Mostrando entradas con la etiqueta Estatuas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Estatuas. Mostrar todas las entradas
viernes, 1 de mayo de 2015
sábado, 1 de marzo de 2014
ESTATUARIA
Así amanecieron algunas estatuas de Caracas este sábado
Este sábado varias estatuas de próceres venezolanos y personajes ilustres de todo el mundo, ubicadas en Caracas, amanecieron acompañadas de algunas de sus frases célebres en las que se podían observar mensajes centrados en la lucha por la libertad y la no violencia.
Algunas de las frases que pudieron observarse fueron:
- Plaza Miranda Los Palos Grandes: “La tiranía no puede reinar sino sobre la ignorancia de los pueblos” – Francisco de Miranda.
- Plaza Miranda Petare: “Entre las diversas maneras de matar la libertad no hay ninguna más homicida para la república que la impunidad del crimen” – Francisco de Miranda.
- Plaza Sucre Petare: “Maldito sea el Soldado que vuelva las armas contra su pueblo” – Simón Bolívar.
- Plaza Andrés Bello Av. Trujillo: “Otra vez con cadenas y muerte amenaza el Tirano” – Andrés Bello.
-Plaza Salvador Allende – Frente a la UCV: “La historia es nuestra y la hacen los pueblos” – Salvador Allende.
-Plaza las Tres Gracias – Frente a la UCV: “Sin patria libre para que quiero esposo” – Luisa Cáceres de Arismendi.
- Plaza Brión – Chacaito: “La libertad no puede ser fecunda para los pueblos que tienen la frente manchada de sangre” – José Martí.
- Plaza Baden-Powell – Campo Alegre: “La felicidad no se consigue sentándose a esperarla” – Baden-Powell.
- Plaza Lincoln – Bello Monte: “Los que niegan la libertad a los demás no se la merecen ellos mismos” – Abraham Lincoln.
- Plaza Auyantepui – Bello Monte: “Maldito el soldado que apunta el fusil a su pueblo” – Simón Bolívar.
http://veusnoticias.com/asi-amanecieron-algunas-estatuas-de-caracas-este-sabado-fotos/
Este sábado varias estatuas de próceres venezolanos y personajes ilustres de todo el mundo, ubicadas en Caracas, amanecieron acompañadas de algunas de sus frases célebres en las que se podían observar mensajes centrados en la lucha por la libertad y la no violencia.
Algunas de las frases que pudieron observarse fueron:
- Plaza Miranda Los Palos Grandes: “La tiranía no puede reinar sino sobre la ignorancia de los pueblos” – Francisco de Miranda.
- Plaza Miranda Petare: “Entre las diversas maneras de matar la libertad no hay ninguna más homicida para la república que la impunidad del crimen” – Francisco de Miranda.
- Plaza Sucre Petare: “Maldito sea el Soldado que vuelva las armas contra su pueblo” – Simón Bolívar.
- Plaza Andrés Bello Av. Trujillo: “Otra vez con cadenas y muerte amenaza el Tirano” – Andrés Bello.
-Plaza Salvador Allende – Frente a la UCV: “La historia es nuestra y la hacen los pueblos” – Salvador Allende.
-Plaza las Tres Gracias – Frente a la UCV: “Sin patria libre para que quiero esposo” – Luisa Cáceres de Arismendi.
- Plaza Brión – Chacaito: “La libertad no puede ser fecunda para los pueblos que tienen la frente manchada de sangre” – José Martí.
- Plaza Baden-Powell – Campo Alegre: “La felicidad no se consigue sentándose a esperarla” – Baden-Powell.
- Plaza Lincoln – Bello Monte: “Los que niegan la libertad a los demás no se la merecen ellos mismos” – Abraham Lincoln.
- Plaza Auyantepui – Bello Monte: “Maldito el soldado que apunta el fusil a su pueblo” – Simón Bolívar.
http://veusnoticias.com/asi-amanecieron-algunas-estatuas-de-caracas-este-sabado-fotos/
Etiquetas:
Caracas,
Estatuas,
Protesta,
Protesta estudiantil
domingo, 15 de septiembre de 2013
ESTATÚISTICA
EL NACIONAL - Domingo 08 de Septiembre de 2013 Siete Días/6
Lo que dicen las estatuas
Estatuas de un mismo personaje que se multiplican, títulos rimbombantes, despliegues de poder.
En Costa Rica sería impensable que el presidente saliera a la calle con una caravana de 15 vehículos llenos de guardias armados
SERGIO RAMÍREZ
Al recorrer a pie el viejo San José donde viví por tantos años, voy encontrándome en los parques y plazas con las estatuas de los próceres modernos de Costa Rica, que adornan el paisaje urbano, y cívico, de la ciudad. Algunas me eran conocidas, como la de Rafael Ángel Calderón Guardia, que sigue frente al edificio de la Caja Costarricense del Seguro Social, fundada por él gracias a una rara conjunción de planetas, pues para darle al país una nueva legislación laboral a comienzos de los años cuarenta del siglo pasado, contó con el respaldo del arzobispo, monseñor Víctor Manuel Sanabria, y del jefe del Partido Comunista, Manuel Mora. Otras me resultan novedosas, aunque ya tuvieran tiempo de estar allí, como la del presidente Daniel Oduber, inaugurada en 1998, que se alza en la frontera entre el parque España y el parque Morazán.
La de Pepe Figueres, dos veces presidente, que abolió el ejército tras el triunfo de la revolución democrática que encabezó en 1948, fue develada también en 1998. Medía tres metros, medio metro menos que la de Oduber, y fue retirada de la plaza de la Democracia en 2006. Desde entonces aguarda su reinstalación en una bodega municipal adonde fue confinada bajo el alegato de que los vándalos no la dejaban en paz, o de que Pepe merecía otra mejor.
Pero que esté al aire libre, a la vista pública, o en la clausura de un almacén, es algo que no parece inquietar a la opinión pública.
Próceres antiguos y contemporáneos se reparten en Costa Rica los honores que las ordenanzas municipales les deparan, sin alardes ni exageraciones. Estuve en la ciudad de San Ramón, donde nacieron tres presidentes, José Acosta, Figueres y Francisco Orlich, y se les recuerda en sordina, un pequeño museo, alguna escuela que lleva sus nombres. El culto ciudadano guarda su equilibrio, como todo en este país. En la estatua ahora embodegada, el escultor representó a Pepe vestido en mangas de camisa, no de militar, que lo fue efímeramente. Que no esté ahora en ninguna plaza, no es inquietante. Si estuviera en todas, sí lo sería.
Estatuas de un mismo personaje que se multiplican, títulos rimbombantes, despliegues de poder. En Costa Rica sería impensable que el presidente saliera a la calle con una caravana de 15 vehículos llenos de guardias armados hasta los dientes, sirenas, motocicletas abriendo vía, y hasta una ambulancia. No es leyenda que al presidente Otilio Ulate lo atropelló un ciclista cruzando la calle, porque solía andar a pie, sin guardaespaldas.
En 1956 se celebró en Panamá una cumbre de presidentes americanos, en la que participó Eisenhower. Era un verdadero zoológico: el generalísimo Trujillo de la República Dominicana, el general Somoza de Nicaragua, el general Batista de Cuba, el general Pérez Jiménez de Venezuela, el general Rojas Pinilla de Colombia, el coronel Castillo Armas de Guatemala... todos llegados al poder por golpes de Estado.
Figueres, una rareza entre aquella constelación de quepis y charreteras, se negó a darle la mano a Somoza, que poco antes había hecho develar su gigantesca estatua ecuestre en Managua, una estatua de Mussolini guardada en un almacén en Roma, comprada de remate, y a la que sólo cambiaron la cabeza, según la tradición oral. "Somoza develiza la estatua de Somoza en el estadio Somoza", dice el epigrama de Ernesto Cardenal. Ya se sabe que fue derribada de su pedestal el 19 de julio de 1979 y los pedazos de bronce fueron arrastrados por las calles de Managua.
En poco tiempo, empezando por Somoza que cayó abatido ese mismo año por las balas del poeta Rigoberto López Pérez, no quedaría en el paisaje ninguno de los felices gorilas de aquel aquelarre de Panamá. El último en desaparecer fue el generalísimo Trujillo, quien murió asesinado en 1961. Hasta entonces, la capital de la República Dominicana se llamaba Ciudad Trujillo, y entre su extensa lista de títulos se contaban los de Padre de la Patria Nueva, Genio de la Paz, Campeón Invicto del Pueblo, y Protector de todos los Obreros. También era obligatorio estudiar su pensamiento en cátedras universitarias e institutos de investigación.
El viejo Somoza no le iba a la saga. Era el Arquitecto de la Democracia, el Gran Pacificador de Nicaragua, el Adalid del Progreso, y tampoco desperdiciaba las fechas de guardar; el 30 de mayo pasó a ser el día de la madre, porque era el cumpleaños de su suegra, Casimira Debayle, y el 27 de mayo el día del ejército, porque era el natalicio de su esposa, Salvadora Debayle. Su hijo Anastasio, el último de la dinastía, era el Huracán de la Paz; Pedro Joaquín Chamorro, para desafiarlo humorísticamente, le envió una vez un telegrama en el que consignaba todos sus títulos, no menos de 30; y su lema era "Somoza for Ever", porque creía en la necesidad de su eternidad en el poder. Una necesidad para la prosperidad de la patria, para la prosperidad de sus múltiples negocios y para la prosperidad de su familia.
Es así como dice el epigrama de Cardenal, los dictadores se erigen estatuas a sí mismos, y ellos mismos las develan. Creen que esas estatuas van a seguir allí por los siglos venideros, recordando su grandeza. Es una suerte de inseguridad encubierta, buscar como afirmarse en efigies, imágenes que están por todos lados, que asaltan la vista desde todas partes, como si multiplicarse fuera una necesidad que nace de la convicción perturbadora e insoslayable de que nadie es eterno, por mucho que quien manda a fundirse en bronce, o a desplegar su figura en gigantografías y vallas de carretera pretenda aparentar que la eternidad es suya, otra más de sus posesiones terrenas.
Pepe Figueres sabía bien que no es necesario estar subido a un pedestal para quedarse para siempre, porque la memoria viene a ser la mejor plaza para vivir en ella.
Lo que dicen las estatuas
Estatuas de un mismo personaje que se multiplican, títulos rimbombantes, despliegues de poder.
En Costa Rica sería impensable que el presidente saliera a la calle con una caravana de 15 vehículos llenos de guardias armados
SERGIO RAMÍREZ
Al recorrer a pie el viejo San José donde viví por tantos años, voy encontrándome en los parques y plazas con las estatuas de los próceres modernos de Costa Rica, que adornan el paisaje urbano, y cívico, de la ciudad. Algunas me eran conocidas, como la de Rafael Ángel Calderón Guardia, que sigue frente al edificio de la Caja Costarricense del Seguro Social, fundada por él gracias a una rara conjunción de planetas, pues para darle al país una nueva legislación laboral a comienzos de los años cuarenta del siglo pasado, contó con el respaldo del arzobispo, monseñor Víctor Manuel Sanabria, y del jefe del Partido Comunista, Manuel Mora. Otras me resultan novedosas, aunque ya tuvieran tiempo de estar allí, como la del presidente Daniel Oduber, inaugurada en 1998, que se alza en la frontera entre el parque España y el parque Morazán.
La de Pepe Figueres, dos veces presidente, que abolió el ejército tras el triunfo de la revolución democrática que encabezó en 1948, fue develada también en 1998. Medía tres metros, medio metro menos que la de Oduber, y fue retirada de la plaza de la Democracia en 2006. Desde entonces aguarda su reinstalación en una bodega municipal adonde fue confinada bajo el alegato de que los vándalos no la dejaban en paz, o de que Pepe merecía otra mejor.
Pero que esté al aire libre, a la vista pública, o en la clausura de un almacén, es algo que no parece inquietar a la opinión pública.
Próceres antiguos y contemporáneos se reparten en Costa Rica los honores que las ordenanzas municipales les deparan, sin alardes ni exageraciones. Estuve en la ciudad de San Ramón, donde nacieron tres presidentes, José Acosta, Figueres y Francisco Orlich, y se les recuerda en sordina, un pequeño museo, alguna escuela que lleva sus nombres. El culto ciudadano guarda su equilibrio, como todo en este país. En la estatua ahora embodegada, el escultor representó a Pepe vestido en mangas de camisa, no de militar, que lo fue efímeramente. Que no esté ahora en ninguna plaza, no es inquietante. Si estuviera en todas, sí lo sería.
Estatuas de un mismo personaje que se multiplican, títulos rimbombantes, despliegues de poder. En Costa Rica sería impensable que el presidente saliera a la calle con una caravana de 15 vehículos llenos de guardias armados hasta los dientes, sirenas, motocicletas abriendo vía, y hasta una ambulancia. No es leyenda que al presidente Otilio Ulate lo atropelló un ciclista cruzando la calle, porque solía andar a pie, sin guardaespaldas.
En 1956 se celebró en Panamá una cumbre de presidentes americanos, en la que participó Eisenhower. Era un verdadero zoológico: el generalísimo Trujillo de la República Dominicana, el general Somoza de Nicaragua, el general Batista de Cuba, el general Pérez Jiménez de Venezuela, el general Rojas Pinilla de Colombia, el coronel Castillo Armas de Guatemala... todos llegados al poder por golpes de Estado.
Figueres, una rareza entre aquella constelación de quepis y charreteras, se negó a darle la mano a Somoza, que poco antes había hecho develar su gigantesca estatua ecuestre en Managua, una estatua de Mussolini guardada en un almacén en Roma, comprada de remate, y a la que sólo cambiaron la cabeza, según la tradición oral. "Somoza develiza la estatua de Somoza en el estadio Somoza", dice el epigrama de Ernesto Cardenal. Ya se sabe que fue derribada de su pedestal el 19 de julio de 1979 y los pedazos de bronce fueron arrastrados por las calles de Managua.
En poco tiempo, empezando por Somoza que cayó abatido ese mismo año por las balas del poeta Rigoberto López Pérez, no quedaría en el paisaje ninguno de los felices gorilas de aquel aquelarre de Panamá. El último en desaparecer fue el generalísimo Trujillo, quien murió asesinado en 1961. Hasta entonces, la capital de la República Dominicana se llamaba Ciudad Trujillo, y entre su extensa lista de títulos se contaban los de Padre de la Patria Nueva, Genio de la Paz, Campeón Invicto del Pueblo, y Protector de todos los Obreros. También era obligatorio estudiar su pensamiento en cátedras universitarias e institutos de investigación.
El viejo Somoza no le iba a la saga. Era el Arquitecto de la Democracia, el Gran Pacificador de Nicaragua, el Adalid del Progreso, y tampoco desperdiciaba las fechas de guardar; el 30 de mayo pasó a ser el día de la madre, porque era el cumpleaños de su suegra, Casimira Debayle, y el 27 de mayo el día del ejército, porque era el natalicio de su esposa, Salvadora Debayle. Su hijo Anastasio, el último de la dinastía, era el Huracán de la Paz; Pedro Joaquín Chamorro, para desafiarlo humorísticamente, le envió una vez un telegrama en el que consignaba todos sus títulos, no menos de 30; y su lema era "Somoza for Ever", porque creía en la necesidad de su eternidad en el poder. Una necesidad para la prosperidad de la patria, para la prosperidad de sus múltiples negocios y para la prosperidad de su familia.
Es así como dice el epigrama de Cardenal, los dictadores se erigen estatuas a sí mismos, y ellos mismos las develan. Creen que esas estatuas van a seguir allí por los siglos venideros, recordando su grandeza. Es una suerte de inseguridad encubierta, buscar como afirmarse en efigies, imágenes que están por todos lados, que asaltan la vista desde todas partes, como si multiplicarse fuera una necesidad que nace de la convicción perturbadora e insoslayable de que nadie es eterno, por mucho que quien manda a fundirse en bronce, o a desplegar su figura en gigantografías y vallas de carretera pretenda aparentar que la eternidad es suya, otra más de sus posesiones terrenas.
Pepe Figueres sabía bien que no es necesario estar subido a un pedestal para quedarse para siempre, porque la memoria viene a ser la mejor plaza para vivir en ella.
Etiquetas:
Estatuas,
Estatúistica,
José Figueres,
Sergio Ramírez,
Urbanismo
Suscribirse a:
Entradas (Atom)