EL PAÍS, Madrid, 26 de junio de 2015
ANÁLISIS
Complots que son cosa de Alá
El Estado Islámico tiene recursos para planear ataques en cadena. Los atentados de este viernes forman parte de una estrategia global
Fernando Reinares
Así, como dice el título, lo afirma el llamado Estado Islámico (EI) en el más reciente número de su órgano de propaganda, la revista Dabiq. Para los seguidores de Abuker al Bagdadi, “nadie mejor que Alá maquina complots”. Estos yihadistas de orientación profética y apocalíptica definen este argumento —elaborado en base a citas coránicas seleccionadas a propósito— como una realidad que garantiza el éxito de sus objetivos frente a quienes califican de infieles y apóstatas o a rivales de similar orientación ideológica. Algo que les reafirma en su sanguinario empeño, precisamente por las expectativas de éxito inherentes a esa visión belicosa del credo islámico. Bagdadi insistió el mes pasado en que el islam “nunca ha sido religión de paz” y hacía un llamamiento a los musulmanes de todo el mundo para que se implicaran en la “guerra” que encabeza su organización.
Casi un año después de que el EI adoptase su actual denominación y fuera proclamado un nuevo Califato en los territorios de Siria e Irak donde había conseguido imponer su brutal dominio fundamentalista, los últimos atentados ocurridos en Isère, Susa y ciudad de Kuwait han puesto de relieve, una vez más, el ímpetu y las capacidades con que actúan los ejecutores de “complots que son por entero cosa de Alá”. Los dirigentes del EI tienen aptitud y recursos para planificar atentados concatenados —y altamente letales— en distintos países árabes, al tiempo que instigan la comisión de otras atrocidades en el mundo occidental. Azuzar enfrentamientos sectarios en Kuwait, obstaculizar el proceso de democratización en Túnez o quebrar la cohesión social en Francia mediante el terrorismo es parte de una estrategia global inexorable en los resultados.
El Estado Islámico ha extendido tanto su influencia como su presencia en el norte de África y así cabe además interpretar el nuevo atentado en Túnez, el país de la región con mayores niveles de movilización yihadista. Kuwait, por su parte, contribuye de modo significativo a la coalición internacional contra el EI, establecida el pasado verano. Cabe pues suponer que el EI —cuyo principal portavoz anticipó hace unos días “calamidades” para “Cruzados, chiíes y apóstatas” durante el actual periodo de Ramadán— intente elevar los costes de esa contribución para los países concernidos. También Francia participa en dicha coalición, pero es asimismo el país de la Unión Europea donde se contabiliza un mayor número de jóvenes musulmanes radicalizados en el salafismo yihadista, adheridos al EI e inclinados a intervenir en “complots que son cosa de Alá”.
(*) Fernando Reinares es catedrático de Estudios de Seguridad en la Universidad Rey Juan Carlos y director del Programa sobre Terrorismo Global en el Real Instituto Elcano.
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domingo, 28 de junio de 2015
martes, 9 de septiembre de 2014
INSTAURACIONES
EL PAÍS, Madrid, 9 de septiembre de 2014
TRIBUNA
Lo que ofrece el Estado Islámico
Los partidarios del EI han sobrepasado a otras organizaciones como la emblemática Al Qaeda al cristalizar en la práctica lo que otros solo mantienen como promesas: una sociedad yihadista
Fernando Reinares
En abril de 2013 fue cuando se produjo la ruptura entre Al Qaeda y una de sus dos ramas territoriales en la región de Oriente Próximo, la organización yihadista cuyos antecedentes se remontan a 2004 y que el pasado mes de junio adoptó el nombre de Estado Islámico (EI). Desde entonces, esta última sobrepasa con creces a la primera en la movilización de seguidores y el reclutamiento de militantes o colaboradores, dentro y fuera de aquella región del mundo, en países con poblaciones predominantemente musulmanas así como entre las colectividades islámicas que existen en el seno de las sociedades occidentales.
No es sólo un fenómeno observable en redes sociales y canales de Internet. Una gran mayoría de los varios miles de yihadistas extranjeros procedentes del norte de África o de Europa Occidental que se encuentran actualmente en el escenario común de insurgencia que forman Siria e Irak está a las órdenes de Abu Bakr al Bagdhadi, el líder del EI, en lugar de estarlo a las de Abu Muhammad al Julani, subordinado de Ayman al Zawahiri como dirigente del Frente Al Nusra, la filial en Siria de Al Qaeda. Por cierto que Julani fue entrevistado en enero de 2014 para la cadena catarí de televisión Al Yazira por Taysir Alouny, ciudadano español de origen sirio a quien la Audiencia Nacional condenó en 2005 a siete años de cárcel por colaboración con una célula de Al Qaeda desmantelada en nuestro país cuatro años antes.
Más aún, en la rivalidad que mantiene en estos momentos con Al Qaeda por la hegemonía del yihadismo internacional en su conjunto, el EI ha conseguido recabar el apoyo de organizaciones yihadistas de relativa reciente aparición, como Ansar al Sharia en Túnez y Libia, Ansar Bayt al Maqdis en Egipto o Abu Sayaf en Filipinas. Además, ha provocado significativas fracturas en extensiones territoriales de Al Qaeda tan afianzadas como Al Qaeda en la Península Arábiga (AQPA) o Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI), e incluso escisiones en entidades asociadas con aquella estructura terrorista de la importancia de Therik e Taliban Pakistan.
Sin embargo, la realidad es que el EI y Al Qaeda comparten ideología y fines. A ambas es común la misma versión fundamentalista y belicosa del islam que se denomina salafismo yihadista. Ambas coinciden también en un mismo objetivo último declarado, que no es otro que el de extender por la fuerza la observancia de esa religión, en su expresión más excluyente y rigorista, sobre el conjunto de la humanidad y reinstaurar el califato —una suerte de imperio político panislámico— sobre el conjunto de territorios en los que rigen o han regido alguna vez, desde el siglo VII, las estipulaciones plasmadas en el Corán. ¿Dónde está pues la diferencia?
Al Zawahiri pretende restaurar el Califato, pero el EI lo ha instaurado en la práctica
Para empezar, la diferencia está en que el EI, ante su población de referencia, por otra parte la misma de Al Qaeda, presenta como resultados lo que para esta última siguen siendo aspiraciones. Mientras que el EI controla amplias franjas de Siria e Irak, Al Qaeda central se encuentra recluida desde 2002, bajo la protección de islamistas radicales, en las áreas tribales de Pakistán, AQPA tiene muy limitado su espacio de influencia en Yemen y AQMI fracasó en mantener el condominio que durante 2012 instauró, junto al Movimiento por la Unicidad y la Yihad en África Occidental y a Ansar al Din, en el norte de Malí.
Mientras que Al Qaeda pretende, desde al menos mediada la década de los noventa, restablecer el califato, el Estado Islámico lo ha proclamado en la práctica —aunque administrativamente delimitado entre Alepo y Diyala— y ha convertido a su propio líder en el nuevo califa que reclama autoridad política y religiosa sobre todos los musulmanes del planeta. Poco importa que los dirigentes de aquella insistan una y otra vez en que aún no se dan las condiciones favorables para crear y consolidar el califato. Habiéndose anticipado en ello y disponiendo de una base territorial donde ejerce poder y que otorga credibilidad a su propaganda, al EI se le atribuyen un éxito y unas expectativas de éxito que le son negadas a Al Qaeda.
A este respecto, unas palabras de Osama Bin Laden, quien fuera fundador y emir de Al Qaeda hasta su abatimiento en Abbottabad, Pakistán, en mayo de 2011, permiten aprehender con particular rotundidad lo que, en definitiva, tiene o se percibe tiene el EI que en estos momentos no tiene o se percibe no tiene aquella. En noviembre de 2001, apenas dos meses después de los atentados de Nueva York y Washington —de los que ahora se cumplen 13 años—, dirigiéndose a unos partidarios suyos reunidos en la localidad afgana de Kandahar, afirmó: “Cuando la gente ve un caballo fuerte y un caballo débil, preferirá el caballo fuerte”.
Ambas organizaciones mantienen una gran rivalidad por la hegemonía yihadista
Ese éxito y esas expectativas de éxito atribuidas al EI refuerzan extraordinariamente las motivaciones individuales para la implicación en actividades yihadistas basadas en criterios de racionalidad. Este tipo de motivaciones se interiorizan mediante el proceso de radicalización, a lo largo del cual se adquieren las actitudes y creencias propias del salafismo yihadista, que justifican en términos tanto morales como utilitarios el uso de la violencia y el terrorismo, supuestamente para defender y expandir el islam. Al Qaeda ha subrayado la utilidad del terrorismo en relación con, por ejemplo, las consecuencias económicas o políticas que imputa a atentados tan letales como los del 11-S o el 11-M, pero la brutal implantación del califato hecha por el EI está superando esas y otras manifestaciones.
El EI tampoco deja de fomentar, con su narrativa y con sus actos, un acendrado odio hacia quienes cataloga como infieles o apóstatas. Ni cesa en el empeño de trocar en sentimientos de humillación asociados con la condición islámica las injusticias y las frustraciones que por otras razones aquejan a grandes segmentos de las poblaciones musulmanas. Estas pasiones inducidas agitan en estos momentos, mucho mejor de cuanto lo viene haciendo Al Qaeda, las motivaciones emocionales para contribuir a la yihad neosalafista que hace suya la minoría —eso sí, estadísticamente más que significativa— de musulmanes radicalizados, principal pero no exclusivamente jóvenes, una porción de los cuales termina optando por la militancia.
En nuestro entorno europeo, la movilización yihadista relacionada con el EI afecta mucho más a naciones como por ejemplo Francia, Reino Unido, Alemania, Bélgica o Países Bajos, donde la población musulmana está básicamente compuesta por descendientes de inmigrantes procedentes de países islámicos, las llamadas segundas o incluso terceras generaciones. Ello sugiere que dicha movilización incide muy especialmente sobre jóvenes que atraviesan por una crisis de identidad. A este respecto también, la nación del islam a que tanto ha apelado Al Qaeda es un marco menos atractivo para resolver en clave yihadista ese tipo de crisis que la adscripción al califato propuesta por el EI.
En suma, lo que Al Qaeda central y sus extensiones territoriales ofrecen a jóvenes musulmanes radicalizados o vulnerables a la radicalización es pertenecer a una organización yihadista que, aunque degradada en su núcleo, mantiene capacidades operativas nada desdeñables en determinadas áreas del mundo islámico y persigue la restauración del califato. Lo que el EI ofrece a esos mismos individuos es algo más. Les ofrece nada menos que formar parte de una sociedad yihadista, de un califato con territorio reducido pero al que sus arquitectos logran dar visos de expansión, de un orden social y político en el que reiniciar sus vidas, incluso emigrando en familia, con un nuevo significado y una nueva identidad colectiva en la que reconocerse a sí mismos y ser reconocidos por los demás.
(*) Fernando Reinares es investigador principal de Terrorismo Internacional en el Real Instituto Elcano y catedrático de Ciencia Política en la Universidad Rey Juan Carlos.
Ilustración: Eva Vázquez.
TRIBUNA
Lo que ofrece el Estado Islámico
Los partidarios del EI han sobrepasado a otras organizaciones como la emblemática Al Qaeda al cristalizar en la práctica lo que otros solo mantienen como promesas: una sociedad yihadista
Fernando Reinares
En abril de 2013 fue cuando se produjo la ruptura entre Al Qaeda y una de sus dos ramas territoriales en la región de Oriente Próximo, la organización yihadista cuyos antecedentes se remontan a 2004 y que el pasado mes de junio adoptó el nombre de Estado Islámico (EI). Desde entonces, esta última sobrepasa con creces a la primera en la movilización de seguidores y el reclutamiento de militantes o colaboradores, dentro y fuera de aquella región del mundo, en países con poblaciones predominantemente musulmanas así como entre las colectividades islámicas que existen en el seno de las sociedades occidentales.
No es sólo un fenómeno observable en redes sociales y canales de Internet. Una gran mayoría de los varios miles de yihadistas extranjeros procedentes del norte de África o de Europa Occidental que se encuentran actualmente en el escenario común de insurgencia que forman Siria e Irak está a las órdenes de Abu Bakr al Bagdhadi, el líder del EI, en lugar de estarlo a las de Abu Muhammad al Julani, subordinado de Ayman al Zawahiri como dirigente del Frente Al Nusra, la filial en Siria de Al Qaeda. Por cierto que Julani fue entrevistado en enero de 2014 para la cadena catarí de televisión Al Yazira por Taysir Alouny, ciudadano español de origen sirio a quien la Audiencia Nacional condenó en 2005 a siete años de cárcel por colaboración con una célula de Al Qaeda desmantelada en nuestro país cuatro años antes.
Más aún, en la rivalidad que mantiene en estos momentos con Al Qaeda por la hegemonía del yihadismo internacional en su conjunto, el EI ha conseguido recabar el apoyo de organizaciones yihadistas de relativa reciente aparición, como Ansar al Sharia en Túnez y Libia, Ansar Bayt al Maqdis en Egipto o Abu Sayaf en Filipinas. Además, ha provocado significativas fracturas en extensiones territoriales de Al Qaeda tan afianzadas como Al Qaeda en la Península Arábiga (AQPA) o Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI), e incluso escisiones en entidades asociadas con aquella estructura terrorista de la importancia de Therik e Taliban Pakistan.
Sin embargo, la realidad es que el EI y Al Qaeda comparten ideología y fines. A ambas es común la misma versión fundamentalista y belicosa del islam que se denomina salafismo yihadista. Ambas coinciden también en un mismo objetivo último declarado, que no es otro que el de extender por la fuerza la observancia de esa religión, en su expresión más excluyente y rigorista, sobre el conjunto de la humanidad y reinstaurar el califato —una suerte de imperio político panislámico— sobre el conjunto de territorios en los que rigen o han regido alguna vez, desde el siglo VII, las estipulaciones plasmadas en el Corán. ¿Dónde está pues la diferencia?
Al Zawahiri pretende restaurar el Califato, pero el EI lo ha instaurado en la práctica
Para empezar, la diferencia está en que el EI, ante su población de referencia, por otra parte la misma de Al Qaeda, presenta como resultados lo que para esta última siguen siendo aspiraciones. Mientras que el EI controla amplias franjas de Siria e Irak, Al Qaeda central se encuentra recluida desde 2002, bajo la protección de islamistas radicales, en las áreas tribales de Pakistán, AQPA tiene muy limitado su espacio de influencia en Yemen y AQMI fracasó en mantener el condominio que durante 2012 instauró, junto al Movimiento por la Unicidad y la Yihad en África Occidental y a Ansar al Din, en el norte de Malí.
Mientras que Al Qaeda pretende, desde al menos mediada la década de los noventa, restablecer el califato, el Estado Islámico lo ha proclamado en la práctica —aunque administrativamente delimitado entre Alepo y Diyala— y ha convertido a su propio líder en el nuevo califa que reclama autoridad política y religiosa sobre todos los musulmanes del planeta. Poco importa que los dirigentes de aquella insistan una y otra vez en que aún no se dan las condiciones favorables para crear y consolidar el califato. Habiéndose anticipado en ello y disponiendo de una base territorial donde ejerce poder y que otorga credibilidad a su propaganda, al EI se le atribuyen un éxito y unas expectativas de éxito que le son negadas a Al Qaeda.
A este respecto, unas palabras de Osama Bin Laden, quien fuera fundador y emir de Al Qaeda hasta su abatimiento en Abbottabad, Pakistán, en mayo de 2011, permiten aprehender con particular rotundidad lo que, en definitiva, tiene o se percibe tiene el EI que en estos momentos no tiene o se percibe no tiene aquella. En noviembre de 2001, apenas dos meses después de los atentados de Nueva York y Washington —de los que ahora se cumplen 13 años—, dirigiéndose a unos partidarios suyos reunidos en la localidad afgana de Kandahar, afirmó: “Cuando la gente ve un caballo fuerte y un caballo débil, preferirá el caballo fuerte”.
Ambas organizaciones mantienen una gran rivalidad por la hegemonía yihadista
Ese éxito y esas expectativas de éxito atribuidas al EI refuerzan extraordinariamente las motivaciones individuales para la implicación en actividades yihadistas basadas en criterios de racionalidad. Este tipo de motivaciones se interiorizan mediante el proceso de radicalización, a lo largo del cual se adquieren las actitudes y creencias propias del salafismo yihadista, que justifican en términos tanto morales como utilitarios el uso de la violencia y el terrorismo, supuestamente para defender y expandir el islam. Al Qaeda ha subrayado la utilidad del terrorismo en relación con, por ejemplo, las consecuencias económicas o políticas que imputa a atentados tan letales como los del 11-S o el 11-M, pero la brutal implantación del califato hecha por el EI está superando esas y otras manifestaciones.
El EI tampoco deja de fomentar, con su narrativa y con sus actos, un acendrado odio hacia quienes cataloga como infieles o apóstatas. Ni cesa en el empeño de trocar en sentimientos de humillación asociados con la condición islámica las injusticias y las frustraciones que por otras razones aquejan a grandes segmentos de las poblaciones musulmanas. Estas pasiones inducidas agitan en estos momentos, mucho mejor de cuanto lo viene haciendo Al Qaeda, las motivaciones emocionales para contribuir a la yihad neosalafista que hace suya la minoría —eso sí, estadísticamente más que significativa— de musulmanes radicalizados, principal pero no exclusivamente jóvenes, una porción de los cuales termina optando por la militancia.
En nuestro entorno europeo, la movilización yihadista relacionada con el EI afecta mucho más a naciones como por ejemplo Francia, Reino Unido, Alemania, Bélgica o Países Bajos, donde la población musulmana está básicamente compuesta por descendientes de inmigrantes procedentes de países islámicos, las llamadas segundas o incluso terceras generaciones. Ello sugiere que dicha movilización incide muy especialmente sobre jóvenes que atraviesan por una crisis de identidad. A este respecto también, la nación del islam a que tanto ha apelado Al Qaeda es un marco menos atractivo para resolver en clave yihadista ese tipo de crisis que la adscripción al califato propuesta por el EI.
En suma, lo que Al Qaeda central y sus extensiones territoriales ofrecen a jóvenes musulmanes radicalizados o vulnerables a la radicalización es pertenecer a una organización yihadista que, aunque degradada en su núcleo, mantiene capacidades operativas nada desdeñables en determinadas áreas del mundo islámico y persigue la restauración del califato. Lo que el EI ofrece a esos mismos individuos es algo más. Les ofrece nada menos que formar parte de una sociedad yihadista, de un califato con territorio reducido pero al que sus arquitectos logran dar visos de expansión, de un orden social y político en el que reiniciar sus vidas, incluso emigrando en familia, con un nuevo significado y una nueva identidad colectiva en la que reconocerse a sí mismos y ser reconocidos por los demás.
(*) Fernando Reinares es investigador principal de Terrorismo Internacional en el Real Instituto Elcano y catedrático de Ciencia Política en la Universidad Rey Juan Carlos.
Ilustración: Eva Vázquez.
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Yihad
jueves, 10 de julio de 2014
NOTICIAS DEL IMPERIO
EL PAÍS, Madrid, 10 de julio de 2014
LA CUARTA PÁGINA
Califato y terrorismo global
El Estado Islámico, que se ha despojado de las referencias a Irak y Levante en su nombre, aspira a instaurar un imperio político panislámico en competencia con Al Qaeda por la supremacía en el universo yihadista
Fernando Reinares
¿Estamos ante una resolución tomada por dirigentes de una entidad con liderazgo y estrategia propios o responde a los designios de las autoridades estatales que patrocinan su campaña terrorista? Si se trata de lo primero, ¿es una iniciativa adoptada por yihadistas cuya agenda es predominantemente local y en particular iraquí, o ante un nuevo desarrollo del yihadismo internacional con proyección regional o incluso mundial? Caso de que se trate de lo segundo, ¿es la opción de una organización que intenta ante todo subsistir en el escenario de conflicto armado que conforman Siria e Irak, o que es ya núcleo de una nueva red de terrorismo global?
Empiezo por el primero de estos interrogantes. Durante los dos últimos años han circulado, incluso entre periodistas y comentaristas occidentales dedicados a temas de Oriente Próximo, especulaciones en apariencia racionalistas, unas veces infundadas y otras exageradas, sobre conexiones de la actividad terrorista que tiene lugar en Siria e Irak con los gobernantes de ambos países o de otros de la región, incluyendo a los de la península Arábiga. Especulaciones, por ejemplo, a las que era común relacionar los atentados el EIIL con el beneficio que supuestamente suponían para el régimen de El Asad en Siria. Como si dicha organización yihadista no tuviese una dinámica autónoma respecto al modo en que evolucionara la correlación de fuerzas entre otros contendientes asimismo implicados en la guerra civil que desde 2011 asola ese país.
Especulaciones que también lo eran al presentar al EIIL y sus actividades terroristas como mero producto de los servicios de inteligencia de Arabia Saudí o de patrocinadores que actúan desde otros países del Golfo como Qatar. En este sentido, sin embargo, hay indicios suficientes para considerar verosímil que los extraordinarios avances del EIIL en Siria e Irak se deben en parte al apoyo que esta organización yihadista ha recibido desde esos dos sultanismos. Incluso para sospechar que los servicios de inteligencia saudíes, al menos hasta abril de este mismo año, intentaron manejarla como proyecto de su asistencia encubierta a las facciones extremistas de la oposición siria. Pero la lógica del EIIL no estaba sujeta a la voluntad de quienes imaginaron instrumentalizarla. Menos aún, es obvio, a la de quienes eran vistos como favorecidos por su brutalidad. Al contrario.
El nuevo líder reivindica su autoridad política y religiosa sobre todos los musulmanes
Paso entonces a abordar el segundo interrogante. El EIIL es la tercera denominación consecutiva de una organización yihadista que asumió este nombre en 2013 pero desde 2006 era conocida como Estado Islámico de Irak (EII) y anteriormente como Al Qaeda en la Tierra de los Dos Ríos (AQTDR), fundada en 2004. A lo largo de más de ochos años confinó sus actividades al territorio iraquí. A excepción de un importante atentado suicida perpetrado en noviembre de 2005 en Ammán, que podría relacionarse con el origen jordano de su entonces máximo dirigente, Abu Musab al Zarqaui, no se le habían atribuido otros actos de terrorismo fuera de Irak hasta que empezó a ejecutarlos en Siria. Sin embargo, el mero hecho de que su líder inicial tuviese nacionalidad jordana y que la organización fuera la extensión reconocida de Al Qaeda en Irak indica que su actuación local se enmarcaba en la yihad global.
Por definición, la proclamación de un nuevo califato apenas anunciada por el EIIL reafirma esta orientación internacional, que además trasciende a la de una agenda regional. Para empezar, el EIIL se ha despojado de las referencias a Irak y Levante en su nombre, que ha pasado a ser el de Estado Islámico (EI) sin más. Al tiempo, discusiones doctrinales aparte, aunque los dirigentes del mismo admiten que la extensión de aquel califato queda administrativamente delimitada en estos momentos a un área “de Alepo a Diyala”, alegan que su autoridad política y religiosa “incumbe a todos los musulmanes”, de modo que el califa designado lo es “para los musulmanes en cualquier lugar”.
Es difícil negar que esta iniciativa, cuya aspiración última es instaurar una suerte de imperio político panislámico que incluya al conjunto de territorios en los que, en algún momento de la historia posterior al siglo VII, ha existido dominio musulmán, supone un evidente desarrollo del yihadismo internacional.
La actual rivalidad entre los combatientes en Irak y Al Qaeda podría acabar en cooperación
Esto me lleva al tercero de los interrogantes planteados. Desde la formación de Al Qaeda en 1988, el yihadismo internacional se encuentra estrechamente relacionado con el terrorismo global. Hace poco más de un año, Ayman al Zawahiri, como el emir de esa estructura terrorista que sucedió a Osama bin Laden, rompió su vinculación con el EIIL, organización a la que desposeyó de la condición de rama territorial de Al Qaeda que hasta entonces ostentaba junto a Al Qaeda en la Península Arábiga (AQPA), Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI) y Al Shabab. Pero Al Qaeda y el EIIL, ahora EI, comparten fines aunque discrepan en tácticas y en la secuencia temporal a lo largo de la cual deben alcanzarse. Pero esos objetivos últimos declarados, al margen de otras consideraciones sobre su formulación, son de alcance global, lo que hace que la violencia terrorista a que se recurra con la intención de avanzarlos cumpla con uno de los dos criterios de demarcación del terrorismo global.
El otro criterio de demarcación que permite definir a un terrorismo no ya como transnacional o internacional sino como global, se refiere a la extensión de los actores individuales y colectivos implicados en el mismo, que debe estar en consonancia con aquellos objetivos. Este criterio, que desde hace década y media satisface la urdimbre terrorista relacionada de uno u otro modo con Al Qaeda, está por ver lo cumpla por sí mismo el EI. No es casual que, inspiradas en una misma ideología, ambas entidades pugnen ahora por la supremacía en el yihadismo global como movimiento. Desde la ruptura entre Al Qaeda y el EIIL, éste ha conseguido recabar el apoyo de distintas organizaciones yihadistas que existen como tales, desde Ansar al Sharia en Libia o Túnez hasta Ansar Bayt al Maqdis en Egypto o Abu Sayaf en Filipinas. Incluso provoca fracturas internas en otras aún asociadas con Al Qaeda. También está concitando la adhesión de una mayoría de los musulmanes radicalizados en el seno de las sociedades occidentales, incluida España.
En el contexto de esta competición entre yihadistas adquiere un especial sentido la proclamación del califato hecha por el EI. Esta iniciativa, presentada literalmente como una “victoria”, al igual que la realidad del control que dicha organización ejerce sobre amplias zonas de Siria e Irak, son difundidas como éxitos que contrastarían con el estancamiento y la relativa escasa notoriedad de Al Qaeda. No debe descartarse, sin embargo, que hechos consumados y llamamientos a la reconciliación dentro del movimiento yihadista internacional conviertan la actual competición en cooperación. Mientras tanto, una posible consecuencia de la rivalidad entre el núcleo de una red de terrorismo global existente y el de otra emergente es que ambas, mientras se esfuerzan por revertir la situación y consolidar ventajas respectivamente, traten de movilizar apoyos en su común población de referencia exhibiendo determinación y capacidad para ejecutar atentados espectaculares en o contra Occidente.
(*) Fernando Reinares es investigador principal en el Real Instituto Elcano y catedrático en la Universidad Rey Juan Carlos. Actualmente imparte un curso de posgrado sobre terrorismo global en la Universidad de Georgetown, en Washington.
Ilustración: Eduardo Estrada.
LA CUARTA PÁGINA
Califato y terrorismo global
El Estado Islámico, que se ha despojado de las referencias a Irak y Levante en su nombre, aspira a instaurar un imperio político panislámico en competencia con Al Qaeda por la supremacía en el universo yihadista
Fernando Reinares
¿Estamos ante una resolución tomada por dirigentes de una entidad con liderazgo y estrategia propios o responde a los designios de las autoridades estatales que patrocinan su campaña terrorista? Si se trata de lo primero, ¿es una iniciativa adoptada por yihadistas cuya agenda es predominantemente local y en particular iraquí, o ante un nuevo desarrollo del yihadismo internacional con proyección regional o incluso mundial? Caso de que se trate de lo segundo, ¿es la opción de una organización que intenta ante todo subsistir en el escenario de conflicto armado que conforman Siria e Irak, o que es ya núcleo de una nueva red de terrorismo global?
Empiezo por el primero de estos interrogantes. Durante los dos últimos años han circulado, incluso entre periodistas y comentaristas occidentales dedicados a temas de Oriente Próximo, especulaciones en apariencia racionalistas, unas veces infundadas y otras exageradas, sobre conexiones de la actividad terrorista que tiene lugar en Siria e Irak con los gobernantes de ambos países o de otros de la región, incluyendo a los de la península Arábiga. Especulaciones, por ejemplo, a las que era común relacionar los atentados el EIIL con el beneficio que supuestamente suponían para el régimen de El Asad en Siria. Como si dicha organización yihadista no tuviese una dinámica autónoma respecto al modo en que evolucionara la correlación de fuerzas entre otros contendientes asimismo implicados en la guerra civil que desde 2011 asola ese país.
Especulaciones que también lo eran al presentar al EIIL y sus actividades terroristas como mero producto de los servicios de inteligencia de Arabia Saudí o de patrocinadores que actúan desde otros países del Golfo como Qatar. En este sentido, sin embargo, hay indicios suficientes para considerar verosímil que los extraordinarios avances del EIIL en Siria e Irak se deben en parte al apoyo que esta organización yihadista ha recibido desde esos dos sultanismos. Incluso para sospechar que los servicios de inteligencia saudíes, al menos hasta abril de este mismo año, intentaron manejarla como proyecto de su asistencia encubierta a las facciones extremistas de la oposición siria. Pero la lógica del EIIL no estaba sujeta a la voluntad de quienes imaginaron instrumentalizarla. Menos aún, es obvio, a la de quienes eran vistos como favorecidos por su brutalidad. Al contrario.
El nuevo líder reivindica su autoridad política y religiosa sobre todos los musulmanes
Paso entonces a abordar el segundo interrogante. El EIIL es la tercera denominación consecutiva de una organización yihadista que asumió este nombre en 2013 pero desde 2006 era conocida como Estado Islámico de Irak (EII) y anteriormente como Al Qaeda en la Tierra de los Dos Ríos (AQTDR), fundada en 2004. A lo largo de más de ochos años confinó sus actividades al territorio iraquí. A excepción de un importante atentado suicida perpetrado en noviembre de 2005 en Ammán, que podría relacionarse con el origen jordano de su entonces máximo dirigente, Abu Musab al Zarqaui, no se le habían atribuido otros actos de terrorismo fuera de Irak hasta que empezó a ejecutarlos en Siria. Sin embargo, el mero hecho de que su líder inicial tuviese nacionalidad jordana y que la organización fuera la extensión reconocida de Al Qaeda en Irak indica que su actuación local se enmarcaba en la yihad global.
Por definición, la proclamación de un nuevo califato apenas anunciada por el EIIL reafirma esta orientación internacional, que además trasciende a la de una agenda regional. Para empezar, el EIIL se ha despojado de las referencias a Irak y Levante en su nombre, que ha pasado a ser el de Estado Islámico (EI) sin más. Al tiempo, discusiones doctrinales aparte, aunque los dirigentes del mismo admiten que la extensión de aquel califato queda administrativamente delimitada en estos momentos a un área “de Alepo a Diyala”, alegan que su autoridad política y religiosa “incumbe a todos los musulmanes”, de modo que el califa designado lo es “para los musulmanes en cualquier lugar”.
Es difícil negar que esta iniciativa, cuya aspiración última es instaurar una suerte de imperio político panislámico que incluya al conjunto de territorios en los que, en algún momento de la historia posterior al siglo VII, ha existido dominio musulmán, supone un evidente desarrollo del yihadismo internacional.
La actual rivalidad entre los combatientes en Irak y Al Qaeda podría acabar en cooperación
Esto me lleva al tercero de los interrogantes planteados. Desde la formación de Al Qaeda en 1988, el yihadismo internacional se encuentra estrechamente relacionado con el terrorismo global. Hace poco más de un año, Ayman al Zawahiri, como el emir de esa estructura terrorista que sucedió a Osama bin Laden, rompió su vinculación con el EIIL, organización a la que desposeyó de la condición de rama territorial de Al Qaeda que hasta entonces ostentaba junto a Al Qaeda en la Península Arábiga (AQPA), Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI) y Al Shabab. Pero Al Qaeda y el EIIL, ahora EI, comparten fines aunque discrepan en tácticas y en la secuencia temporal a lo largo de la cual deben alcanzarse. Pero esos objetivos últimos declarados, al margen de otras consideraciones sobre su formulación, son de alcance global, lo que hace que la violencia terrorista a que se recurra con la intención de avanzarlos cumpla con uno de los dos criterios de demarcación del terrorismo global.
El otro criterio de demarcación que permite definir a un terrorismo no ya como transnacional o internacional sino como global, se refiere a la extensión de los actores individuales y colectivos implicados en el mismo, que debe estar en consonancia con aquellos objetivos. Este criterio, que desde hace década y media satisface la urdimbre terrorista relacionada de uno u otro modo con Al Qaeda, está por ver lo cumpla por sí mismo el EI. No es casual que, inspiradas en una misma ideología, ambas entidades pugnen ahora por la supremacía en el yihadismo global como movimiento. Desde la ruptura entre Al Qaeda y el EIIL, éste ha conseguido recabar el apoyo de distintas organizaciones yihadistas que existen como tales, desde Ansar al Sharia en Libia o Túnez hasta Ansar Bayt al Maqdis en Egypto o Abu Sayaf en Filipinas. Incluso provoca fracturas internas en otras aún asociadas con Al Qaeda. También está concitando la adhesión de una mayoría de los musulmanes radicalizados en el seno de las sociedades occidentales, incluida España.
En el contexto de esta competición entre yihadistas adquiere un especial sentido la proclamación del califato hecha por el EI. Esta iniciativa, presentada literalmente como una “victoria”, al igual que la realidad del control que dicha organización ejerce sobre amplias zonas de Siria e Irak, son difundidas como éxitos que contrastarían con el estancamiento y la relativa escasa notoriedad de Al Qaeda. No debe descartarse, sin embargo, que hechos consumados y llamamientos a la reconciliación dentro del movimiento yihadista internacional conviertan la actual competición en cooperación. Mientras tanto, una posible consecuencia de la rivalidad entre el núcleo de una red de terrorismo global existente y el de otra emergente es que ambas, mientras se esfuerzan por revertir la situación y consolidar ventajas respectivamente, traten de movilizar apoyos en su común población de referencia exhibiendo determinación y capacidad para ejecutar atentados espectaculares en o contra Occidente.
(*) Fernando Reinares es investigador principal en el Real Instituto Elcano y catedrático en la Universidad Rey Juan Carlos. Actualmente imparte un curso de posgrado sobre terrorismo global en la Universidad de Georgetown, en Washington.
Ilustración: Eduardo Estrada.
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viernes, 10 de agosto de 2012
PROBLEMAS INIMAGINABLES
EL PAÍS, Madrid, 12 de Agosto de 2012
LA CUARTA PÁGINA
Condominio ‘yihadista’ en el norte de Mali
Tres organizaciones dictan normas de comportamiento y obligan a una observancia fundamentalista de la "sharía" que contradice el entendimiento tradicional, abierto y tolerante del Islam en el Sahel
Fernando Reinares
Entre abril y junio de este año, tres organizaciones yihadistas han conseguido imponer conjuntamente un dictado rigorista del credo islámico sobre cerca de millón y medio de habitantes en el norte de Mali, vasto territorio desértico de unos 850.000 kilómetros cuadrados flanqueado por Mauritania, Argelia y Níger. Esas tres organizaciones son Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI), el Movimiento para la Unicidad y la Yihad en África Occidental (MUYAO) y Ansar al Din (AD).
No es el primer condominio yihadista, definido como un espacio geográfico en el que varias organizaciones de esa misma orientación ideológica se las arreglan para ejercer al unísono el control de la población mayoritariamente musulmana que lo habita, pues el original data de hace una década y se encuentra en las áreas tribales situadas al noroeste de Pakistán, a más de 7.700 kilómetros de la frontera española. El nuevo se ha formado mucho más cerca, apenas a 1.200 kilómetros de las Islas Canarias, como recientemente ha precisado Ignacio Cembrero en estas mismas páginas.
AQMI, que surgió tras un acuerdo de fusión que formalizaron en septiembre de 2006 los dirigentes del núcleo central de Al Qaeda y los del Grupo Salafista para la Predicación y el Combate (GSPC), de extracción argelina, ha continuado y extendido la penetración de este último en suelo maliense desde 2003.
Una escisión de AQMI, el MUYAO, que se dio a conocer a finales de 2011 con el secuestro de tres cooperantes europeos en Tinduf, incluidos los dos españoles liberados recientemente, tiene una composición algo más multinacional y ha conseguido infiltrarse entre los saharauis, pero adoptando la misma demarcación saheliana como el principal de sus escenarios operativos.
AQMI, AD y MUYAO se han repartido funciones: las militares, hacer cumplir la ‘sharia’ y las relaciones exteriores con Al Qaeda
AD, que se articuló casi al mismo tiempo que este último, está constituida sobre todo, pero no exclusivamente, por militantes tuareg que se desenvuelven bajo la bandera que en su día lo fue tan solo del denominado Estado Islámico de Irak, detrás del cual se encuentran Al Qaeda en Mesopotamia y otros pequeños grupos afines, convertida ahora en estandarte común de los yihadistas activos lo largo y ancho de la región norteafricana.
Pues bien, esas tres organizaciones yihadistas han coordinados sus estrategias y sus esfuerzos desde enero de este año con el propósito de prevalecer sobre cualesquiera otras estructuras de poder existieran o tratasen de ser instauradas en el norte de Mali. Ahora dictan normas salafistas de comportamiento y obligan a una observancia fundamentalista de la sharía o ley islámica que contradice el entendimiento tradicional, abierto y tolerante, que del Islam suelen tener quienes residen en la zona. Sirvan algunos ejemplos para ilustrar lo que está ocurriendo: parejas jóvenes son azotadas públicamente en Gao por tener hijos fuera del matrimonio; antiguos mausoleos de la histórica Tombuctú son presentados como expresiones de idolatría y demolidos con saña; la enseñanza de la filosofía o de la biología, etiquetadas de saberes impíos, se prohíbe en las escuelas de Kidal. Una suerte de policía religiosa patrulla esas ciudades y otras localidades de su entorno, castigando a la gente por hábitos y costumbres que para los yihadistas son pecaminosas.
AQMI, el MUYAO y AD cooperan para afianzar su preponderancia en el norte de Mali. Han erigido allí un condominio yihadista que evoca al de las Áreas Tribales Administradas Federalmente (FATA, por sus siglas en inglés) de Pakistán. Estas últimas son 30 veces menores en tamaño y más que duplican en habitantes al norte de Mali. Pero la clase de condominio yihadista que existe en ese enclave del Sur de Asia, todavía epicentro del terrorismo global, se ha reproducido al otro lado del mundo islámico, en el Sahel. Como en las áreas tribales de Pakistán, entre las organizaciones implicadas en el condominio yihadista del norte de Mali hay jerarquía y división de funciones.
AQMI actúa mediante dos unidades operativas con varios centenares de miembros y mantiene en el área infraestructuras para el adiestramiento. Dirige a AD, considerablemente mayor en número, en su tarea de implementar localmente el orden fundamentalista. AQMI retiene el monopolio de las relaciones externas con el yihadismo global. El MUYAO colabora con AD y es un afiliado subsidiario de AQMI.
Esas tres organizaciones se movilizaron en 2011 con la deliberada intención de aprovechar las oportunidades que surgieran de la última de las recurrentes rebeliones tuareg. En esta ocasión, dotada con un acento más secesionista y promovida por algunos miles de individuos de ese origen étnico que, tras haber servido como oficiales y soldados mercenarios del régimen de Gadafi hasta su quiebra, reubicaron su experiencia y no pocas armas saqueadas del arsenal libio al norte de Mali.
Es un destino atractivo para islamistas radicales de los países vecinos, una fuente de inestabilidad
A medida que su ofensiva avanzaba desde mediados de enero, un golpe de Estado en Bamako contribuyó a erosionar aún más las ya limitadas capacidades contrainsurgentes de los militares malienses. Los separatistas del Movimiento Nacional de Liberación de Azawad (MNLA), como prefieren denominar al norte de Mali, confiados en su superioridad, optaron por aliarse con AD para lograr sus objetivos. Una vez cara a cara, los aliados terminaron por enfrentarse. AD y sus allegados yihadistas, AQMI y el MUYAO, desplazaron al MNLA e impusieron su propia agenda en aquel ámbito.
El establecimiento de un condominio yihadista en esa zona occidental de la franja saheliana significa, en primer lugar, que la puesta en práctica del diseño sociopolítico religiosamente fanático compartido por AQMI, MUYAO y AD inflinge sufrimiento a una población local que ya padece las consecuencias de la sequía y el hambre.
En segundo lugar, significa que el norte de Mali puede convertirse en un destino atractivo para islamistas radicales de los países vecinos y con ello en una fuente de inestabilidad para toda la región mayor de cuanto ya lo es. No en vano se han observado conexiones del terrorismo yihadista en el conjunto de la misma, que relacionan entre sí a las tres organizaciones ya mencionadas y a la nigeriana Boko Haram.
Finalmente, la instauración de un condominio yihadista en el norte de Mali significa que cabe imaginar dicho territorio como un creciente a la par que especialmente serio foco de amenaza terrorista para el mundo occidental en general y los países del sur de Europa en particular. Más en concreto para Francia y España, cuyos ciudadanos e intereses han sido expresamente señalados como blanco.
Es improbable que los habitantes del norte de Mali vayan a desembarazarse del control yihadista sin ayuda externa, al menos a corto plazo. Las protestas de mujeres y jóvenes han sido cruentamente reprimidas por AQMI, el MUYAO y AD. Los dirigentes de estas tres organizaciones yihadistas han contestado con menosprecio a las autoridades religiosas locales que reprueban su plan de aplicación de la ley islámica o la apelación a la yihad como excusa para establecer una nueva concepción del orden social.
Por otra parte, sabemos por experiencia que las soluciones políticas negociadas con actores colectivos de las mismas creencias en otras zonas de conflicto han resultado temporales o imposibles.
Una eventual intervención militar acordada por los países de la Comunidad Económica de Estados de África Occidental (CEDEAO) y respaldada por la Unión Africana (UA) corre no solo el riesgo de un fracaso sino el de producir un efecto de llamada internacional a la yihad. Sin embargo, cuanto más se prolongue la situación actual, menos reversible será.
(*) Fernando Reinares es investigador principal de Terrorismo Internacional en el Real Instituto Elcano, y catedrático de Ciencia Política y Estudios de Seguridad en la Universidad Rey Juan Carlos.
Ilustración: Enrique Flores
LA CUARTA PÁGINA
Condominio ‘yihadista’ en el norte de Mali
Tres organizaciones dictan normas de comportamiento y obligan a una observancia fundamentalista de la "sharía" que contradice el entendimiento tradicional, abierto y tolerante del Islam en el Sahel
Fernando Reinares
Entre abril y junio de este año, tres organizaciones yihadistas han conseguido imponer conjuntamente un dictado rigorista del credo islámico sobre cerca de millón y medio de habitantes en el norte de Mali, vasto territorio desértico de unos 850.000 kilómetros cuadrados flanqueado por Mauritania, Argelia y Níger. Esas tres organizaciones son Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI), el Movimiento para la Unicidad y la Yihad en África Occidental (MUYAO) y Ansar al Din (AD).
No es el primer condominio yihadista, definido como un espacio geográfico en el que varias organizaciones de esa misma orientación ideológica se las arreglan para ejercer al unísono el control de la población mayoritariamente musulmana que lo habita, pues el original data de hace una década y se encuentra en las áreas tribales situadas al noroeste de Pakistán, a más de 7.700 kilómetros de la frontera española. El nuevo se ha formado mucho más cerca, apenas a 1.200 kilómetros de las Islas Canarias, como recientemente ha precisado Ignacio Cembrero en estas mismas páginas.
AQMI, que surgió tras un acuerdo de fusión que formalizaron en septiembre de 2006 los dirigentes del núcleo central de Al Qaeda y los del Grupo Salafista para la Predicación y el Combate (GSPC), de extracción argelina, ha continuado y extendido la penetración de este último en suelo maliense desde 2003.
Una escisión de AQMI, el MUYAO, que se dio a conocer a finales de 2011 con el secuestro de tres cooperantes europeos en Tinduf, incluidos los dos españoles liberados recientemente, tiene una composición algo más multinacional y ha conseguido infiltrarse entre los saharauis, pero adoptando la misma demarcación saheliana como el principal de sus escenarios operativos.
AQMI, AD y MUYAO se han repartido funciones: las militares, hacer cumplir la ‘sharia’ y las relaciones exteriores con Al Qaeda
AD, que se articuló casi al mismo tiempo que este último, está constituida sobre todo, pero no exclusivamente, por militantes tuareg que se desenvuelven bajo la bandera que en su día lo fue tan solo del denominado Estado Islámico de Irak, detrás del cual se encuentran Al Qaeda en Mesopotamia y otros pequeños grupos afines, convertida ahora en estandarte común de los yihadistas activos lo largo y ancho de la región norteafricana.
Pues bien, esas tres organizaciones yihadistas han coordinados sus estrategias y sus esfuerzos desde enero de este año con el propósito de prevalecer sobre cualesquiera otras estructuras de poder existieran o tratasen de ser instauradas en el norte de Mali. Ahora dictan normas salafistas de comportamiento y obligan a una observancia fundamentalista de la sharía o ley islámica que contradice el entendimiento tradicional, abierto y tolerante, que del Islam suelen tener quienes residen en la zona. Sirvan algunos ejemplos para ilustrar lo que está ocurriendo: parejas jóvenes son azotadas públicamente en Gao por tener hijos fuera del matrimonio; antiguos mausoleos de la histórica Tombuctú son presentados como expresiones de idolatría y demolidos con saña; la enseñanza de la filosofía o de la biología, etiquetadas de saberes impíos, se prohíbe en las escuelas de Kidal. Una suerte de policía religiosa patrulla esas ciudades y otras localidades de su entorno, castigando a la gente por hábitos y costumbres que para los yihadistas son pecaminosas.
AQMI, el MUYAO y AD cooperan para afianzar su preponderancia en el norte de Mali. Han erigido allí un condominio yihadista que evoca al de las Áreas Tribales Administradas Federalmente (FATA, por sus siglas en inglés) de Pakistán. Estas últimas son 30 veces menores en tamaño y más que duplican en habitantes al norte de Mali. Pero la clase de condominio yihadista que existe en ese enclave del Sur de Asia, todavía epicentro del terrorismo global, se ha reproducido al otro lado del mundo islámico, en el Sahel. Como en las áreas tribales de Pakistán, entre las organizaciones implicadas en el condominio yihadista del norte de Mali hay jerarquía y división de funciones.
AQMI actúa mediante dos unidades operativas con varios centenares de miembros y mantiene en el área infraestructuras para el adiestramiento. Dirige a AD, considerablemente mayor en número, en su tarea de implementar localmente el orden fundamentalista. AQMI retiene el monopolio de las relaciones externas con el yihadismo global. El MUYAO colabora con AD y es un afiliado subsidiario de AQMI.
Esas tres organizaciones se movilizaron en 2011 con la deliberada intención de aprovechar las oportunidades que surgieran de la última de las recurrentes rebeliones tuareg. En esta ocasión, dotada con un acento más secesionista y promovida por algunos miles de individuos de ese origen étnico que, tras haber servido como oficiales y soldados mercenarios del régimen de Gadafi hasta su quiebra, reubicaron su experiencia y no pocas armas saqueadas del arsenal libio al norte de Mali.
Es un destino atractivo para islamistas radicales de los países vecinos, una fuente de inestabilidad
A medida que su ofensiva avanzaba desde mediados de enero, un golpe de Estado en Bamako contribuyó a erosionar aún más las ya limitadas capacidades contrainsurgentes de los militares malienses. Los separatistas del Movimiento Nacional de Liberación de Azawad (MNLA), como prefieren denominar al norte de Mali, confiados en su superioridad, optaron por aliarse con AD para lograr sus objetivos. Una vez cara a cara, los aliados terminaron por enfrentarse. AD y sus allegados yihadistas, AQMI y el MUYAO, desplazaron al MNLA e impusieron su propia agenda en aquel ámbito.
El establecimiento de un condominio yihadista en esa zona occidental de la franja saheliana significa, en primer lugar, que la puesta en práctica del diseño sociopolítico religiosamente fanático compartido por AQMI, MUYAO y AD inflinge sufrimiento a una población local que ya padece las consecuencias de la sequía y el hambre.
En segundo lugar, significa que el norte de Mali puede convertirse en un destino atractivo para islamistas radicales de los países vecinos y con ello en una fuente de inestabilidad para toda la región mayor de cuanto ya lo es. No en vano se han observado conexiones del terrorismo yihadista en el conjunto de la misma, que relacionan entre sí a las tres organizaciones ya mencionadas y a la nigeriana Boko Haram.
Finalmente, la instauración de un condominio yihadista en el norte de Mali significa que cabe imaginar dicho territorio como un creciente a la par que especialmente serio foco de amenaza terrorista para el mundo occidental en general y los países del sur de Europa en particular. Más en concreto para Francia y España, cuyos ciudadanos e intereses han sido expresamente señalados como blanco.
Es improbable que los habitantes del norte de Mali vayan a desembarazarse del control yihadista sin ayuda externa, al menos a corto plazo. Las protestas de mujeres y jóvenes han sido cruentamente reprimidas por AQMI, el MUYAO y AD. Los dirigentes de estas tres organizaciones yihadistas han contestado con menosprecio a las autoridades religiosas locales que reprueban su plan de aplicación de la ley islámica o la apelación a la yihad como excusa para establecer una nueva concepción del orden social.
Por otra parte, sabemos por experiencia que las soluciones políticas negociadas con actores colectivos de las mismas creencias en otras zonas de conflicto han resultado temporales o imposibles.
Una eventual intervención militar acordada por los países de la Comunidad Económica de Estados de África Occidental (CEDEAO) y respaldada por la Unión Africana (UA) corre no solo el riesgo de un fracaso sino el de producir un efecto de llamada internacional a la yihad. Sin embargo, cuanto más se prolongue la situación actual, menos reversible será.
(*) Fernando Reinares es investigador principal de Terrorismo Internacional en el Real Instituto Elcano, y catedrático de Ciencia Política y Estudios de Seguridad en la Universidad Rey Juan Carlos.
Ilustración: Enrique Flores
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