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viernes, 21 de febrero de 2020

FIABILIDAD

¿Qué fue de los ‘nuevos Dylan’?
Diego A. Manrique

Comenzó quizás como cháchara de sobremesa entre capitostes de la industria. Y se convirtió en tendencia algo vergonzante pero real: durante los años setenta del siglo pasado, las grandes discográficas se dedicaron a lanzar, a bombo y platillo, sucesivas encarnaciones del nuevo Bob Dylan.

Aquello iba más allá del típico “culo veo, culo quiero.” Las disqueras habían comprobado que el propio Dylan no era fiable: demasiado dado a los bandazos estilísticos, con pocas dotes para el trato social, presto a desaparecer por largos periodos. Así que tenía sentido buscar un sosias, a poder ser guapo, productivo, disciplinado.

Indagaron y hallaron bastantes candidatos. Así lanzaron a Elliott Murphy, el veterano David Blue, Loudon Wainwright III, John Prine, Steve Forbert, Willie Nile (y si me discuten la raigambre dylaniana del último, les recuerdo que uno de sus más recientes discos se llamaba Positively Bob: Willie Nile sings Bob Dylan). En realidad, tan inmensa era la sombra de Dylan que pocos cantautores posteriores se libraban de su influencia, fuera en las crónicas amorosas, en las denuncias airadas o en los delirios torrenciales. Además, los productores acortaban distancias usando las formulas sonoras patentadas por Tom Wilson o Bob Johnston para arropar a Bob.

Desde luego, los discos resultantes no se anunciaban como “el nuevo Freewheelin’” o “Blonde on blonde para los setenta”. Esas eran pistas implícitas, argumentos coloquiales. El mensaje se transmitía de boca a oreja: ya saben que los periodistas musicales podemos ser (o lo fingimos) muy crédulos. Lo extraordinario es que los promocioneros insistieran a pesar de comprobarse una y otra vez que la etiqueta del nuevo Dylan equivalía al beso de la muerte: artista así etiquetado, artista que terminaba en el cubo del hype.

Con una excepción. Los lectores más atentos ya habrán advertido que en la lista de arriba falta el alumno que terminaría eclipsando al maestro en cuestiones de popularidad, ventas, visibilidad. Springsteen se dejó vender como “el nuevo Dylan de New Jersey”, para contentar a su descubridor en CBS, John Hammond, que había ejercido igual función en el fichaje de Bob.

Como explicó en su discurso en South by SouthWest, Bruce El Cantautor era “un lobo con piel de cordero”. Tras grabar en 1972 Greetings from Asbury Park, New Jersey, al año siguiente –con la bendición de Clive Davis, presidente de la compañía- se recicló en rockero de playa y asfalto con The wild, the innocent and the E Street shuffle. Todavía arrastraba algo de verbosidad dylaniana pero donde realmente coincidía con el chico de Minnesota era en el ansia de inmortalidad, la titánica voluntad de triunfar que exhibía el Dylan que se instaló en Nueva York en 1961.

La astucia, la habilidad para moldearse (incluso, en lo anatómico), la visión de larga distancia…Springsteen tenía más y mejores recursos que el resto de los Nuevos Dylan. Ellos no pudieron subirse a la carroza de oro pero, en general, han disfrutado, disfrutan, de carreras razonables, entre el Héroe de Culto y el Bonito Perdedor.

Pudo ser peor. Pudo ocurrirles algo parecido al nouvel Dylan francés, Jean-Patrick Capdevielle. Este niño de familia bien entró arrasando en 1979 con modismos dylanianos y retórica a lo Springsteen. Por su exceso de arrogancia, oiga, en dos o tres años dilapidó todo el capital acumulado, iniciando una deriva que llega hasta el presente.

Fuente:
https://elpais.com/cultura/2020/02/16/actualidad/1581866857_866359.html
Fotografías: https://www.gettyimages.es/fotos/bob-dylan?family=editorial&sort=mostpopular&phrase=bob%20dylan
Crf.
https://www.youtube.com/watch?v=TEAe_WzYrl0&list=PL2DPXmhwhIriUr_wFz3_Hj-FiKEYf0lmv&index=3

jueves, 9 de junio de 2016

EL BOCÓN

EL NACIONAL, Caracas, 10 de junio de 2016
El bocazas de Lousiville
Ignacio Ávalos

I.
No puedo afirmar que sea un entendido, ni nada que se le parezca. Menos todavía un apasionado, al modo como lo soy del fútbol o del beisbol. Tengo, apenas, la cultura básica requerida para entender sus claves y una modesta afición que fue declinando, hoy en día casi inexistente, siempre llena de remordimientos que me decían que es un deporte que no debiera serlo, porque, larvada o abruptamente, acababa, casi por norma, en tragedia: rostros desfigurados, cerebros descoordinados, lenguas de trapo. Un deporte que se me asomaba como metáfora del canibalismo, un acto de barbarie socialmente aceptado.
II.
No obstante lo anterior (no sé si usted ha oído que el ser humano es contradictorio) he querido recordarlo en estas líneas, tras su muerte la semana pasada. Decidí desempolvar un escrito mío de hace tiempo y recordarlo como el mejor boxeador de su época, quién sabe si de todas las épocas, el que hizo del pugilismo, no obstante su naturaleza, un espectáculo apto para todo público, incluso para señoras y tipos remilgosos y con sentimiento de culpa como yo. En los años setenta nadie, fuese o no dado al pugilismo, pudo dejar de encender la televisión para ver cómo una mole de más de cien kilos flotaba como mariposa y parecía pegar como si acariciara. Ni, tampoco, dejar de verlo fungir de psicólogo hecho en casa, gritando sus profecías intimidantes, vaticinando el round en el que caería el rival. Menos aún, dejar de escuchar sus opiniones políticas, sus ideas respecto a la sociedad blanca que, al paso que lo excluía, pues quién lo mandó a tener la piel oscura, el pelo ensortijado y la nariz chata, pretendía mandarlo al frente de guerra para defender el honor norteamericano, mientras él rehusaba preguntando qué diablos era lo que le habían hecho a él los vietnamitas. En fin, nadie pudo ignorar, compartiéndolos o no, los argumentos que lo convirtieron en musulmán y, a su estilo, en un predicador muy visible de los derechos civiles.
III.
Creo haberle visto todas sus peleas, desde cuando llevaba a cuestas el nombre de Cassius Clay, heredado de sus antepasados esclavos. Más que verlas, las vivía como si yo mismo estuviese montado sobre el ring, asustado frente a las manazas Sonny Liston, adolorido como si a mí también me hubiesen fracturado la mandíbula cuando la pelea con Norton o tirado a la lona en la de Frazier o en la del británico Brian London. Llegué, pues, a sentir pavor por los boxeadores que, como esos tres, tenían buen gancho de izquierda. Me dolió, no sabe usted cuánto, esa mandarria de Foreman golpeando sus costillas y riñones, durante el combate de Zaire, que terminó con su victoria, sufrida y angustiosa, en el octavo round. Volvió a ser campeón mundial.
“El Príncipe del Cielo”, solía llamarlo Norman Mailer, quien fue capaz de escribir un libro de más de trescientas páginas únicamente sobre su refriega con Foreman. ¿O más bien fue Alí, me pregunto, el que fue capaz de dar una exhibición que solo pudo caber en tantas páginas?
IV.
Lamenté verle disminuido por el mal de Parkinson. Verlo durante sus tres últimas décadas de vida con el rostro abotagado por las medicinas, la mirada que no miraba nada, sus movimientos torpes, las manos condenadas a temblar y, sobre todo, su balbuceo frente a los periodistas, él que fue conocido como el Bocazas de Louisville.
Murió Muhammad Alí, el gran boxeador, uno de los mejores de todos los tiempos. Pero, también, el reflejo incómodo del país en el que le tocó vivir, bastante distinto al que ahora tiene a un afroamericano en la Casa Blanca. Su nombre quedará guardado en la historia. Pero no solo por lo que hizo el ring.

Fuente:
http://www.el-nacional.com/ignacio_avalos/bocazas-Lousiville_0_862713881.html
Cfr.
http://mariafsigillo.blogspot.com/2016/06/el-mas-grande-muhammad-ali-visito-en.html
Rafael Díaz Casanova  pregunta sobre el carácter  deportivo del boxeo: http://www.opinionynoticias.com/internacionales/26626-boxeo-ipuede-llamarse-deporte

Breve nota LB: Si mal no recordamos, años atrás, en un artículo de prensa, Joaquín Marta Sosa habló del futuro del boxeo: más en el despliegue técnico y de "toques", como la esgrima, reducidos o inexistentes los golpes fuertes. ¿El modelo? No otro que Alí. Junto a los viajes espaciales, la Guerra de Viet-Nam, los venezolanos de los sesenta y setenta del XX, nos relacionamos con Clay, el bocón y fanfarrón de Clay, incluso, no gustándonos el boxeo.