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domingo, 13 de febrero de 2011

PADURACIONES


Leonardo Padura:
"Siempre me he visto como uno más de los autores cubanos"
Doris Wieser

El escritor cubano Leonardo Padura (1955) discurrió el 8 de noviembre 2004 en la Casa de las Américas de La Habana sobre uno de sus temas favoritos: Alejo Carpentier. Después de su ponencia, que hacía parte de la inauguración del congreso internacional “El siglo de Alejo Carpentier”, tuve la feliz oportunidad de entrevistarlo y cuestionarlo sobre otro de sus temas predilectos: la novela policíaca.

Leonardo Padura se conoce en Cuba no solamente por su narrativa, sino también por sus artículos periodísticos publicados en El caimán barbudo y Juventud rebelde, así como por sus ensayos literarios sobre distintos autores cubanos y latinoamericanos. Actualmente es el autor más popular de Cuba. Su mérito en el campo de la literatura consiste particularmente en haber renovado y reformado el género policíaco en su país. El héroe de su serie de novelas policíacas llamada „Las cuatro estaciones“ (publicada por Tusquets) es el desordenado, frecuentemente borracho, descontento y desencantado Mario Conde, un personaje muy atractivo para el lector porque permite la identificación con él. Gracias al gran éxito de sus libros y a la popularidad del personaje, Padura resolvió continuar la serie después de las cuatro novelas inicialmente planeadas, que son Pasado perfecto (1991), Vientos de cuaresma (1994), Máscaras (1997) y Paisaje de otoño (1998). En el 2003 publica su quinta novela con el Conde, Adiós, Hemingway (por Norma) y actualmente está por terminar la sexta, La neblina del ayer, que saldrá en marzo del 2005 (por Tusquets). Escribió además una novela de confección histórica-detectivesca sobre el primer poeta romántico cubano, José María Heredia, con el título de La novela de mi vida (2002, Tusquets).
Doris Wieser: Usted ya ha escrito cinco novelas policíacas. Sin embargo no parece ser un autor únicamente de género, ya que entre sus novelas cuenta también La novela de mi vida sobre el poeta nacional cubano José María Heredia. Además usted ha llamado sus novelas “falsos policíacos” porque la trama policíaca está en función de decir otras cosas. ¿Si es así, por qué ha preferido la novela policíaca? ¿Qué se puede lograr con este género que no se puede expresar de otra forma?

Leonardo Padura: Bueno, tienes razón. Creo que lo que yo hago es una utilización del género policial más que una escritura del género policial. Uso la palabra “utilizar” porque empleo recursos, formas y estructuras de la novela policial con vistas a tratar de convertir mi literatura en una literatura que - partiendo de una visión muy personal de la realidad cubana - se convierta de alguna manera en un reflejo de lo que ha sido la vida cubana y la sociedad cubana en estos los últimos años. La novela policial tiene para mí una virtud muy grande. Es una literatura que cuando uno la intenta hacer desde una perspectiva literaria - se sabe que hay muchas novelas policiales que escasamente rozan lo literario - pero cuando uno la trata de hacer desde una estructura literaria es un género muy agradecido. Es un género muy literario en sí y tiene además la virtud de que te coloca directamente en un lado de la realidad y de la sociedad que siempre es el más oscuro. La novela policial habla de crímenes, violaciones, robo, habla de lo peor de la sociedad. Y esta virtud para mí es muy importante porque yo quería - y fue lo que pensé desde que escribí Pasado perfecto, la primera novela de esta serie - hacer una literatura que de alguna manera fuera dejando también testimonio de lo que ha sido la vida cubana en estos años. Hay un elemento en la realidad cubana que es muy importante: No existe en Cuba un periodismo que refleje todas las contradicciones de la realidad. El periodismo cubano que se hace dentro de Cuba es un periodismo oficial porque los periódicos pertenecen al estado. Muchas veces, el que se hace fuera de Cuba es un periodismo que trata de buscar lo peor de la sociedad cubana como una manera de promover un estado de ánimo, una idea diferente de Cuba. Y son dos polos que siempre están en antagonismo. Yo quería hablar, desde una realidad que conozco muy bien y desde una perspectiva interior, de este mundo cubano con una visión - como te decía en el principio - personal pero que también fuera en muchos sentidos la visión de mi generación, de las frustraciones, las esperanzas, los desencantos de mi generación. Por eso, de novela policial hay un porciento evidente en estos libros, pero creo que hay mucho más que novela policial. Por eso, yo no me siento un escritor de novela policial aunque haya escrito cinco novelas policiales, como tú bien dices, y esté terminando una sexta - todas con el personaje de Mario Conde por cierto - porque mis intereses realmente nunca están en quién mató a quién, sino en por qué alguien mató a otro, por qué alguien robó, cómo lo hizo. El quién es lo menos importante, el cómo y el porqué son los que más me interesan.

DW: La novela de mi vida imita en algunos aspectos las estructuras de sus novelas policíacas, pensemos en la búsqueda de información a través de entrevistas. ¿Dónde están los límites del género o cuál sería su definición mínima de novela policíaca?

LP: Sí, tienes toda la razón. Aunque no lo parezca yo creo que la más policíaca de mis novelas es La novela de mi vida, porque la búsqueda, la investigación es fundamental en esta novela y además el descubrimiento de los “culpables” (entre comillas) que pueda haber en la historia de Fernando Terry [personaje de la novela, dw], en la historia del propio Heredia y la suerte que sufren los papeles de Heredia en el pasaje en que su hijo que es el personaje protagónico. Yo creo que los límites de la novela policial en estos momentos - no estoy hablando ya de la novela policial clásica estilo Agatha Christie, ni siquiera de la novela policial del hard-boiled americano de Chandler o de Hammett, sino en la novela policial contemporánea - yo creo que los límites se han perdido, que no existe el límite y que lo que puede quedar es una intención de escribir un tipo determinado de novela que tenga características de novela policial. Por ejemplo, uno de los modelos que a mí más me interesan en lo que se pudiera llamar novela policial contemporánea es la literatura de Rubem Fonseca, el escritor brasileño, que no es literatura policial, pero sí es literatura policial, porque es una literatura sobre la ciudad, sobre la violencia, sobre el miedo. Creo que esos son los elementos que me interesan incorporar a mis novelas a pesar de que mi mundo no es el mundo de Rio de Janeiro en que se mueve la literatura de Rubem. Mi intención de utilizar determinado tipo de recursos de la novela policial, sin pensar en límites, es lo que me acerca al género.

Por ejemplo, la novela que estoy escribiendo ahora, La neblina del ayer, - estoy terminando ya los arreglos finales - es una novela en la que el asesinato se produce en la mitad de la novela, es decir, el lector ha leído 150 páginas y no se ha cometido un asesinato. Se presiente que hay algo raro en el pasado, pero en el presente no ha pasado absolutamente nada. Eso rompe todo lo que pasa en una posible novela policial pero el libro sigue siendo a la vez una novela policial. Creo que la gran libertad de la novela policial contemporánea es que permite que tantos autores la estén cultivando viéndola fundamentalmente como literatura urbana, literatura de la violencia, literatura del miedo y de la inseguridad ciudadana. Eso sigue siendo también literatura policial.

DW: La novela policial en Cuba aun tiene una tradición relativamente corta. En los años 70 transportaba sobre todo mensajes políticos. Sin embargo, la literatura cubana en general cada vez se está despolitizando más y el conocido dicho de Fidel Castro de “dentro de la Revolución todo, contra la Revolución nada” está perdiendo su carácter autoritario. ¿Cuál sería, a pesar de esto, la condición especial de la novela policíaca cubana?

LP: Mira, la característica fundamental de la tradicional novela policial cubana que se escribió en los 70, los 80, era su carácter excesivamente político. Era una literatura muy politizada que trataba de reflejar en sus incapacidades - más que en sus capacidades - los problemas de una sociedad que se resolvía favorablemente siempre gracias a la intervención de una policía muy eficiente, de unos órganos de investigación muy concientes de su misión, de su importancia. Esa literatura se politizó tanto que la política terminó por devorarla aunque este peligro se vio desde el principio. Cuando yo comencé a escribir literatura policial, pretendí escribir una novela policial que fuera muy cubana pero que no se pareciera en nada a las novelas policiales cubanas. Yo traté de separarme de esa tradición que sentía y pretendí hacer un análisis mucho más interior de la sociedad cubana, a través de sus personajes, a través de sus carencias, a través de todas estas cosas que nos han acompañado durante todos estos años y que no son precisamente heroicas. Entonces, en el contexto de la narrativa cubana de los 90 mis libros comparten las características de la mayoría de los autores que hemos escrito en estos años. Está ese sentimiento de desencanto, esta nostalgia por un pasado, esta visión un poco apocalíptica de La Habana y de la sociedad cubana, que está presente en los libros de Abilio Estévez, Pedro Juan Gutiérrez, de Jesús Díaz, de tantos autores que han escrito desde Cuba y fuera de Cuba sobre la realidad cubana. Y creo que lo más importante para mí como escritor ha sido no crearme un ghetto, no verme como un escritor que escribe un género y que no comparte las mismas preocupaciones del resto de los autores. Al contrario, siempre me he visto como uno más de los autores cubanos, con la peculiaridad de que escribo novelas que parecen novelas policiales.

DW: ¿En qué medida piensa que su literatura todavía esté sufriendo algunas de las restricciones de la censura?

LP: Mira, yo me siento realmente muy libre de estas restricciones. Yo he tratado, y creo que lo he conseguido, de escribir con estas novelas una crónica bastante descarnada de la vida cubana en los últimos treinta, cuarenta años. Cada vez me ocurre que me voy moviendo más hacia el pasado, en búsqueda de este “pasado perfecto”. En la novela que estoy terminando ahora, la historia incluso empieza en los años 50. Es decir que cada vez el período que voy abarcando es mayor hacia el pasado y hacia el presente porque se desarrolla en los hechos contemporáneos en el 2003 y ya no en el año 89 como las “cuatro estaciones”. Y me siento muy libre de estas restricciones, de esta manera prejuiciada y estrecha de ver la realidad que había en la novela policial cubana, porque creo que afortunadamente han ocurrido cosas muy importantes para mi concepción de la literatura. Primero, la sociedad cubana ha cambiado radicalmente en los años 90. Los años de la crisis cambiaron por completo la manera de ver la realidad que teníamos en Cuba, cambiaron incluso mucho de la realidad cubana. Uno de esos cambios que se produjo fue la posibilidad que los escritores cubanos - que antes no tenían esta posibilidad - buscaran y encontraran sus editores con absoluta libertad. Al yo saber que tengo mis editores más allá de Cuba - auque mi interés fundamental siempre sigue siendo publicar mis libros en Cuba y hasta ahora todas se han publicado en Cuba - me da una tranquilidad a la hora de enfrentar el hecho literario. Yo sé que puedo escribir con una libertad absoluta en ese sentido, siempre sabiendo que existen límites que no debo transgredir para que mis libros circulen en Cuba. Pero incluso estos límites no me interesa transgredirlos, porque cuando yo pase estos límites caería en el terreno abierto de la política. No me interesa que mi literatura se convierta en una literatura política, porque lo mismo se escribe a favor que en contra, la literatura que se mete en el terreno de la política puede ser devorada por ella.

DW: Los órganos policíacos que usted menciona en sus novelas (p.ej. la Central) no existen en Cuba con estos nombres. Si las estructuras de la policía cubana no son equivalentes a las de la policía en las novelas, ¿cuál es la función de esta ficcionalización?

LP: Uno de los errores de los promotores de la literatura policial en Cuba y de muchos escritores cubanos fue querer reproducir en la literatura el trabajo de la policía real. Eso es un error en todos los sentidos porque la realidad se rige por códigos que son propios de la realidad. Un policía de la realidad debe de cumplir un reglamento. Pero esos reglamentos y ese policía real no funcionan en la literatura. La literatura tiene sus propias leyes, sus propias relaciones entre realidad y ficción, que uno tiene que respetar. Por eso, hago un proceso de ficcionalización de una posible policía cubana. Si un personaje como Mario Conde entrara algún día en un órgano policial de cualquier parte del mundo, no solamente de Cuba, mira, a los quince días lo botaban por incapaz, porque no sabe absolutamente nada de investigación criminal. Es un personaje indisciplinado, insolente, irónico. Lo que me interesaba es que este personaje funcionara como personaje literario, no como policía de la realidad. Le creo un cuerpo policíaco ficticio en el cual hay personajes que se van moviendo alrededor suyo, algunos más disciplinados, otros corruptos, otros con autoridad, porque necesitaba esta corporeidad de este universo policíaco en el que se movía el Conde. Pero siempre lo concibo como un mundo de ficción, porque la novela policíaca únicamente puede crear un sentido de verosimilitud si se aleja de la realidad y crea su propia realidad. Eso es lo que trato de hacer con mis novelas.

DW: ¿Qué reputación tiene para usted la policía en Cuba?

LP: Generalmente en el mundo cuando uno ve a un policía uno siente que es un representante de un orden que tiene entre otras funciones la función represiva, eso es fundamental. En Cuba existen varios tipos de policía, por supuesto. Existe la policía científica que hace investigaciones criminales especializadas. Es una policía que no vemos nunca. En el caso cubano es una policía con una capacidad científica muy elevada. Existe una policía política que en el caso de Cuba son los órganos de la seguridad del estado, que han tenido un papel fundamental en el enfrentamiento histórico y evidente entre Cuba y Estados Unidos. Existe una policía que se mueve por la calle, que es la que interactúa con el ciudadano. Es la que cuando uno ve uno prefiere que anden bastante lejos aunque uno sabe que esa policía al final lo puede proteger a uno en un momento determinado. Hace unos días, estábamos mi mujer y yo en París y tomamos el metro muy tarde en la noche. El metro de París es apacible, tranquilo, pero también uno tiene en la mente el metro de México, el metro de São Paulo y entonces siempre parece un lugar un poco peligroso. Cuando entramos había un policía con un perro. Me dijo mi mujer: Estos son los momentos en que a uno le satisface ver a un policía porque sabe que puede ser la posible protección para uno. No ocurro lo mismo si estás es México donde todo el mundo te dice: Cuando ve a un policía cruza la calle y vete por la otra cuadra, es mejor estar lejos de ella.

La policía cubana, realmente, en su proyección social no es una policía represiva. No lo ha sido nunca y creo que eso ha sido uno de los elementos que más ha cuidado como política el Ministerio del Interior en Cuba. Por lo tanto, la gente tiene siempre este rechazo por algo que es un orden que se te impone, pero a la vez tiene un respeto por la policía en Cuba.

En el caso de la novela policial incluso ocurre que un personaje como Mario Conde, aun siendo policía, es muy aceptado por los lectores. Las personas se identifican con él como personaje, como hombre de una posible realidad cubana. Esto se debe fundamentalmente a que las características de Conde son características muy humanas. Incluso personas que han trabajado durante muchos años en la policía como investigadores se me han acercado en distintos momentos y me han dicho: Yo admiro mucho a Mario Conde. Y lo les digo: ¿Pero cómo puedes admirar a Mario Conde si Mario Conde es un desastre y no sabe nada la investigaciones criminales? No te crees tú que no sabe nada de investigación criminal, pero Mario Conde sí sabe. Los policías defienden a Mario Conde más que yo. Y esto ha sido realmente una satisfacción.

DW: ¿Qué tipo de contacto ha tenido usted con la policía? Por ejemplo, ¿ha acompañado a policías en su trabajo?

LP: No. Nunca he tenido contacto con la policía y ha sido una decisión tomada ex profeso. Buscando precisamente esa libertad de que hablábamos antes, de crear un mundo distinto de la policía real, preferí no conocerlo. Preferí tener las nociones que tenemos cualquiera de nosotros como funciona un órgano de policía. Son conocimientos elementales que uno lee en cualquier libro sobre huellas dactilares, tipos de sangre, traza y pinta en una escena del crimen. Pero no conozco las interioridades del trabajo policial precisamente porque siento que ficcionando este posible trabajo policial me sentía mucho más libre. Por eso preferí no tener ninguna relación, ningún conocimiento interior de cómo funciona un órgano policial en Cuba y en ninguna parte.

DW: Usted ha mostrado un fuerte interés por la reinterpretación de fuentes históricas, especialmente las biografías de escritores. Estos son explícitamente José Maria Heredia en La novela de mi vida y Ernest Hemingway en Adiós, Hemingway, pero también parece recontar parte de la vida del dramaturgo Virgilio Piñera en Máscaras aunque en este caso se trate de una mezcla de biografías de varias personas. ¿Cuál es el reto para usted de trabajar estos temas y cuál es la aportación de la literatura frente a la historiografía?

LP: Veo que vas haciendo preguntas cada vez más complicadas. Es como una espiral que va subiendo. Mira, una parte importante de mi trabajo ha sido la investigación y el ensayo literario. Durante muchos años he trabajado en mis libros que he escrito sobre Alejo Carpentier, el Inca Gracilazo que fue mi primer libro, la personalidad y la obra de distintos escritores cubanos y latinoamericanos en general. Este tipo de trabajo me dio el instrumental para hacer las investigaciones necesarias a la hora de convertir estos escritores en personajes literarios. Por ejemplo en el caso de Heredia, hice una investigación tal que al final del libro me di cuenta de que no había puesto todo lo que necesitaba poner y por eso tuve que escribir un ensayo que se publicó después. Es un ensayo de carácter científico e histórico en el que ubico la figura de Heredia y su relación con el surgimiento del concepto de la patria en Cuba. Es un concepto demasiado arduo para incluirlo en la novela, demasiado complicado. Lo que ocurrió fue que en un momento del proceso de investigación, cuando yo sentí que tenía las claves del personaje, que yo dominaba lo esencial de su biografía, decidí dejar de investigar, porque el paso siguiente ya era construir un aparato científico, es decir, escribir un ensayo. Pero lo que yo quería escribir era una novela. Entonces, es el momento en el que tú tienes que decir, bueno, lo que falta por saber queda para la imaginación, queda para lo novelesco. Fue lo que hice con Heredia, lo que hago también de alguna manera con Hemingway, un personaje mucho más conocido porque hay mucho más biografía. Pero es un poco el mismo ejercicio, parar en un punto y dejar que la imaginación llene los espacios vacíos. En una novela como la Novela de mi vida yo tengo como máxima una frase que dice Alex Haley al final de su libro Raíces / Roots, el famoso libro de aquel que encuentra su antecedente africano. Todo lo que ocurre en este libro no es verdad. Aquí hay partes de ficción. Pero es una ficción que parte de una investigación meticulosa de la verdad y de la historia. Por lo tanto, los hechos que no ocurrieron en la realidad pudieron haber ocurrido en la realidad o debieron haber ocurrido en la realidad, según mis investigaciones. Yo tomé ese método como modelo a la hora de escribir La novela de mi vida. Todo lo que ocurre no es la realidad, pero pudo haber ocurrido así en la realidad porque mis investigaciones me permitieron saber que me movía en un contexto de verosimilitud, que es la palabra clave en la literatura, más que realismo, más que reflejo. Creo que lo que un escritor trata de hacer es convertir un ambiente en verosímil para un lector, sobre todo un lector contemporáneo. Esta verosimilitud se logra precisamente por un conocimiento muy amplio de la época pero en el cual uno puede ficcionar libremente porque este conocimiento le permite poder establecer relaciones que no existen.

DW: Hablemos un poco del personaje del Conde: De novela a novela Mario Conde detesta más ser policía hasta que en Paisaje de otoño consigue su licenciamiento para poder dedicarse a escribir. Parece ser demasiado sensible para “escarbar en las existencias y miserias como un ave carroñera, y destapar toneladas de odio, miedo, envidia e insatisfacciones en ebullición” (Vientos de cuaresma). Por el otro lado es muy buen investigador, “el mejor de la Central”. ¿Qué pasa con su responsabilidad social de combatir la delincuencia?

LP: Mario Conde como hombre sensible, como un hombre con una proyección en la vida que es casi la de un escritor, casi la de un artista, suele ser un personaje muy individualista. Él ha ido reduciendo su mundo a aspectos muy determinados que él considera muy sólidos: su grupo de amigos, sus libros, al final un perro que se encuentra, la mujer que ha amado siempre, Tamara. Se va rodeando de un mundo, un micromundo, en cual siente que es la persona que es. Por lo tanto, para él es más importante hacer este reencuentro consigo mismo que un pensamiento de necesidad social de su trabajo. Pospuso durante muchos años este reencuentro consigo mismo en un trabajo que no es el trabajo que él hubiera querido hacer, pero que la vida lo llevó a hacer. Ya en Adiós, Hemingway Mario Conde ha dejado la policía. Pero realmente las reflexiones sobre qué ha significado para él dejar la policía están en esta novela que estoy terminando ahora y que ocurre catorce años después. Deja la policía en el 89 y estos hechos ocurren en el año 2003. Ahora Mario Conde tiene una distancia para poder rehacerse a sí mismo fuera de la policía. Para él realmente es una satisfacción haber podido dar este paso, porque además nunca estuvo con el orden y con el poder, sino por el contrario con los insatisfechos.

DW: En las novelas se repiten algunas costumbres que dan identidad a la serie y que posibilitan que el lector tome afecto por los personajes que se repiten en cada libro. La relación fuerte en este sentido es la amistad entre Mario Conde y el flaco Carlos en su silla de ruedas. Se juntan para contarse sus preocupaciones con unos tragos fuertes de ron. Sus encuentros equivalen a un homenaje a la amistad. ¿Puede hablar un poco sobre el significado de la amistad en un nivel personal y en un nivel social cubano?

LP: A nivel personal, yo de alguna manera le transfiero a Mario Conde muchas de mis concepciones de la vida, muchas de mis preocupaciones. Mario Conde no es mi alter ego, pero sí es en muchos sentidos la forma en la cual yo veo la realidad cubana y veo incluso la interioridad de una persona. Por eso Mario Conde reproduce muchas de mis actitudes. Una de esas actitudes es mi sentimiento por la amistad. Yo creo que la amistad es uno de los bienes más grandes que pueda tener un individuo. Es lo que te completa como persona que eres. Sobre todo en una etapa de la vida, al final de la adolescencia, a principios de la juventud, se hacen las grandes amistades y uno empieza a definirse como individuo también a partir de lo que le aportan las personas que lo rodean. Yo he tenido mucha suerte con esos amigos que he conservado durante muchos años. Hay algunos que puede ser que de pronto esté seis meses sin verlos, o que estén viviendo en Nueva York y los vea cada tres años, o que vivan en Madrid y los vea una vez al año, pero siguen siendo mis amigos y sigo sabiendo que están ahí. Eso para mí es muy importante.

También a nivel social en Cuba el fenómeno de la amistad es esencial. Es esencial porque hay una forma superior de la amistad que es la fraternidad. La fraternidad en español viene de frater, viene de hermano en latín, es la hermandad. Es un valor que es diferente a la solidaridad. La solidaridad es muy importante pero la fraternidad es algo mucho más íntimo, mucho más interior. Creo que la fraternidad en una sociedad como la cubana, donde hemos tenido tanta carencia, tanta miseria, donde por momentos hemos sentido miedo por lo que pueda ocurrir en un futuro cercano o en un presente, esa fraternidad nos ha ayudado mucho a vivir. Incluso no solamente en el sentido espiritual sino muchas veces también en la vida económica porque han sido tantos los problemas que hemos enfrentado que muchas veces la necesidad de un amigo, de un frater, ha sido fundamental para poder seguir viviendo.

DW: Una de las características más destacadas del Conde es su nostalgia, el gran dolor que le causa pensar en el pasado, su adolescencia en el Pre de La Víbora, cuando eran “pobres y muy felices”. Cada uno del grupo de amigos tenía grandes planes de vida que de alguna u otra forma fracasaron. Las esperanzas de los jóvenes se disiparon y quedaron el dolor y la nostalgia. ¿En qué medida el Conde representa en este sentido una generación cubana en particular y en qué medida usted se está refiriendo a una conditio humana?

LP: Mira, has mencionado una palabra que no había aparecido hasta ahora que es la palabra nostalgia. Conde es no solamente un desencantado, es un nostálgico también. Siempre está tratando de reconstruir un mundo que es más imaginario que real, porque la memoria y la nostalgia nos reforman las visiones que tenemos de la realidad. Esa visión un poco idílica y romántica que él tiene del pasado se la debe a esa nostalgia a un pasado que incluso va mucho más allá de su propio pasado, de sus propias vivencias. Son como otras vidas anteriores que él ha vivido a través de cosas que ha leído y de historias que ha oído. También asume esa nostalgia de otros como una nostalgia propia. La Habana de los cincuenta, por ejemplo, le fascina. Pero es una nostalgia adquirida, no es una nostalgia vivida.

Entonces, esta visión tan personal del Conde tiene, sí, mucho que ver con mí generación porque es la primera generación que se educa con la Revolución. Yo en el año 1959 tenía cuatro años. Es decir que yo hago toda mi vida adulta en el proceso revolucionario, empiezo a estudiar, a ir a la escuela cuando ya ha triunfado la Revolución. Crecimos dentro del proceso y fuimos parte del proceso porque como estudiantes primero y después cuando empezamos a trabajar en los años 80 éramos gente que participábamos directamente del proceso revolucionario. Nuestro concepto y nuestra manera de pensar fueron moldeados por la vida en la Cuba revolucionaria. Por eso, cuando a partir del año 89/90 esa realidad comienza a cambiar, no solamente en Cuba sino también en Europa y en la Unión Soviética, que llega a desintegrarse como estado, empezamos a ver la realidad de otra manera, empezamos a tener una visión más compleja, más profunda de lo que habían sido nuestros propios años y los años de la vida en Cuba que habían transcurrido hasta entonces. Por ejemplo, la idea de que el muro de Berlín - algo que era como una representación física de la existencia de dos sistemas en el mundo - desapareciera, era algo que nosotros jamás imaginamos que pudiera ocurrir. Creo que ocurrió lo mismo con muchos alemanes. Pensaban que estaba ahí para siempre, que aquello era ya el futuro eterno del país. Cuando aquello se derrumbó vinieron historias que no nos imaginábamos que hubieran ocurrido. Eso inevitablemente fue una sacudida muy grande. Eso ocurre además en un período en que en Cuba se vive una crisis profundísima económica. Cuba se queda sola como país, pierde sus socios comerciales, pierde todo el apoyo de la Unión Soviética y el campo socialista y pasamos hambre. Pasamos hambre. Todo eso conmovió la manera de pensar de la gente en Cuba y de mi generación en particular. Porque todo eso la sorprende en un momento que era supuestamente el gran ascenso de la generación. Si yo nací en el año 55, en el 90 tengo 35 años, es decir, estoy en el momento de la plenitud de mis posibilidades porque he terminado todos los aprendizajes pero a la vez soy joven todavía. Y de pronto el mundo se deshace, el mundo en general y en particular en Cuba. Afortunadamente para mí la literatura fue mi salvación. Fueron años en los que yo trabajé muchísimo, bueno, hice este libro de Carpentier que es un libro de 600 páginas, escribí una novela y después escribí otra. Creo que la literatura fue lo que me dio una estabilidad emocional. Pero eso no evita que sintamos una nostalgia por aquel tiempo en que pensamos que las cosas iban a ser mejores.

En novela que estoy terminando ahora Mario Conde ya tiene 48 años. Y su relación con la realidad se ha mediatizado porque ya no es policía a pesar de que sigue teniendo mucho contacto con la vida cotidiana cubana. Pero me di cuenta de que yo necesitaba un personaje que fuera más joven que Mario Conde que estuviera al lado suyo, porque la forma de ver el mundo de un joven de veintitantos años hoy en Cuba es totalmente distinta a la de una persona de mi generación. Nos hemos creado en un mundo distinto, hemos visto la vida evolucionar de forma diferente. Mario Conde es incapaz de expresar o de entender este otro mundo y por eso tuve que crearle un personaje que fuera como su compañero de investigación. Es su compañero del trabajo de la compra y venta de libros, su socio. Es un personaje con un cinismo, con un desenfado, con una visión totalmente despolitizada de la realidad que es la que se corresponde a una juventud como la que siento hoy en Cuba y que es tan diferente de la visión de toda mi generación. Mi generación se desencantó, pero se desencantó porque creyó. Esta generación es una generación de herejes, no han creído.

DW: Una de las innovaciones que usted ha logrado en sus novelas consiste en que los criminales y también las víctimas provengan de altas esferas de la sociedad cubana, es decir, son personas supuestamente “confiables”. ¿Usted pretende enfocar los criminales como individuos o pretende develar lacras del sistema político cubano? ¿Qué reacciones espera provocar con su crítica?

LP: Ese fue un propósito absolutamente meditado. Yo no quería que los delincuentes de mis novelas fueran un negro que entra por una ventana y se roba un jarrón o un delincuente callejero que le da una puñalada a otro en una pelea. Traté de mover el mundo del delito hacia otro sector de la sociedad. Es el sector de estos intachables, de estos perfectos que generalmente, cuando cometen un delito, lo cometen en unas proporciones mayores porque afectan a muchas personas. Mi intención desde el principio fue convertir estas novelas en una visión diferente de la realidad cubana a la que había dado la novela policíaca anterior. En la novela policíaca anterior los buenos y los malos estaban muy bien marcados. Los delincuentes eran malos, los policías eran buenos, los agentes del enemigo eran malos, los agentes del orden de la seguridad del estado eran buenos. Yo traté de subvertir todo eso. Por eso aparecen policías corruptos en esta historia, aparecen ministros o este hombre con rango de viceministro que es un delincuente, Rafael Morín (Pasado perfecto). Aparecen personas que están en un establishment que cometen delitos. Incluso el propio Conde, que es tan atractivo, es un personaje lleno de defectos. Lo que ocurre es que sus defectos son defectos de alguna manera entrañables, son defectos con los cuales uno llega a simpatizar. Lo fundamental es que el Conde tiene una cualidad que era imposible de alterar en ninguno de esos libros, y es su decencia. Conde es un hombre decente. Tenía que ser incorruptible porque no podía tener los defectos que tenía y además ser un corrupto, ser una persona no decente. Por eso, yo trabajé con mucho cuidado la visión ética de él de la realidad. Puede ser un borracho, puede ser que una mujer lo haya engañado, puede ser que llegue tarde a una reunión, puede ser que haga cualquier desastre, pero en lo esencial Conde es un hombre de unos principios que son inamovibles. Eso era muy importante para que él pudiera ser quien juzgara a esas otras personas aparentemente incólumes, aparentemente perfectas.

DW: En la última novela de la serie el Conde ya no es policía. El caso que tiene que resolver trata de un asesinato que fue cometido décadas antes. Por primera vez, Conde no consigue comprobar a ciencia cierta la identidad del asesino, no sólo porque el tiempo ha borrado algunos vestigios sino también porque los posibles asesinos (Hemingway o uno de sus peones) han sabido guardar el secreto. ¿Es esto la introducción de un cambio en su posición epistemológica?

LP: También ocurre algo con esta novela. Esa es una novela donde el crimen es más literario que real, porque hay un juego entre una ficción absoluta en cuanto a lo que ocurrió la noche del 2 al 3 de octubre del año 58 en la casa de Hemingway y lo que era la realidad de la vida de Hemingway en estos momentos, cuando ya está enfermo, viejo y cansado. Entonces, descubrir o no quien había sido el asesino, tener la certeza, no cambiaba para nada la apreciación que Conde iba teniendo de Hemingway, la que ya tenía y la que se le acrescenta y se sedimenta con esta investigación. Incluso la investigación tiene que ver más con los deseos del Conde que con la realidad como una posible investigación real y por eso es él precisamente el que desarrolla esa investigación. Si ponemos en una balanza lo que ocurrió en la casa de Hemingway con lo que estaba ocurriendo en la vida de Hemingway, en esta novela es mucho más importante lo que está ocurriendo con la vida de Hemingway. Lo otro es un episodio que entró y salió en su vida sin ser demasiado importante. El Hemingway de la novela es un hombre amante de la violencia, capaz de vivir en medio de la violencia, era real o no. Por lo tanto, lo más importante es que las convicciones del Conde sobre el personaje de Hemingway salgan a flote a través de esta investigación y no que se encuentre a un determinado culpable.

DW: Adiós, Hemingway es más corta y concisa que las anteriores novelas. Las costumbres celebradas con el flaco Carlos, como las de escuchar música vieja, engolar la comida preparada por Josefina y emborracharse están muy reducidas. Además falta la aventura amorosa en tiempo vivo y se sustituye por la adoración de una difunta actriz y su ropa interior. ¿Cree usted que las constantes que caracterizan la serie se han desgastado?

LP: No, no son desgastados para nada porque todas vuelven a aparecer en La neblina del ayer. La historia de Adiós, Hemingway es muy peculiar, es que esta es una novela escrita por encargo. Mi editorial en Brasil me la pidió para que participara en una serie de novelas escritas por diferentes autores que se llama “Literatura o muerte”. Tenía dos condiciones fundamentales: la primera, que fueran novelas más o menos policíacas en las que un escritor fuera el personaje central; la segunda que la historia tuviera entre 140 y 160 folios. No podía ser una novela más extensa y por lo tanto hay ese sentimiento de limitación que se siente en el libro. Pero yo creo que esa es una novela que si le hubiera añadido cincuenta o cien páginas más, no le hubiera agregado nada importante. Creo que lo importante está justamente en esas 150 páginas que tiene el libro y que lo otro podía estar o no estar pero casi que es mejor que no esté.

No ocurre lo mismo en La neblina del ayer donde hay ya un Mario Conde que - muchos años más viejo - necesita de esa reflexión para poder reubicarse en su mundo. Su mundo está cambiando de una manera natural hacia otras formas de sentir la vida. Se acerca a los cincuenta años y siente que hay algo que se está moviendo y sobre todo se está moviendo la seguridad que ha tenido en que su amistad con Carlos sea eterna. Él comienza a ver el deterioro de Carlos y esto es un elemento muy importante en la reflexión del Conde en esta nueva novela.

DW: Si planea otros libros con el Conde, ¿cómo puede continuar la serie con un investigador que ya no es policía?

LP: Van a ser cada vez menos policíacas pero siempre va a haber una intención de que se mueva dentro del mundo de la novela policíaca. No sé cómo será la próxima novela del Conde y si la escribiré o no. Pienso que sí. Es un personaje con el cual voy a escribir dos o tres novelas más. Pero en esta que estoy terminando ahora sigue siendo un comprador y vendedor de libros viejos. A través de este mundo entra en un misterio del pasado que es la vida de una bolerista de los años cincuenta de la que nadie se acuerda, de la que nadie tiene memoria. Buscar en la vida de esta persona es como bajar un tornillo que entra en la historia de ese personaje y en la historia de la sociedad cubana de los año cincuenta y actual. De alguna manera es como un viaje a los infiernos. El tornillo baja y se encuentra con la dureza de la realidad cubana de hoy de una manera muy descarnada y brutal en la cual me acerco más a esa literatura de la violencia y del miedo de la que te hablaba al principio. A la vez hay una investigación porque ocurre un asesinato. Ese asesinato de alguna manera implica al Conde y él necesita develarlo. De qué forma se desarrollarán las otras novelas, bueno, no lo sé todavía pero me imagino que encontraré siempre un recurso para que Mario Conde pueda seguir haciendo investigaciones policíacas.

DW: Por último, voy a citar una frase de Vientos de cuaresma para hacer una pregunta filosófica: ¿La felicidad es posible?

LP: Sí y no. Lo que ocurro con la felicidad es que es un estado pasajero y muy inestable. Uno puede conseguir la felicidad en un momento determinado y al momento siguiente esa felicidad puede haber desaparecido de la forma en la que la concibió en ese momento. O puede descubrir la felicidad en otras aristas de la vida que hasta ese momento. Tal vez con veinte años uno piensa que determinados aspectos de la vida no lo hacen feliz y a los cuarenta o cincuenta descubre que sí que en esos aspectos de la vida puede estar encerrada la felicidad. Es decir, creo que hay personas para las cuales la felicidad es algo muy esquivo, algo que les cuesta mucho trabajo atrapar. Pero hay otros para los cuales, tal vez con una mayor conciencia de que es posible ser feliz, existe la posibilidad de aferrar estos momentos.

© Doris Wieser 2005
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

lunes, 23 de agosto de 2010

silencio vivo, vivo silencio


EL NACIONAL - Domingo 22 de Agosto de 2010 Siete Días/6
Amar a los perros
Leonardo Padura recorre la vida de Trotsky y su lucha por sobrevivir a las ansias asesinas de Stalin. Es un viaje vertiginoso plagado de angustias e inseguridades
ARGENIS MARTÍNEZ

Cuando inicié la lectura del libro El hombre que amaba los perros, una larga y conmovedora novela de Leonardo Padura, un escritor que vive o sobrevive en la Cuba de hoy sin perder su cubanidad, entendí lo que nos había pasado aquí a los hombres de izquierda y me compadecí de los bolivarianos de hoy, a quienes los perturba y seduce todavía esa criminal tragedia que guillotinó a decenas de millones de personas inocentes en la Unión Soviética, sólo para apuntalar la dictadura del padrecito Stalin.

Padura, militante inmediato de la verdad, escritor valiente y sin careta política alguna que porta consigo un inmenso espejo incapaz de empobrecer o deformar la realidad, se interna en la desigual y oscurecida historia de la IV Internacional, una especie de dengue ideológico que a los soviéticos les parecía una peste que había que combatir por encima de cualquier consideración política, moral o ética.

La única y última razón de ese combate era el odio que José Stalin sentía por León Trotski (de cuya muerte ayer se cumplieron 60 años), el dique político e ideológico que se oponía férreamente al proyecto de concentrar en una persona todo el poder en la Unión Soviética.

Stalin, el tosco campesino de Georgia, cuya brutalidad en la represión había alarmado en extremo al propio Lenin y su esposa, Nadia Krúpskaia, era un problema de Estado que afectaba el curso popular de la revolución. La muerte de Lenin dio puerta franca al sadismo del padrecito, al punto de que su esposa, Nadia Allilúeva, terminó suicidándose.

Padura estructura su novela en tres espacios escénicos, donde los personajes escogidos deben actuar no sólo en función de su destino histórico sino de su interrelación con las guerras europeas, tanto las nacionales (¡España, qué dolor!) como los desastrosos bombardeos de la segunda contienda mundial, de los cuales pocos emergieron para recobrar sus destinos.

La guerra, ya sea española o europea, no era intrínsecamente militar aunque los combatientes vistieran un uniforme. Lo real y lo mortal, más allá de una bomba que cayera en medio de una escuela o de un pueblo de campesinos, era que se tejían intereses que nadie podía o debía revelar a riesgo de perder la vida.

Cuando Padura hinca el bisturí en la guerra española y saca con precisión de cirujano los órganos que habitaban y palpitaban en Cataluña, uno se da cuenta de lo inmediata que es para todos nosotros la red de entreguismo comunista, con su falta de ética y su estricta obediencia ciega, inhumana y silenciosamente feroz, que los fanáticos tratan de imponer a la sociedad.

En un segundo espacio, recorre la vida de Trotsky y su lucha por sobrevivir a las ansias asesinas de Stalin. Es un viaje vertiginoso plagado de angustias, de inseguridades y de preocupaciones inmediatas sobre las acciones de quienes, diciéndose amigos, agotan la hipocresía y colaboran para que se aleje de Europa, la misma que se erige en ese momento como trinchera de las libertades.

A Trotsky se le sigue como a un prisionero en fuga, se le fatiga con un cerco político que persigue sus pasos y olfatea todo lo que va dejando atrás para encontrar los más mínimos indicios de las traiciones de las cuales se le acusa.

Padura recrea magistralmente la angustia de esta huida que parece no tener fin, pues, llegado un momento de reposo, de inmediato la jauría vuelve a ladrar y el fugitivo debe levantar el campamento provisional que le permitieron armar a regañadientes en alguna ciudad europea. Y es que las autoridades, muy pronto, advierten que Trotsky trae consigo la peste política.

El novelista hace un inventario obsesivo con esa fiebre neurótica que se mete en el alma de quien busca verdades y afila el cuchillo para descubrir lo imposible. Y lo hace como aquel que recobra su propia realidad cubana en la misma medida en que encuentra, en el fugitivo ruso, un calor vecino a su tragedia interna, subyugada por el castigo dogmático y la necesidad negada de huir, aunque atrás quede lo impostergable.

A Trotsky se le insulta a diario a través de una extensa red de colaboradores del Gobierno soviético; se le impide escribir, polemizar y enfrentarse en buena lid al socarrón Stalin.

De inmediato, comienza una persecución contra sus seguidores, sus amigos intelectuales y su familia. Nadie levanta la voz en su favor y las democracias occidentales se niegan a darle un cobijo definitivo.

La ruta que traza Padura de los militantes fanáticos y de los que siendo comunistas se atreven a disentir, no sólo es rotundamente conmovedora sino atrevida en extremo por sus consecuencias éticas e históricas. Los hombres y las mujeres que se incorporan a la lucha pierden progresivamente su pureza y su empuje ético, y terminan siendo objetos de una política que es diseñada, trabajada y puesta en práctica por los dueños del poder en Moscú.

En ningún momento Padura indaga en la política de las grandes potencias, sino que recorre con paciencia el lento zurcido del tejido revolucionario en la vida de un oscuro militante que llega a descubrir los orígenes del fanatismo cuando su existencia deja de tener importancia para los grandes jefes del socialismo ruso.

La decadencia moral de un hombre, de un agente comunista que existe en el otro, el extraño, en tanto recibe las órdenes para disfrazar su personalidad y disponerse al acto definitivo de matar a Trotsky, sólo es posible explicársela en un fanatismo político que obnubila la lógica de la vida.

El acto final y la acción asesina de Ramón Mercader, que mata a Trotsky un 21 de agosto, es el reflejo de la violencia contenida del hijo contra la madre que es España, oscura, campesina y feroz, pero todavía inaccesible a la doctrina comunista. Como lo es la madre Rusia, desesperantemente gris, mediocre en sus rutinas y apagada en sus sentimientos. Plagadas de plazas y monumentos que invitan al vacío, como era el rutinario gobierno comunista que fingía, en ese momento, una felicidad colectiva nacional y prometía y publicitaba una de carácter internacional.

Un personaje resalta en esta novela imperdurable y definitiva, como expresión pausada y meditada de un momento histórico que sólo los recios escritores alcanzan a fabular.

Es Iván, el desesperado sobreviviente cubano, invitado ausente en la vida que hacemos todos nosotros, que infiere que tiene en sus manos una historia que es absolutamente radical y reivindicadora de una verdad histórica.

Le ha tocado en suerte o en desgracia conocer a un hombre que cada tarde se pasea solitario con unos preciosísimos galgos rusos por las arenas de una playa cercana a La Habana. Comete la imprudencia de dirigirle la palabra porque intuye que él es, tal vez, una secreta representación de algo que ha pasado a los demás y que él, atrasado en la historia, quizás pueda hilar al revés. Pero teme por su vida literaria si cuenta lo que sabe, lo que ha recobrado en secreto y que, como tal, presagia un castigo revolucionario.

No sabe si ha cometido un error, quizás el error, de hablarle a un hombre que secretamente puede prefigurar a Ramón Mercader, el asesino del enemigo número uno de Stalin. Pero cede al mismo amor de Trotsky por sus perros y admite lo que se le propone urgentemente a él, Iván, ese cubano desestabilizado en sus rumbos. Son amores perros, como imagen de la lealtad desprendida, la solidaridad angustiada y del rechazo a la traición. Y como retrato del silencio estalinista que sigue vivo.

domingo, 13 de febrero de 2011

LA TERCERA MUERTE DE RAMON MERCADER


EL PAIS, Madrid,13 de Febrero de 2011
ENTREVISTA
"Cuba se merece vivir mejor"
El escritor Leonardo Padura, que acaba de adquirir la nacionalidad española, publica en la isla su novela contra el estalinismo
MAURICIO VICENT - La Habana - 12/02/2011

Este mes de febrero trae dos buenas noticias al escritor Leonardo Padura (La Habana, 1955). La primera es que, por fin, sale a la venta en su país 'El hombre que amaba a los perros', su último libro, basado en la historia del asesino de León Trotsky, Ramón Mercader, quien vivió en la isla los últimos años de su vida. La novela, una crítica sangrante del estalinismo, ha vendido decenas de libros en todo el mundo y es uno de los acontecimientos de la XX Feria Internacional del Libro, que acaba de abrir sus puertas en La Habana. En Cuba se venderán 4.000 ejemplares al módico precio de 30 pesos cubanos (alrededor de un euro). Padura es en estos momentos el autor cubano contemporáneo con más éxito fuera de la isla y por sus méritos artísticos el Gobierno español le ha concedido hace unos días la nacionalidad. Él lo considera un gran "honor", aunque a algunos no les haga mucha gracia en su país.

LEONARDO PADURA: escritor, autor del libro 'El hombre que amaba a los perros'
Pregunta: El hombre que amaba a los perros se publica en Cuba la próxima semana. El libro se editó en España en 2009. ¿Por qué ha tardado tanto en llegar a los lectores cubanos?

Respuesta: La demora solo ha sido por razones técnicas y economicas. Primero porque Tusquets, mi editorial, cede gratuitamente los derechos a Ediciones Unión, en La Habana, para que haga una tirada en pesos que resulte asequible a los lectores cubanos. Pero Tusquets siempre le pide más o menos un año de plazo a Unión para hacer esa edición. Luego, cuando ya todo parecía listo para que el libro saliera en agosto, se acabó el papel. Así, como le digo, se acabó el papel... No se pudo hacer la tirada hasta finales del año pasado, y ya montados en esa fecha decidimos guardarlo para la Feria del Libro.

P: Aunque no se ha vendido en su país, muchos cubanos ya se han agenciado el libro ... ¿Qué le han comentado? R: Con este libro, más que con ningún otro, ha ocurrido algo curioso: a pesar de los 22 euros que cuesta en España, más que el salario medio cubano, han llegado a Cuba una cantidad notable de ejemplares. Muchas personas me han llamado o escrito, y la reacción más frecuente ha sido de gratitud por ponerlos en contacto con una historia que tanto tiene que ver con la vida de nosotros.

P: ¿Cuál es la peor secuela que dejó en Cuba el estalinismo?

R: Un modelo económico. La economía socialista la creó Stalin a partir de las colectivizaciones a las que se lanzó en 1929, justo cuando estaba desterrando a Trotski. El resto de la historia corre por ese derrotero que nació con todos los traumas que acompañaron a aquel proceso.

P: ¿Cuantos males actuales de su país se derivan de aquellos truenos?

R: Muchísimos. La entronización de una burocracia siempre retardataria y cobarde; la eliminación de diversas formas de propiedad en favor de la estatal y la formación de un macro Estado que lo controla (o pretende) todo; la retórica; la verticalidad en las decisiones; la fusión de Estado, gobierno y partido único...

P: En estos momentos el Gobierno cubano acomete reformas para flexibilizar ciertos aspectos de la vida económica. ¿Que credibilidad le da?

R: Toda la que puedo, con todo el optimismo que puedo, pues creo que la gente en Cuba se merece vivir mejor... Pienso que se ha puesto en marcha una maquinaria de transformaciones que solo ha dado sus primeros pasos, en lo social y en lo económico. Presiento que en un futuro no muy lejano vamos a ver más transformaciones y los resultados que éstas traerán para la sociedad y la economía van a cambiar muchísimo la vida cubana. Sé que este proceso va a generar traumas, pero lo importante es que algo se mueve donde se había establecido el inmovilismo.

P: Que distingue este momento y este "proceso de cambios" de otros en el pasado?

R: Creo que la voluntad política real de hacer esos cambios y su irreversibilidad. Un solo ejemplo: el Estado ha reconocido que más de un millón de trabajadores afiliados a sus estructuras deben quedar "disponibles", pues sencillamente sobran. El Estado no puede pagarles por no trabajar o pagarle a dos la labor que puede hacer uno. Ese proceso, cuando se cumpla, será irreversible, pues no habrá manera de que el Estado vuelva a crear puestos de trabajo y salarios solo por satisfacer una consigna de pleno empleo que es antieconómica. Y esos trabajadores, de los cuales muchos se moverán al sector privado, el llamado cuentapropismo, podrán llegar a ser el 25, 30% de la fuerza laboral del país... Eso significa, a las claras, que viviremos en una sociedad diferente, que podrá ser de muchas maneras, pero nunca igual a la que existió hasta ahora.

P: Muchos piensan que no se puede hacer una reforma seria teniéndole miedo a la palabra reforma...

R: Yo también creo que no se le debe temer a las palabras, pero que a la vez no debe sobrevalorar su importancia. Más valen los hechos que las palabras. Y los hechos parecen señalar hacia una reforma profunda del modelo.

P: El propio Raúl Castro ha dicho que muchos funcionarios siguen anclados en la vieja mentalidad y sabotean los cambios... ¿Le suena a algo de su libro?

R: Mucho. La burocracia es uno de los lastres más pesados que nos legó el modelo estalinista. Stalin dependía de ella para sostener el sistema que creó. Yo no sé si todos los funcionarios cubanos de hoy entienden el espíritu esencial de lo que está ocurriendo y debe ocurrir en la isla; la burocracia es esencialmente conservadora, temerosa, retardataria, a veces por conservar unos privilegios que dan risa.

P: Creo que la portado del libro, del pintor Arturo Montoto, es una hoz que se hunde en un cerebro...

R: Es un pan que parece un cerebro. Es una escultura bellísima y a la vez impactante. Una obra con muchas lecturas, como las buenas obras de arte.

P: ¿Qué contradicciones ve en las medidas introducidas hasta ahora?

R: Pienso que la apertura del trabajo por cuenta propia debió haberse realizado antes de tomar otras medidas; creo que la cesión de tierras en usufructo debería hacerse por más de diez años, o nunca habrá suficientes aguacates en Cuba; creo que no se debe acosar con los impuestos a trabajadores que parten prácticamente de la nada, sino, por el contrario, darles facilidades para que asienten su actividad...

P: El Gobierno español acaba de concederle la nacionalidad ¿No tiene miedo de que algunos le digan por la calle: 'Vaya gallego, estás gozando'?

R: No me lo han dicho en la calle, pero si por email... Y yo respondo que tengo un gran conflicto, pues no sé si seré vasco, catalán, gallego o andaluz... Lo que sí puedo asegurar es que soy fan del Barça, que me encantan los vinos de la Rioja, que en Andalucía me siento como en Cuba, que cuando ando por Europa y llego a Madrid siento que llegué a un lugar con el que me comunico espiritualmente... Para mí es un gran honor que España me conceda la ciudadanía por méritos artísticos, es un gran reconocimiento.

P: ¿Algún otro conflicto interior o exterior?

R: A España debo casi toda la difusión internacional que ha alcanzado mi obra, así que estoy muy feliz por esa distinción que, en un sentido práctico, me aliviará en la solución de muchos problemas que me complican la promoción de mi trabajo, como es el hecho de viajar a diversos sitios. Pero en el sentido cultural, humano, intelectual, espiritual voy a seguir siendo el mismo: el nieto de un gallero de Mantilla [barrio obrero de La Habana], el hijo de un bodeguero de Mantilla, el muchacho que aprendió a jugar pelota (béisbol) en Mantilla. Porque en realidad, más que nada, yo soy un ciudadano de Mantilla, comedor de frijoles negros y aficionado a pararme en una esquina de mi barrio a hablar "cáscara de piña", como decimos acá....

P: Aunque las autoridades lo ven con recelo, casi cien mil cubanos se harán españoles en breve plazo gracias a la ley de Memoria Histórica. Es el 1 % de la población. ¿Qué está pasando?

R: Pasan muchas cosas, y más cuando se vive en un país que está en crisis económica hace veinte años. Muchas de esas personas añoran viajar fuera de Cuba, trabajar, ganarse la vida, y el pasaporte español les facilita el proceso. Pero lo más importante, a mi juicio, es que esas personas que viajarán con ese pasaporte no tendrán que convertirse en exiliados, no tendrán que optar por esa opción horrorosa que es la "salida definitiva", sino que podrán ir y volver cuando lo deseen. Ahora solo falta que desaparezcan trabas como el permiso de salida sin el cual el pasaporte español no te sirve de mucho, pues sin ese permiso no puedes poner un pie fuera de la isla.

P. Muchos, sobre todo los jóvenes, quieren irse...

R: Muchos se van por razones políticas, pero más lo hacen por cuestiones económicas. Y entre esos últimos están, mayoritariamente, los jóvenes de la generación que hoy anda alrededor de los 30 años, que crecieron con la crisis y buscan soluciones individuales a sus anhelos. Lamentablemente, muchos de los que emigran son los que están mejor preparados, los más capaces, y verlos marcharse definitivamente es una pérdida notable para la sociedad.

P: ¿Después del estalinismo, qué?

R: Después de pasar el sarampión de información, historias y lenguajes que debí sufrir para escribir El hombre que amaba a los perros, estoy comenzando una nueva novela en la que recupero a Mario Conde. Vuelvo a mis policiacos, pero como ha pasado en las últimas entregas, será cada vez menos policiaca y más social y literaria. En este caso es una historia que se relaciona con la vida en Cuba de un judío asquenazí que llega a La Habana en los años 1930 y se marcha del país en 1960. Pero algo trascendente y muy dramático pasó en su vida acá que lo marcó. Su hijo, un pintor cubano-judío-americano viene en el 2008 a buscar ese secreto de su padre... y le pide ayuda a Mario Conde, que sigue viviendo de vender libros viejos. Será una novela sobre la libertad, en todos sus sentidos: político, artístico, filosófico, religioso, individual... Es un reto.

P: Este año se rodará en La Habana una película con varios directores y guiones tuyos. ¿En que consiste el proyecto?

R: Se llamará 'Siete días en La Habana'. Son siete historias, dirigidas por 7 directores, que trasncurren en 7 días en... ya sabes dónde. La película empieza a filmarse en un mes y de las 7 historias, 3 tienen guión mío y de mi esposa, Lucía, y otra una idea nuestra. En las que hemos trabajado nosotros tratamos de dar una visión de Cuba hacia dentro, lo cual es importante en una película en la que, salvo Juan Carlos Tabío, todos los directores son extranjeros. Creo que será una película divertida, triste, muy plural en la que quedará como efecto el hecho de que en La Habana, donde todo puede ser tan difícil, a la vez todo es posible.

viernes, 24 de febrero de 2012

PADURA (2)


EL NACIONAL - Domingo 22 de Agosto de 2010 Siete Días/6
Amar a los perros
Leonardo Padura recorre la vida de Trotsky y su lucha por sobrevivir a las ansias asesinas de Stalin. Es un viaje vertiginoso plagado de angustias e inseguridades
ARGENIS MARTÍNEZ

Cuando inicié la lectura del libro El hombre que amaba los perros, una larga y conmovedora novela de Leonardo Padura, un escritor que vive o sobrevive en la Cuba de hoy sin perder su cubanidad, entendí lo que nos había pasado aquí a los hombres de izquierda y me compadecí de los bolivarianos de hoy, a quienes los perturba y seduce todavía esa criminal tragedia que guillotinó a decenas de millones de personas inocentes en la Unión Soviética, sólo para apuntalar la dictadura del padrecito Stalin.

Padura, militante inmediato de la verdad, escritor valiente y sin careta política alguna que porta consigo un inmenso espejo incapaz de empobrecer o deformar la realidad, se interna en la desigual y oscurecida historia de la IV Internacional, una especie de dengue ideológico que a los soviéticos les parecía una peste que había que combatir por encima de cualquier consideración política, moral o ética.

La única y última razón de ese combate era el odio que José Stalin sentía por León Trotski (de cuya muerte ayer se cumplieron 60 años), el dique político e ideológico que se oponía férreamente al proyecto de concentrar en una persona todo el poder en la Unión Soviética.

Stalin, el tosco campesino de Georgia, cuya brutalidad en la represión había alarmado en extremo al propio Lenin y su esposa, Nadia Krúpskaia, era un problema de Estado que afectaba el curso popular de la revolución. La muerte de Lenin dio puerta franca al sadismo del padrecito, al punto de que su esposa, Nadia Allilúeva, terminó suicidándose.

Padura estructura su novela en tres espacios escénicos, donde los personajes escogidos deben actuar no sólo en función de su destino histórico sino de su interrelación con las guerras europeas, tanto las nacionales (¡España, qué dolor!) como los desastrosos bombardeos de la segunda contienda mundial, de los cuales pocos emergieron para recobrar sus destinos.

La guerra, ya sea española o europea, no era intrínsecamente militar aunque los combatientes vistieran un uniforme. Lo real y lo mortal, más allá de una bomba que cayera en medio de una escuela o de un pueblo de campesinos, era que se tejían intereses que nadie podía o debía revelar a riesgo de perder la vida.

Cuando Padura hinca el bisturí en la guerra española y saca con precisión de cirujano los órganos que habitaban y palpitaban en Cataluña, uno se da cuenta de lo inmediata que es para todos nosotros la red de entreguismo comunista, con su falta de ética y su estricta obediencia ciega, inhumana y silenciosamente feroz, que los fanáticos tratan de imponer a la sociedad.

En un segundo espacio, recorre la vida de Trotsky y su lucha por sobrevivir a las ansias asesinas de Stalin. Es un viaje vertiginoso plagado de angustias, de inseguridades y de preocupaciones inmediatas sobre las acciones de quienes, diciéndose amigos, agotan la hipocresía y colaboran para que se aleje de Europa, la misma que se erige en ese momento como trinchera de las libertades.

A Trotsky se le sigue como a un prisionero en fuga, se le fatiga con un cerco político que persigue sus pasos y olfatea todo lo que va dejando atrás para encontrar los más mínimos indicios de las traiciones de las cuales se le acusa.

Padura recrea magistralmente la angustia de esta huida que parece no tener fin, pues, llegado un momento de reposo, de inmediato la jauría vuelve a ladrar y el fugitivo debe levantar el campamento provisional que le permitieron armar a regañadientes en alguna ciudad europea. Y es que las autoridades, muy pronto, advierten que Trotsky trae consigo la peste política.

El novelista hace un inventario obsesivo con esa fiebre neurótica que se mete en el alma de quien busca verdades y afila el cuchillo para descubrir lo imposible. Y lo hace como aquel que recobra su propia realidad cubana en la misma medida en que encuentra, en el fugitivo ruso, un calor vecino a su tragedia interna, subyugada por el castigo dogmático y la necesidad negada de huir, aunque atrás quede lo impostergable.

A Trotsky se le insulta a diario a través de una extensa red de colaboradores del Gobierno soviético; se le impide escribir, polemizar y enfrentarse en buena lid al socarrón Stalin.

De inmediato, comienza una persecución contra sus seguidores, sus amigos intelectuales y su familia. Nadie levanta la voz en su favor y las democracias occidentales se niegan a darle un cobijo definitivo.

La ruta que traza Padura de los militantes fanáticos y de los que siendo comunistas se atreven a disentir, no sólo es rotundamente conmovedora sino atrevida en extremo por sus consecuencias éticas e históricas. Los hombres y las mujeres que se incorporan a la lucha pierden progresivamente su pureza y su empuje ético, y terminan siendo objetos de una política que es diseñada, trabajada y puesta en práctica por los dueños del poder en Moscú.

En ningún momento Padura indaga en la política de las grandes potencias, sino que recorre con paciencia el lento zurcido del tejido revolucionario en la vida de un oscuro militante que llega a descubrir los orígenes del fanatismo cuando su existencia deja de tener importancia para los grandes jefes del socialismo ruso.

La decadencia moral de un hombre, de un agente comunista que existe en el otro, el extraño, en tanto recibe las órdenes para disfrazar su personalidad y disponerse al acto definitivo de matar a Trotsky, sólo es posible explicársela en un fanatismo político que obnubila la lógica de la vida.

El acto final y la acción asesina de Ramón Mercader, que mata a Trotsky un 21 de agosto, es el reflejo de la violencia contenida del hijo contra la madre que es España, oscura, campesina y feroz, pero todavía inaccesible a la doctrina comunista. Como lo es la madre Rusia, desesperantemente gris, mediocre en sus rutinas y apagada en sus sentimientos. Plagadas de plazas y monumentos que invitan al vacío, como era el rutinario gobierno comunista que fingía, en ese momento, una felicidad colectiva nacional y prometía y publicitaba una de carácter internacional.

Un personaje resalta en esta novela imperdurable y definitiva, como expresión pausada y meditada de un momento histórico que sólo los recios escritores alcanzan a fabular.

Es Iván, el desesperado sobreviviente cubano, invitado ausente en la vida que hacemos todos nosotros, que infiere que tiene en sus manos una historia que es absolutamente radical y reivindicadora de una verdad histórica.

Le ha tocado en suerte o en desgracia conocer a un hombre que cada tarde se pasea solitario con unos preciosísimos galgos rusos por las arenas de una playa cercana a La Habana. Comete la imprudencia de dirigirle la palabra porque intuye que él es, tal vez, una secreta representación de algo que ha pasado a los demás y que él, atrasado en la historia, quizás pueda hilar al revés. Pero teme por su vida literaria si cuenta lo que sabe, lo que ha recobrado en secreto y que, como tal, presagia un castigo revolucionario.

No sabe si ha cometido un error, quizás el error, de hablarle a un hombre que secretamente puede prefigurar a Ramón Mercader, el asesino del enemigo número uno de Stalin. Pero cede al mismo amor de Trotsky por sus perros y admite lo que se le propone urgentemente a él, Iván, ese cubano desestabilizado en sus rumbos. Son amores perros, como imagen de la lealtad desprendida, la solidaridad angustiada y del rechazo a la traición. Y como retrato del silencio estalinista que sigue vivo.

lunes, 26 de marzo de 2012

SR, UN REPORTE


Padura y Semprún: instrucciones para un texto
Luis Barragán


Novedad alguna reportamos sobre el socialismo real (SR), la malograda experiencia de una parte considerable del planeta que se deshizo en las décadas anteriores, o – penosamente – sobrevive redireccionándose hacia el capitalismo salvaje. No obstante, en Venezuela, por más amarga y evidente que haya sido, ante el fracaso reiterado de otras fórmulas, esa experiencia es retomada de acuerdo a las otras e inevitables circunstancias que, incluso, la disfrazan.

Por abundantes que sean los testimonios del fracaso, nos somete el dicterio publicitario y propagandístico elevándolo como la única opción posible frente a los apátridas, renegados y corruptos incurables de esta y todas las horas que no lo aceptan, u osan un ligero cuestionamiento. Y, suele ocurrir, la literatura de ficción gana mayores inquietudes que toda la evidencia acumulada, objetiva, lacónica y rigurosamente expuesta respecto al gran fiasco histórico.

Sobradas razones existen para el revuelo que ha levantado la última novela de Leonardo Padura (“El hombre que amaba a los perros”, 2009), concitando - si fuese posible - la revisión de un clásico de Jorge Semprún (“La segunda muerte de Ramón Mercader”, 1969). Incluso, ha estimulado el (re) encuentro con las obras de León Trotsky, quien – por cierto – también ha sido reclamado por Chávez (por ejemplo, http://www.aporrea.org/ideologia/n93859.html), quizá por creerse el fiduciario de todas las corrientes marxistas - universales y locales - que pugnan por un cupo en la V Internacional hecha de petróleo.

Difícil y riesgosa conjunción, los problemas políticos, históricos y literarios sobresalen de la más inocente y distraída lectura de las aludidas novelas. Convengamos en una adecuada estrategia de exposición que no tendrá otra vocación que la del debate, porque hay algo más que el entretenimiento, la vanidad y la evasión al exhibir el grueso y costoso tomo de Padura.

SELECCIÓN INICIAL

Establecida la premisa, importa brevemente definir el SR y, para ello, es necesario elegir un título que lo retrate con cercana fidelidad. Elijamos un título, como el de François Furet (“El pasado de una ilusión”, 1995), aunque – dando ocasión a la correspondiente nota a pié de página - Fernando Claudin (“La oposición en el socialismo real”, 1970), tiene por ventaja la de aportar una situación en curso; Hubert Matos (“Cómo llegó la noche”, 2002), da cuenta del caso cubano; u, optando por circunscribirlo al estalinismo, procuremos el capítulo XIII de la conocida obra de Eric J. Hobsbawm (“Historia del siglo XX”, 1994).

Importa interpelar la propuesta desde los supuestos teóricos que la inspiraron y alentaron, ubicando las escenas que bien puedan ilustrar el desarrollo real del socialismo en la vida cotidiana, así como las confrontaciones que ha protagonizado traduciéndose – por lo demás – en las existenciales que reprimió y reprime. Advirtamos algunas diferencias entre Padura y Semprún, coincidentes en la rendición de un homenaje a Isaac Deutscher que ha conciliado el análisis histórico con las vicisitudes de un liderazgo situado por distintas coyunturas.

EL (CONTRA) ESPIONAJE

Digamos que la de Leonardo Padura, es una novela centrada en las certezas y contrariedades de la infiltración y el exitoso espionaje, coronada por el asesinato de León Trotsky. La clave del género que saluda al estrictamente policial, insinuando al “compañero y congénere” Mario Conde, permite adentrarnos no sólo en la vida del victimario, Ramón Mercader del Río, sino en la del propio Iván Cárdenas Maturell, el frustrado escritor después reivindicado gracias a una testificación que tiene por ineludible trasfondo la vida diaria de los cubanos.

Precisemos la denuncia que hace Cárdenas Maturell del régimen castrista con sus asombrosas limitaciones, escaseces, usos y abusos que lo llevan a ejercer como práctico de la veterinaria, según lo aprendido en la revista especializada en la que trabajo periodísticamente, hasta demostrar su pericia con el silenciamiento de los cerdos que, obviamente, los comités de vigilancia no admitirían para el sostenimiento de los hogares. Nos percataremos de la tristeza que se desliza en toda la novela, la frustración generacional, la precaria bonanza isleña, la persecución académica, la huída autorizada de la isla, y las otras circunstancias personales de quien - por fortuna - conoció a Mercader del Río o Jaime López, pudiendo apenas investigar el material existente sobre Trotsky, con la sigilosa y tardía ayuda de los que fungieron como una suerte de albaceas del otrora fanático militante catalán.

Los capítulos relacionados con el antiguo jefe del Ejército Rojo, y su doloroso e incierto exilio, igualmente exponen los orígenes y el desarrollo del SR, añadiendo el jocoso tratamiento de una de las leyendas del hotel “Moscú” de Alexei Schúsev, las travesuras sexuales de Trotsky con Frida Kahlo, por no acentuar el paciente emboscamiento amoroso de Sylvia Ageloff. El dramático arqueo del estalinismo que, treinta años después, con el encuentro de Mercader con su antiguo jefe y supervisor en la era brézhneviana, llega a un brutal reconocimiento: poco importaba la vida misma del asesino que, por calculado y – ciertamente - heroico sentido de supervivencia, soportó 20 años de cárcel sosteniendo la misma versión, para domiciliarse luego en la URSS y Cuba.

Mercader del Río, Adriano, Soldado 13, Jacques Mornard, Frank Jacson o Ramón Ivanovich López, hizo bien en confiarse a la imaginación de Padura, al igual que María Eustaquia Caridad del Río. Por cierto, ella se hizo acreedora del retrato inigualable y detallista de una trayectoria militante, ciega y fanática, que la salvó de la descomposición moral a la que, definitiva y escabrosamente, parecía condenada. Sin embargo, más allá de la tristemente jocosa ventaja que le prodigaba la condecoración, Padura pudo complementarnos con los actos secretos de su imposición, subiendo el periscopio en las intimidades del Kremlin, fiándonos las otras aristas del acre desencanto de Ramón, plenamente convencido de la calamidad de lo útil de la hazaña que buscó – seguramente – una explicación en los ajados rostros de los grandes jerarcas soviéticos, hederos de un poderío militar que hubiese satisfecho a Trotsky.
Cárdenas Maturell se hace eco de las dudas sembradas por Deutscher en torno al líder histórico de la Revolución de Octubre, relevando un poco más a Mercader de la absurda responsabilidad contraída. Y, probablemente, sincroniza con el jefe de seguridad, Jean Van Heijenoort, quien rindió un testimonio escrito del periplo de Prinkipo a Coyoacán, para dibujar a los amitosos custodios que no se sabían infiltrados.

Aceptemos, igualmente, la atención dispensada por Semprún a la novela del contraespionaje que tuvo por simple pretexto el nombre del protagonista. De una mejor y atrevida elaboración literaria, en correspondencia con el “boom” de los sesenta, contrasta con el fiero ahorro estilístico de Padura, aunque todavía distemos de calificarlo como un cronista policial intimidado por el fogueo metafórico de Deutscher.

El autor madrileño apela a la comprensión del lector, porque “desde hace mucho tiempo que la técnica del espionaje es la menor de nuestras preocupaciones”, innovada escrituralmente. Y nos presenta a Ievgueni Davidovitch Guinsburg que “se provocaba el destino con semejante nombre”, tomando el de Ramón Mercader Avendaño.

Agente de la KGB trastocado en ejecutivo de una empresa de Europa del Este con intereses occidentales, expone el contrapunteo con la CIA que diligencia su deserción. Reverenciado también Trotsky, tratamos de una historia de agentes, reclutado el académico y entusiasta investigador del anarquismo español, tras el telegrama que Mercader Avendaño quiso ocultar al extremo de sacrificar la vida de su esposa.

Ventila las incidencias y conveniencias de la burocracia de (contra) inteligencia del SR, siendo necesario acotar a pié de página una extensa referencia a otra obra de Semprún: “Autobiografía de Federico Sánchez” (1977), en la que espléndidamente reporta las relaciones establecidas en el seno del Partido Comunista Español (PCE), subordinadas a los intereses soviéticos. De modo que, al salir de un rápido cotejo con la novela de Padura, apropiándonos del ensayo, tendremos un idóneo complemento para abordar a Deutscher, cuya famosa trilogía – por cierto – fue mencionada solitariamente por el otrora presidente de la Asamblea Nacional, Fernando Soto Rojas, en un evento guaireño del régimen de un año atrás.

TROSTSKY DEUTSCHEREANO

La trilogía de Isaac Deutscher en torno a Trotsky, constituye un clásico ineludible que puede auxiliarse con otra más actual como la de Robert Service (2010), el profesor oxfordiano que se ha interesado igualmente por Lenin y Stalin. Extraordinariamente documentado y comprometido con el análisis histórico, aquél es dueño – sobre todo en “El profeta armado” – de una prosa literaria de gran aliento, perfilada sobre las exactitudes que quiso conquistar.

Pocos dudan del estelar rol de Trotsky en la edificación del Estado soviético, convertido en una amenaza real para el liderazgo emergente y literalmente arrollador de Stalin. Este logró desalojarlo del gobierno y perseguirlo hasta el fin del mundo, decidiendo la hora de su muerte.
Imposición del socialismo en un solo país, la industrialización forzada y los llamados Procesos de Moscú, frente a la revolución mundial y permanente de quien – lo comenta Deutscher – pudo incurrir en acciones semejantes a las de su perseguidor, en virtud de los precedentes que marcó en su tránsito por el poder. Es recomendable abrir una incidencia a pié de página para alcanzar la versión deutschereana y descubrirla en la novela de Padura, por lo que el SR – puede finalmente concluirse – hubiese sido similar en las manos de Trotsky, como lo fue en las de Stalin, reconociéndole a aquél un mayor bagaje y convencimiento ideológico que no estratégico, como lo manifestó éste al resultar vencedor en la segunda guerra mundial: se dirá de un falso dilema, que nos conduciría a toda la obra trotskyana, aunque requeriríamos de una contextualización como la que prodiga Fernando Vallespín como editor de los seis volúmenes de “Historia de la teoría política”, publicada en los noventa, complementando a Furet.

Paradójicamente, de superior interés sería la biografía política que escribió Deutscher de Stalin (1949), quien apenas le dedicó un párrafo al consabido asesinato debido al apremio de los otros y más trascendentes asuntos políticos que lo minimizaron, reforzando la inutilidad del crimen y resaltando la heroica supervivencia del homicida material. En todo caso, volumen al parecer obviado por Padura, éste se hizo acertadamente de las memorias de Trotsky (“Mi vida”, 1930), pincelada muy bien su manía de exactitud.

Acotemos que Trotsky negó hacer filosofía de la historia en su autobiografía, aunque empeñado en circunscribirla con el fondo de los acontecimientos sociales, auxiliado por un diario. Ese afán consciente de exactitud revolucionaria que le obliga a la ventilación de una serie de problemas teóricos, dejando al azar lo que estimen los psicoanalistas, lo convencen de “las leyes que rigen los sucesos de la vida”, siendo ésta “una gran escuela de dialéctica”.

Depuesto y desterrado, creemos que Padura evidencia al líder sobredimensionado que, esquivando el fracaso de la convocatoria de la IV Internacional, sobreviviente gracias a los derechos reconocidos por las grandes empresas editoras, pudo – incluso – salir airoso del atentado minimizada su importancia e influencia acelerada e irrevocablemente en las víspera de la gran conflagración mundial. O volver al Kremlin, sin que nada hubiese variado.

EL OTRO SR

Por justas y liberadoras que sean las grandes propuestas, hay un proceso de degeneración que únicamente la democracia y la libertad pueden atajar. He acá el extraordinario drama inherente a toda demanda de transformación histórica que, divorciada de su trajinar cotidiano que es el de la eficacia y plenitud de una vocación humanista, desemboca en un pavoroso y complaciente (auto) engaño colectivo.

Peor todavía, cuando más o menos es tolerada la obra de Padura en su natal Cuba, desconocida la brutalidad represiva de otras épocas, el testimonio no encuentra licencia en la opinión pública venezolana con el impacto al que ha de obligar. Entre los más avisados, unos lo niegan desde las alturas del poder, acaso tildándolo de una orquestada agresión imperialista, mientras que, otros, angustiados, no encuentran interlocutores en las propias filas opositoras gracias a la interesada frivolidad reinante.

Creyendo lo contrario, la potencia petrolera ha comprado su extemporaneidad. Por favor, no molestar.

Fuente:
http://www.noticierodigital.com/2012/03/padura-y-semprun-instrucciones-para-un-texto/
http://www.noticierodigital.com/forum/viewtopic.php?t=852621

viernes, 24 de febrero de 2012

PADURA (3)


EL NACIONAL - Domingo 05 de Diciembre de 2010 Guia Tv/6
Circo de invierno
El enésimo asesinato cubano de León Trotski
BEN-AMÍ FIHMAN

Los entusiastas lectores de Tres tristes tigres suelen recordar el capítulo dedicado a Freddy, la diva de 300 kilos evocada por Guillermo Cabrera Infante con el título de Ella cantaba boleros.
Conservarán la visión de la portada de la primera edición de 1964, el retrato de Beny Moré por Jesse Fernández, que para entonces había puesto pies en polvorosa y sobrevivía indocumentado en Nueva York. Serán menos quienes citen el corolario del libro, barrido del idioma de los cubanos la víspera de la revolución, que concluye con el asesinato de León Trotski tal como lo hubieran podido narrar
una galería de prosistas, dramaturgos y poetas consagrados de la isla.

Para el Infante periodista, crítico de cine y escritor era la forma irreverente de cerrar con una suerte de apocalipsis estilístico
su rutilante crónica coral de La Habana. Juego cruel cuando se piensa que entre los sacrificados en sendas parodias narrativas se contaban autores a años luz de semejante ejercicio de sacristía marxista, llamárense Virgilio Piñera o José Lezama Lima, tan ajenos a las hazañas del Ejército Rojo como al masoquismo edipiano de Ramón Mercader. Aunque entre ellos se encontrara el endomingado Alejo Carpentier, ex ejecutivo de Ars que iba a representar el nuevo régimen en la Embajada de Cuba en París, donde trabajaba la espía moscovita Caridad del Río, madre del asesino de Liev Davidovich Bronstein. Aquí, cuenta La bala perdida de Juan Arcocha, muerto el pasado mes de mayo, seguiría viviendo Carpentier en los años setenta, mientras los cubanos se alimentaban en la isla con los restos fríos del banquete estalinista made in URSS, siempre a sus anchas hasta el dogmático final de su existencia en la realidad maravillosa de Montparnasse.

Entretanto, para los intelectuales se había instalado en Cuba, a raíz de la prohibición del documental
PM en 1961 y, una década después, de la bochornosa autocrítica del poeta Heberto Padilla, ese mal revolucionario que el aspirante a escritor, obnubilado por el martiriologio de Trotski y desencantado protagonista de El hombre que amaba a los perros de Leonardo Padura, bautiza con el inasible pero omnipotente término de miedo.

El sentimiento y el arma que fue reduciendo el país caribeño al rango de latifundio, donde la escasa mercancía de los estantes de tiendas, bodegas y librerías controladas había de adquirirse con un peso de pacotilla y sin valor fuera de los límites de la isla manejada por los capataces de Fidel Castro, su barbudo hacendado, de cuya barbarie dejaba constancia un alucinante Reinaldo Arenas. Así mientras, empujada por la música rock, que la moneda inválida y la revolución silenciaban, la juventud occidental liberaba en masa el intelecto y los sentidos haciendo suya una edulcorada efigie del Che, hippie estalinista, en campus y discotecas ­como comprenderá demasiado tarde el inconsolable Iván Cárdenas Maturell en la novela de Padura, publicada en España hace un año­ los cubanos, que sólo habían conocido el monocorde discurso castrista, se extenuaban en zafras inútiles o en guerras ecuatoriales ajenas.

Sólo un profundo control de la información explica que el desgraciado Cárdenas, que terminará narrando con pelos y señales el aciago final de Trotski con una gravedad de primicia histórica y parroquiana mandíbula caída, no hubiera oído hablar de Liev Davidovich Bronstein o de Ramón Mercader antes de la tarde de 1977 en la que se topa en una playa solitaria con el victimario catalán del líder bolchevique refugiado en La Habana.

Semejante ignorancia es todo salvo una licencia poética. Padura la hará gravitar sobre el verdadero pivote de la novela, el narrador de la ejecución de Trotski, ningún paródico Piñera, Lezama o Carpentier, sino el triste veterinario de barrio improvisado Iván Cárdenas, en combinación con la ingente pesadumbre producida por medio siglo de castrismo. La que separa a La Habana de hace de medio siglo de las ruinas que en su lugar ha dejado el huracán revolucionario. Leonardo Padura, nacido en 1955, se dio a conocer en Francia con el ciclo centrado en el sabueso Mario Conde, un ex policía que, en las entrañas del poscomunismo, se columpia perezosamente entre la nostalgia venenosa del pasado prohibido y el desmoralizado cuando no delictivo presente habanero.

El hombre que amaba a los perros es el título de un cuento de Raymond Chandler, admirado por el infeliz Cárdenas. Que hará el recorrido de la persistente y maltrecha sinrazón de la vieja utopía marxista, folio a folio, desde la estepa siberiana hasta la vía muerta de la Revolución Cubana.

Trotski y su asesino; Iván Cárdenas, doblegado por el miedo, y su mujer Ana, cuya avitaminosis contraída durante el "período especial en tiempos de paz" degenerada en cáncer la llevará a la tumba, todos serán arrollados por las caníbales orugas de la historia.

La novela "empezó a escribirse en el mes de octubre de 1989, mientras el Muro de Berlín se inclinaba peligrosamente, hasta que comenzó a precipitarse y se deshizo, apenas unas semanas después", confiesa Padura a modo de colofón.

Fue durante un viaje a México, en una visita a la casa de Trotski, de quien, como cualquier cubano de su edad poco o nada sabía. Porque el escritor de La neblina del ayer también pertenece a la que Iván Cárdenas Maturell rotula como "generación de los crédulos". Cuya liquidación, más que la tragedia del célebre bolchevique, encarnada aquí por el narrador muerto cuando se le cae encima el techo de su maltrecha casa después de terminar de redactarlas, es la diana de sus 570 páginas.

Una generación ahogada en el "mar de la felicidad".

PADURA (4)


EL NACIONAL - Martes 22 de Febrero de 2011 Opinión/8
Crónica del terror
Trotski, como puede verse en el libro de Padura, tomó distancia de Stalin, pero no de la idea de una URSS socialista. Denunció las ejecuciones masivas y el envío de inocentes a los campos siberianos.
Ello le valió el exilio
ANDRÉS CAÑIZÁLEZ

El libro del cubano Leonardo Padura, El hombre que amaba a los perros, viene a ser una suerte de cachetada. Logra el escritor que el lector voltee la mirada hacia el terror que engendró el régimen de Stalin en la hoy desaparecida Unión Soviética. Se trata de una deuda histórica. Me cuento entre los muchos que hemos denunciado insistentemente el holocausto que provocó el nazismo en Alemania, pero que prácticamente hemos omitido la crítica hacia el régimen comunista que con mano de hierro condujo el camarada Stalin.

No se trata de comparaciones, pero no puede obviarse que en cada una de estas naciones se vivió la persecución, el asesinato masivo implementado desde el poder del Estado, el confinamiento de miles de personas en campos de concentración y el exilio para otros tantos. Pero mientras hoy podemos asomarnos, con cierto grado de precisión y, por tanto, condenar aquello que fue el horror del nazismo en el alma alemana, persiste un manto de silencio en torno al terror que logró edificar Stalin como política de Estado y de partido, incluso con ramificaciones internacionales, mientras ejerció el poder en la entonces URSS, desde mediados de los años veinte del siglo pasado hasta su muerte en 1953.

Padura logra retratar el clima político, cultural e ideológico de la nación que se autoerigió en la vanguardia socialista mundial, a partir de un par de semblanzas magistralmente enlazadas del disidente soviético León Trotski y de su asesino, el comunista catalán Ramón Mercader. En una suerte de gran panorámica, El hombre que amaba a los perros muestra el enorme fracaso de un sistema que se decía a favor de la humanidad, y que en realidad tuvo como base una aniquilación física, moral e intelectual de miles de soviéticos que o bien se atrevieron a disentir o bien sencillamente se negaron a cumplir los más descabellados planes que emanaban de la cabeza de Stalin. No sólo se mataba a quienes contradecían al "gran timonel", sino que aquellos que le ayudaron a organizar el asesinato de los primeros también terminaron corriendo la misma suerte. Stalin no quería dejar huella. Trotski, como puede verse en el libro de Padura, tomó distancia de Stalin, pero no de la idea de una URSS socialista. Denunció las ejecuciones masivas y el envío de inocentes a los campos siberianos. Ello le valió el exilio y luego la muerte, pero antes debió conocer del asesinato de sus hijos por diversos métodos. Stalin quería hacerlo sufrir antes de acabar con su vida, como finalmente sucedió en México. Se trataba de un régimen de terror.

Si Trotski simboliza en el libro de Padura la posibilidad de un pensamiento propio, junto a las consecuencias vitales que ello le conlleva, en el otro lado de la moneda aparece Mercader como el brazo ejecutor de la decisión de Stalin de acabar con la vida de Trotski. Padura no olvida, sin embargo, que el propio Trotski ­cuando ejerció cargos de poder en la naciente URSS, junto con Lenin­ también cometió excesos de diverso tipo. Básicamente se buscaba acallar la disidencia (y acallarla incluso significaba literalmente aniquilarla) en aras de consolidar la naciente Revolución Rusa. Mercader, por otro lado, no sólo es el asesino, sino víctima de un sistema de mentiras y chantajes que sólo pasadas varias décadas podrá conocer a plenitud.

Ya será demasiado tarde, su nombre habrá pasado entonces a la historia del terror del estalinismo. Ambos, a fin de cuentas, han sido tanto víctimas como verdugos. Les une, además, la pasión que cada uno siente por lo perros, y de allí el título de esta obra narrativa (difícilmente quepa en la categoría de ficción), que fue editada por Tusquets en España hace dos años.

Se termina la lectura de esta obra ­magistralmente escrita­ con un amargo sabor en la boca. No se trata sólo del desencanto que viven Trotski y Mercader, cada uno a su manera. Se trata de la pesadumbre al constatar la capacidad humana de ejercer el terror, incluso de forma masiva, junto al silencio cómplice de otros ante aquello.

jueves, 24 de febrero de 2011

ARMADO, DESARMADO, EN EL EXILIO Y EN EL XXI


EL NACIONAL - Martes 22 de Febrero de 2011 Opinión/8
Crónica del terror
Trotski, como puede verse en el libro de Padura, tomó distancia de Stalin, pero no de la idea de una URSS socialista. Denunció las ejecuciones masivas y el envío de inocentes a los campos siberianos.
Ello le valió el exilio
ANDRÉS CAÑIZÁLEZ

El libro del cubano Leonardo Padura, El hombre que amaba a los perros, viene a ser una suerte de cachetada. Logra el escritor que el lector voltee la mirada hacia el terror que engendró el régimen de Stalin en la hoy desaparecida Unión Soviética. Se trata de una deuda histórica. Me cuento entre los muchos que hemos denunciado insistentemente el holocausto que provocó el nazismo en Alemania, pero que prácticamente hemos omitido la crítica hacia el régimen comunista que con mano de hierro condujo el camarada Stalin.

No se trata de comparaciones, pero no puede obviarse que en cada una de estas naciones se vivió la persecución, el asesinato masivo implementado desde el poder del Estado, el confinamiento de miles de personas en campos de concentración y el exilio para otros tantos. Pero mientras hoy podemos asomarnos, con cierto grado de precisión y, por tanto, condenar aquello que fue el horror del nazismo en el alma alemana, persiste un manto de silencio en torno al terror que logró edificar Stalin como política de Estado y de partido, incluso con ramificaciones internacionales, mientras ejerció el poder en la entonces URSS, desde mediados de los años veinte del siglo pasado hasta su muerte en 1953.

Padura logra retratar el clima político, cultural e ideológico de la nación que se autoerigió en la vanguardia socialista mundial, a partir de un par de semblanzas magistralmente enlazadas del disidente soviético León Trotski y de su asesino, el comunista catalán Ramón Mercader. En una suerte de gran panorámica, El hombre que amaba a los perros muestra el enorme fracaso de un sistema que se decía a favor de la humanidad, y que en realidad tuvo como base una aniquilación física, moral e intelectual de miles de soviéticos que o bien se atrevieron a disentir o bien sencillamente se negaron a cumplir los más descabellados planes que emanaban de la cabeza de Stalin. No sólo se mataba a quienes contradecían al "gran timonel", sino que aquellos que le ayudaron a organizar el asesinato de los primeros también terminaron corriendo la misma suerte. Stalin no quería dejar huella. Trotski, como puede verse en el libro de Padura, tomó distancia de Stalin, pero no de la idea de una URSS socialista. Denunció las ejecuciones masivas y el envío de inocentes a los campos siberianos. Ello le valió el exilio y luego la muerte, pero antes debió conocer del asesinato de sus hijos por diversos métodos. Stalin quería hacerlo sufrir antes de acabar con su vida, como finalmente sucedió en México. Se trataba de un régimen de terror.

Si Trotski simboliza en el libro de Padura la posibilidad de un pensamiento propio, junto a las consecuencias vitales que ello le conlleva, en el otro lado de la moneda aparece Mercader como el brazo ejecutor de la decisión de Stalin de acabar con la vida de Trotski. Padura no olvida, sin embargo, que el propio Trotski ­cuando ejerció cargos de poder en la naciente URSS, junto con Lenin­ también cometió excesos de diverso tipo. Básicamente se buscaba acallar la disidencia (y acallarla incluso significaba literalmente aniquilarla) en aras de consolidar la naciente Revolución Rusa. Mercader, por otro lado, no sólo es el asesino, sino víctima de un sistema de mentiras y chantajes que sólo pasadas varias décadas podrá conocer a plenitud.

Ya será demasiado tarde, su nombre habrá pasado entonces a la historia del terror del estalinismo. Ambos, a fin de cuentas, han sido tanto víctimas como verdugos. Les une, además, la pasión que cada uno siente por lo perros, y de allí el título de esta obra narrativa (difícilmente quepa en la categoría de ficción), que fue editada por Tusquets en España hace dos años.

Se termina la lectura de esta obra ­magistralmente escrita­ con un amargo sabor en la boca. No se trata sólo del desencanto que viven Trotski y Mercader, cada uno a su manera. Se trata de la pesadumbre al constatar la capacidad humana de ejercer el terror, incluso de forma masiva, junto al silencio cómplice de otros ante aquello.