EL PAÍS, Madrid, 7 de mayo de 2014
Tributo a Gehry, el arquitecto-artista
Anatxu Zabalbeascoa
Con 85 años, diseñando sombreros para Lady Gaga o joyas para Tiffany’s al tiempo que reinventa la capacidad expresiva de los rascacielos, Frank Gehry (Toronto, 1929) es el icono de la arquitectura icónica, el más osado entre los más creativos. Premiarlo con el Príncipe de Asturias de las Artes implica valorar esta disciplina como él mismo siempre la ha defendido: como un arte por encima de cualquier otra implicación o consecuencia. En ese sentido la decisión del jurado es o valiente... o inconsciente. Perpetuando el reconocimiento al componente plástico —por encima de valores sociales o económicos— contrasta con la línea actual de la arquitectura, que busca contactar con la sociedad transformándose en una disciplina más necesaria que visual.
Desde Santa Mónica, en Los Ángeles, Gehry admite que el Príncipe de Asturias es un reconocimiento completo a toda su carrera. Pero señala que el Pritzker que recibió en 1989, antes de diseñar el Guggenheim de Bilbao, fue un premio valiente que a él le sirvió de aliento, reforzó su elección. Asegura estar contento con el galardón “pero espero que no sea el último”, dice por teléfono: “Que quede claro que yo sigo trabajando”.
El Guggenheim Bilbao, una de las grandes obras de Gehry (1997). / Gonzalo Azumendi
Explica que todavía considera el Guggenheim una obra clave en su trayectoria. “Los proyectos son como hijos y el que estás criando en cada momento es el favorito. Pero es cierto que el Guggenheim creyó en mí. Fue fundamental en mi carrera. Espero haber ayudado igualmente a Bilbao”. Tanto es así que, cuenta, el año pasado celebró, el 29 de febrero, su cumpleaños en el museo. “Cenamos allí con políticos y amigos. Fue bonito volver a verlo”. Respecto al nuevo premio, no considera que recibirlo sea un reconocimiento a su manera artística de entender y defender la arquitectura: “ha habido varios arquitectos premiados con el Príncipe de Asturias y cada uno representa una opción. La mía es la artística, pero estoy convencido de que el arte está en los ojos quien mira”.
Con todo, el talentoso autor del museo bilbaíno —posiblemente su mejor trabajo, aunque la crítica estadounidense se inclina por el posterior Auditorio Disney de Los Angeles (2003)— es hoy, indiscutiblemente, una marca. Amigo de cantantes y actores y convertido en “el arquitecto más importante de nuestro tiempo”, según la revista Vanity Fair —que la web Gehry Technologies cita como referencia—, el canadiense ha llegado a ser un personaje de los Simpson (en concreto un arquitecto que veía cómo su auditorio se convertía en prisión) y es conocido, y celebrado, por el gran público. Algo insólito para un proyectista vivo.
La Torre Beekman en Nueva York, inugurada en 2010. / Richard Gray (Cordon)
Afincado en Santa Mónica (California), donde construyó ayudándose de materiales de ferretería su propia vivienda en 1978 —un proyecto que le reportaría fama mundial— Gehry celebró su 82 cumpleaños en Nueva York, en el piso 76 de la Torre Spruce (2010), su primer rascacielos y el primer inmueble que —aceptando la inminente densificación de los centros urbanos— apostó por romper la geometría y llevar una expresión orgánica a las fachadas de los edificios en altura. ¿Qué arquitecto del mundo festejaría su cumpleaños con Bono, el cantante de U2? Aquel 29 de febrero, a sus amigos de siempre, entre ellos el escultor pop Claes Oldenburg o el pintor Chuck Close, se unieron sus compañeros de estatus: la actriz Candice Bergen o el citado Bono. El arquitecto dijo entonces que levantar un rascacielos en Manhattan —“la ciudad a la que mi padre llegó como inmigrante”— era importante para él.
Y es que, a pesar de ser un proyectista sumamente osado, Frank Gehry arrastra una biografía de miedos. Dejó de ser Frank Owen Goldberg para convertirse en Gehry en 1954, cuando tenía 25 años y dos hijas. Y aunque Wikipedia asegura que su primera mujer le impulsó a cambiarse el nombre, él ha explicado que lo hizo por miedo a que esas hijas de su primer matrimonio sufrieran, por ser judías, el acoso que él había padecido de niño en Toronto.
Bodegas y hotel para la firma Marqués del Riscal, en Elciego (Álava), construidos en 2007. / L. RICO
Tras décadas firmando edificios cúbicos y blancos, hijos del movimiento moderno, Gehry encontró su oportunidad transformando su casa. Corrían los últimos años de la década de los setenta, tenía 50 años y se atrevió a ser un arquitecto-artista. Basta verlo trabajar, retorciendo una maqueta en lugar de dibujar un croquis como primera aproximación a un proyecto, para apreciar que siempre ha sido un escultor que estudió arquitectura. El nuevo Gehry fracturó el espacio del Museo Aeroespacial de Los Angeles (1984) y colgó de esa fachada un jet para convertir el edificio en anuncio. Por entonces, el escultor Claes Oldenburg, que había realizado los gigantescos binoculares que singularizaron el edificio para la agencia de publicidad Chiat/Day que Gehry firmó cerca de su casa (hoy llamado Binoculars Building) lo recomendó en Alemania. Allí diseñó el Vitra Design Museum, su primer encargo europeo (1989). Ese edificio revolucionó la productora de muebles hasta el punto de que tiró por tierra el plan general que había encargado a Nicholas Grimshow y pasó a coleccionar los primeros inmuebles europeos de creadores insignes como Zaha Hadid o Tadao Ando. Así, cuando ese mismo año consiguió el premio Pritzker, Gehry aún no había firmado los edificios que le reportarían fama fuera del ámbito arquitectónico y que colocarían a Bilbao entre los destinos del mundo. La ciudad española sacó lo mejor del arquitecto, pero esa valentía tuvo una mala digestión —conocida como efecto Guggenheim— al despertar la envidia de los alcaldes menos imaginativos decididos a inaugurar sus propios monumentos.
Por eso hoy, cuando algunos de sus edificios no encuentran consenso a la hora de ser juzgados como los más creativos o los más torturados, la acusación de autoparodiarse lo persigue en la prensa especializada. Los cuerpos encorsetados del Stata Center (2004) en Cambridge (Massachusetts) recuerdan a la Casa Danzante (1996) que mira al Moldava en Praga. Más allá del alcance del eco estilístico del arquitecto, el Massachusetts Institute of Technology, MIT, lo denunció cuando el mencionado Stata Center se agrietó y se llenó de goteras.
Entre encargos, reconocimiento, premios y críticas, Frank Gehry se ha cansado de repetir que la expresión de sus trabajos no es un capricho sino el resultado de rigurosas investigaciones. Para investigar fundó una empresa que calcula los volúmenes imposibles de proyectos como los suyos. Gehry Technologies ofrece sus servicios a quienes no se conforman con la frialdad moderna. Se podría decir que hoy esa empresa es el laboratorio que, a finales de los 70, fue su propia casa en Santa Mónica. Puede que limitar la expresión plástica llegue a apartar de la arquitectura a talentos creativos como el de Gehry. En cualquier caso, más allá de su efecto, el Guggenheim dejó bien claro que no todo el mundo es capaz de diseñar un Guggenheim.
Fotografía: Gonzalo Azumend, Bodega Marqués de Riscal, en la Rioja alavesa.
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domingo, 11 de mayo de 2014
domingo, 7 de noviembre de 2010
de la más social de todas las arquitecturas

EL PAIS, Madrid, 07 de Noviembre de 2010
REPORTAJE
Habitación con vistas pero económica
Una torre de pisos de protección oficial rompe moldes en la arquitectura social
ANATXU ZABALBEASCOA
Una torre icónica de 75 viviendas sociales que no exprime colores chillones ni atributos pop. Un edificio elegante con vestíbulo de lujo para pisos de protección oficial. La nueva Torre Europa, levantada por Roldán y Berengué en L'Hospitalet de Llobregat, rompe moldes. La duda que asalta al contemplar un inmueble tan optimista y comprobar la tradicional distribución interior de sus pisos, de 69 y 56 metros cuadrados, es si no estaremos, de nuevo, ante un edificio que valora su impacto en la ciudad por encima de su capacidad para mejorar la vida del ciudadano.
Torre Europa es un edificio elegante con vestíbulo de lujo
Para contestar, el arquitecto Miguel Roldán cuenta la visita del general Rommel a la Villa Malaparte, que firmó Adalberto Libera en Capri pero atribuida, en gran parte, a su dueño el escritor Curzio Malaparte. Es este quien describe la visita en su novela La piel. Tras recorrer las habitaciones y la bodega, el novelista ofrece una copa de vino del Vesubio a Rommel y este, cortés, se interesa por la casa y pregunta si la compró ya construida o la diseñó él. Llevándolo del brazo hasta una de las ventanas, el escritor le señala los islotes cercanos y la costa Amalfi a lo lejos y contesta: "La casa la compré. Yo he diseñado lo que usted ve allí fuera".
¿Se pueden diseñar unas vistas? "No somos ni Malaparte ni Libera, pero cada pareja que venga a vivir en estos pisos tendrá un pedazo de perspectiva que llega hasta el delta del Besòs. Se vivirá muy bien". Roldán cuenta que la calidad visual no es automática en una torre de 15 plantas. Que el hecho de que los apartamentos tengan esas vistas tiene que ver con la dimensión y la frecuencia de las ventanas y, al mismo tiempo, con la exposición cuidada de lo doméstico (cocinas, chimeneas, lavaderos y tendederos) en la fachada.
¿No ver el lavadero desde la calle mejora la ciudad o la vida de las personas? Roldán habla de compromiso con el entorno. Dentro, a excepción del perímetro articulado de la fachada que organiza las famosas vistas, y los núcleos técnicos, la distribución es ligera y montada sobre pavimento continuo. Puede transformarse y él pronostica que se hará con frecuencia. Lo que define la vida en estos pisos es la convicción de que una atalaya mejora la vida de la gente. Así, sin hacer elogio de la convención, estos arquitectos han aceptado trabajar con materiales básicos y condiciones genéricas para ensamblarlos de una manera extraordinaria.
Además de impresionar, el juego visual de la fachada obedece al nexo que esta torre tiende entre la tacañería arquitectónica de los antiguos bloques de vivienda del barrio y el despliegue de ideas de la nueva vecina, la Plaza Europa. Se trata de un inmueble en altura que, en realidad, funciona como puente. Las 26 torres del nuevo barrio ideado por Albert Viaplana concentran la edificación para liberar generosos espacios públicos. En esa tesitura, Roldán y Berenguer apostaron por el plano largo. Tomaron las 15 plantas de su edificio de tres en tres para acercarse a los inmuebles de cinco plantas y marcaron en la fachada ventanas de 10 metros para que la percepción del inmueble resultara más rotunda.
El puente no solo se tiende entre barrios, también queda establecido entre épocas, sustituyendo métodos constructivos. Todos los materiales empleados en la construcción de la torre son 100% reciclables y los usados en la fachada -lámina de resinas compactadas suspendidas de una estructura de aluminio- provienen entre un 65% y un 100% de materiales ya reciclados. Sus ocupantes experimentarán el lujo de vivir en el lugar más elegante del barrio y de disponer de un recibidor de hotel de cinco estrellas. En casa, la revolución quedará más allá de las paredes.
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