Mostrando entradas con la etiqueta Democracia participativa. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Democracia participativa. Mostrar todas las entradas

domingo, 10 de abril de 2016

LO QUE VIENE LISO, TRAE ... ARRUGAS

EL PAÍS, Madrid, 6 de abril de 2016
TRIBUNA
El mito de la democracia participativa
Dedicarse a la gestión de lo público significa asumir las responsabilidades de tomar decisiones, acertar o equivocarse.
Joan Fontrodona

Imaginémonos que estamos dentro de un avión, preparados para iniciar el vuelo, cuando por la megafonía del avión oímos el siguiente mensaje: “Señoras y señores pasajeros. Bienvenidos a bordo. Les habla el comandante. Hemos decidido que este avión va a ser tripulado democráticamente. Así que, por favor, díganme cómo debo mover los mandos de la cabina, porque vamos a hacer lo que ustedes nos digan”. Seguramente la primera reacción será la de decirle al comandante que abra las puertas porque nos bajamos.
Esta anécdota se la oí contar muchas veces a un profesor mío, que la utilizaba para ilustrar que, aunque podamos estar de acuerdo en que la democracia es el mejor sistema para gobernar sociedades, no significa que todas las comunidades humanas deban ser gobernadas democráticamente.
En los últimos tiempos parece que se ha puesto de moda la democracia asamblearia, y la necesidad de someter a plebiscito cualquier medida que pueda resultar conflictiva o impopular. Tengo mis dudas de si tal ejercicio no será más bien una estratagema de quienes tienen el poder para escabullirse de sus responsabilidades.
Se ha puesto de moda la democracia asamblearia, y la necesidad de someter a plebiscito cualquier medida que pueda resultar conflictiva o impopular
En un sistema democrático, cada determinado número de años los miembros de esa sociedad que tenemos derecho a votar acudimos a las urnas para elegir a nuestros representantes y a quienes van a asumir las tareas de gobierno. Los candidatos acuden con sus propuestas y programas, y los electores, con unas reglas de elección claras y prefijadas, decidimos a quienes damos esa responsabilidad.
Pero luego, en la toma de decisiones diarias, los ciudadanos no tenemos la información suficiente, ni los criterios para ponderar esa información como para poder tomar una decisión razonable y razonada. Para eso están quienes dijeron que querían gobernar y que iban a dedicarse a ello si les dábamos nuestra confianza.
Cada vez que veo a algún cargo público diciendo que una determinada decisión -ya sea ver por dónde pasa el tranvía, con quien se alía o a cuántos refugiados acoge- no puede tomarla él, sino que debe preguntarse a toda la ciudadanía, me entran ganas de decirle como al comandante del avión: “Oiga, ¡yo le he pagado para que sea usted el que pilote la nave! Así que cumpla usted con su obligación, que yo ya he cumplido con la mía”.
Dedicarse a la gestión de lo público significa asumir las responsabilidades de tomar decisiones, acertar o equivocarse. Esconderse tras las faldas de un plebiscito para evitar tomas decisiones impopulares o como estrategia para proteger los propios intereses demuestra –más que una alta sensibilidad democrática- una falta de coraje preocupante. Tiene poco de política y mucho de demagogia.
(*) Joan Fontrodona es profesor de Ética Empresarial. IESE Business School
Fuente: http://elpais.com/elpais/2016/04/05/opinion/1459848919_442487.html

viernes, 21 de mayo de 2010

Del formulismo como régimen



La democracia participativa formal
Luis Barragán


La vieja crítica a la democracia representativa, hoy adquiere renovadas fuerzas a propósito de la participativa. La sencilla distinción entre lo dicho o sugerido por el papel y la realidad práctica de cada día, muy bien puede fundar el discurso incendiario que parece anidar y anida en todos los ámbitos y rincones del país.

El estudio pormenorizado o el paseo a volandillas por la Constitución de 1999, revela toda la manipulación que ha hecho el régimen de una bandera que, por cierto, originalmente no le pertenece. Y, lo que es peor, puede ocurrir que las más representativas de las democracias en el mundo, sean eficaz y convincentemente más participadas que la nuestra.

El proceso de formación de las leyes, a lo largo de la década, ejemplifica muy bien cuán formal es el protagonismo participatorio del que se ufana el gobierno nacional, pues, a la hora de trabajar un determinado proyecto, aparecen – en el mejor de los casos – sendas fundaciones a la medida para cumplir con la fórmula de consulta. Semejante artificio o prefabricación está en el fondo del llamado “parlamentarismo social de calle”, con poco o ningún disimulo en el caso de las superhabilitaciones del Ejecutivo Nacional.

El impuntual proceso revocatorio del mandato presidencial, postergado y obstaculizado – recordemos – por Chávez Frías hasta que lo autorizara la costosa democracia de sondeos que lo inspira, ilustra muy bien la materia. Mayor bofetada fue la derrota de la reforma constitucional oficialista por diciembre de 2010, convertida en un triunfo con la unilateral, inconsulta y descarada aprobado del plan de desarrollo económico y social por una Asamblea Nacional que resultó de una altísima abstención en los comicios de 2005.

Se dice del fenómeno de la comunalidad, pero es sabido hasta el hartazgo el condicionamiento financiero que le impone el poder central, eje de toda decisión por más distante, extraño y apartado que sea el lugar donde surgen los problemas. Por no citar vicisitudes como la del principal partido de gobierno que, por añadidura, nominó determinados nombres al parlamento, pero encontró el veto público e inmediato del que es su presidente y, a la vez, jefe de Estado, jefe de Gobierno, Comandante en Jefe de la Fuerza Armada Nacional, jefe de la Hacienda Pública Nacional, etc.

La plebiscitación es el único instituto fortalecido, además, por el erario público y demás recursos materiales o simbólicos del Estado. La democracia directa en curso, más espectacularizada que subversiva, tiene poco de Rosseau o Schumpeter, por la participación ciudadana o la funcionalidad que puede adquirir, ni siquiera hallando una representación en el proletariado del que no se atreve a hacer mucha bulla el socialismo estrafalario que lo ha contaminado, camino a su desaparición real.

No hay representación, sin participación y viceversa. Democracia representativa participada, democracia participativa representada.

Fuente: http://www.analitica.com/va/politica/opinion/6108825.asp
Fotografía: Raúl Romero, marcha opositora Caracas (El Nacional/Caracas, 24/01/10)