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miércoles, 27 de julio de 2016
lunes, 26 de mayo de 2014
UNIVERSAL
EL NACIONAL, Caracas, 12 de febrero de 1998
El redescubrimiento de América
Jesús Sanoja Hernández
En Humboldtianas, volumen que reúne artículos y crónicas de Arístides Rojas, recopilados y publicados por Eduardo Rohl, aparece la figura del barón en diferentes momentos y espacios, y acaso haya sido ese libro el mayor reconocimiento que entre nosotros se le haya hecho al ``nuevo Colón''. Humboldt llegó a Caracas al finalizar el siglo XVIII y la abandonó al iniciarse el siglo XIX, cuando emprendió viaje hacia el Orinoco, vía los llanos, para, luego de tocar en San Carlos de Río Negro, seguir hasta la desembocadura del canal de Casiquiare en aquel tramo donde se comunica la cuenca amazónica con la del Orinoco. Fue exploración, no en busca de El Dorado, como las de los conquistadores y aventureros del siglo XVI, incluido Raleigh, sino de la verdad científica, en él no exenta de deleite estético.
De vuelta por la ruta fluvial llegó a Angostura el 13 de junio de 1800, y de allí continuó hacia Cumaná, por El Pao, Cachipo y Nueva Barcelona. Humboldt y Bonpland (en cuyas relaciones por cierto, Ibsen Martínez incursionó a través del recurso teatral) culminaron su expedición por donde la habían comenzado, por ``la primogénita del Continente''. No conocieron, pues, el encuentro del gran río con el Caroní, ni mucho menos la maravillosa deltaica que llevaba las aguas del Orinoco al mar.
La visión de Humboldt -y específicamente la de Venezuela- fue muy distinta a las de Gilij, Gumilla o Caulín, y no sólo por su formación científica, sino porque ya la literatura de viajes se había visto penetrada, en Europa, por el espíritu de investigación y el inventario tan propios del expansionismo de fines del XVIII y comienzos del XIX. Mary Louise Pratt, en su breve ensayo, ``Humboldt y la reinvención de América'' sostiene que ``desde una perspectiva global, los viajes de Humboldt por América y sus escritos coinciden con una coyuntura particular de la expansión capitalista europea donde termina la fase marítima de la exploración y comienza la interior, ``tierra adentro''.
Hasta 1804 Humboldt y Bonpland estuvieron recorriendo territorios americanos. En 1805 el sabio alemán se encontró con un joven venezolano en París ``a quien le abrió los ojos sobre las tareas que le esperaban en Sudamérica. La palabra independencia parecía flotar en el ambiente, y Humboldt opinaba que el futuro estaba ya maduro'' (Christian Herner).
Bolívar no desoyó la advertencia y mientras Humboldt escribía incansablemente los volúmenes del Viaje..., él se preparaba para emprender, también incansablemente, la empresa liberadora. En la Angostura que el alemán había visitado en los días de la Gobernación de Inciarte, aquel Bolívar, diecinueve años después, pronunciaba el discurso que se constituiría en la pieza clave de su pensamiento político. El Orinoco devolvía su curso, mientras cerca del Caroní -el río por Humboldt no avistó- Piar había sellado con éxito la campaña de Guayana.
Fue Bolívar quien llamó a Humboldt el segundo descubridor del Nuevo Mundo. De este no sólo dejaría el mayor y más logrado de los documentos con su extensa relación científica, sino que guardaría cierta memoria para la ciudad avileña, a cuya cima (la Silla de Caracas) habían ascendido él y Bonpland el 2 de enero de 1800. Humboldt se conmovió cuando supo del terremoto que en la semana santa de 1812 asoló a la ciudad.
Acosta Saignes debió explicar cierta vez por qué Humboldt aparecía en una pequeña colección dedicada a relatar vidas de ``los más ilustres venezolanos''. Simplemente era un sabio universal y su Viaje... destacaba cómo ``uno de los libros clásicos de la cultura venezolana''. Palabras inobjetables! Viajar con Humboldt (y Bonpland) es redescubrir, en el túnel del tiempo, a las regiones equinocciales, desde entonces materia de las ciencias más que de la crónica y la fábula.
El redescubrimiento de América
Jesús Sanoja Hernández
En Humboldtianas, volumen que reúne artículos y crónicas de Arístides Rojas, recopilados y publicados por Eduardo Rohl, aparece la figura del barón en diferentes momentos y espacios, y acaso haya sido ese libro el mayor reconocimiento que entre nosotros se le haya hecho al ``nuevo Colón''. Humboldt llegó a Caracas al finalizar el siglo XVIII y la abandonó al iniciarse el siglo XIX, cuando emprendió viaje hacia el Orinoco, vía los llanos, para, luego de tocar en San Carlos de Río Negro, seguir hasta la desembocadura del canal de Casiquiare en aquel tramo donde se comunica la cuenca amazónica con la del Orinoco. Fue exploración, no en busca de El Dorado, como las de los conquistadores y aventureros del siglo XVI, incluido Raleigh, sino de la verdad científica, en él no exenta de deleite estético.
De vuelta por la ruta fluvial llegó a Angostura el 13 de junio de 1800, y de allí continuó hacia Cumaná, por El Pao, Cachipo y Nueva Barcelona. Humboldt y Bonpland (en cuyas relaciones por cierto, Ibsen Martínez incursionó a través del recurso teatral) culminaron su expedición por donde la habían comenzado, por ``la primogénita del Continente''. No conocieron, pues, el encuentro del gran río con el Caroní, ni mucho menos la maravillosa deltaica que llevaba las aguas del Orinoco al mar.
La visión de Humboldt -y específicamente la de Venezuela- fue muy distinta a las de Gilij, Gumilla o Caulín, y no sólo por su formación científica, sino porque ya la literatura de viajes se había visto penetrada, en Europa, por el espíritu de investigación y el inventario tan propios del expansionismo de fines del XVIII y comienzos del XIX. Mary Louise Pratt, en su breve ensayo, ``Humboldt y la reinvención de América'' sostiene que ``desde una perspectiva global, los viajes de Humboldt por América y sus escritos coinciden con una coyuntura particular de la expansión capitalista europea donde termina la fase marítima de la exploración y comienza la interior, ``tierra adentro''.
Hasta 1804 Humboldt y Bonpland estuvieron recorriendo territorios americanos. En 1805 el sabio alemán se encontró con un joven venezolano en París ``a quien le abrió los ojos sobre las tareas que le esperaban en Sudamérica. La palabra independencia parecía flotar en el ambiente, y Humboldt opinaba que el futuro estaba ya maduro'' (Christian Herner).
Bolívar no desoyó la advertencia y mientras Humboldt escribía incansablemente los volúmenes del Viaje..., él se preparaba para emprender, también incansablemente, la empresa liberadora. En la Angostura que el alemán había visitado en los días de la Gobernación de Inciarte, aquel Bolívar, diecinueve años después, pronunciaba el discurso que se constituiría en la pieza clave de su pensamiento político. El Orinoco devolvía su curso, mientras cerca del Caroní -el río por Humboldt no avistó- Piar había sellado con éxito la campaña de Guayana.
Fue Bolívar quien llamó a Humboldt el segundo descubridor del Nuevo Mundo. De este no sólo dejaría el mayor y más logrado de los documentos con su extensa relación científica, sino que guardaría cierta memoria para la ciudad avileña, a cuya cima (la Silla de Caracas) habían ascendido él y Bonpland el 2 de enero de 1800. Humboldt se conmovió cuando supo del terremoto que en la semana santa de 1812 asoló a la ciudad.
Acosta Saignes debió explicar cierta vez por qué Humboldt aparecía en una pequeña colección dedicada a relatar vidas de ``los más ilustres venezolanos''. Simplemente era un sabio universal y su Viaje... destacaba cómo ``uno de los libros clásicos de la cultura venezolana''. Palabras inobjetables! Viajar con Humboldt (y Bonpland) es redescubrir, en el túnel del tiempo, a las regiones equinocciales, desde entonces materia de las ciencias más que de la crónica y la fábula.
martes, 28 de diciembre de 2010
almanaquense

EL NACIONAL - DOMINGO 3 DE ENERO DE 1999 / PAPEL LITERARIO
Saber y sabor del anticuario
JESUS SANOJA HERNANDEZ
Uno de los más hermosos estudios de Enrique Bernardo Núñez es aquel dedicado al "anticuario del Nuevo Mundo", 1944, donde reunió artículos publicados, marzo de aquel año, en diario del que fue asiduo colaborador. Citaba Núñez allí la frase de Martí: "Arístides Rojas, con la América a cuestas", y aunque no fuera América, por lo menos fue Venezuela su carga sentimental e investigativa. Nada, o muy poco, se sabía en sus tiempos acerca del petróleo, pero en alguna parte afirmó que el Orinoco era un "creador de petróleo". Faltaban muchos años para que se descubriera la Faja Petrolífera del Orinoco, inicialmente llamada "bituminosa".
La librería y a la vez editorial "Almacén Rojas", fundada por su padre José María de Rojas, cumplió una labor privilegiada en el resto del siglo y fue punto de tertulia donde concurrieron los primeros entre los de la época. En 1876, en el apogeo guzmancista, Rojas Hermanos editores dio a conocer Un libro en prosa, recopilación miscelánea de 556 páginas. Al acopio de datos y a la variedad de enfoques, el volumen añadía el sabroso estilo que en él era fronterizo entre la tradición y la crónica. Y Crónica de Caracas tituló Enrique Bernardo Núñez una selección de esbozos publicados por Rojas, la mayoría de ellos extraídos de Leyendas históricas de Venezuela, dos volúmenes que habían visto luz en el bienio 1890-1891, pues, como bien advierte Angel Raúl Villasana, tres de ellos pertenecen a otras publicaciones.
Por ejemplo, "El cuadrilátero histórico", estampa de lo que fue el centro de la ciudad, su palpitante corazón de antaño, había sido incluido en el Almanaque Rojas de 1875 y reproducido en sus Estudios históricos, compilación ordenada por el gobierno de Gómez, 1926-1927, e introducida por José E. Machado, a la sazón director de la Biblioteca Nacional y autor de uno de los primeros censos de seudónimos de Venezuela. Los de Rojas fueron "Bibliófilo", "Camilo de la Tours", "Provincial" y "E.D. Aubry".
Para insistir algo en el Almanaque Rojas, que pasó a ser una institución nacional, en él colaboraron escritores e investigadores muy importantes. Treinta años atrás buscaba yo datos acerca de Guayana y tropecé con el correspondiente a 1883, que traía un estudio sobre las minas y ferrocarriles, otro de R.F. Seijas ("El oro del Yuruari: de Caracas a las minas de Guayana") y un tercero firmado por Olegario Meneses (a cuyo tronco familiar perteneció Guillermo). Esos trabajos me sirvieron, así como el libro de Lucien Morisse que más tarde me tocó prologar, para determinar que las Obras científicas de Codazzi, que aparecían en la Biblioteca Nacional bajo la cota V-2664, no eran en realidad de Codazzi sino una de las tantas falsificaciones, imposturas y trampas literarias de Rafael Bolívar Coronado.
Para Luis Beltrán Guerrero, fue Rojas "profesor sin cátedra y discípulo sin pupitre, iniciador del estudio científico de la historia, creador de los estudios arqueológicos" y tal vez algo más, como anticuario que se encargó de explorar en los caminos largos de la tradición.
La reedición que en 1972 la OCI hizo de Leyendas históricas de Venezuela permitió al lector de hoy el acceso a uno de los más bellos libros misceláneos escritos por venezolano alguno. Entre otros materiales, allí encuentra el buceador de crónicas o el visitador de almacén de antigüedades, esto: "La primera taza de café en el Valle de Caracas", retrato además de una tertulia famosísima; "El primer buque de vapor en las costas de Paria", por allá en 1818, días del Congreso de Angostura; "Pasquinadas de la Revolución Venezolana", interesantísimo documento donde la diatriba y el humor de realistas y patriotas afloran en versos anónimos; o "El loro de Atures", uno de sus tantos apuntes humboldtianos recogidos en la selección de Juan Röhl y Angel E. Alamo.
Riquísimo en información agradable por el estilo, entre añorante e imaginativo en su exposición, todo Rojas es un banquete para quien busque visitar los rincones de la historia con el propósito de conocerla sin los tormentos de la épica y sin el desafío del erudito.
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