instancias gubernamentales lo niegan, pero lo haya o no, queda como irrefutable verdad la de que nunca antes se había vivido un proceso electoral más discutido (cuestionado o alabado según el caso), ni un Tribunal Supremo (o Corte Suprema) se había dividido en dos salas en guerra, ni un Consejo Electoral en un tres y dos que tiene en lo mismo al electorado. La aritmética se ha vuelto loca: la suma de Súmate es resta para la trinidad (¿bolivariana?) del CNE, en tanto la multiplicación de opiniones refleja la división del país.
Ya sabemos las lecciones que nos dejaron los paros, pero dudo que alguien sepa las que nos dejarán los reparos. Y como vivimos una vida política vendida a plazos, vivamos con intensidad el que está a punto de vencerse.
Prohibido el fraude, prohibido callar.

Fotografía: Las sillas presidenciales de Cipriano Castro, Juan Vicente Gómez, Eleazar López Conteras e Isaías Medina Angarita, según Martín del Pozo para un reportaje de Peregrino Pérez. El Nacional, Caracas, 04/09/1952.

FRAUDES (2)

El Nacional - Viernes 18 de Junio de 2004     A/10
Fraudes electorales
Jesús Sanoja Hernández

Venezuela —no el oficialismo, no la oposición— tiene la oportunidad histórica de votar por su futuro. Frente a consignas ridículas y puramente ocasionales como aquella de “Carlos Melo somos todos”, lo urgente es demostrar que “Venezuela somos todos”. Mientras ésta no sea ley moral y cédula de identidad irrenunciable, estaremos propiciando una guerra incivil en la que el fraude electoral podría ser el detonante.
Un fraude electoral, venga de donde viniere, tendría consecuencias catastróficas. En la Venezuela que emergió en 1936, comienzo de nuestro siglo XX según Picón Salas, las elecciones fueron vistas como rescate de la voluntad popular, lo que no resultaría verdad sino hasta 1946 con el proceso constituyente y 1947 con el triunfo de Rómulo Gallegos.
Durante Eleazar López Conteras, con la Cívicas Bolivarianas y la elección presidencial de tercer grado que perduraría hasta la llamada Revolución de Octubre, Venezuela, electoralmente hablando, no era ni podía ser de todos. El lopecismo, blindado en las Cívicas Bolivarianas y gracias a los manejos turbios del colombiano Franco Quijano, cometió fraude por dos vías, la de hecho en las urnas y la constitucional con su sistema neogomecista.
Y hasta en el incompleto período de Isaías Medina Angarita, siguiendo las huellas del francoquijanismo, apareció el intento de un fraude (pre) electoral.
Poco antes, en 1943, en mitin en el Nuevo Circo, Andrés Eloy Blanco lanzó la tesis de que “el voto es el pueblo” y reclamó abierto y democrático ejercicio del derecho al sufragio. Y advirtió: “Pero no basta, señores, adquirir un buen sistema electoral. Es necesario practicarlo con pureza”, para luego citar al ilustre argentino que había dicho que el fraude electoral constituía “un delito más grave que los delitos contra las personas, que el robo y el homicidio, porque en el homicidio se hiere principalmente la vida de un ser, y en el fraude electoral se está hiriendo la vida de la misma soberanía nacional”.
El 15 de marzo de 1946 entró en vigencia el “estatuto electoral más democrático de América”, que rigió para las sucesivas elecciones de Asamblea Constituyente, Gallegos, Congreso y concejos municipales.
Fueron procesos pulcros, aunque no duraderos, pues el 24 de noviembre de 1948 los militares —o parte de ellos— que habían llevado a Acción Democrática al poder consumaron un golpe de Estado bajo el pretexto de que AD había anarquizado el país.
Tras mucho esperar —un cuatrienio, justamente— la Junta de Gobierno, bajo control castrense, convocó a elecciones para Constituyente en las que arrasaron URD y la unidad popular, pese al ambiente de represión y las limitaciones de las garantías ciudadanas. En menos de lo que canta un gallo, Marcos Pérez Jiménez y los suyos desconocieron los resultados. Pérez Jiménez fue llevado a la presidencia provisional, luego convertida en constitucional.
Varios dirigentes de URD, entre ellos Jóvito Villalba, terminaron en el destierro. Fraude como ese no se ha visto desde 1936 ni se vería desde 1952 hasta hoy, salvo el que Pérez Jiménez, por segunda vez, cometió al atribuirse triunfo en el anticonstitucional plebiscito del 15 de diciembre de 1957. Acerca de este otro fraude escribí años más tarde, al borde de la imprevisible jornada electoral de 1998, y al final reveladora del ascenso del Polo Patriótico y del fenómeno Chávez. Preguntaba yo:
“¿Y cuál fue la segunda prueba?” Y respondía: “La del 15 de diciembre de 1957. No estaba la élite perezjimenista dispuesta a repetir la experiencia del 30 de noviembre. Desde abril de 1957 se empezó a cocinar en la cúpula perezjimenista, con asesores tan taimados como Vallenilla Lanz, la fórmula del plebiscito, que violaba francamente el artículo 104 de la Constitución (sufragio directo, secreto y universal) para la elección presidencial”. Mala jugada le resultó a Pérez Jiménez aquella su trampa con el sí o el no, con el rojo continuista o el azul disidente. Quince días y horas después se producirían rebeliones militares en Maracay y Caracas y ya el 23 de enero de 1958 habría de huir en La Vaca Sagrada, aeronave que lo despedía del derrumbe.
Chávez se jacta de haber vencido en siete elecciones y, si fuese fiel con las victorias, debería estar preparado para serlo con la derrota, si ella sobreviniese. Cuando el ministro de Defensa de la Junta Revolucionaria (Carlos Delgado Chalbaud, 1947) aseguró que la FAN no tenían como misión la de las contiendas políticas, advirtió, por otro lado, que “si al Ejército se le pedía que interviniera en política, el Ejército no tenía otra manera de hablar sino por la boca de los fusiles”. Y al final, por desgracia, intervino, con él a la cabeza.
La alternativa de Venezuela, a escasos meses de un polémico revocatorio, debe ser la de los fusiles del voto, esas armas que le dan vida y no muerte a la democracia, sea representativa, sea participativa. Y si los militares en estos tiempos de agitación también pueden votar gracias a la amplitud de la Constitución de 1999, entonces, ahora menos que nunca deberían hablar por la boca de los fusiles. No olvidar, pues: Venezuela somos todos. Y todos tenemos derechos a revocar o ratificar.

Fotografía: El Nacional, Caracas, 11/1952.