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domingo, 14 de enero de 2018

EL BISTURÍ SOBRE EL IMAGINARIO

La maldición del pasado
Luis Barragán

Cierto, no era el país que todavía soñamos, aunque – sin lugar a dudas – incomparablemente fue mejor respecto al que hoy tenemos. Valga el ejemplo del profundamente conmovido por los sucesos del Caracazo que ha manipulado hasta la saciedad el único gobierno que ha tenido la nueva centuria, pues, bajo las expectativas del aumento de la gasolina en apenas pocos céntimos, abastecidos – faltando poco – con distintas marcas de un insumo básico, repuesto a los pocos días el que faltaba,  y con una inflación que ascendió luego a 100%, viva la exigencia múltiple del respeto del Estado de Derecho, vigente la división de los órganos del Poder Público y reconocido el costo político de la violación de los derechos humanos, el más desavisado de nuestros amables lectores puede realizar el rápido contraste de sus asombros.

Los celebérrimos 40 años quedaron reducidos a una burda y facilona consigna que rápidamente contaminó el lenguaje cotidiano, embutiéndole toda la maldad posible que desembocó en la Venezuela que todavía exhibía la tercera transnacional petrolera más importante del mundo, demasiado lejos de subastar las ahora escasas bolsas de basura – las unas y la otra – que sintetizan la profundidad de nuestros dramas. Operó una maldición de tan extraordinarias quilates que, ahora,  obliga a recuperar nociones y hasta términos tan elementales, como libertad, democracia, paz, convivencia, equidad, desarrollo, antes de uso corriente para toda polémica, por doméstica que fuese. 

Otro ejemplo, encontramos por casualidad un reportaje de Euro Fuenmayor, cuyo título es revelador: “Ni un solo muerto en Caracas el 31 y el primero y apenas 33 ingresos en todos los hospitales” (El Nacional, Caracas, 02/01/1968). Y, si bien es cierto que contábamos con una menor cantidad de población, no menos lo es que un escolar ejercicio aritmético no ofrece siquiera una aproximación a la actual y escandalosamente desproporcionada cantidad de muertes injustas, prematuras y violentas que el Estado cuida de no publicar con un celo semejante al silencio de los números que dibujan la hiperinflación; valga la coletilla, sobrando los comentarios, después Víctor Manuel Reinoso publica otro reportaje, en el mismo diario, que versa sobre “los 13 mil hombres que cuidan (a la) Caracas” de un millón 800 mil habitantes, gracias a a los servicios de seis entidades policiales y ocho empresas privadas (Ibidem: 04/01/1968).

Se dirá que era la situación de un largo medio siglo atrás, pero coincide con ese período denostado de los 40 de nuestros tormentos que sirvió para legitimar el ascenso de quienes superlativamente elevaron las cifras de muertes por encima de 26 mil en 2017, según el Observatorio Venezolano de la Violencia, cuando despedimos el siglo anterior tan justamente escandalizados por un promedio de cuatro o cinco mil muertes.

Purgando nuestros prejuicios, ese cada vez más remoto pasado que fue tan útil para la demagogia socialista, debe ocupar su adecuado lugar para atender a un presente cada vez más pavoroso. Muy lejos de justificarlo, a pesar de todos los pesares, e,  incluso, juzgando por la novelística de Guillermo Cabrera Infante y hasta por una obra postrera de John Dos Passos, sobre la vida cotidiana de la Cuba de entonces, si Fulgencio Batista representó un mal, los Castro Ruz resultaron endiabladamente peores. No obstante, el sargento que llegó a general, por cierto, homenajeado por el Partido Comunista de Venezuela, en la Caracas que visitó por los años ’40 del XX, ha sido la mejor excusa - junto al imperialismo yanqui - para sostener la dictadura que tozudamente aterroriza a sus víctimas con un regreso ya imposible al batistato, como única fórmula de superación.

Referencia:
Ilustración: Fulgencio Batista, según Raúl Arzubi Borda.  El Nacional, Caracas, 02/01/1959.
14/01/2018: http://guayoyoenletras.net/2018/01/14/la-maldicion-del-pasado/

domingo, 20 de noviembre de 2016

UN DÍA PARTICULAR

Política y antipolítica: Día del Estudiante
Luis Barragán


En las postrimerías de la férrea y, valga subrayar, económicamente exitosa dictadura de Pérez Jiménez, hirvió el estudiantado liceísta caraqueño en una protesta que comprometió a los cursantes de la UCV y UCAB: el Frente Universitario accionó desde la Ciudad  de Villanueva y, aunque no ganó los grandes titulares de la prensa, ésta obviedad no pudo ocultar el masivo descontento de la ciudadanía en todo el país que la gesta muy bien sintetizaba. Según las fuentes, el sector partidista, mejor organizado que otros demasiado incipientes del resto de la sociedad civil, si no enteramente desaparecidos gracias a la represión, articuló las acciones por iniciativa de Héctor Rodríguez Bauza y Mercedes Vargas Medina (PCV), Jesús Carmona y Jesús Petit Da Costa (AD), Enrique Aristeguieta Gramcko y Remberto Uzcátegui (COPEI), aprovechándose de la celebración del Congreso Mundial de Cardiología y la preparación  del Congreso de la Organización Internacional de la Aviación Civil, los cuales garantizaron su inmediata repercusión internacional un 21 de noviembre de 1957.

Un año más tarde, decretado por la Junta de Gobierno, fue celebrado el Día del Estudiante con diferentes actos, ocupando lo más estelares aquellos dirigentes uniformados provenientes de la Cuba que no se adivinaba todavía definitivamente capturada por los hermanos Castro Ruz.  Frecuentemente, era recordado el día según los objetivos tácticos de los sectores marxistas hasta diluirse, en la medida que estos sectores se debilitaban, confiscada la fecha.

Por décadas,  el movimiento estudiantil sufrió una inmensa crisis de la que hay escasos estudios, a pesar de su significación histórica y peso sociológico. Hubo épocas de resurgimiento al lado de otras de franca depresión, en ciclos que interpelan al sistema político mismo. La degradación la emblematizó muy bien el sector de la ultraizquierda que hasta finales del siglo pasado, convirtió la protesta en una banalidad de la violencia que también incidió en la militante desafección política de sus adversarios o supuestos adversarios, acaso, deslumbrados por las promesas de un rápido enriquecimiento: los jóvenes encapuchados y los aspirantes a corredores bursátiles, se dieron la mano en un criminal desprecio hacia la política, lo político y los políticos, contribuyendo con el polvo que nos trajo a estos lodos.

Paradójicamente, el grueso de la llamada generación de los ’80 que hizo vida en la UCV, tildada como boba por Edmundo Chirinos (o su entrevistadora, algo nada claro aún), es la que hoy gobierna y lo hace tal como ocurría en la casa de estudios por entonces: marxistas de convicción, se escondieron tras los bastidores de la causa ecológica, feminista o de cualesquiera otras que hablase de un responsable desempeño gremial, aunque – eso sí – con un ventajoso provecho de la autonomía y del presupuesto universitarios. Al confluir con un sector retrógrado de las Fuerzas Armadas, quedó bien redondeada la diligencia, pues, sostenemos, contribuyeron a ponerle el sello correspondiente a un régimen de vocación totalitaria, absolutamente ineficaz y profundamente corrupto.

Esa generación tiene por elevada característica un sentido morboso de la represión, la que – además – es capaz de utilizar a los presos políticos como rehenes, festejar que un colectivo armado – de acuerdo a la jerga – vuele con un artefacto explosivo los espacios de la universidad y literalmente despoje a las víctimas de sus pertenencias personales, en nombre del amor y de la paz. Días, como el del Estudiante, son propicios para una campaña publicitaria cuando no es posible olvidarlos: alérgicos a la historia, hacen lo imposible para que la política, lo político y los políticos no  vuelvan renovadas a correr por todos los espacios públicos, intentando liquidar al dirigente comprometido en emociones, ideas y acciones, o, a lo sumo, tolerando y estimulando a aquél estúpido que dice adversarlos.
21/11/2016:
http://www.radiowebinformativa.com/opinion/luisbarraganj-politica-y-antipolitica-dia-del-estudiante/